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Un simple lugar vacío, por Tomás Arencibia Gil

miércoles 10 de agosto de 2022

Debajo del cielo, confundido, inmerso en la naturaleza, el poeta puede estar simbolizado por este hombre-árbol. Sobre los hombros del poeta anidan también los pájaros; con los brazos abiertos ante la creación el poeta se abre a todas las cosas, se ofrece íntegramente sin ofrecer resistencia a nada, quedándose vacío y quieto para que todas las criaturas aniden en él; se convierte en simple lugar vacío donde lo que necesita asentarse y vaga sin lugar, encuentre el suyo y se pose.
María Zambrano

Para tener un poco de aire hay que asirlo de las hojas.
Las hojas caen y eso importa,
pero yo sólo tengo las manos en forma de follaje
y un poco de caída para cuando el aire pase.
Cuando el aire pase,
habrán crecido todos los tamaños
y las caídas cantarán su concurrencia
donde un pájaro accidenta la garganta.
Donde un pájaro accidenta la garganta,
un hombre astilla las manos para asir las hojas,
un cisma traduce que sí las apariencias
y el hombre con sus hojas
y el pájaro con sus manos
y el follaje con los cantos que aún no se recuperan del último accidente
estarán de acuerdo en que todo cae
y eso importa.

 


 

Con un poco de aire ocurre el bosque,
con un poco de aire,
pero si esta lluvia se despide
lo dejará todo lleno de gargantas
y ya nos dice adiós,
nos dice adiós sin detenerse.
Esta lluvia tejida a mano
se oye testaruda de guardar
los pasos para luego
y la gotera de peldaños se detiene
y ya.
Gárgaras de luz llorosa
lo extrañan todo de llover,
quedan alumbrando el poco aire reunido,
el bosque que no somos todavía.

 


 

Este árbol sospechado en ambas direcciones,
tal vez distante ya, tal vez perdido;
este ceño que la rama frunce para llover piruetas;
este suelo también, también el cielo,
me han traído a la tierra como algo útil,
pero algo útil bajo las hojas se arrodilla,
sombra despeinada de los tallos,
si hubo una flor ¿quién la recuerda?
Ambas direcciones también sospechan,
mientras, el árbol atraviesa la distancia,
perdido.

 


 

Junto al tronco que la canción del fruto anuncia,
hay un niño tarareando el cielo
y es entre sus manos chiquiticas y apretadas
donde la escalera asoma tartamuda.
Si entre los dedos del niño la escalera se derrama,
el árbol ofrece sus frutos como una sílaba repetida.
El árbol parece un escalón inquieto
y a las manos chiquiticas
siempre les falta algún peldaño.
Es inestable el cielo que un niño tararea.

 


 

Talar es un deseo impreciso como un bosque.

 


 

Al pie del árbol ya no hay sombra endurecida,
ya no hay sombra
y los columpios de la voz ya no se mecen.
Al pie del árbol la escalera se derrama
y el reino irá desnudo hasta que parezca un niño,
hasta que la luz le anide muchos barcos en el cielo,
hasta que la luz le anide muchos barcos,
hasta que la luz le anide.
Los mapas como nubes de caricias de otro cuerpo
y las hojas donde el suelo se insinúa
no alcanzarán para anidar un barco más grande
que los barcos de la luz.
El árbol sufre cada hoja que comprende
y la despedida columpia voces marineras,
cuando allá lejos se enciende algún peldaño,
cuando allá lejos se enciende algún peldaño
y otro reino se desnuda
y otras sombras,
sombras duras,
no regresan en los barcos.

Tomás Arencibia Gil
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