Luces efímeras
Te escribí un poema.
Éste trataba de la luz brillante
de dos luciérnagas
sobre el cielo nocturno de Boston.
Hablaba de contradicciones disonantes
y otras cosas cotidianas.
Narraba el encuentro con la paz
en el absoluto abismo de un caos.
Contaba sobre la pureza
de esa nieve translúcida en las risas,
camuflando al invierno de primavera.
La fascinante complejidad
de las redes neuronales,
que permiten simplicidad enigmática
en acciones humanas.
Acciones como tomarse de la mano,
devolver una sonrisa
o tomar decisiones
tan jóvenes como tontas.
La inquietud de los huesos
mientras luchan por encajar
los deseos más primitivos de la mente,
al igual que la inhabilidad
de comprar un boleto de ida,
navegando de vuelta
al cuento del principito
y las mil y una noches.
La necedad a menudo compite
con el coraje
por el precio entre la locura
y un corazón de tinta.
En cuanto a esas dos pequeñas luciérnagas
en el cielo nocturno,
podrían haber estado recordando
el momento en el que se conocieron,
o simplemente hablaban sobre su día.
Tal vez se sonreían,
quizá lograron engañar
a todo náufrago de la nostalgia,
haciéndose pasar por estrellas
en aquel cielo impertinente.
Poco importa,
ya que esa noche,
juntas,
fueron hermosas y fugaces.
El cementerio de los relojes
Se dice que hay un lugar
donde los relojes van a buscar su muerte.
Allá, oculto entre los volcanes,
un valle donde las agujas se detienen
y el minuto se sienta a descansar.
En ese cementerio,
los relojes no marcan las horas.
Miden su tiempo en cosas
más importantes.
El reloj de un amante cuenta
sobre la adrenalina de miradas cruzadas.
El madrugador,
sobre una despedida anticipada.
El reloj de un padre,
sobre los primeros pasos de su hijo.
Las manecillas oxidadas
giran y giran,
mientras pasa la brisa
despertando sus engranajes,
jugando con su juventud.
A veces, los tornillos sueñan.
Sueñan con días inexistentes
y noches eternas.
Quizá sin jaulas,
Tal vez con puertas.
Si alguna vez lo encuentras,
el cementerio de los relojes,
escucha,
escucha a detalle.
El suspiro de un recuerdo,
la caricia de un instante.
Porque ahí, entre los latidos,
podrías encontrar un reloj
guardando algo tuyo,
Tal vez sólo olvidado,
no siempre perdido.
El girasol
En las ruinas de lo absoluto,
entre las sombras del ayer.
Allá,
en la montaña más alta
de una cordillera fugaz,
yace un girasol.
Sus pétalos luminosos
crecen fuertes,
como los cimientos
de la misma tierra de la que brota.
La altura,
a menudo cubierta de neblina,
esconde el horizonte.
Pero, como es de esperarse
en la naturaleza de aquella flor,
ésta siempre encuentra al sol.
Ella
no ilumina para ser vista,
ilumina para existir.
Porque la luz,
como el amor,
no necesita testigos.
El mercado de las sombras
En un viejo callejón de Bogotá,
ese que no aparece en los mapas,
donde el sol no llega
y los semáforos no parpadean,
hay un gato negro de tres patas
que guiará al supermercado.
Pero ahí no se venden ni verduras ni telas.
Es el mercado de las sombras desterradas.
Cada sombra vista,
la que alarga el atardecer
esa que camufla la noche,
fueron intercambiadas antes,
en el comercio del mercado.
En cada tienda,
los mercaderes ofrecen una variedad de sombras:
la sombra de un rey,
con aura de grandeza
y un peso desorbitante en su soberbia.
La sombra de un ladrón,
rotando su forma según la luz,
condenada a huir,
miedosa a lo que el fulgor destape.
La sombra de un niño,
brillosa,
eternamente feliz e inocente.
El precio no es dinero.
No hay monedas de oro suficientes para comprarlas.
El mercado se paga con recuerdos:
La fragancia de un verano quinceañero,
La vista de un atardecer eclipsado,
un primer beso.
Los mercaderes no tienen ojos,
pero no son ciegos.
Sus cuerpos, envueltos en vendas maltratadas,
con años de putrefacción.
A sus sonrisas les faltan dientes,
a sus manos les faltan dedos.
Quién sabe si son humanos,
o alguna vez lo fueron.
Cada recuerdo que guardan es un trofeo,
de esmeraldas y diamantes,
elegantes como el mar,
justicieros como la luna.
Un hombre compró una vez la sombra del cóndor
para surcar los cielos.
Pero perdió el recuerdo de su madre
y, al tirarse de un barranco,
no abrió sus alas.
Algunas sombras son más oscuras,
otras más ligeras.
Se dice que ningún alma abandona el mercado,
y que los mercaderes aumentan.
El sonido de la música
Todo músico entiende
el sonido que tiene la música.
Se compone
como una última hoja de arce en noviembre,
certeza y temblorosa,
estridente,
como la promesa de lluvia después de una larga sequía.
Satisfecha,
quedará a la merced del tiempo,
y el viento se la llevará,
disolviéndose en la piel
antes de poder descifrar su forma.
Así nace una constelación musical,
forjada por susurros violinistas
y momentos de brillantez.
Ella era uno de esos momentos,
pero no podía ser tan simple como un sonido.
Ella era la pausa entre las notas
que existe en el refugio de una sinfonía,
donde la anticipación y el anhelo persisten
más que cualquier crescendo.
En su presencia
respira vida
la quiebra del tiempo,
en un sublime diálogo
entre melodía y belleza.
Es ahí,
en ese delicado silencio,
donde la música,
tanto condenada como viva,
toma aliento.
Crímenes santos
Fábulas de estirpes en un poema albedrío,
sentenciadas a la muerte
por plebeyos de su gloria,
y arrojada al baldío
la rosa de mi boda.
Marchita,
teñida,
degollada.
Así me vi,
esperando años en aquel calabozo del rey moribundo
en cuyas tierras nunca se pone el sol.
Las piedras conocían mi nombre,
aunque yo lo olvidé.
Mis palabras inscritas en los muros ajenos,
sin hablar mi idioma.
Y el polvo
soplaba indiferente a mi agonía.
Hasta aquel atardecer azulado,
en el primer lunes de octubre,
cuando caminé hacia mi muerte.
Con bolsillos llenos de miel,
y mi piel marcada por memorias centellas,
saludé al verdugo
y me arrodillé en la arena.
Mi ejecución fue corta,
precisa,
violenta.
Había sido acusado de crímenes santos,
en contra de almas desteñidas.
Por el amor en mis pecados,
por besar los bordes de lo prohibido.
El Caribe escuchó mis pasos
y Francia tuvo mi cabeza.
Al caer,
silbidos de la audiencia,
pintando el escenario con mi sangre.
Y mis venas,
frías como el filo que las calmó.
Morí en el Nilo,
ahogado en mi respiración,
sofocado,
por el peso de mi cuerpo.
Morí en la Ilíada,
atravesado por una flecha griega,
perforando mi armadura,
mientras caía arrodillado,
viendo mi ciudad arder.
No me acuerdo de cómo sucedió,
cuando el primer lunes de octubre
caminé a morir.
Tal vez no fue una,
sino todas mis vidas
que murieron ese día,
una tras otra,
cuando caminé hacia mi muerte.
- Luces efímeras - viernes 21 de febrero de 2025


