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Dos poemas de Alba Navarro

• Miércoles 18 de noviembre de 2020
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Alba Navarro
Alba Navarro (Málaga, 1989).

De la serie Voces contemporáneas de España
Con selección de Fernando Salazar Torres

 

Cavalcanti, soñador

I

Cavalcanti, soñador del París de la miseria,
de las calles de adoquines contagiados
del hedor de la muchedumbre.
Se alojan en las aceras retales de la vida mundana,
telarañas de desechos, flores,
pobladores sin careta
y ratas que son hijas del gélido vientre
que se oculta bajo las pisadas vacilantes
y el ánimo consumido.
Recuerdos del celuloide en un trance sin comedia.

 

II

Has sentido, soñador, la aflicción del viajante,
a la marginación escondida tras las esquinas,
los rugidos en las vías,
la sinfonía de un día que nace
cuando el humo corre por las chimeneas,
huye por los tejados
y se pierde tras la silueta del sol.

 

III

París, musa.
París, mujer harapienta
que arrastra su endeble figura
casi a ras de ciénaga.
La dócil hija de la absenta
es serpiente de la voraz selva metropolitana.
Solitaria en su tristeza.

 

IV

Noche, carrusel de infieles propósitos.

La violencia se desata en unas manos,
manos traicioneras, manos trapaceras,
manos sigilosas, manos robustas,
manos que nunca tocaron al amor.

Mientras…
La música no cesa.
El baile continúa en los salones de neón.
Los amantes se refugian en un hotel sin estrellas.

 

V

París, años 20.
En ti vive la tragedia retorcida,
la risa acongojada del dolor,
un sigiloso gato negro,
el insaciable ingenio de tus moradores,
la felicidad que tiembla pasajera,
el amor, que nunca se ha marchado.

De aquellos años 20, Cavalcanti,
sólo las horas quedaron en estampas callejeras.

 

En las noches de Praga

Los rostros de las estatuas de un puente sobre el Moldava vierten a las aguas del río dormido el sudor que las manos intrusas han untado en su piel.

Ginger y Fred interpretan una danza deconstructivista que pasma a los paralelos. El éxito de la coreografía radica en la ruptura de la simetría corpórea.

Kafka escribe cuentos a la lumbre de la luna azul y purga los monstruos de su razón en los papeles tintados de su locura.

Alguien se escurre por un callejón con sabor a caramelo. No sabe que es observado por las criaturas de cristal que pueblan los escaparates.

Las vías del metro se ahogan en la garganta sin voz de la urbe subterránea. Ya no hay peldaños mecánicos que chirríen bajo el peso de los cuerpos alineados.

Las agujas de la Ciudad Vieja trenzan los minutos somnolientos sobre las baldosas huérfanas de pisadas.

Yo me arropo en la litera de un hostal lejano a todo y oigo la lluvia caer sobre las lápidas de piedra.

Alba Navarro
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