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Cinco poemas de Edinson Aladino

viernes 13 de enero de 2023
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Gastón Baquero se convierte en pez

El pez de tinta morada,
el pez que trasegó por las aguas del Caroní,
el pez que vio los colores del leopardo
y aspiró el perfume de las flores de abedul,
el pez que siguió un río balsámico
por las selvas del Indostán
y despertó convertido en un niño,
el pez que es una isla milenaria
o un jardín asirio retoñando en Madrid,
el pez que rememora con la escritura del poeta
las otras vidas en donde era feliz.

 

El maestro y el tokonoma

El viejo sabio mira la pintura del tokonoma
como la seda del vacío
……………………—pequeño bosque de bambú—:
el niño montado en el búfalo de jade
…………apenas toca el verde de los nenúfares,
…………las hojas rojas de otoño
…………………….sopladas sobre el estanque.
El viejo sabio rasga con las uñas el papel de seda
y se adentra en el tokonoma
…………—conejo amarillo de la boca del espejo—;
las arrugas en el rostro desconchado
……………………caen en la jarra,
los bigotes humedecidos en el agua
……………………de arroz.
El viejo sabio deja la piel en el estanque
………….y el niño le tiende la mano.
………….No es el sabio quien cae,
………….es ahora el niño que cabalga:
uno y otro son el mismo en el lomo del búfalo de jade.
……………………Por el estanque
……………………verdes nenúfares;
los enfilados bambús acortan su distancia,
ciñen el pequeño bosque ocultando el secreto.
……………………Por el estanque
……………………vuelan luciérnagas.

 

Fragmento hallado en Bonampak

La mañana deja caer sus hojas frescas
de caliza. Aún permanecen las flores.
Se abre la transparencia perdida de los arcos
y el día avanza como un mineral diáfano.
Los trazos azules en los muros de carne
han empezado a reverberar
en lo alto del cerro del zopilote.
Nos faltarán otras mañanas y otros cantos.
Una mano tiembla y el pájaro dorado desciende.
¿Perdurarán nuestros trazos azules
como perduran las piedras de jade,
las plumas del quetzal,
……………………las flores
……………………y la luna?

 

Monólogo de José Raúl Capablanca

Mis pensamientos se redoblan
por estos blancos y negros laberintos
que he elegido, y no agotan
sus pestañas entrevistas sin temor
por los balcones
más recordados de La Habana.
La brisa y los torneos y las bahías de azogue
no revelan al ojo desteñido
el tiempo de sus cristales
ni el son detenido
de aquellas guitarras que mueren
junto al agua olvidada de las esquinas y la tarde.
Como un animal que aprieta un limón de oro
he buscado en las crecidas ventanas del invierno
el posible sueño fugitivo de la rosa
y las breves llamaradas de palabras
que ciñe el rocío al amanecer.
Me he vestido de un común silencio
para contemplar desde el tren
el rostro del horizonte apenas respirado
por la nieve y el páramo.
Hay estatuas despeinadas que avanzan
entre ríos y naipes negros
como el ropaje desbocado de la gloria.
Me he quedado junto al piano de la noche
y he visto ecos de máscaras
que rozan mi frente
y ponen mis manos en el frío de una encrucijada
para desempolvar un viejo tablero de ajedrez.
¿Dibujaré con mis manos una última jugada?
¿Escribiré alguna vez la agonía de mi fiebre?
Descanse el talle de marfil
del tablero persa
en donde he fijado mi cansancio,
mi esbeltez ligera, mis dedos invisibles
y la resurrección del alfil sobre la arena.

 

La tumba de Mallarmé

El fauno de blanca agua,
en herbarios azules de iridáceas,
ha podido resistir
la flecha que acentúa su movimiento
en el legado de una pluma.

Frente al mar la mirada reluce de almejas
que se alimentan de cisnes y lirios.
Uno a uno los cánticos
regresan a mojar sus sílabas ocultas,
estirada esponja al corazón marino.

Edinson Aladino
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