
En El cazador de sueños, José Elgarresta nos propone un recorrido vital que arranca en el nacimiento en una familia de clase media acomodada en una capital de provincia del norte de España en los años de posguerra hasta una madurez que llega, o parece llegar, tras variopintos fracasos y perplejidades, en el interior de un sueño de felicidad solidaria totalmente quimérico. Pues, si alguna tesis cabe extraer de este libro, es que el drama existencial de los seres humanos radica precisamente en eso, en que solemos ansiar un imposible: una fraternidad universal que nuestra propia condición nos impide continuamente alcanzar.
Se trata, por tanto, de un libro ácido, irónico, muy crítico con la mayoría de usos y costumbres dominantes en la época y en el segmento social del que procede el protagonista. Y también con los grupos de personas con quienes, a medida que se desarrolla y crece, va entrando en contacto: los padres, el colegio, la religión, los curas, los militares, las relaciones afectivas y sexuales, el ejército, la empresa, la administración, la bohemia literaria y artística... En ese sentido el libro guarda cierta relación con esas novelas de iniciación —por ejemplo El gran Meaulnes o El joven Törless— tan en boga hace unos años, si bien, coherentemente con la afirmación que cité al principio, y el carácter de “diario” elegido para el texto, la forma narrativa es más reflexiva, más de monólogo interior. En resumen, estamos ante una búsqueda de sentido a la vida que no consigue concretarse porque, cuando el protagonista cree estar en camino de lograrlo, un acontecimiento más o menos fortuito se encarga de demostrarle lo vano del empeño.

El cazador de sueños
José Elgarresta
Novela
Ediciones Vitruvio
Madrid (España), 2025
ISBN: 978-8412978599
204 páginas
Un tipo de problema psicológico y existencial, como diría cualquiera observador u observadora actual, muy de hombres de nuestra generación, por lo general —y me incluyo en la parte que me toca— poco apegados, a causa de nuestra educación y nuestras prioridades personales, a los aspectos materiales de la vida, y poco implicados en la crianza y el cuidado de los hijos y, más tarde, de los padres ya ancianos.
Sin embargo, su filosofía desesperanzada, casi nihilista, no invalida los méritos literarios de la obra, escrita con gran fluidez, amena y ágil, y que contiene pasajes memorables. Por ejemplo, en los capítulos titulados “Ego, ello y superyó”, “Crisis místicas” y “El otro lado”, en los que se describe el paso de la infancia a la adolescencia con una perspicacia y un gracejo no exentos de una suave melancolía:
Aún ahora tengo que mirarme una y otra vez en el espejo para aceptar que esto es así, que la misma persona reflejada en la luna es la que piensa y la que actúa y que yo soy esa persona y aun así me extraña mi propia imagen. De alguna manera me noto extraño a mí mismo y entonces observo la mirada abstraída que me devuelven mis propios ojos y comprendo que ahí es donde yo estoy, en lo que nunca ha ocurrido, pero yo sé que está ocurriendo continuamente, lo único que pasa es que mi cuerpo está a este lado del espejo y yo al otro... pero cuando estos últimos acontecimientos, en apariencia triviales y que aún hoy me hacen sonreír al recordarlos, tuvieron lugar, comencé a intuir lo que he dicho y a aceptarme tal cual era, no una mera hipótesis, aunque, después de todo, quizá es lo único que somos: una hipótesis que se transformará en certeza cuando el otro lado pase a ocupar todo el ámbito de nuestra existencia, si es que esto alguna vez sucede.
En “Luces y sombras de la bohemia” y “Otros personajes literarios”, que me parecen capítulos muy logrados, desfila una galería de tipos humanos la mayoría de los cuales, no importa si reales, inventados, o mitad y mitad, son verdaderamente originales, algunos y algunas muy, muy originales, valleinclanescos casi.
Luego, a partir del capítulo titulado “La oposición como locura controlada”, las peripecias del protagonista van derivando hacia un absurdo progresivo y medio demente que a ratos recuerda al teatro de Alfred Jarry y otras a Ionesco o Beckett, para, tras una interesante pero fallida experiencia monacal, una no menos fallida imitación del vuelo de Ícaro y un encuentro amoroso ignoramos si metafísico o delirante, concluir en “El país de los locos felices”, destino último del libro y desde donde no sabemos si el autor-protagonista del “Diario” ha migrado ya, o sigue cazando sueños todavía.
A Michel Foucault se le atribuye, ignoro si justificadamente, la idea de la locura como decisión consciente destinada a huir del absurdo de la existencia. Tampoco sé si el autor-protagonista de este “Diario” se considera o no discípulo del pensador francés, más me parece un existencialista más cercano a Camus que a Sartre. En El mito de Sísifo, Camus escribió: “Yo grito que no creo en nada y que todo es absurdo, pero no puedo dudar de mi grito y tengo que creer por lo menos en mi protesta”. Que es, en última instancia, en lo que me parece que sigue creyendo José Elgarresta.
En cierta ocasión le preguntaron al gran poeta estadounidense Robert Frost, ya muy mayor y con una biografía familiar especialmente dramática, qué había aprendido en la vida, qué recomendaría a otros. Meditó un segundo y respondió con tres palabras: “Just go on” (“Simplemente, a seguir”). Pues lo cierto, es que, como se comprueba a menudo, hasta los sueños más dementes suelen ser superados por lo que ocurre en la realidad.
Para terminar, conviene, como también hace Elgarresta en su libro, citar a Sigmund Freud, que siendo sin duda muy consciente de todo lo anterior, no se conformaba con soluciones estoicas. Para Freud la terapia última se basaba en una fórmula magistral de dos únicos componentes: amor y trabajo.
- El cazador de sueños, de José Elgarresta - domingo 1 de junio de 2025


