Con tigre y serpiente
En el bosque nocturno un tigre brilla
temible y una niña es quien lo doma.
En el bosque nocturno nada es broma:
es un bosque de horror y maravilla.
Por el bosque nocturno va un aroma
a tigre y a serpiente y a costilla
de Adán y a oscuridad sin fin ni orilla,
que persiste después que el sol asoma.
Es un perfume que se lleva el viento
y contamina el día y la ciudad
de un no sé qué de cruel presentimiento
(más atractivo por su vaguedad).
Suelo perderme en esa vastedad
del bosque umbrío de mi pensamiento.
Con tigres y zorra
Si dábale arroz a la zorra el abad
y la zorra ingería,
seguramente fuera
transgénica la zorra y no el arroz.
Si trigo tigres tragaban
(tristes los tres)
causara su tristeza ese tragar,
tal vez.
Malvado abad, infame domador
(que bien pudieran darles a sus bichos
alimento mejor).
Y monstruoso el poeta,
que pone las palabras a decir
lo que a ellas solas nunca
se les iba a ocurrir.
Visión con caranchos
1
Ver caranchos volar sobre los ranchos
del cantegril delata bicho muerto
o el ajuste final de algún entuerto
y uno menos a hacer negocios chanchos.
Aves son de rapiña. Bello vuelo.
si no supiese lo que están buscando
pensaría que vuelan invitando
a rezarle al buen Dios que está en el Cielo.
El que sabe mirar ve las dos cosas:
la presencia rotunda de la muerte
y eso más leve que llamamos alma.
Planean con sus alas poderosas.
Almorzarán si tienen buena suerte.
Vuelan con cierta majestuosa calma.
2
Es el campo sin nadie:
ni siquiera estoy yo para mirarlo.
Si estuviera vería
caranchos que vuelan en círculos
buscando bichos muertos para su desayuno
y me vendrían ganas de rezar.
En las ondulaciones de la pradera
leería mensajes de advertencia
sobre la oscilación de la esperanza
y también rezaría.
Pero como no estoy ante el paisaje
puedo sin gran angustia continuar
en mi ambiente y rutina
con la cabeza gacha para no ver
cómo vuela la muerte sobre mí
—en círculos de rara perfección—
esperando el momento de llevarme
(y de lo de rezar
me olvido
como siempre
por ir muy ocupado en mis asuntos).
Soneto con perros
Se lame un perro casi fantasmal
con poca lengua para tanta herida
un dolor más antiguo que su vida
en el escueto abrigo de un portal.
Un congénere arrima su animal
calor amigo en busca de guarida
y en la perruna noche compartida,
entre el silencio casi sepulcral,
se oye apenas un dueto de quejidos
que moverían a la misma Muerte
a operar por piedad y con ternura.
Lástima que ande en otros recorridos.
Verán amanecer su mala suerte
y desayunarán de la basura.
Con hormigas de Artigas y poeta portuñol
A Fabián Severo, poeta de Artigas
Este poeta portuñol, Severo,
este triste gorrión de la frontera,
sabe ponerle la dulzura entera
a su fala de amor y de entrevero.
Pregunto qué académico pudiera
por más que lo estudiase con esmero
pronunciar sobre el lío algún certero
veredicto que el caso concluyera.
Mientras tanto, la gente allá en Artigas
logra amar y sufrir y sale el sol
y la helada congela y las hormigas
laboran en silente portuñol.
Y en su idioma y sin miedo al qué dirán,
este poeta universal, Fabián.
Para la gata de un poeta
Mucho puede decirse sobre los gatos
que es mejor silenciarlo con gran respeto.
Pero a poco mirarlos ya no es secreto
que tienen con lo arcano frecuentes tratos.
Existen desasidos de lo concreto
salvo cuando deciden para esos ratos
de cazar o dormir o mear zapatos
bajar a nuestro plano para un discreto
baño de “realidad” e insignificancia:
están muy por encima de su mascota
aunque a veces les plazca jugar con ella.
Al gato lo impresiona nuestra importancia
tanto como un gorrión con el ala rota
y las gatas reencarnan en mujer bella.
Con elefantes donde hubiera debido haber gorriones
Aunque vieras la foto no podrías
apreciar lo frío de la llovizna.
Ves en la esquina una pareja joven
despidiéndose.
Él no se quiere despedir, él quiere
convencerla de no sabe bien qué,
con tal que no se vaya...
Pero es en vano, él mismo
se sabe culpable de todas y cada una
de las acusaciones
que ha puesto tenazmente
la señora que no ha de ser su suegra
en la cabeza de la muchacha
—lo que pasa es que está muy orgulloso
de casi todas...
Ella
tampoco se quisiera despedir
—es borrosa esa parte de la foto:
algunas veces parecen
notarse en ella las ganas
de ya dejarse de tantas estupideces de amor—
pero es joven y blanda
y soñaba el amor como gorriones posándose en sus manos,
no como estos fornidos elefantes
que puso la pasión sobre sus hombros.
En cierto momento,
él se da por vencido y, tiernamente,
retira de hombros de ella los elefantes,
la besa en la frente,
la pone en un taxi que en segundos
se pierde de vista entre la llovizna
y empapado hasta el alma camina
cincuentaypico de cuadras hasta su casa,
seguido a paso lento, torpe y triste
por dos grises y dulces
elefantes de pena.
- Poemas con animales dentro - lunes 8 de julio de 2024


