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Cinco poemas de Horacio Centanino

lunes 16 de diciembre de 2019
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1

En el claro del día
el árbol despunta contra el cielo azul
como si diera un paso al frente.

Como si al marcar su relieve
aguzara sus líneas,
definiera su grano,
valsando la copa en el aire de junio,
contento en su integridad,
dicharachero.

El árbol de hojas lustrosas
irrumpe en la fiesta del sol
y en su lengua de pigmentos y permutas
platica con su entorno
en el centro de lo dado.

Las ramas desperezan levedad,
brotes,
larvas,
ensoñación,
lasitud de posada en que gorjean avecillas de Berceo.

Su destaque pasajero
no le altera un filamento
ni le engríe un cloroplasto;
así como disfruta el miramiento
con rumor y ballet de hojarasca
al cabo torna al paisaje
sin un punto de rezongo.

Entrar y salir con donaire.
Conforme a su turno.
Sin glosa ni trasunto.
Sin canción.

 

2

Hubo días que se escurrían de perfil,
se estrujaban en el pretil de las horas
y los plagiaba el olvido.

Nada los distinguía
excepto su modestia
retroactiva,
su arrojo involuntario,
su levedad de bañista alucinado
braceando entre vectores.

Eran y de pronto ya no eran,
partían con entera franqueza
dejando en prenda la cauda
de los colores en fuga
y un manto de polvo que no los discernía.

El tiempo hizo de ellos
tabula de bruma,
mapa mudo de hitos
que ignoran ya si fueron eminentes
o sólo lo parecieron
al estrenar su emergencia.

Hubo cuantiosos días supuestos,
fictos,
presuntos en la criba del recuerdo,
donde otra vida cabe con holgura
y otra más en resplandor decreciente
y otra más en régimen de barrunto.

Hubo días perdidos
sin indicio o reseña fiable,
días como sombras
en un bosque ensombrecido
contra un fondo de sospecha.

Días de fieltro y estopa.

 

Epigramas migratorios

I.

El país donde nací
hace tiempo que no existe.

No soportó mi ausencia
del otro lado del mundo
y enviudó lentamente.

Nos unía el ligamen
que entablamos de niños:
una suma de voces afables,
consabidas,
unívocas,
una forma de ser y de estar
tripulada de atisbos
y entendimientos implícitos.

Apenas el avión aceleraba en la pista
cuando ya la fosa del disenso
se abría entre nosotros
a velocidades inversas,
a distancias directas.

Mientras nos despedíamos,
las transitorias cuadrillas del porvenir
roían las mallas de la costumbre
inveterada,
y trastornaban la índole
del lado de adentro.

La visa en el pasaporte,
los mapas de la región,
las noticias de actualidad,
las cartas de los amigos,
las crisis políticas,
los déficits de cuenta corriente,
los horarios de atención al público,
las rutas del transporte colectivo,
las comisiones de fomento parroquial,
la preservación del patrimonio edilicio,
conspiran en pos de idéntico verosímil.

Pero el país donde nací
hace tiempo que no existe.

 

II.

El desguace fue veloz.

A santo de qué la diligencia
que se afana por cambiar
la cara cierta del municipio
y la urdimbre íntima de sus ambientes
virtuales,
como si despechada,
se divirtiera ratificando
las cláusulas más dañosas
del divorcio comunal.

¿Era preciso satirizar
mi exotismo
con tan burdas tintas?
¿Su autonomía
tan infiel?
¿Mi procedencia
tan volátil?

Ahora cuando voy de visita
simulamos intimidad,
nos retratamos de punta en blanco,
trocamos plácemes
y parabienes recíprocos.

Me zambullo en su magma
original
con el talante dispuesto
y la guardia muy baja,
pero la grieta no cede.

 

III.

Ni afligido ni contrito,
sólo abstraído
me paro en las disyuntivas
que me horquillaran el pecho
y pondero
junto al inquilinato reunido,
el abanico de las opciones
desestimadas
y adónde me hubiesen vertido
esas aguas de borrajas.

 

IV.

