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Tres poemas de Olivia Villoria Quijada

• Miércoles 16 de septiembre de 2020
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Cuando te vayas

Cuando te vayas para regresar,
si quieres avísame.
Te invitaré a merendar
y nos llenaremos los ojos de la tarde en primavera.
Mojaremos en el café las magdalenas
e invadiremos nuestros labios de avidez.
Recordaremos los besos de la abuela,
sus cuentos de fantasmas y sus bordados de encajes.
Nos reiremos hasta el cansancio
de las travesuras que hicimos en la infancia.
Cuando te vayas para regresar
te ayudaré con tu equipaje.
Plancharé tu ropa, doblaré tus faldas,
ajustaré tus pantalones a tu nueva delgadez.
Ordenaré tu maleta.
El día de tu regreso
iré a buscarte al aeropuerto.

Cuando te vayas para no volver,
si puedes avísame.
Iré con mucho miedo a visitarte.
Acompañaré tus silencios
con el dolor impotente de mi mutismo.
Cerraré tus ojos
cuando ya no te haga falta mirar.
Con mi cuerpo abrazaré
la rigidez del tuyo
buscando colmarte de calor.
Inundaré tu cara con mis lágrimas.
Pero no te preocupes,
no estoy triste,
es la lluvia que azota las ventanas
y de paso riega mi mirada.
No te diré adiós
sino hasta siempre.
Sé que volveremos a vernos
allá donde las almas se encuentran para reconocerse.

 

Extremos

No sé si vengo de un campo minado
en una guerra infernal.
Acaso de un estercolero
de voraces cerdos pardos.
Tal vez de una tierra putrefacta
de gusanos abombados.
No sé si vengo
de una oruga convertida
en radiante mariposa.
Más bien de un tibio pájaro amarillo
que se ha alzado en su primer vuelo.
Quizás de un vientre luminoso
que crece con devoción.
No sé si voy
al extremo de un arma
que se dispara en mi boca.
A lo mejor al fondo de un precipicio
en el que yacen los cuerpos.
O a la cumbre de una ola
que arrasa con todas las almas.
No sé si voy
a la punta de una lengua
que se enreda en un beso ardiente.
O a un barco de papel
donde flotan como peces las palabras.
O a la cúspide de notas musicales
que irrumpen en un concierto.
No sé de dónde vengo ni a dónde voy.
No sé nada.

 

Contracorriente

Divino placer es fumar
y ser dueña absoluta del humo
que penetra por la boca
y se fecunda, insidioso,
en los pulmones.
Nada como comer hasta el hartazgo,
masticar y tragar
toda clase de condumios.
Por más grasa que oblitere las arterias
y ensanche la cintura.
Por más bilis que se revuelva
y pigmente la epidermis y la mirada.
Deliciosa es la sensación
de vivir embriagada con vino blanco.
Farfullar palabras,
suspender recuerdos,
zigzaguear las pisadas,
llorar riendo.
Odio las brillantes mañanas doradas,
las tardes de lluvia atrevida,
la rosa y verde montaña avileña
a los pies de la ciudad.
Condeno el amor recíproco,
la libertad ejercida,
la poesía conmovida.
Así voy, insolente,
contracorriente.

Olivia Villoria Quijada
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