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Cinco poemas de Ana Montrosis

lunes 8 de mayo de 2023
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Ciudad sagrada

Ahí estabas como ciudad sagrada,
sin cementerio
sumergido entre las matas de choclo
y abanderado en medio de unas lomas.
Yo no sabía cómo la luna
duerme en la niebla
y luego cuando el cielo silba
los cuerpos se distribuyen hacia el mar.
Aún tengo a esos muertos en el estómago,
de pronto todo se inquieta,
todo en medio del lenguaje.
Algo duele, algo parecido al desamor.
Exhalo despacito
para que nadie se dé cuenta.
Mis amigos caminan a mi lado,
me vigilan
y agonizo en todas estas guerras.

 

Caracol de verano

Y volví con la tristeza atornillada en la garganta.
No debes llorar, me dije
y así eternicé las horas, sin voz
diluida en una gota de lluvia en la ventana
y gesticulada en un sonido.
Aquí se posan todos los sitiales.
¿Por qué no muere un cactus en primavera?
Eres un caracol de verano,
tus berrinches son sólo en invierno.
Debes amputar tus manantiales
que se eclipsan en medio del desierto
y es por eso que no encuentro la forma de bailar
sin antes orillar la calle.
Debo colocar un pie cruzado sobre otro.
¡No puedo ser espiral!
Hay que continuar erizada aunque duela.
Luego morir
y ver la metamorfosis de la tierra.

 

No quiero morir

Cuando dijiste que querías matarme de amor
porque es la única forma de morir,
pensé en esas ciudades
que están mal escritas
y que aún no han borrado sus duelos.
Especulé en los muertos del Chena
sobre esos que nunca se han sentado
en los rieles de la maestranza
a beber la desnudez de una adolescencia.
No quiero morir, te dije.
No quiero esa forma de paralizar la escritura
y su temática.
Quiero inyectarme en un celaje
a separar todo lo que odio,
todo lo que amo,
lo que todos saben
y callan.

 

El odio es igual en todos lados

Hay un desorden de niños
que disparan piedras,
otros agua sucia y gases.
El edén ha reaparecido ante los ojos
que no sueñan
y, desde las acequias,
germinan espinas con hedor a hollín.
Mis hijas sueñan con pomelos
y no sé si llorar o rezar.
El aire se ha instalado en la faringe
como fuego alrededor de la ciudad.
Pareciera que el odio es igual
en todos lados.

 

Arcoíris

Y es que pudimos haber amado
el canto de la ciudad sagrada.
¡Qué locura!
Reconstruir un desayuno a medianoche
e, incluso, dibujar la caída de las estrellas,
eso podría haber sido novelesco,
pero preferimos improvisar espasmos
y observar la mutación del cuerpo.
De vez en cuando, vuelvo a los rituales
y me quedo a husmear los escombros.
Fausto, Fausto, Fausto.
¡No puedo odiarte!
Me veo agonizando margaritas
y mutilando un arcoíris dentro del vientre.

Ana Montrosis
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