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Cinco poemas de Ana Fores Tamayo

viernes 16 de julio de 2021
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El amanecer

Las campanillas de viento sofocan el silencio brusco.
Las estrellas brillan su gloria en el crepúsculo antes del amanecer.
Mis pasos retumban, crujen las hojuelas caídas,
desmoronándolas bajo los aleros colgantes.
El perro lobo olfatea el aire muerto,
buscando su presa matutina.
Por supuesto sabía que no tenía chance de fugarse,
abalanzándose sobre el conejo que ronda por el enrejado,
o la ardilla que corretea por la rama del árbol.
El silencio que sopla en la mañana se espesa como la amenorada niebla
pero pronto el sol despertará su tintero silencioso,
Lucirá su belleza en corrientes de gozo y calidez,
recordándome que cuando los días de trabajo son difíciles,
Estos paseos de madrugada son milagros alardeando la primera luz.

 

Hiedra enselvada

Alumbrados fuegos calumnian
la serpiente de mis deseos
mientras me hallo vagamente espiando el
instrumento brasilero que brilla
como una suntuosa escultura,
radiante contra el tono de madera con piel marrón,
el perdigón de música colgando
cuerda a cuerda con la letra, sin sonido de
arrogancia, hambrunas amalgamadas
para formar un tono,
un sonido,
Un paso del anochecer.

Sin embargo, el caballo relincha en silencio por su esquina
y escucha al bosque, frío con expectación.

El silencio de las nieves se profundiza
en el invierno de su descontento
y ella no puede sacudir las sombras
amadas pero abandonadas,
perplejas y tan turbadas…

¿A dónde vamos?
¿Por qué persisten las campanillas cuando cantan?
¿Cuándo cruzará la tumba su piquete para gozar
ese momento de tiempo clandestino?
¿Qué llevará la cruz si no la carga
de los antiguos, las preocupaciones de su historia,
Las tribulaciones de una vida que salió tan mal?

Las máscaras en la pared la juzgan
más allá de las edades,
las sombras acechan silenciados sueños para cerrarle
las molestias siempre mal pensadas.
Pero ella se levanta, vela los cascabeles
sonando sus timbres aún no florecidos,
y luego pasa lentamente a su hiedra,
a su bosque de ojos verdes,
mientras comienza a regar la jungla de su corazón.

 

Día del trabajo 2015

El sol fluye a través de los años
en la era blues de Nunca Jamás.
El trabajo arrasa pero la música se eleva,
pedestales duermen desnudos en el monte Coatépec,
y verdoso crece mi valle.
El hombre salvaje de Anáhuac ferozmente gira
cadencias del ecléctico sonido de ayer.
Pero el sublime éxtasis de la música zumba magia.
Se queja de una melancólica flor de glicina,
calma la cadencia que sube y baja,
La inflexión, la entonación que late
el ritmo y el pulso, el canto de los
tempos, arriba y abajo,
mientras balancea mi pulso con frágil andar.

Ehécatl suavemente acaricia los rizos de mi nuca,
y me sacudo una chispa de sudor vacilando en la frente.
Mi mente vaga, se eleva con las palabras
que me susurra al oído el dios del viento
mientras observo a los niños jugando rayuela
a lo largo del jardín enrejado por hiedra.
Una majestuosa mujer indígena
se sienta serenamente, tranquila,
observando a sus muchachos jugando,
saboreando el ensueño de la música
robada de los oídos de los viajeros,
el zumbido de los tambores,
el latido del corazón de la serpiente azul
y los chicos saltando piedras uno dos tres
como la grieta que me lleva de vuelta al
tzompantli que mi hija excavaba
bajo cientos de años de miseria humana.

La construcción de civilizaciones sobre las espaldas de esclavos,
migraciones enloquecidas.

¿A dónde vamos con nuestros sonidos tecnológicos?
¿Nuestros centros futuristas, smartphones, tecnología desatada?

Escucho su voz de falsete elevándose sobre los cielos,
calmando al niño saltando, pescando a su hermano en el juego.
Escucho el cambio de ritmo cuando su aire disminuye,
cuando se altera, modifica, transforma y revitaliza
en otra dimensión, en otra esfera.

Y entonces me siento,
ojeo a los chicos, los veo respirar
el aire lánguido y caliente.
Contemplo a la madre levantarse
firme, incluso cuando los llama:
Es tiempo de irse.

Veo el pedestal, sólo un pedazo de piedra,
el enrejado, el jardín de Quetzalcóatl opulento, mantenido,
y me doy cuenta de que todo es transitorio.

La música se detiene, el canto termina.
Las voces mueren.

 

Benjamín

Y aconteció, que como había trabajo en su parir, díjole la partera: No temas, que también tendrás este hijo. Y acaeció que al salírsele el alma (pues murió), llamó su nombre Benoni; mas su padre lo llamó Benjamín.
Génesis 35: 17-18

Observaba el pie
que descansaba contra
los azulejos rotos y grises
del sucio piso.
Su piel se confundía con el grisrosado
del salón
mientras su cuerpo bailaba.

Se sentía en el cielo
y el paraíso giraba,
nubes blancas contra un sol brillante.

Éxtasis en el baile,
volaba en sus brazos,
labios sonriendo.
Una risa gutural, voz de pasión
Murmuraba sí.
Sí.

Y supo que el tiempo
estaba perdido dentro de ella,
envolviéndola en el vacío.

Negro.

El negro de un gato feo,
nudoso pelaje cayendo,
parches de enfermedad rompiendo su piel
y huesos mostrándose,
enfermedad moviendo su cuerpo
lentamente a través del
caliente…………pavimento…….de………alquitrán.

Chirrido de frenos y sangre
Salpicando
Grito de muerte.

Llora que sí.
Llora que no.

Y su pie lentamente se encoge
al moverlo.

Luchando,
siente su pulso
una vez más.

Entonces cojea,
caminando despacio al cruzar el piso,
hacia afuera, al aire libre,
el sofocante calor regresando.

Se mira los pies.
Y se lanzan sobre el pavimento,
El………hirviendo………alquitrán………derritiéndose.

 

Él, desconocido

Aunque se refugiaba en la soledad,
existía anclado a la eternidad.
Un extraño entre hombres,
pintaba las regiones tenebrosas del sol.
Profundo en sus sueños de vigilia,
se hallaba abrumado por voces interiores.
Y así murió.

Ana Fores Tamayo
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