correcciondetextos.org: el mejor servicio de correccin de textos y correccin de estilo al mejor precio

Saltar al contenido

Cinco poemas de Martín Altamirano
(selección de Gabriela Rosas)

miércoles 25 de mayo de 2022

Tras la torre de humo

a Carmen Altamirano

I

Con los viejos maderos de galeones
y sus puños volviéndose la cruz,
agua, palabra y trigo a vivos Dioses
en la cima testigos de la luz.
No tienen ya el sabor del fango a sal
en retablos, las cimbras y campanas;
son reposo del santo material
que una dócil mano los juntó a la caña.

 

II

Asoma en el cerro un manto;
voz que de la torre huye,
pendiente de flores que sube
y baja al féretro santo;
suplica por sus hermanos
que, entrando en el carnaval,
llevan frutos del nogal
al banquete. Franciscanos
pasos empedrados sobre
tantos fértiles caminos;
manos que segaron trigo:
hombres sobrios de andar noble.

 

III

Encendido el nombre halla
como antorcha de esta tierra
el espíritu poeta
figurado de Sor Juana.
Santísimo Sacramento,
Vuestra musa Te ha loado
con ardiente verso amado
que venido ha del convento.
Narciso Amante llamado,
Luz de la cueva, aunque malo
en Ti la gracia yo espero
redención en tu madero.

 

IV

¡Ay, qué desvanece el humo!
Un pecho desnudo asoma
(contemplando)
deshielo que sitibundo
deja un mar de hiriente roca
(tan callado).

 

Vértigos

A Alejandra Pizarnik

I

Nacimos en caída.
Somos eco de sombras
reverberando;
un llanto jubilado, bajo.
Vértigo en tus dedos desnudos.
Vértigo desnudo… vertigo desnudo
y te desnudo en silencio.
Y en silencio hazme el verbo
que derrama tu boca:
vocablo, lascivia de sílaba, saliva;
apóstol, apóstrofe;
vocativo, bocado vomitadas letras;
sustantivo asustado; no el verbo, sino el vértigo.
Vértigo del amor mendigo
que divierte sus manos
dentro del vientre de mi cadáver.

 

II

Sueño libido en la lumbre susurrante
en las prisiones del vértigo lúbrico,
lívido.
El verbo en el texto;
verso en tu sexo;
el verso en el texto:
yo verbo en tu sexo.
Y amo la letra en la llaga;
y lamo la llaga de la letra,
cuando suspira y me dice…

 

III

Vértigo de la sangre,
del minuto fragmentándose,
que acelera lento,
como si desde el cielo cayera el mundo,
aplastándose,
disgregado en los ojos
de la náusea del día.
Vértigo de las avispas
embarradas en la ventana.
Esperan ansiosas el aire,
el vuelo, los duelos.
Revuelcan sus alas
en la luz fangosa:
zumban dolientes.
penetran el panal o caen al cielo.
Vértigo de las moscas.
Marea negra, alada marea.
Se comen mi carne:
la liquidan y chupan,
y zumban dolientes.
Penetran la vida
cayendo al otro cuerpo.
Vértigo del alma que asciende;
se queda fría o va al fuego.

Vértigo en el vértice de tus piernas,
con mi vertical perturbando tu Venus;
venerado blasfemo.

Vértigo en el espejo:
se congela el ojo,
hay un muro acuoso,
impenetrable.
Mascullo una sonrisa
y el espejo dice no.

 

De brazos abiertos y ojos cerrados

Mi oficio es el de nunca
llegar; encarnarme en la espera.
Páramo lejano que se acuesta conmigo.

La memoria es de sábanas y truenos;
sorbitos de café.
Tú eres memoria:
veredas, zanjas y cedros.

La espera me quema en los ojos
como el agua.
Las flores de los caminos:
venas sin sangre.
Estas cavilaciones son los pasos
de tu mirada atravesando el muro;
vienen cantando y dibujando la sombra
de la sangre
sobre la impronta del Hermano del sueño.

¡Fumaré hasta perderme y ser humo!
¡Fumaré hasta tener podrido el hocico!
Fumaré los días de lluvia y esperanza
hasta hacerlos veredas de olvido.

 

Soneto III

Encerrado en soliloquio nocturno,
adornada en sombras la madrugada,
horas, desvelos, disuelven el alba.
Tengo oculto el soñado cielo diurno
que brota de tus sienes. Es la fuga
una luz que de repente a ti parte
como saeta, hecha para soñarte;
y así esta imagen mi zozobra enjuga.
Tórnense entonces aquestas amargas
cavilaciones, lozana esperanza.
Las tinieblas en luces se desgarran;
una gota, perla de la mañana,
cristaliza en tu boca agua manzana:
quita y rompe la loza de esta alma.

 

Nocturnal

Han llegado las sombras
entre un adagio.
Un sol se oculta
valsando.
Luego, la fiesta, el banquete.
Se abre la gloria
y silva la noche entre las hojas;
se aloja en el fondo del vaso,
inquieta, palpitante.

Ya vuelan las aves a las copas,
derramándose,
y otras tantas despiertan e invaden
para oír gritos y nudos ahogados
en la garganta de la noche,
para volar bajo el gris techo
que borra la luz de las candelas.
Ya se oyen tus pasos
cada vez más cerca:
el eco que en el muro se estrella.
Es el humo que el relámpago inquieta.

Mira la centella cómo desbarata las gotas
en su fiesta de mil chispas;
cómo el brazo de la noche
arroja y desplaza las aguas;
cómo destierran los sueños a las almohadas.

Apronta a escuchar
en el silencio de este galope
este corazón en tinieblas
que palpita y te implora
ya se abra el amanecer.

Martín Altamirano
Últimas entradas de Martín Altamirano (ver todo)