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El llano esencial en la poesía de Enriqueta Arvelo Larriva

lunes 3 de agosto de 2015
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arvelolarriva“El poema es la vida con su savia de instantes”
“Asistida angustia”,
en: Poemas perseverantes
“Yo creo que la poesía debe evolucionar dentro de nosotros para que su transformación sea pura”.
Enriqueta Arvelo Larriva, carta a Julián Padrón

Enriqueta Arvelo Larriva, hermana del poeta Alfredo Arvelo Larriva, nació en Barinitas (estado Barinas) el 22 de marzo de 1886 y murió el 10 de diciembre de 1962. Sus biógrafos destacan el gran aislamiento en que vivió en su tierra natal, haciendo todo tipo de oficios.1 En 1939, en carta dirigida a Julián Padrón, a propósito de la publicación de su poemario La voz aislada (nombre sugerido por el autor), recuerda sus circunstancias vivenciales:

No me labré intelectualmente en ninguna parte, “designorantándome” un poquito sólo por la influencia de mi hermano, la que muy temprano dejó de ser inmediata, pues él dejó estos lugares siendo muy joven y cuando yo estaba en plena adolescencia. A esto se agrega la carencia absoluta de viajes, si no contamos uno que otro paseo por la sabana (…). A la capital de la República no fui nunca siendo muchacha. La vida ha sido dura con todos mis anhelos, por lo que es un hallazgo no sentir que me haya vencido del todo.2

Enriqueta Arvelo Larriva encontró el privilegio de su propia voz: “(…) buena o mala, voz es lo único que he tenido”.3 Su poesía, con sus propios decires y recursos, evolucionó al alto vuelo allá en la soledad de su pueblo y de su llano, con su propio simbolismo que le da, a nuestro entender, una autenticidad mayor que la de la voz de los poetas de la Generación del 18, con quienes suele parangonarse su obra.

Ello nos ha motivado a realizar un análisis de su poesía a través de los poemarios El cristal nervioso (1922-1930), La voz aislada (1930-1939), Mandato del canto (1944-1946) y Poemas perseverantes (1947-1960). Analizaremos algunas imágenes de la espacialidad, en el sentido de la horizontalidad, la verticalidad y la profundidad, elementos cardinales en la construcción de esa espacialidad poética, haciendo énfasis en su primer poemario El cristal nervioso.

 

1. Presencia del llano

El paisaje de Enriqueta Arvelo Larriva es un espacio autoconstruido, en el que las potencias creadoras ascienden y descienden, se precipitan, a veces con estrépito

No podríamos afirmar que Enriqueta Arvelo Larriva sea la poeta del llano venezolano, en el sentido de la poesía de Lazo Martí o de Alberto Arvelo Torrealba. La referencia a su llano natal existe desde la simplificación de elementos emblemáticos: aquí una palmera, más allá un estero, acá un venado, en conjunto, la inmensidad del llano. Cuando la autora menciona un pájaro, el cielo, el río, el caballo, las abejas, ¿cómo saber que se refiere al llano? ¿No son, acaso, los componentes de cualquier paisaje? La autora logra combinar los pequeños detalles del paisaje con los elementos de la extensión y de la inmensidad, la línea del horizonte que abarca la mirada. Nos sorprende esta imagen esencial del llano, colmada de un gran subjetivismo e impresión interiorista, que se aleja del paisaje tradicional y nos conduce hacia otro, muy adentro en las honduras del mundo interior, en la llanura inconmensurable del alma, del espíritu que tanto alude en su poesía Ana Enriqueta Larriva.

Desde su primer poemario, El cristal nervioso (1922-1930), hasta sus Poemas perseverantes (1947-1960), podemos apreciar cómo se menciona el cielo, imagen del otro espacio, semejante al llano por su extensión. Cielo y llano se unen en la línea del horizonte. Son imágenes entrelazadas en su espacialidad, que se integran y se complementan mutuamente dando origen a un simbolismo espacial muy rico y digno de observar: la horizontalidad, a través de la imagen del llano; la verticalidad, a través de la ecuación cielo-tierra; la profundidad, a través de las imágenes de los abismos, los precipicios, las aberturas, las hendijas, las hendiduras.

