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Ninguna tierra me habita y sin embargo soy

lunes 7 de octubre de 2019
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No me queda sino el desierto

Hija de la nada divago.
No parece florecer para mí
la tierra que me acunó y vio crecer.
Es mejor perderse en la línea del tiempo,
en una nave que nos traslade a un desierto.
No me queda sino esa orilla.

Mi camino no se dibuja en la distancia,
lo cubre un inmenso crepúsculo.
Peregrina como un diente de león abandonado
sobre unas tierras desconocidas.
Intento sostenerme al espejismo de las raíces,
pero al agarrarlas sangran mis manos.

Soy unos ojos pegados a la oscuridad
por una tierra en la que se es un huérfano,
desde antes de nacer.

 

Siempre he sido exilio

Más allá de las personas,
parezco unida a los parajes y sus silencios,
al espacio de aliento.
Es un largo desgarramiento la lejanía
de los lugares conocidos.

Es un adiós imposible de pronunciar.
No me quedan sino ciertos olores
y sonidos en la memoria.
En ese espacio de la incertidumbre
sólo me tengo a mí misma.

Todo se presenta distante,
mi madre y su vientre.
Sus pesares en la vitrina de la vida.
Mi padre con sus quejas
y sus pupilas incapaces de decirme algo.
Mi hermano mayor con sus sombras lejanas.

La distancia parece consagrar la unión
entre dos seres que se aman.
Ya no tienen sentido las preguntas
del porqué la lejanía.
Ya nada me queda sino este exilio
del vientre de mi madre, de las pupilas de mi padre,
de las sombras de mi hermano.

 

Prefiero ser carcomida por el sol

Permanezco aquí
aunque estas tierras me sean ajenas
y su aire asfixie mi espíritu.
No miro los ojos de los dioses de estos parajes.

El sol es una enfermedad que carcome la piel.
Esta tierra es un desierto que se vivifica y deshace con el pensamiento,
terrenos encumbrados como muros.
Intento levantar la voz y alejarme con un grito,
esconder mi cabeza en la hamaca de mi silencio.

 

Sólo me escucho

Alejada del murmullo de todo
me sumerjo en mis lagunas.
No se escucha ningún eco o palabra en la distancia.
Mis oídos caen pesados como rocas
en las cavernas del devenir.
Inevitablemente todo es sonido
inexistente entre las murallas de los días.
Abatida caigo leve en las redes de mi espíritu,
presa de mis silencios.
Al flotar en un río en el que estoy llena de mí misma,
brota un mundo de raíces,
un bosque como verdad.

 

Viacrucis a la nada

En la lejanía avizoro voces que devienen de las raíces.
En la tierra del exilio la mudez es lo único que persiste.
El desierto con su sol que entra a las pupilas,
con su eco de la nada,
con sus fantasmas que desconozco me dejan a la deriva,
en una tormenta agarrada a mi pecho.

En ese aislamiento de arena y de sol,
de silencios que se hacen remolinos en los días,
de murmullos a mí,
de un viacrucis a la nada y a ese encuentro
con mi grito que no me alcanza
no queda sino una voz muda que saca los colmillos.

 

Alejada del mundo

Me era desconocido el sol, el olor de la tierra al caer la lluvia, la brisa de la mañana y el calor recalcitrante después del mediodía, las hormigas abriendo huecos en el piso, las cucarachas pegadas a las paredes del baño, los grillos sollozando como si escucharan mi gemido entre la vigilia y el sueño, en esa oscuridad que nos devoraba tanto a todos. Desconocía el día que agonizaba a las nueve de la noche y el desierto congelado en el aire, pegándose al cuerpo como un hongo.

En esa casa no vivíamos sino las hormigas, las cucarachas y el desierto que entraba por los orificios. Yo y ellos alejados del mundo, alejados de la fe y el silencio de los hombres, de la mentira de los días, de las hipócritas mujeres que no paraban de rezar, del llanto inútil de la humanidad y del sinsentido del tiempo.

 

Soy una huérfana

De vuelta sigue existiendo el mismo inhóspito mundo,
un universo de memorias que caen y eclipsan el presente.
Todo sucumbe sobre mí como una sombra, todo el mundo
desplomándose como el grito herido de los arcángeles.
La ciudad, un innegable monstruo,
hunde mi ser bajo millares de hojas ennegrecidas.
Yo una simple tripulante que nadie quiere ver,
una desamparada de esa tierra que arrojó mi ser
a un destino imposible.

 

Pájaro soy

Lejos de ti,
el escepticismo, lo único que nos acerca,
lo contemplo en el espejo de los días.
No eres mi mesías, el barco surcador de mis oleajes,
ni el que ahuyentara de mi reflejo horrores de los días.
Me grito: sombra es, únicamente sombra…

Sólo me evocas un aluvión ahogando retoños,
una hoja seca hundiéndose en las corrientes del río,
una nube desvaneciéndose al suspirar el viento.

Nada oscurece mi sonrisa, pájaro soy.
Vuelo hacia el cielo, olvido los círculos.
La tierra me canta y los pies se hunden en ese arrullo,
el viento me besa y susurra una epifanía,
la noche me abraza y las manos ofrendan una oración a los dioses.
Lejos de ti, pájaro soy.

 

Canto a la vida

Te me vas haciendo un bosque de incertidumbre,
vuelas igual que un diente de león, insecto prehistórico del tiempo.
Pasajero inalcanzable, sobreviviente de neones.
Eres un árbol sembrado en el nido de mis pájaros rojos.
Neblina cálida que sobre mí aletea
y luego retorna a su sustancia primigenia.
Arrullo que se mece en espiral
y vuelve inevitable a sembrarse en mi pecho.

 

Sólo en ti navego

En ti reposo como leve corriente que viaja lenta por los surcos,
sólo en ti levito por campo de raíces, como un pueblo que le prometieron una tierra.
Mi única certidumbre la encuentro en ti, mientras el todo es una noche de
estrellas que penden muertas, el sonido de los objetos son mutismo
estridente, las cosas presencia fantasmagórica y cada flujo que baja por
las montañas letanía de lamentos.
Un sollozo infinito escucho salir de la boca del universo cuando te haces distancia, un sollozo infinito que hiere mi centro es y no puede ser otra cosa que un pasajero de vicisitudes.
Déjame transitarte, ser viento de serenidad
y reposar en ti como certeza.

 

Abrazo a mis sombras

Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra.
Alejandra Pizarnik

Viajo y me sumerjo en mis sombras. Las conozco.
Viajo sin escapatoria de raíces que trepen muros hacia la lejanía.
Imposible no derrumbarse en sus pantanos, imposible no ser esto que gime entre grietas y se deja caer en sus profundidades. Imposible no dejarse llevar por sus corrientes que cierran oídos y labios. Están adheridas a mí desde mi nacimiento y yo no puedo sino abrazarlas, acompañarlas y sollozar a su lado.
Las escucho cuando me contemplan en la mañana.
Todas me muestran sus colmillos.
Atadas a mí recorren
senderos que se trazan en la espiral del devenir.
Son aletear que atraviesa mi cabeza
y se mueven en mí con el peso del silencio.

Carolina Cárdenas
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