Invierno en Anisacate
Los olmos se inclinan
sobre las veredas de la plaza,
una ráfaga se lleva
las hojas secas
y en la siesta invernal
me vacío de palabras.
¿De dónde viene esta tristeza,
este gusto a soledad
que se debate en la memoria
de los huesos?
Una niña juega con la arena.
Desde la rama desnuda
el tordo mira la tarde,
una pareja se exilia del mundo
en un banco apartado.
De pronto,
calla el viento
y el paisaje se vuelve
una acuarela muda.
Cae del tiempo
este instante invisible.
Algo respira
entre las cosas
que se parece al miedo.
La huella olvidada
Subiste los cerros
por la huella
de antiguos habitantes,
junto a ruinas de piedras
a través de las quebradas.
Detuviste los ojos
en un mundo
alimentado por larvas
poblado de chañares y algarrobos,
la punta
donde nace el viento.
Algo te habló
en la soledad del monte
iluminó tu regreso.
Algo te acompañó
cuando bajaste
por senderos ocultos
entre arroyos
de agua clara
y abriste la puerta
para quedarte conmigo
un poco más,
esperando la mañana.
La yegua blanca
Al costado del sendero
junto al río,
en la bajada del puente
donde los mundos se separan
y es posible conocer
la espesura del silencio
llegó a nosotras
con pasos lentos
entre las espigas.
Lucía y yo le dimos
hierbas frescas,
su lengua tembló
en nuestros dedos
y nos rozó el misterio
de su blanca presencia
en la serenidad del monte.
Le hablamos,
ella pateó en el suelo
una respuesta,
acariciamos su frente
dócil de tanta cercanía,
noble espíritu
hermano de la tierra.
Después mi amiga
retomó su camino,
yo continué por el mío.
La yegua
con el vientre redondo
lleno del cuerpo punzante
del potrillo,
se quedó viendo
cómo me alejaba.
Detuve un instante mis ojos
en los suyos.
Más allá estaba la ruta
y tuve que cruzar al otro lado.
La hora silenciosa
En la quietud,
a orillas de la hora
silenciosa,
ser de arena.
Una geometría
de pequeños cristales
abrazada por el viento.
Bajo un temporal
de pétalos
bailar
entre los aromos florecidos
y dejarse ir
en el vuelo de las garzas.
A orillas de la hora
silenciosa
junto a los lirios
y cañaverales
que alimenta el río
volver a ser
la espesura del agua.
Todavía
Una pareja de horneros
ha construido su casa
en lo alto del poste.
Pequeño universo
de barro
donde protegerse
de la lluvia y el frío
para empollar los huevos
y esperar a los pichones
que juntos cuidarán
hasta el día
de la partida.
Cuando vuelan
con ramitas y tierra
en el pico
iluminan el mundo,
entonces pienso:
no todo está perdido,
todavía los horneros
hacen nidos.
- Cinco poemas de Mabel Sierra Karst - lunes 4 de diciembre de 2023


