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Hablemos, de Octavio Santana Surez

Cinco poemas de Daniel Diego González

• Miércoles 19 de diciembre de 2018

De todos los secretos que extrajeron del corazón de la tierra
el más extraño fueron los corazones,
yacientes flores salvajes sangrando en el polvo
llenos de piedra y secos
al borde del camino.

Hay una historia
de los mineros del corazón de carbón
sepultados en la tierra,
meses después del día que extrajeron el secreto
que no moriría con ellos
porque prefirieron perderse
cientos de metros abajo,
cerca del centro
de El Corazón
de la tierra.

Si este mar que nos rodea
te ayudara a recordar algo,
algo que nunca fue dicho,
de sangre y aceite brotando en charcos naturales,
de las antenas las trasmisiones,
y de las vírgenes de estática
que intuían las operadoras telefónicas
y los radioaficionados.

Fue en el desierto, que acariciaron el secreto.

El pueblo aún de fiesta como cada año
hizo el silencio de los muertos
mientras los pocos semáforos advertían solitarios
la entrada a un reino de jaspe y sangre.
No se olvida la mirada de quien acarició el secreto:
algo que te envuelve del frío
como llanto de los primogénitos;
el chirrido de zorras sobre las vías que se deslizan hacia a la noche.

¿Escuchás el mar? ¿La estática de las vírgenes?
¿Y el olor de los mineros, el sudor de los trenes,
la sangre seca? ¿La contorsión de flores extrañas
como sistemas sanguíneos de las tierra?

Ya a los fantasmas que de noche rodean mi casa
querría ofrecerles una piedra bruta del corazón de la tierra,
o la piedra tosca de mis ideas, la tosca de mis vísceras…
para poder dormir
y contarte la historia
pero ya no puedo recordar.

 


 

Acercate
con una flor en una mano y un pájaro de mar en la otra;
con el olor de los bosques de eucalipto
se han construido los más hermosos incendios.
Seguí el camino y acercate, ahora
que los caracoles muertos
y los arboles nocturnos
todavía hablan
del último secreto del mundo.

 


 

Dejé mis palabras abajo de las baldosas flojas
con el agua de tormenta.
Llueve desde antes.
Si tengo la piel pálida y los pies azules
de tanto quedarme a la intemperie
esperando que el agua destile mi mal.
Que el frío y la humedad, me recomendaron, 
puede hacerte una membrana en los ojos
entonces no necesitas ni morfina ni nada,
que después te acostumbras al tono violeta 
de tus pies arrugados
y ni te das cuentas.

Que de noche, cuando llueva más, 
tome una grapa en la terraza
y después de aguantar lo que dé 
dormís mucho mejor, 
sin que te duela nada.

Yo ya no sé.
Me gustaba más cuando el verano insolente
nos cacheteaba por toda la línea de la costa;
yo creía que no había nada más allá de algunas palabras
y los cíclopes gigantes que caminaban por el cielo.

 


 

No sé qué hacer con mi cuerpo cuando baja la tensión
y la humedad de este estuario se suspende en el aire
y me dice que lo que mata son nuestros propios fantasmas de vidas pasadas.
Una tumba inteligente trazada en los techos de las torres,
un perro de tres patas en la puerta de mi casa;
mantos de alquitrán y plumas para los sacrificados,
la primera piedra también es para ellos
basal sobre los laberintos que terminan en la mente.

No sé qué hacer, baja la tensión;
me acuerdo del sueño de otro sueño
donde los asesinos eran los fantasmas de vidas pasadas,
van al teatro, al cine, nos observan atentos.
Los vi sobre las avenidas, auscultando desde los balcones
nuestro camino electrificado entre los bloques,
nuestro sendero más perdido
entre los viejos bloques que iban a usar para la autopista.

En la galería que pasa por abajo de la 9 de Julio hubo un crimen violento.
Le estrolaron la cabeza contra la escalera a un viejo y no le robaron nada.
¿Qué duda cabe? —Es obvio que— todo conduce a:
son los fantasmas de nuestras vidas pasadas (pasados de rosca).
El otro día viajaba yo durmiendo en el E.
Interrumpieron la línea, me di cuenta:
bajó la tensión de las lamparitas,
se fugaron por los túneles y nadie dijo nada.
Había uno que reconocí en el más allá del vagón
pero también me callé, bajó en Medalla Milagrosa.

Y ahora bajó la tensión y no sé, yo nunca sé nada
pero por ahí ya están conmigo
o le están hablando al portero que los deje pasar.
No importa, pienso en otra cosa, en la suspendida humedad como rocío
—podría serlo en mi sueño,
podría ser el fractal juego óptico de una rosa que leí en un cuento—.
Solo, ahora, espero…
Y me agarra tristeza de los peinados perdidos en los reflejos infinitos de los ascensores,
de las canillas abiertas que me interrumpen el decurso de la conciencia,
de los autos de fe en el pozo de los humillados;
y aprieto fuerte el puño
como si la piedra estuviese en mi mano.

 


 

Una nota que leí
hablaba de cosmonautas ardiendo en el cielo,
un escuadrón precognitivo del hechizo de Gagarin
de boca contra el espacio profundo
en un último acto de Fe.

Hay un códice nocturno
que revela el secreto de las bolsitas de huesos
con que jugaban los niños.
Un códice escrito con las manchas redondas
de vasos sobre la mesa
y describe cómo iluminé el techo
con la linterna del celular la noche del apagón,
la visión de los bichos muertos en el plafón,
el infierno o cielo de este tiempo agotado.

Los camiones que pasan al lado nuestro
son como dinosaurios brutales que atraviesan la tormenta,
pronto una explosión nos va a dejar ahogados
en una nube de polvo bajo el cielo desolado.

Vos, yo, los astronautas rusos prendidos fuego
en su reingreso a la atmósfera terrestre,
Gagarin que volvió torcido
con una sonrisa que ya no entraba en este mundo;
los últimos hablantes conocidos de una lengua muerta.

Daniel Diego González

Daniel Diego González

Escritor argentino (Buenos Aires, 1981). Autor del poemario Un universo regrabable (Textos Intrusos Editorial, 2017). Fue incluido en la antología Poetas y narradores contemporáneos 2017 (Editorial de Los Cuatro Vientos, 2017). Textos suyos han sido publicados en diversas revistas culturales.
Daniel Diego González

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