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Tres poemas de José Gilabert Ramos

miércoles 3 de abril de 2024
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El devenir de las cosas

I

He pasado el umbral de mi propio destino.
El tiempo
y un devenir
casi imperceptible de las cosas
me obligaron a andar
tropezando siempre
con el mismo silencio.
Un silencio perfecto
que me arañaba los ojos
y se estaba quieto,
como una piedra esperando
con la eterna paciencia de la tierra.
A que yo regresara de mis juegos.

He pasado el umbral y no me quejo.
Me he levantado solo,
a veces, desde el fango,
y bebí vino y compartí mi copa
con otros labios
que después compartieron los míos.

No sé lo que es volverse
porque el cielo me engañaba
cada día
con un presagio nuevo
y no supe buscar mis viejos pasos
ni la piedra o el árbol
donde estuve llorando
en tardes de intuiciones
y cansancios.

He pasado el umbral y me pesan las ramas
que han crecido como hijos
subiéndose furiosos por mi cuerpo.
Pero el silencio fue mi cómplice
cuando la muerte preguntaba por mi nombre
en las aceras.
He sentido la mano de la lluvia
que me cruzó la cara
y se fueron mis manos
por los prados abiertos
de un cuerpo desnudo.

No he cultivado estrellas fuera de mis sueños,
pero dije mi verdad
como quien da su casa
y a pesar de que estaba el silencio
esperando después de los juegos,
el tiempo
y un devenir
casi imperceptible de las cosas
me obligaron
a pasar el umbral de mi propio destino.

 

II

Para vivir me sobra
con unos cuantos trucos
y el don de la palabra.
Para morir, en cambio,
necesito callarme
y buscar el cristal
de mi alma de niño
en el fondo celeste
que descubro en la forma
con que tú me acaricias.
Para seguir viviendo
me sobran las esquinas
azules de sorpresas
y el camino del aire
por donde todo llega.

Para seguir así
me basta lo que sé
sobre la geometría
de un paso y otro paso
o sobre los inciertos
contornos imprecisos
del vuelco de los ojos
cuando se quiere algo.

Para morir, en cambio,
es todo insuficiente.
Para poder morirme
necesito pararme
en mitad de una comba
en el juego del tiempo
y aprenderme por dentro
en los rostros ajenos
y sentir que se rompe
en pedazos la línea
que divide el paisaje
donde estuve pintado.

Para vivir así
casi todo me sobra,
pero si he de morirme
esta misma mañana
o tal vez una tarde
al pasar una hoja
en el juego del tiempo
buscaré tu presencia
para no confundirme.

(de Memoria de loco; Ediciones Adhara, Granada, 1996)

 


 

Me llevas a mi casa cada noche
y el camino es la excusa
para aparcar el día
y buscar un pretexto
que justifique el tiempo
que tardas en besarme.

Pretende cada beso
encontrar un resquicio
para huir del destino
que sabe a despedida
y son un inventario
galante
de toda la jornada.

Me llevas a mi casa cada noche
y luego me abandonas
cargado con tus besos
que yo voy colocando
despacio en la libreta
donde escribo las horas
que faltan para el alba.

 


 

De ocres y amarillos
se ilumina tu rostro
como paisaje de entretiempo
que lanza al aire
el tañer de sus hojas.

Dulcemente vencida
la voz con que me nombras,
plácidamente tierno
el asombrado gesto
de tu mano en el aire.

Ninguna brusquedad,
ningún apremio.
La lentitud desgrana
su luz de atardecida
en el módico espacio
que antecede al abrazo.

(de Tiempo de mudanzas; Ediciones Dauro, Granada, 2003)

José Gilabert Ramos
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