Los imaginarios espaciales son de procedencia muy antigua. Registran el paso de un estadio cultural a otro, del caos al orden, de la organización de las sociedades tratando de imitar la tarea de los dioses civilizadores y de la interacción del ser humano con la naturaleza.4 Las diferentes coordenadas espaciales como la horizontalidad, la verticalidad y la profundidad han sido interpretadas simbólicamente por las distintas culturas, convirtiéndose en verdaderos arquetipos.

Revisemos, en primer lugar, desde la perspectiva de Juan Eduardo Cirlot, la complejidad de las imágenes espaciales. Señala el autor:5

En cierto modo el espacio es una región intermedia entre el cosmos y el caos. Como ámbito de todas las posibilidades es caótico, como lugar de las formas y de las construcciones es cósmico. La relación temprana entre el espacio y el tiempo constituyó uno de los medios para dominar la rebelde naturaleza del espacio. Otro, más importante, fue su organización por medio de divisiones fundadas en su tridimensionalidad. Cada dimensión, en sus dos sentidos posibles —en la recta— facilitó dos polos de orientación. A estos seis puntos situacionales se agregó el séptimo: el centro. El espacio quedó convertido así en una construcción lógica (…). La tridimensionalidad del espacio se expresa por una cruz de tres dimensiones cuyas ramas se orientan en las seis dimensiones espaciales: las cuatro de los puntos cardinales, más las dos del cenit y del nadir (…).

En el ámbito de la poesía, cada poeta reelabora los arquetipos culturales y los recrea en su propia poesía, reelaborándolos desde su particular visión, sensibilidad y experiencia del mundo. Enriqueta Arvelo Larriva también decanta su poesía en una particular vivencia del paisaje llanero que transmuta en paisaje interior, incorporando las dimensiones de la tridimensionalidad espacial. Acerquémonos a su percepción de la espacialidad del llano.

 

2. Dimensiones del espacio poético

La poesía de Enriqueta Arvelo Larriva expresa un intenso mundo interior a partir de la conjunción de imágenes de un paisaje exterior, los distintos elementos de la inmensidad del paisaje llanero, con la expresión de un paisaje interior, pleno de emociones, sensaciones, intensidad y sensibilidad poéticas. La autora nos explica, en el poemario La voz aislada (1930-1939), cómo el paisaje externo es el punto de partida para delinear su paisaje interior:6

Nací y vivo en el pueblo del Llano (Barinitas sin historia, Barinitas sin construir, pero que cuenta más habitantes que Barinas) que está al pie del Ande, casi en sus últimos contrafuertes, pueblo que tiene mucho de ambas zonas. He estado así, abastecida en punto a naturaleza, pero a pesar de mi curiosidad y mi ternura por ella, y aunque ella ha sido mi refugio, no puedo clasificarme como delirante enamorada. Me interesa más lo humano, lo vibrantemente humano. Eso sí, lo límpidamente humano. En veces, sin pensarlo he querido hacer humana la naturaleza. ¿No lo capta así, por ejemplo, en mi breve poema “El río”?

El paisaje de Enriqueta Arvelo Larriva es un espacio autoconstruido, en el que las potencias creadoras ascienden y descienden, se precipitan, a veces con estrépito, como el de los cristales al romperse, en un intento por superar las propias coordenadas de esa espacialidad construida desde la horizontalidad, la verticalidad y la profundidad. Su poesía revela la creación de una espacialidad interior como un acto fundacional de sí y de su propia creación poética, que organiza el propio caos interior para trascenderse a sí misma, estableciendo los linderos a través de una multiplicidad de imágenes en sentido tridimensional, dibujando un espacio interior plural, en coordenadas distintas, pero convergentes, como es el caso de la horizontalidad y la verticalidad, que revisaremos a continuación.

 

 

2.1. Horizontalidad y verticalidad

A partir de su primer poemario, El cristal nervioso (1922-1930), ya aparecen integradas la horizontalidad y la verticalidad, a través de la imagen del agua y del árbol —“el follaje de mis ansias”—, asociados a la tierra, a los sentimientos y las emociones. Imágenes que integran la horizontalidad de la tierra y el río con la verticalidad del árbol y también remiten a una espacialidad interior.

