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La mano

viernes 29 de noviembre de 2019
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I

Antes,
cuando el viento era sólo viento,
y la poesía poesía,
columpiábanse los verbos
en la tempestad de la piel,
en las uñas y los nudillos.

Índices y pulgares principiaban sus voces
en un santuario de espirales
empeñado en deshacerse.

Para revivir fantasmas, decían.
Y los fantasmas aparecían.

Fantasmas que se movían en la mano
como arañas torpes
enredando con su seda
las dudas y las promesas.

 

II

La mirada tiene consejeros
y la mano tiene caminos,
veintisiete escalones,
líneas ocultas, atajos hacia el arcano,
que no se leen, que se escriben.

La mano es un mapa hacia pasados y lagos,
a verdades disimuladas en el reloj que gotea.

 

III

Según la mano el universo está averiado,
por eso desbarata la geometría,
desacopla uno a uno los engranes del espacio,
se columpia en los radianes, borra líneas,
espeta las formas que giran.

Se divierte imaginando que es benévola
contorneando los adioses donde vive la memoria.

 

IV

La mano no escribe la verdad,
escribe la poesía.

 

V

Dos manos en camisa de fuerza    
juegan al ajedrez: se atacan feroces,
se matan, se huyen, se enrocan.

Combatiéndose concuerdan que
el amor será sólo eso que se haga
con todos los dedos del cuerpo.

La diestra avanza dos pasos peones
y vislumbra a la reina descuidada
(algún recuerdo quizá
de otra batalla),
las nubes relinchan,          
el alfil meñique en diagonal esquiva
acercándose a la torre.

La siniestra          
tintinea descargando sus cuchillos:              
atacan a la pared, a los enfermizos labios,
y al tablero que tiembla entre marfiles.

La reina se oculta en un cuadrado negro,
confiada olvida que la quieren matar.

 

VI

La mano escribió:
Yo necesito a mi lado una boca
que hable en mi fuego
una lengua que comprenda mis piruetas en el agua
en las nubes y en la sangre.
Una voz como tibio polvo
que me recorra los brazos
y me deje zumbando
las ansias en las cicatrices.

Yo necesito dibujar en mis pulgares árboles
y callar a los pájaros de mis lúnulas.

 

VII

La mano es una condena que muere por las mañanas,
una hipótesis manchada con delirios
y esperanzas.

 

VIII

Conversando bajo el sol del plenilunio los dedos
planean abrir otra puerta,
coger la navaja, y encender otra linterna.

Ellos saben por dónde hay que ir
para encontrar el secreto que
se esconde en el silencio.

Carlos Alfonso Moreno Ramírez
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