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Buenos días, buenas mañanas

viernes 2 de mayo de 2025
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Disculpen que hable de manera atropellada,
pero es que no se imaginan lo que me han hecho esta mañana en el supermercado.

Les voy a contar lo que me sucedió
y entonces me entenderán perfectamente.

Me levanté como todas las mañanas, a las siete en punto.
Le di los buenos días a mi gato,
a mi anciana madre
y a mí mismo.

—Buenos días, buenas mañanas, buenos tiempos los de Dios —dije, como cada día.

Escrupulosamente, preparé el desayuno de todos,
bañé a mi madre,
hice las camas como siempre:
de manera pausada,
milimétrica,
midiendo el espacio entre almohada y cojín.

Luego me dispuse a mi aseo personal,
que, aunque no requiere tanto tiempo como el de las camas,
sí exige que mis cuatro pelos queden lo suficientemente estirados.

Me puse mi impoluta camisa blanca —siempre la vuelvo a planchar justo antes de salir. Eso me retrasa más de lo que quisiera... y entonces, por fin, me dispuse a salir.

Una vez llevadas a cabo todas mis tareas,
abrí y cerré la puerta tres veces.
Porque el tres es mi número de la buena suerte.
No sé qué pudo haber fallado...
siempre funciona.

Llegué a la puerta del supermercado a las nueve en punto.
Como cada día,
saludé a los cajeros que comenzaban la mañana:

—Buenos días, buenas mañanas, buenos tiempos los de Dios.

Oí, muy bajito:
—El pirado, otra vez aquí.

Sorprendido, intenté disimular.
Como había poca gente,
decidí olvidarme de lo que había oído.

Fui a ver a Carmen,
la pescadera que tan amablemente me trata a diario,
recomendándome siempre el mejor pescado fresco.

Al llegar, repetí:
—Buenos días, buenas mañanas, buenos tiempos los de Dios.

Pero no entendía nada.
Me miró...
y mugió.

Sí, sí, como lo oyen:
Mmmmmm…

Le pedí dorada, lubina y salmón,
y una vez que le di las gracias por los servicios prestados, salí corriendo en busca de mis otras cosas.

La educación debería ser siempre exquisita.
La misma que yo obsequio.

En el pasillo de refrescos, aguas y alcohol
(que por cierto odio —el alcohol es la bebida del diablo—),
me encontré con ese reponedor bajito que nunca me ha gustado.

Aun así, hice un último intento,
un último esfuerzo.
Se merecían una oportunidad.

—Buenos días, buenas mañanas, buenos tiempos los de Dios.

Y ahí se desencadenó todo.

Me miró fijamente
y dijo:
—Ni son buenos días,
ni buenas mañanas,
ni estos son de ningún dios.

Y sólo oí, en forma de eco:
No son de Dios… Dios… Dios… os…

Saqué el puñal
y se lo clavé en el pecho todas las veces que pude.

Corrí hacia la pescadería
e hice lo mismo con Carmen.

Y cuando aún sólo se oían gritos y jaleos,
me dio tiempo de llegar a las dos cajas…
y hacer lo mismo con la chica y el chico.

Ahora estoy realmente preocupado.

Tengo la camisa blanca toda manchada.
No sé con qué sacaré estas salpicaduras de sangre.
Porque no me dio tiempo de comprar bicarbonato de sodio.

Natalia Delgado Quirós
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