Nacimiento
Mi madre entregó
mi cuerpo recién nacido al mundo,
se lo dio a la luz
que se asomaba entre las cosas
despavorida
y después se fue
apuradísima
como si tuviera
tareas muy urgentes
fuera de este mundo.
Quedamos solas la luz y yo
y nos entreveramos
de mala gana. Aprendimos
a nombrarnos y desdecirnos
en medio de este desvalido escenario.
Tengo preguntas para hacer
que mi madre no responde:
¿De qué está hecho mi cuerpo?, pregunto.
De lo que quedó
del cuerpo de tu madre, me respondo.
¿De qué está hecha la luz?
De palabras, me responde la luz.
Fuego y aire
Me ahogo en el fuego
y me quemo con el aire
mi voz se solaza en la mentira
grita dentro de mí el silencio
soy una mujer que habita
el país de Nunca Jamás
gateo sobre mis propias palabras
que son muelle
ancla
puente
me deslizo sobre los afilados márgenes
no quiero estar aquí
no puedo irme allá.
Fuego y aire
trastocaron su sustancia
para mí
que estoy hecha y deshecha
por lo que no sabe crear
ni puede destruir.
Un mudo balbucea mi nombre
yo voy hacia su boca
y me vuelco en ella
con toda mi humanidad
desmadrada
incierta
insustancial
mujer armada con tiritas de viento
sola en la compañía de sí misma
Ahuecada
y despierta
con los ojos anhelantes
desvestidos
y anhelantes.
Hace un millón de años
Cuando inventaron el fuego
hace un millón de años
yo estuve allí
con los ojos crispados
deslumbrada, venían
desde lejos
amontonados en el gentío
infinidad de ojos que llegaban también para mirar
el gran acontecimiento
el modo en que los fenómenos del Cielo
cayeron imprevistamente en esta tierra
y se manifestaron
los espectros de la luz,
llevados al extremo de ser
mucho más que sí mismos
encandilando, encandilando.
En el estallido de esos ojos
me vi, vi el sucesivo ir y venir de mi cuerpo
por el lodo y por la luz
con la angurria del tiempo atravesada en mis células
vi el brillo rojizo reflejado en quienes miraban
vi el aire estremecerse alrededor
y pude pensar en todos
y en cada uno de los nacimientos:
el de los cuerpos
el de las cosas
el del hambre. El fuego
con su voz distinta
comenzó a hablarme, me dijo:
Criaturas salvajes van a venir a devorarte.
Así ocurrió. He sido devorada.
Desde entonces vivo en el sinuoso estómago del hambre.
Plegaria del regreso
Volvió desde su muerte
mi madre
joven
perfecta
como era entonces. Ocurrió ayer.
Yo estaba sentada
con los codos apoyados
sobre mi rústica mesa
la mirada perdida
mientras mis dedos deshacían
miguitas de pan. Laxa la miga
se ablandó entre mis dedos
hasta que por fin
dejé despanzurrado y pura costra
el básico alimento de Dios. Entonces
apareció ella.
Al verla
amé más que nunca
su cuerpo de madre
generoso
hecho de luz y torbellinos.
Si nos hubiésemos parado frente a un espejo
ella bien podría haber sido mi hija
o yo misma
treinta años atrás. El amor
entre nosotras
se ha mantenido
intacto
como intacta es su carne
para siempre
desde que tengo recuerdos.
Abastéceme madre
con tu mirada
dame de comer
de beber
haceme dormir en la suavidad de tus palabras.
Buscame mil veces porque sigo perdida
arrópame
amamántame, madre, con el relato de un cuento
brillante en su final feliz.
Mi hambre ha crecido hasta lo indecible
y en su desmesura
se ha tragado mi vida entera,
esta,
la única vida que tengo
la que me diste
el mejor regalo que alguien puede recibir
y ha sido desperdiciada en el tiempo de esperarte.
Aun así
estoy en el centro de los acontecimientos, madre,
respiro en la esfera hueca de mi vida
con la dificultad de los recién nacidos
ahora
que regresaste.
La distancia inventada
por ese lugar al que te fuiste
fomentó mi hambre
con su maravillosa crueldad.
