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Poemas de Omar Méndez Sámano

miércoles 15 de julio de 2020
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La casa

Las palomas prueban
el sabor del daño.
Pican los gestos
que arrojo al suelo
y cambia el tinte de su pecho.

Necesito tenazas
para cortar las cuadras.
o la fuerza de alguien
que arranque
y deposite mi habitación
en esta plaza.

Las calles se me pegan en los zapatos
y las rejas de los zaguanes
jalan mis piernas.

Me traigo a la casa
con la mirada a tientas,
al igual que un soldado herido
que sólo se levanta
para morir en otro lado.

 

La puerta

La puerta es leña de agua
hierve al nadie tocarla.
Hoy arranco el timbre de visitas.

Un rinoceronte lleno de consuelos
achata su cuerno al intentar entrar
y siete serpientes azotan su veneno
sobre las bisagras.

Prohibido entrar.
Aquí, adentro, la tormenta rapa
el pelaje de los leopardos,
las imágenes internas
se quiebran
y los huesos se hacen carne
dentro de la carne.

En este momento
soy un verbo que se aprende con quejas,
el estómago de un oso
después de comer la trampa,
el dardo que se clava en mis horas,
el frac,
la hipérbole,
ceniza de hombre,
manzanilla seca en campos de vidrio
y un viaje al vacío
al cual no caigo
porque estoy a su lado.

 

La pijama

Me he despojado
del código de las calles.

No traigo el garbo blanco
del narciso en mi camisa
ni el portento erguido
similar a las torrecillas de jacinto.

Contra las visitas me inmunizo.
Hoy soy de los que piensan
que al inerme
sólo se acercan
los que quieren acabarlo.

 

Las sandalias

Corona en los pies,
cetro donde reina el ocio.

Te deslizas
sobre el crucigrama
de la baldosa.
Juegas a ser la flecha terrestre
que siempre da en el descanso.

Ideal en los espacios
desprovistos de espinas
y de cazadores.

Haces un postre los domingos
o cualquier día en el que decidan viajarte.

Estoy a nada
de ponerme las sandalias
a la cabeza,
para ver si así
descansan mis problemas.

 

El apagador

Cuando cae un piano
en mi garganta
o cuando los hechos
martillean mis venas.

Yo siempre llevo
un interruptor
en la fila izquierda
de mis costillas.

Entonces me apago
entre las columnas
de mi cuarto
y dejo que salga
toda la energía
que me sobra.

 

El trapeador

Estoy diluido.
Ya me hice charco
de dientes crujientes
entre los muebles

Mis brazos se miden
en centímetros cúbicos
y los lagos son mi familia.

El trapeador mira
mi barniz húmedo en el suelo
con ojos de padre iracundo
y con la autoridad
de un rayo en primavera
me dice
que si continúo así
me absorberá.

 

La plancha

Quisiera tratarme
con la temperatura
de las prendas sintéticas.

Quisiera tener el calor
con el que se plancha
el lino en la sangre.

Quisiera tener
el vientre caliente
y aplanar los obstáculos
que me puse.

 

La cocina

Hoy volveré a rondar la estufa
como el ladrón a una casa sola.
Hoy seré el destino de los utensilios.
Mi calidad culinaria sembrará gladiolas
en los adjetivos gastronómicos.
Con las manos de Pollock
crearé salsa de gotas espesas.
Como Chomsky adquiriré
la estructura basal de los cereales:
el arroz me dirá cuando esté listo.
Cual Dalí recrearé el zarpazo surrealista
de un tigre en el primer bocado
y como Parra seré antieducado,
no me quitaré la gorra
solo por complacer al canon comiliario.

Omar Méndez Sámano
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