Cabe mencionar que la verticalidad está considerada como “símbolo de ascensión y progreso” en palabras de J. Chevalier y A. Gheerbrant, en su famoso Diccionario de símbolos.7 El simbolismo del árbol como conexión y puente entre la tierra y el cielo refuerza el sentido ascensional de la poesía de Enriqueta Arvelo Larriva. Es un indicio de la superación del yo hacia la trascendencia creadora en un nivel más alto.

La imagen del agua aparece desde el título del poemario, evocando el movimiento y variabilidad del elemento —“el cristal nervioso”— pero, a su vez, extiende su sentido a través de otros poemas, incluyendo al poema homónimo del título: agua bullente, agua viva, dulce agua, agua muerta. En la segunda estrofa del poema se introducen las imágenes del agua que propician semánticamente el salto hacia los estados interiores del ser: “Vértice de mi alma, en ti nace el agua”.8 Se habla de los que tienen “sed de alma”, “sed de un cristal nervioso”,9 como se lee a continuación:

Es clara e inquieta.
Es clara e inquieta
Y ahueco hoy las manos para brindarla.
¡Cuánta contienen mis manos
De esta dulce agua!
La cojo cuando ágil y naciente salta
—plena de fragancia, de frescor, de iris—
Mojando el follaje de mis ansias.

Vértice de mi alma, en ti nace el agua.

Tomad cada uno prolongado sorbo,
Los que vais sedientos de un cristal nervioso.

Impaciencia lucen mis manos delgadas,
Vaso que palpita sintiéndose colmo.
Bebed, que se apegan las burbujas pronto
Y será agua muerta
El agua bullente que en las manos porto.

El agua está viva. ¿Tenéis sed de alma?
Bebed, que casi oigo
Música, si acerco las manos al rostro.

El agua está viva, y es para vosotros,
Los que vais sedientos de un cristal nervioso.

La riqueza imaginística del poema integra elementos del paisaje exterior, como el río y el árbol con los estados internos del ser, delineando un paisaje interior. El agua actúa como elemento de regeneración, de vida física y espiritual. Ese cristal nervioso, en perenne movimiento, fluye y en su recorrido vivifica la naturaleza y el alma. Las manos, como receptáculo, ofrecen el agua a los que tienen “sed de alma”, acción que reafirma el carácter sacralizador de la voz poética al actuar como oferente de actos simbólicos que consagran los actos cotidianos de la vida, como el acto de beber. Al caer el agua será “agua muerta” porque nadie la recibe, se desperdicia. El lenguaje se adecúa al mandato poético a partir de la tercera estrofa al incorporar solemnemente la segunda persona del plural: “Tomad”, “bebed”, “¿Tenéis sed?”, “El agua es para vosotros”.

En otro poema, “Voluntad”, también podrá observarse la conjunción de imágenes que remiten tanto a la horizontalidad como a la verticalidad:10

La tristeza me cerca,
Me reduce…
Sombrío el cielo,
Nublo el horizonte.

Mas a paisajes y estrellas invisibles,
Digo: ¡Libertadme!
Con grito emocionado que rasga niebla y nube.

En este breve poema de siete versos se conjugan los elementos de la horizontalidad, la verticalidad y la profundidad. El estado inicial del yo lírico es la tristeza, un estado del alma, del espíritu, que puede asociarse a la imagen de la profundidad interior. En diálogo poético con el paisaje, integra las imágenes del cielo y del horizonte —“Paisajes y estrellas invisibles”— en una sola ecuación, en donde el paisaje exterior actúa como bálsamo liberador. El paisaje remite a la línea de la horizontalidad y las estrellas, a la línea de la verticalidad. Lo externo y lo interno se integran en este diálogo poético de grandes transmutaciones líricas.