Te miro y no puedo creerlo
mis ojos mienten
dice la memoria de mis ojos
y se repite en un rezo interminable
que se pliega en mis células
para llegar hasta el principio
donde muy juntas
quedamos atrapadas
las dos
en el embrión de tu muerte.
El aire permanece alborotado
después de tu visita
cuesta respirarlo:
ya no deseo más que adormecerme
en el eco de tu nombre.
Mis dos árboles
Estoy aquí
acompañada por mis dos árboles
altos
desgarbados
mientras se desprenden de sus hojas.
Si llega un viento fuerte
las hojas vuelan como pájaros asustados
entonces yo me acuerdo de mi gatito muerto.
Ya nada es como antes
nada se parece a aquel tiempo
donde brillaba la vida.
Ahora que las edades del mundo se agotaron
mis dos árboles miran sin asombro lo que ocurre:
ayer descubrieron mi rostro
del otro lado de la ventana
cuando el aire se eclipsó
y mis ojos temblaron.
Mujer sonámbula
Soy la mujer sonámbula
que la noche eligió
para incendiar el mundo.
Mis ojos abiertos no ven
lo que la noche muestra, luces artificiales
y figuras fantasmas
son parte del incendio
son parte de la noche
que gime detrás de la mampara de la noche.
Camino sin ver
llevando el fuego
como ofrenda de memoria y estrategia.
La noche conoce las necesidades
de las mujeres sonámbulas
la noche las busca y las reúne:
No estoy sola
Se multiplica lo que el mundo
en su desorden anda buscando.
Las matemáticas aman el equilibrio
así como la noche añora
el fuego de las mujeres sonámbulas.
Todo se vuelve tan grande
cuando los ojos abiertos
no logran ver
esas luces inventadas que opacan la oscuridad
El fuego pide permiso
entra y sale de mí como criatura que nace
muere
nace y muere
ese es el ritual atado al movimiento
que nos calma la sed.
Aro de hula hula
Nunca fui joven:
la niña dio un salto circense
dentro de mí
y se volvió vieja, su vejez
es un aro de hula hula
que gira en torno
a mis pensamientos.
Los días fueron avanzando
sobre su propia espiral
para decirme
que la juventud
es un espejismo en technicolor.
Ahora continuamente
busco a la niña
que desapareció de un salto,
aún puedo ver dos piernitas flacas
estirándose en mi imaginación. Esas piernas
la llevarán muy lejos,
ella corre en sentido opuesto,
se apresura
va hacia atrás
se resiste a que la vida la empuje
vuelve
y cuanto más cree alejarse
más se acerca a la anciana
que la espera
con la boca apretada
y los brazos como molinos de viento.
A cada instante
a cada instante siempre
se produce el salto,
un salto de boca abierta
y piernas que ya no crecerán.
Hablan de mi padre
Antes
—lo recuerdo bien—
con cierta frecuencia
solía encontrarme
en la calle
en una plaza
en reuniones familiares
con gente que me decía:
Yo conocí a tu padre.
La frase
deslumbrante
se desplegaba
como una joya
nacida del misterio, mi padre
siempre joven
se plantaba entre otras palabras
forzando el itinerario de los hechos
y en esas palabras
estoy yo
de niña
en un cementerio
caminando al costado
de una hilera de cruces
que brotan de la tierra
y tienen la misma altura de mi cuerpo.
A la gente le gusta contar historias
donde una niña y la muerte
se entreveran
con cierta ampulosidad y desconsuelo.
Mi padre ha quedado petrificado
en una escena única
—morirse joven es casi lo mismo
que haber filmado una película en Hollywood.
Mi cuerpo ya se acerca
al doble de la edad que tuvo mi padre
cuando se encontró con la muerte
—los años se enciman y
las células responden,
el tiempo con sus pezuñas
ha seguido avanzando
después de aquella estampa con la niña
y las cruces en el cementerio, parece mentira.
Ya nadie me detiene
para decirme que conoció a mi padre
e hilvanar después
con palabras fantásticas
apabulladas
otra historia
capaz de sorprender a una mujer
que escucha
con oídos de niña.
La muerte de mi padre
se quedó sin auditorio,
ha ido perdiendo sus testigos
en el desparramo de los días,
hoy la muerte a secas
se ha vuelto un hecho tan trivial
como un simple envoltorio de jabón
o galletitas.
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