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Cinco poemas de Darío Alejandro Barrón Portillo

miércoles 31 de enero de 2024
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Hambre

Intenso es el atardecer a través de tus ojos.
Al anochecer, la luna de queso
arde metálicamente en tu paladar,
es la cena deseada, la caricia culinaria
que determina la ausencia de alegría.

La lumbre es un llanto que no llega a escucharse
y la soledad se bifurca en los caminos
donde no pasa el respiro.

Asfixia lucida engrandeciéndose
al paso del tiempo,
la mesa vacía
y un plato roto esparcido en el suelo.

¡Qué decir del eco cuando la ruptura
es por dentro y el plato tan sólo una metáfora
de la viveza ausente!

Hay palabras que no se cocinan
y lágrimas se beben hasta que la sed es infinita
y no hay un descanso previo a dormir.
¿Tienes hambre?

Los focos parpadean y la luz artificial intermitente
reproduce la escasez del tiempo.

En esta noche no existe el sueño,
tan sólo mantas cálidas que son un consuelo
en un intento de resignarnos
a la intensa fruta escarlata
que el invierno ha arrebatado de la boca.

 

Retorno

Retroceder el rostro,
desposeerle del llanto perdido,
eliminar su fatiga inminente
y luego salvarle de una tormentosa mirada
que se le avecina en las calles oscuras donde llama
y a lo lejos atisba una silueta inmóvil.

 

Imán

Una ventana se abre, una bombilla se enciende,
el suspiro sale de alguna boca anónima,
alguien espera en las sombras bajo el umbral de la puerta
y una melodía se superpone a los matices del pensamiento.

No hay lenguaje de palabras ni de silencios
sino de presencias de movimientos lentos.
Alguien en el rincón de un cuarto palpa
con sus manos las rugosas paredes.
Alguien abre los ojos y la negrura es su paisaje ideal.

Un imán posicionado en el punto intermedio
atrae a dos cuerpos distantes,
no ponen resistencia,
se dejan guiar por el olor a lima
y evitan ejercer el acto de caminar,
en su lugar flotan como las pequeñas partículas
que a la luz del sol brillan en estupor
y adquieren un movimiento sincronizado.

El imán es una fórmula para justificar el acercamiento,
ella que palpaba la textura de la pared
ahora palpa un rostro desconocido,
él que yacía estático bajo el umbral de la puerta
ahora inmóvil se deja llenar de vitalidad
a través de la piel ajena que pulveriza su rostro desértico y olvidado.
Él, que la oscuridad atravesaba su vista,
ahora el destello penetra en su pupila
y la transforma en una esfera de cristal
que le permite advertir su propio devenir
y se topa con algo que le sorprende.

Ella, que inició el movimiento hacia el imán
ha dejado de palpar una estructura corpórea
y le han brotado de los dedos pequeñas flores del desierto,
flores nunca antes vistas con las que se imagina
en un jardín de ensueños y a lo lejos divisa un niño,
ella se acerca a él y parece conocerlo no de vista
sino de tacto: sitúa su palma suave en el rostro infantil.

Y a ella en un súbito instante inesperado
le recorre por todo el brazo una corriente eléctrica
que la paraliza y la arroja fuera de sus sueños
y vuelve a la habitación oscura
y la bombilla comienza a parpadear y se rompe
y cae un polvo luminoso sobre ti y sobre mí
que nos baña de dorado.
La ventana abierta:
dos luciérnagas saliendo de ella
hacia el cielo.

 

El nombre propio

Llego hasta ti y se desvanece mi nombre
y tras él, mi rostro y tras él, yo.
Queda un rastro como espuma diáfana agotándose
en un silencio sometido al inoportuno momento de soledad.

Quedo hecho sombra,
y en la noche invisibilidad significa ausencia corpórea.
No hay valor humano
sino polvo que se transmite en breves estupores
lanzados por el silencio en el viento.
Si no hay nada en la oscuridad ha de ser
entonces muy posiblemente inútil
la búsqueda de un llamamiento, de una plegaria.

La espuma diáfana concentrándose
en un ficticio farol encendido,
parpadea la luz,
una calle vacía se atisba, ¿es de madrugada?
El eco de mi pasado palpita por la calle.

Las calles son ranuras por las que atraviesa el deseo de existir.
Un pasado vivo que se hace presente ante mi ausencia individual,
un pasado que sólo ha de existir
en la memoria de mis alrededores.

Pregunté: ¿quién soy?
Antes de extinguirme
y el farol expulsando su última luz cálida
se derrumbó como se derrumba una torre de base frágil
y abrí los ojos porque mi nombre sonó
entre las gotas que caen desde una grieta
de las ruinas que habito.

Mi nombre es una gota que cae
y se disuelve en el polvo, en el frío, en el futuro.
Comprendo que la búsqueda del nombre
precede a una exacerbada impertinencia
de referir al yo como una estatua legendaria.

 

Limonero

Emerge una luz desde una canción de cuna
y se traslada a un limonero cuyas ramas
caen a montones en una resistencia invadida
por la precaria testificación
de un sujeto que alguna vez
bajo el limonero reconoció su voz y su rostro
y el fruto vino de él.

Hoy queda una palabra amontonada en el tronco.
La canción, cantada por máscaras, llega como ráfaga
al rostro oculto de quien se desmemoria intencionalmente
porque no ha querer recordar,
porque su recuerdo ha de ser,
en un supuesto estado catastrófico,
la absurda levedad
que se transforma en un estanque lleno de pesares
donde se ahoga hasta su inhóspito sueño individual.

Hay pues discrepancia entre la memoria y el olvido
y sólo ha de ser una puerta cerrada
la diferencia en una estancia y otra.

En la puerta hay una llave y en la llave hay destino,
la perilla se abre, una mano anónima es la que abre:
hay un visitante que encuentra su espejo y se desconoce
y con el vaho se escribe una leyenda
de cuyo trazo únicamente importa el verbo en pasado.

Darío Alejandro Barrón Portillo
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