 

 

2.2. Verticalidad y profundidad

Las dimensiones del espacio poético se manifiestan de poemario a poemario de manera integral. Revisaremos algunos poemas para observar la preeminencia de una que otra dimensión. Así, podemos leer en el poema “Cielo”:11

Cielo,
Liberta mis miradas,
sálvalas de visiones pequeñas.
Súbelas.
Paséalas por tu anchura.
Colma de tu sabia armonía
Mi curiosa ignorancia.

Nuevamente encontramos la voz poética dialogando con los elementos de la naturaleza —el cielo— pidiéndoles la elevación de sus visiones poéticas para engrandecerlas. La mirada poética parte de sí misma, se dirige al cielo, para volver a sí misma. No es el poema del paisaje sino de las motivaciones del yo lírico, del paisaje interior que selecciona los elementos de ese santuario que es la naturaleza. En la segunda estrofa del poema, la imagen de la tierra reafirma la opción de la voz poética por el ser humano, antes que el paisaje,12 como expresó la autora en la carta mencionada anteriormente, dirigida a Julián Padrón:

Mas si estoy prendida a la tierra,
Corta, cielo, mi afán de subir a alcanzarte.
Desgájate y baja.
Da a mi frente que se alborota en pensamientos
Honda almohada de tu azul.

En esta instancia del poema se manifiesta la verticalidad invertida, la “bajada” del cielo, no en el sentido caótico ni apocalíptico, sino desde la medianía de esta sacra voz lírica cuya potestad implica el dialogar con los elementos de la naturaleza y doblegarlos. La frente sería el punto focal para ese cielo que baja a la tierra ante la imprecación del yo lírico. El azul del cielo, según J. E. Cirlot,13 es “el velo con el cual se cubre el rostro la divinidad”. Asociada al poema, percibimos la imagen del azul del cielo relacionada con la frente, como el afán del yo lírico de elevarse, de engrandecerse internamente desde la tierra, en la tierra, en cuerpo presente y no como un ser espiritual ajeno al mundo.

En los poemas “Toda la mañana ha hablado el viento” y “Laguna”, del poemario La voz aislada, se percibe la unión de la voz poética con el paisaje llanero, reiterando la presencia de los elementos ya característicos de su poesía: río, árboles, viento, palmeras, aunada a las imágenes de la verticalidad, la horizontalidad y la profundidad. Pero, a diferencia de los poemas que hemos analizado, en estos no se busca la trascendencia del alma sino el arraigo en lo humano. En el poema “Toda la mañana ha hablado el viento” la voz lírica se transmuta en viento que viaja entre los árboles (verticalidad), y por el río (horizontalidad), invade los espacios, las “finas rendijas” (profundidad), hace sonar los alambres a lo largo de su extensión (horizontalidad):14

Toda la mañana ha hablado el viento
una lengua extraordinaria.

He ido hoy en el viento.
Estremecí los árboles.
Hice pliegues en el río.
Alboroté la arena.
Entré por las más finas rendijas.
Y soné largamente en los alambres.

Antes —¿recuerdas?—
Pasaba pálida por la orilla del viento. Y aplaudías.

En este poema, el juego del viento recorre los pequeños espacios como las “finas rendijas”, la arena, los “pliegues del río”, imagen de la profundidad en pequeña escala, apuntando hacia el microcosmos. No se desestima la trascendencia ni el alto vuelo del espíritu. La raigambre se da desde la tierra, desde el “piso” horizontal de la tierra y del río. Vuelo y viaje poéticos se dan cita en este poema que sintetiza la integración del paisaje externo con el interno y nos habla de una aguda sensibilidad poética.

En el poema “Laguna”, la referencialidad sobre el llano se da en forma directa: laguna, palmera. La voz lírica manifiesta su incertidumbre:15

Aquí está la laguna tremenda, verde.
Aquí está, cerca de la palmera limpia,
Concentrado su hálito,
Armándose en mansedumbre,
Cerrada a los reflejos fieles,
voluptuosa en su lento burbujeo.
¿Habré de ir,
sin música, sin gloria,
leal, fatal,
nublando cuadros lindos?
Aquí está la laguna tremenda, verde.

