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Poemas de Adrián Guerrero Alcoba

lunes 12 de septiembre de 2022
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I

Es el Ahora
un puente bien clavado entre dos
nadas
que se erige a cada paso
y a cada paso se evapora.

 

II
Niebla

Te alzas con quietud ceremoniosa,
neblina helada —eco remansado
de la remota juventud del agua.

Oh incorpóreo ensimismamiento:
como toda ancianidad,
eres, todo tú, marchita remembranza
de tu fulgor pasado.

Oh vaporosa, reposada fuga,
tu ser, neblina,
parece estar de orillas conformado,
de seres que entreverse sólo pueden,
que solamente existen de reojo…

Neblina:
velo tenue que retratas
la indecisa existencia del olvido.

 

III

Su mirada está izada a media asta.

Lejanísima mirada asoladora
más arrebatadora que los llantos,
que suenan a artificio, a impostura,
al lado del silencio hecho de sombra
de su mirada de insondable hondura.

Son vanas las palabras, son espuma
muriéndose en las playas del Dolor,
esa isla remotamente interna
a la que sólo el náufrago arribó.

Todo verbal consuelo nace muerto;
preferible un abrazo silencioso
que ser eco de la convención mediocre
en la que incurre uno por defecto.

Su silencio sólo acoge otro silencio.

 

IV

¿Y si aquello que creo que ha escapado
—en fuga irreversible, insobornable—
es lo que todavía no ha llegado?

¿Confundo la esperanza y la añoranza?
¿Se ha vestido el futuro de pasado
con los jirones que el presente lanza?

 

V
Viento

Al mismo tiempo eres, viento,
blando cincel de nubes y arboledas
y repentino mar cuyas orillas
son los contornos ciegos de las cosas
que encuentra tu inasible
presencia en el camino.

Son ínsulas efímeras los cuerpos
abrazados por la seda
de tu intangibilidad.

Eres, brisa o viento,
un pasajero océano
surcado por la balsa
temblorosa del aroma,
que porta en sí el exótico
e imprevisto presente
de sus viajes a indelebles
aunque inaccesibles reinos:
la semilla presurosa del recuerdo.

 

VI

Enteros solamente en el abrazo,
se imanan nuestros cuerpos; laten frío:
necesitan, por el temblor mordidos,
vestirse con la desnudez del otro,
naufragar en los relieves abismales
del blando cielo que es el cuerpo amado,
caricias profundísimas que alcancen
la altura soterrada de las almas…

Cada caricia, que hacia el goce viaja,
desde que parte llega a su destino
y lo abandona en cuanto se detiene.
Cada ocasión los dedos inauguran
el mismo antiguo camino del goce.

Goce inefable, cada vez renaces
cual si por vez primera florecieses:
con la repetición siempre distinta
de los atardeceres, los albores,
el dolor, la alegría, la muerte.

 

VII
Tu muerte

Contemplo esta apacible, sonriente
convalecencia dócil del otoño.
Las únicas que a sucumbir resisten
son las fieramente agónicas,
humanamente tercas
garras de las ramas
que en vano buscan apresar
la inmarchitable, aérea
melena de las brisas…

Los ausentes —pienso
presenciando tal escena—
son aquellas, son aquellos,
que ya de nuestro lado
no habrán de irse nunca,
que anúdanse a nosotros
con lazos de silencio.

Tu muerte fue una muerte
lentísima, pacífica,
una de esas muertes sacras que,
tras mortificarlo,
vivifica al que se queda,
pues le guía,

a través
de la senda pedregosa
y angosta del dolor,

hasta el cercano aunque ignoto,
abierto aunque velado,
fulgente aunque escondido
vergel bien florecido
del amor hacia la vida
y hacia todo lo nacido.

Contemplo,
con los ojos del recuerdo,
tu muerte;
con los ojos del ahora,
mi vida

y los descubro indisociables
como alma y gesto.

 

VIII

Cállame
con tus palabras
y háblame
de tus silencios.

Adrián Guerrero Alcoba
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