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Cinco poemas de Benito Pascual Asensio

lunes 12 de julio de 2021
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La luz elige el lugar exacto en el bosque
donde descansar de un largo viaje.
Se detiene unos segundos, toma aire.
Alguien la observa desde la espesura:
un pájaro solitario certifica el atardecer
con su silencio.

Más allá,
la noche es un vagabundo desacostumbrado
a las despedidas y a los abrazos,
un extranjero ha olvidado su idioma,
un huésped esperado reclama
una cama de sábanas limpias.

 


 

Noviembre se mueve en mi interior
mientras observo desde la ventana
las hojas amarillas y oscilantes
en las ramas del viejo peral.
Pienso si esa palabra está en ellas,
o si el viento habrá desnudado del todo el árbol.
Puede que noviembre se haya ido con ellas,
se habrá podrido y ya forma parte de la tierra,
cada vez más fértil,
libre de lo que un día fue.

 


 

La luz se posa con delicadeza sobre el agua
y la convierte en una sola palabra;
su forma posee la memoria de esa luz.
El agua hace posible el lenguaje del mundo.

 


 

Las piedras, los árboles, el camino,
esperan su luz,
define sus contornos, los invoca.
Espera paciente, armónica y serena.
Saben que les llegará su turno, tarde o temprano,
aceptarán su derrota,
el final irreversible,
instante en que esa misma luz los abandone,
y se esfume lentamente.

 


 

Sé escribir como nadie poemas
desde el fondo de los armarios,
donde permanecen días de naftalina y
olor de velas encendidas,
tiempos de puzles incompletos
donde no cabían los finales
y todo estaba por construir;
en los descampados se encontraba un oasis.
Cuando se guardaban bombillas de repuesto
en los bolsillos de los pantalones
para las noches de invierno, por si se iba la luz.
Y las fiestas se olvidaban de anunciarse
en cada esquina,
se convocaban en silencio, al oído,
pájaros en rebeldía,
en contra de las despedidas y los duelos.

Benito Pascual Asensio
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