Ocurre en este poema lo que Gastón Bachelard denomina “narcisismo cósmico”.16 Se da una “ensoñación frente al reflejo de las aguas”, que evoca la imagen del Narciso contemplándose en las aguas. El sentido inicial de evocación de la laguna se transfiere a la interioridad del yo lírico, en el segundo verso. La imagen de la laguna —agua estancada— sugiere la inamovilidad, lo que está estancado, sin vida. No obstante, se sugiere un cierto movimiento interno en el sexto verso cuando expresa: “voluptuosa en su lento burbujeo”, ¿reflejo de sí misma, del estado interior y anímico de la voz lírica que agoniza en la contemplación, pero que se resiste? Según Bachelard, “toda agua viviente es un agua a punto de morir (…). Contemplar el agua es derramarse, disolverse, morir”.17 El poema sugiere ese estado de alma descrito por Bachelard.

Para finalizar, revisemos el poema “El río”:18

El río está tibio
Como mi piel
Y sabe bañarme el alma.

Juega conmigo a ahogar mi hondura,
Nervudo de culebras de sol.

No se parece el río
A aquellos ojos quietos que no quise.

Nuevamente encontramos la conjunción entre lo externo y lo íntimo, en la que se unen las imágenes poéticas en una sola ecuación, como es el caso de “Piel y río”. “Río que baña el alma”, río sensualista, que serpentea no sólo alrededor del cuerpo que se sumerge, sino que también fluye y se llena de sol. El río refleja como las estrellas la luz del sol, imagen de la verticalidad invertida, de la horizontalidad, por la extensión y recorrido del río, pero también de la profundidad por el movimiento interior que genera. La imagen “baño del alma” se instala en la línea de la profundidad por la interiorización en el ser. Imagen sensualista que sugiere la idea de la posesión carnal, en el verso que expresa “Juega conmigo a ahogar mi hondura”, y amplifica el sentido con la imagen “sabe bañarme el alma”, en ese vaivén retórico de las transmutaciones poéticas.

Al evaluar la poesía de Enriqueta Arvelo Larriva desde las imágenes de la espacialidad poética, podemos afirmar que la evocación de un paisaje llanero es trasunto de la construcción de un paisaje interior, que sin dejar de afianzarse en las experiencias y hondos sentimientos humanos, del encuentro de la vida con la muerte, también busca expresar la trascendencia poética y la magnificencia del alma.

Magaly Guerrero
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Notas

  1. En una carta dirigida a Julián Padrón, de fecha 21 de julio de 1939, la autora señala algunos de los oficios que le tocó desempeñar en su pueblo: sanidad, asistencia social, consultor jurídico, secretario de analfabetas pobres. En: Enriqueta Arvelo Larriva (1976) Antología poética. Caracas: Monte Ávila; p. 57.
  2. Ibíd., p. 44.
  3. Ibíd., p. 42.
  4. Son ya clásicas las observaciones de Mircea Eliade sobre cómo el ser humano fue organizando el caos para establecer un orden en el mundo. Cf. El mito del eterno retorno (1972). Madrid: Alianza-Emecé [Ricardo Anaya, trad.].
  5. Juan Eduardo Cirlot (1981): Diccionario de símbolos. 4ª ed., Barcelona: Labor.
  6. Ana Enriqueta Terán, op. cit., p. 46.
  7. C.f. Jean Chevalier y Alain Gheerbrant (1999). Diccionario de símbolos. Barcelona: Herder; p. 1.061.
  8. Ibíd. pp. 25-26.
  9. Ídem.
  10. Ibíd., p. 30.
  11. Ibíd., p. 53.
  12. Ídem.
  13. Juan Eduardo Cirlot. op. cit., p. 128.
  14. Enriqueta Arvelo Larriva, Poesías (1976) Valencia: Universidad de Carabobo, Dirección de Cultura, [Selección: Reinaldo Pérez So]; p. 12.
  15. Enriqueta Arvelo Larriva, op. cit., p. 66.
  16. Gaston Bachelard (1978) El agua y los sueños. México: Fondo de Cultura Económica [Ida Vitale, trad.]; p. 66.
  17. Ibíd., p. 77.
  18. Ibíd., p. 70.
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