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Siete rostros

lunes 5 de abril de 2021
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Betsabé, la mujer de Urías

Soy Betsabé, la mujer de Urías,
aquella que acechaste con descaro
una de esas tardes de holganza
en que cruzabas el terrado del palacio.

Soy esa mujer desnuda, en pleno baño,
a quien tu deseo carnal consumió con la mirada,
perturbándote la mente
y cegando tu lúcida razón.

Soy la hija de Eliam,
la inocente por quien enviaste lanceros,
instándola a compartir tu lecho lúbrico,
incitándola a ceder su cuerpo puro.

Soy la tierna oveja del zagal
a quien no dudaste en devorar
una de esas noches
en que amor se anudaba con lujuria.

Soy la mujer de tu capitán,
de ese soldado traicionado y muerto
tras mil intentos fallidos y cobardes
de hacerle padre de un hijo prohibido.

Soy Betsabé,
la madre del hijo muerto,
la viuda desposada en cautiverio,
el luto del amor más puro.

 

Dalila, la cortesana

El hijo de Manoa
nacido en Zora,
un día se cobijó en mi regazo
tras fracasar como hombre.

Dos veces consorte,
asiduo de meretrices,
no dudó en buscarme
sediento de placer.

¿Cortesana? Así me pinta la historia,
así me recuerda la memoria.
Soy filistea, no lo niego,
pero ¡cortesana, nunca!

Amé el vigor de un solo hombre
que holgó en mi selva virginal,
vertiendo en mí su esencia
cual rocío, llenándome toda.

¿Conjuré contra Sansón? Sí,
por mil cien siclos de plata y algo más
hallé el centro de su fuerza y lo tomé,
dejándole rendido en manos filisteas.

¿Por qué lo hice? ¡Quién lo sabe!
Quizás fue el hecho de no sentirme dueña,
o mi debilidad por los mil cien siclos,
o simplemente por colmar mi sed insana.

 

Helena de Esparta

Me dicen Helena, la antorcha:
hija de Zeus —dios supremo del universo—,
mujer de belleza sobrehumana,
deseo puro e inmortal.

Esparta es mi patria y mi madre Leda.

A los doce fui raptada por Teseo,
y rehusada en los pórticos de Atenas;
Cástor y Pólux, mis hermanos,
lograron mi liberación definitiva.

A la edad de los esponsales,
fui disputada por grandes héroes,
siendo el astuto Odiseo
quien aunó las fuerzas todas.

Esposa de Menelao, el atrida,
un día conocí un bello príncipe, Paris,
con quien nos entrelazamos en mi lecho
en un frenesí de amor, motivo de la huida.

Como todo hombre, Menelao fue tras mis pasos
y, valiéndose de una treta odisea,
tomó por asalto la imponente Troya.

Apenas me vio, Menelao victorioso
sucumbió de súbito ante mi gracia desnuda
envainando su acero, como todo hombre.

 

Ródope legendaria

Hace mucho que vi la luz
allá en Tracia, junto al puerto del Náucratis.
Mi nacimiento se extravió en el universo
junto a mi infancia esquiva a la memoria.

Mi belleza siempre fue la perdición del hombre:
ojos verdes semejantes al Nilo,
cabello plumoso cual papiro
y piel rosada como la flor del loto.

A la edad de la pasión,
fui asediada por ardientes mozalbetes,
pero fueron los piratas quienes me raptaron
para entregarme a Yadmo como esclava.

Fui amante de Esopo y de Caraxo
quienes gozaron de mi desnudez,
pudor virginal y lascivia contenida
en noches de arrebatos y gritos ciegos.

Cierto día, cuando humedecía mi cuerpo
en el infinito río tornadizo,
un halcón se apoderó de mi sandalia
y la ofreció al faraón, en Menfis.

El soberano, servidor de Horus,
envió cientos de emisarios hasta dar conmigo;
me gozó con arrebato sublime
y, viéndose rendido, me desposó.

 

Julius Fučík, al pie de la horca

A Julius Fučík, luego de leer su
Reportaje al pie de la horca.

Julius, recorres tan aprisa el sendero
que da al cobijo de los Jelínek,
donde aguardan nuestros hermanos,
aquellos que luchan por la libertad.

Pero, ¿qué mano traicionera nos asqueó
cobardemente en este día
en que la navaja llega a tu corazón,
forzándote a revelarte por amor?

Tantas veces cerca de la muerte:
los golpes a tu cuerpo casi inerte
sólo fortalecen tu carácter
como la fragua al metal más duro.

Y sabes que la muerte es inminente,
que sus pasos son cruentos e inflexibles;
pero nada avasalla tu convicción,
ni el más perverso tormento esbirro.

Julius, conoces todos los secretos
de Pankrác y del palacio Petschek,
de las figuras y las figurillas,
de los silenciados y los relegados.

Y tú, Mirek, dejaste tu lado más humano
sacrificando los nobles ideales,
involucionando a burgués débil,
vacilante, medroso y sucio.

Pero ya llegará tu hora
en el mismo patíbulo de los otros,
aquel que intentaste evitar
amputando las manos de tu hermano Julius.

¡Oh, Julius!, el 8 de setiembre de 1943
te dividirán en dos para callarte,
pero sólo dejarán volar tu voz
y el idioma checo mutará en todo el orbe.

Tu provenir: luz.
Tu patria: hermandad.
Tu compañera: Gustina firme.
Tu herencia: arquetipos diseminados.

 

Los perros, el alma gemela

Los perros somos el alma gemela de los hombres:
ambos resultamos del azar,
una suerte de bastardos
de arquetipos fallidos.

Nuestras madres
transitan la vida con despecho,
siempre postergadas
por el seductor que a fin de cuentas es un perro más.

Así, el tiempo anda lento hasta nuestro asomo.

Ya en escena, los antipáticos que fungen de padres
nos olisquean con celo,
interesados más en sus holgadas vidas.

Apenas aparecen los curiosos,
ellos se yerguen orgullosos,
y entre brincos menean la cola:
“¡Son mis hijos!”.

Nuestras madres,
destejiendo las pesadillas de los tiempos inmóviles,
nos alimentan, nos cobijan y nos malcrían:
somos corazas contra la infamia.

Así nos convertimos en cachorros.

Nuestros falsos progenitores
nuevamente salen al ruedo
a imponernos su autoridad,
resistiéndose a dar un paso más.

Ya jóvenes, nuestros padres se fastidian:
ladran a rabiar
y osan desafiarnos.
Nos desperezamos y aceptamos.

Para entonces, nuestros amos
nos conminan a la quietud,
al silencio,
al meneo de cola y cabeza gacha.

Hartos del sistema,
abandonamos la morada
olvidándonos de mamá.
Así nos convertimos
en perros.

En nuestros senderos,
seducimos a todas.
También caemos en manos
de cazatalentos
que nos obligan a ser guardianes
y bufones.

Con el tiempo, nos hacemos débiles,
deslucidos.
Llegamos a la inutilidad.
Así nos abandonan a nuestra suerte
o nos dan el tiro de gracia.

Lamentamos nuestra condición,
el no haber disfrutado de un verde prado
y aire fresco
con flores burlando nuestro hocico
mientras perseguíamos una mariposa arrogante
o bebíamos del hontanar.
Pero es tarde,
nos lo advierte el jadeo.

Llegada nuestra hora,
nuestros sepultureros cavan pozos
y arrojan nuestros cuerpos
un tanto asqueados
de nuestro dolor.

Concluida la ceremonia,
todos retoman su existencia.
¿Nuestros padres?
Perecieron hace mucho
con la misma suerte,
con la misma muerte.

John Cuéllar
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