
El Illimani siempre ha sido el regente de estos lares, siempre alerta, siempre atento. Amarrado al altiplano, observa con gracia cómo este paisaje —lleno de subidas, bajadas, micros y gente— muta constantemente. El gigante helado no pierde de vista sus dominios, sobre todo después de la puesta del sol. La hoyada se convierte en una olla de chicha gigantesca de la cual se disfruta beber. Con el Illimani ebrio se inicia el celebrar chukuta lleno de cumbia, morenada, hits ochenteros, música de protesta y quién sabe qué más. En medio de este desbordante festejo estás tú. Como si te hubieras despojado de tu condición de mortal, observas cómo la existencia misma queda suspendida en las laderas de tu ciudad. Un parpadeo basta para romper el encanto.
El cambio te da un warakazo en la cara: los adobes que eran semilla, al igual que tu vida, han germinado. La ciudad ha germinado, transformándose en un chairo caótico, complejo, pero inextricablemente bello y sabroso. Todo es un ch’enko, pues. La entropía te fascina y a la vez te asusta. Por eso hoy, al igual que en el ayer, huyes del tráfago urbano y, en un intento por alcanzar el rutilante astro dorado, subes los peldaños del manso cielo. ¿Qué buscas allí, intrépido jovenzuelo? ¿Un recuerdo dormido? ¿Acaso buscas revolución, quizás tu camino? No lo sabes, yo tampoco lo sé. Repentinamente olvidas tus cavilaciones y quedas anonadado; no por lo divino del cielo, sino por la lucha de tu tierra. Te conviertes en un ser que observa su ignoto destino, contemplando la existencia desde el fin de los tiempos: soñando, volando, viviendo, amando. Te hallas imbuido en el encanto y el clamor de la vida. En este instante difuso, pasado, presente y futuro dejan sus quehaceres para tocarse una vez más. Llokalla bandido, trotsko aguerrido, padre amoroso, hombre, niño. Estuviste, estás y estarás cobijado en las polleras de nuestra madre infinita: Chukiyawu.


