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Poemas de Luis Luna

miércoles 13 de mayo de 2020
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Luis Luna
Luis Luna (Madrid, 1975).

De la serie Voces contemporáneas de España
Con selección de Fernando Salazar Torres

 

Tiras la piedra
al centro del estanque
y no alcanza tu vista a ver los círculos.
Lo que importa es la imagen
que nace en tu memoria
la respuesta que vibra
en el hueco vacío de tu mano.

(de Cuaderno del Guardabosque).

 


 

Las líneas de la luz

Permaneces inmóvil.

La penumbra, el objeto
se vuelven transparentes
en su fondo de aire.

Tu identidad con ellos
permite ese vacío.

Se aproxima el temblor
las líneas de la luz
el principio limpísimo del día.

(de Territorio en penumbra).

 


 

La palabra abandono
como un pájaro oscuro
posado sobre nieve y bajo la tormenta.
La palabra abandono.
Su intemperie.

(de Umbilical).

 


 

De algún modo te acostumbras al hambre como se cede al frío, casi en la somnolencia de los convalecientes. Y sin embargo atesoras en la mano una cuchara, una cuchara con la que puedes ver la nube y tanta lluvia. Por eso, por la sed, a la que llamas horror u holocausto, o puente astilla o tal vez una flor de óxido y de herrumbre, colocas la cuchara afuera y te comes el agua a dentelladas y te mojas la boca a la espera del resquebrajamiento, de la fisura que te ayude a ver, a contemplar más allá de la lluvia.

 


 

Miras la ventana y la ventana es sólo un punto de referencia para ti, como alguien que contempla. Afirmas, pues, que existes ahora en la mirada o al menos en el objeto que recoge los ojos y los vuelve hacia dentro. Pero sabes también que la ventana es sólo una trama de lenguaje, una convención para mirar afuera pues habitáculos hay sin ventanas y aun así son. En la palabra ventana entonces se depositan todos los elementos del balasto que forman un raíl para trasladar sus distintos y superpuestos significados. Ventana es, pues, si lo deseas, una forma de decir exterior y así, si cierras la ventana, niegas el vínculo con la alteridad que te sirve de espejo. Cierras la ventana y sobre su cerrazón construyes la urdimbre de abandono que sirve de base a la mirada y te escudas en ella. Una ventana, una ventana cerrada, dices. Y comienza el poema.

(de Intemperie).

 


 

El níquel de tus manos acaricia el alambre de púas de la noche temprana. Ya se acerca el dolor de las voces calladas en la herrumbre de los jergones. Ya llega ese murmullo del cuerpo de la fiebre alzándose como una estrella que brillase a lo lejos. Y ahora dices debe hacerse el silencio, un silencio que alargue la maldición de los días, un silencio que gima entre todos los campos donde la tarde llega a su final como un animal exhausto. Y este silencio no es el que tú reconoces sino un silencio sucio, mineral y pesado como el sudor o la sangre de las parturientas. Un silencio de sueños ateridos donde nadie se duerme.

 


 

Observas este sol de invierno, el cálido reflejo de un cuerpo en el alféizar de una ventana en medio de la nieve. Es una casa dices, la casa en donde haces pájaros de papel, vuelos hacia dentro. En esta casa escribes notas en papeles de seda, en papeles que luego se convierten en pájaros y se esparcen entre los abedules, entre las tejas verdes del pujo y la labor y entre los cercados, donde los animales pastan su alimento. Tu idioma es el de aquellos que buscan en la sílaba el conocimiento, la tarea de cercar en el hielo los significados. Es un idioma antiguo, como sólo la arena puede serlo, es un idioma cercado a su vez por el olvido de los peces. En esta lengua hablas, esparces su sonido en el reloj de los que ya no tienen lengua o la han prohibido. Esta lengua es entonces como un pájaro de papel, escrito por tus manos, por tus manos que trenzan la identidad tan frágil de estos pájaros muertos que echas a volar bajo la luz de invierno.

(de Enser, inédito).

Luis Luna
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