Irse y volver
es una cosa muy seria,
un subibaja emotivo,
la adición algebraica
de fructíferos desarreglos:
un oxímoron grande
como una casa vacía.

El presente no entiende
las trampas de la memoria,
ni le merecen paciencia;
es una plática extraña
que rehúye traducción:
mortalidad cruda
bajo soles severos.

 

V.

A veces me parece que soñara.
Que al despertar
todo será como antes.
Que la escisión no sucedió.
Que esta es la hora cero
del desarraigo.
Que todo está por perderse
y por ganarse.

 

4

Los poetas bebíamos como cosacos
y engullíamos montañas de papas fritas.

Así transcurrían los cónclaves fragorosos
donde se jugaba la suerte del orbe:
verbosos,
bizarros,
jaraneros,
imbuidos de su fin.

Las materias más arcanas,
la erudición más inútil,
el humor más grotesco,
libaban de gorra en nuestras mesas.

En aquellas peñas insignes
nos pasábamos el estro
como si fuese el salero
y urdíamos decálogos estrictos
sobre el quehacer y el qué no hacer
con las palabras de la tribu.

Qué entusiasmo suscitaban
aquellos nomenclátores al uso
retadores de academias y estulticias,
cruzados de inclemente iconoclastia.

Uno de los bardos
componía un haiku remedando a Basho,
otro daba la puntilla a un soneto procaz
y el de más allá disertaba sobre lógica hegeliana
pendiente de la ninfa que reía en la barra
y le aturullaba la síntesis.

Los soldados salían en ronda vespertina.
Los veíamos pasar como espectros
entumidos de frío bajo los ponchos verdes.
La estática de sus radios cruzaba el dial de las casas
como una exhalación,
como un infarto de miocardio.

Los años sombríos hollaron emblemas,
rituales, valencias, orgullos,
consignas,
diezmaron confianzas,
sellaron arbitrios.
La gente afincó en un agujero muy negro,
y se hizo nihilista,
desvarió en un altillo,
se metió para adentro,
desconfió del vecino,
y cundieron los yuyos sobre los hemistiquios
galvánicos,
pero,
si lo pensáramos bien,
(si con base en la largueza
que prefiere la memoria
al restaurar antiguallas
leyésemos lo acaecido
con un dejo benévolo),
diríamos que no fueron tan malos
aquellos malos tiempos
(comedy is tragedy plus time, they say)
aunque faltaran los vintenes,
mandara impune la canalla,
y fantaseásemos a diario con irnos a París,
Nueva York o Barcelona
sin boleto de regreso.

Porque es bueno haber sido inocente
bajo la pose hierática.
Y que la dictadura nos cargara
intenciones subversivas.

Porque, a fin de cuentas,
los semáforos de la avenida vacía
cuando talla el insomnio
también trabajan para nadie.

 

5

El deseo imposible
es escapar por un rato,
tenderse al sol desnudo de grafías
y tan sólo vegetar sin consecuencias.

Mas pronto vuelve la monserga
prometiendo novedades,
dice que ahora ha de ser diferente,
la voz,
el volumen,
el color,
la dicción,
la nariz arrogante,
las alergias,
los senos frontales,
las limaduras de hierro del pensar,
las palabras como deslices,
los andamios resbalosos del recuerdo,
los dulces amarillos de la infancia,
el gusto de la lluvia en las claraboyas
y demás señas de la identidad
recontra consabida
en el grand récit del rollo propio.

El yo, dice Alan Watts,
es como el círculo de fuego
que en la noche traza el revoleo de una antorcha.

O también,
digo yo,
un terco pronombre que interpela y escucha.
Que agencia y secunda.
Una abstracción unitaria.
Un diluvio afantasmado.
Una retahíla de obsesiones
que en el encierro de la consciencia
anidan.
Un sumidero de nostalgias.
Una imagen afectiva que se inflama.
Un hastío inenarrable.
Un largometraje enredado,
de final abierto,
proteico,
inconsistente,
con ínfulas artísticas,
proyectado en un teatro
para un espectador solitario
que mata el tiempo
dando cabezadas
mientras afuera sigue la lluvia
y se devana el carrete.

Horacio Centanino
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