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Metáforas del abismo
Nociones de realidad de Nietzsche en la obra de Howard Phillips Lovecraft

lunes 31 de octubre de 2016
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Cthulhu
Atrapado en la profundidad del océano, Cthulhu duerme un sueño de tiempos inmemoriales y determina el destino de la Tierra. Su despertar será el retorno del caos primario y el fin de toda vida en el planeta.

Para Nietzsche la existencia efímera y delicada de la vida humana es la motivación que lleva al hombre a la búsqueda de calma y seguridad por medio de la construcción de un mundo metafórico; para Lovecraft, esta insignificancia es la clave del horror.

Introducción

La obra de Howard Phillips Lovecraft significó un aporte crucial para el cambio de paradigma en la literatura de horror y ciencia ficción. El abandono de los conceptos del terror de carácter gótico, y la incorporación de factores relacionados con la ciencia y la filosofía, modificaron estructuras y argumentos arraigados en la narrativa desde el medioevo. La revolución en el género de la literatura de horror, encabezada por Edgar Allan Poe y Arthur Machen, y acompañada por Ambrose Bierce y Algernon Blackwood, fue profundizada por Lovecraft hasta el punto de generar un estilo que trascendió los estratos de la narrativa underground y se incorporó al canon que aún prevalece.

Las intenciones que motivan esta exposición apuntan a reflexionar sobre los puntos de contacto entre la literatura lovecraftiana y el ensayo Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, de Friedrich Nietzsche.

La descripción de estos puntos de contacto y de la reutilización de ideas en argumentos y estrategias narrativas, pondrá en evidencia algunos de los motivos por los cuales este género se ha extendido y hoy, en plena vigencia, continúa reflejando temores individuales y colectivos. Las nociones comunes que permiten señalar transferencias están relacionadas a la condición humana, a la utilización del intelecto y las ciencias, y a la tesis que considera que la realidad es una mera ilusión, sustentada por metáforas y medidas antropométricas.

 

1. Efímeros y diminutos

La proclama que Friedrich Nietzsche realiza en su ensayo Sobre verdad y mentira en sentido extramoral es una descripción corrosiva que pone en duda las concepciones de verdad y arremete contra las estructuras de la civilización humana. La tesis fundamental de esta proclama califica de ilusoria a la realidad y abre un punzante signo de interrogación que aún ronda, amenazante y sin respuesta, por el mundo del pensamiento filosófico.

A principios del siglo XX, y en medio del avance de una modernidad avasallante, Howard Phillips Lovecraft capta la tesis de Nietzsche, la transforma en una estrategia argumental y luego la utiliza como punto de partida y basamento de su obra literaria. El resultado de esta transferencia derivará en una transformación histórica dentro del género de la literatura de horror.

El punto de confluencia permanente entre los dos autores es la noción de “insignificancia de la humanidad”. Para Nietzsche la existencia efímera y delicada de la vida humana es la motivación que lleva al hombre a la búsqueda de calma y seguridad por medio de la construcción de un mundo metafórico; para Lovecraft, esta insignificancia es la clave del horror.

El hombre, considerado en su existencia en el tiempo y el espacio, es un ser insignificante. Acerca de la intrascendencia humana en las eras del universo, Nietzsche afirma que el intelecto, capacidad primordial del hombre, es solo un recurso “…de los seres más infelices, delicados y efímeros, para conservarlos un minuto en la existencia” (Nietzsche, 1873, pág. 1); en coincidencia, Lovecraft torna esta proposición en base argumental. Es habitual leer en las ominosas páginas de sus obras expresiones tales como: “El género humano es tan sólo una —quizá la más insignificante— de las razas altamente evolucionadas que han gobernado los misteriosos destinos de nuestro planeta. Según esto, hubo seres de forma inconcebible que habían levantado torres hasta el cielo y ahondado en los secretos de la naturaleza, antes que el primer anfibio, remoto antepasado del hombre, saliese de las cálidas aguas de la mar, hace trescientos millones de años” (Lovecraft, 1934, “En la noche de los tiempos”, pág. 219).

Así como el tiempo es utilizado como una constante de comparación que determina la condición efímera del hombre, el espacio es la que expresa, para ambos autores, su pequeñez. Para el filólogo alemán la humanidad es tan sólo un grupo de animales inteligentes, “habitantes de un astro ubicado en algún apartado rincón del universo centellante y desparramado en innumerables sistemas solares”. Animales altaneros, factibles de desaparecer tras una breve respiración de la naturaleza. Lovecraft complementa esta visión con una mezcla de terminología científica y expresiones arcaicas que ahondan la sensación de desamparo, y afirma, en reiteradas ocasiones, que este astro llamado Tierra es parte de “…un cosmos totalmente incógnito e incognoscible, en el cual la humanidad no constituye sino un átomo transitorio y despreciable” (Lovecraft, 1968, Los mitos de Cthulhu, pág. 9).

Luego de aplastar a la humanidad con metáforas afiladas y careos impiadosos, los autores analizados llegan al apogeo de la destrucción de medidas antropomórficas y cargan contra el intelecto humano. El rasgo distintivo de la humanidad, su capacidad para generar conocimiento, el ápice divino que la destaca por sobre los demás seres vivos, es cruelmente reducido a un “complemento biológico”. Nietzsche, hablando del intelecto, ahora como elemento útil para la simulación, a modo de camuflaje, lo describe como “el medio merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña” (Nietzsche, 1873, pág. 2).

Por su parte, Lovecraft traslada esta concepción a su obra y la refleja en el padecimiento permanente de sus personajes. Los desafortunados que fueron elegidos para formar parte de alguna sus historias, generalmente tienen un alto grado de formación, un nivel intelectual superior a la media y una curiosidad prácticamente suicida. Estos personajes transitan las páginas en una agonía mental producto del hallazgo de realidades inexplicables e inabarcables, que relativizan verdades antes inmutables y los sitúan en un espantoso desfiladero sin final, cuyas alternativas son la locura o el suicidio.

En este padecimiento, que el escritor denomina “angustia cósmica”, no hay descubrimientos alentadores, la realidad en la que vivimos es una situación pasajera, sólo un segundo en los infinitos milenios del universo. El intelecto humano no fue creado para soportar la verdad, el más breve acercamiento a un destello del cosmos real arrojará al intrépido investigador a la locura más radical y al posterior desdén de sus compañeros incrédulos.

Casi en correspondencia con lo expresado en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, el escritor de Providence no sólo reconoce la ridiculez del intelecto humano sino que, con un dejo irónico, asegura que la limitación del intelecto es la causa fundamental de la supervivencia humana, y por boca de uno de sus personajes afirma que “la cosa más piadosa del mundo es la incapacidad de la mente para asociar todo su contenido” (Lovecraft, 1928, La llamada de Cthulhu, pág. 1), y abona el terreno del “olvido” o de las “metáforas muertas”, teorizado por Nietzsche.

Tal vez en reacción a la modernidad creciente de su tiempo, cada vez más volcada a un cientificismo gris y deshumanizado, Lovecraft admite que el intelecto es sobrevalorado. Las metáforas muertas se hacen evidentes en una sociedad en constante movimiento, en la que millones de seres humanos se agolpan en ciudades sucias y caminan, empastados de grasa industrial, por vidas plagadas de acciones mecánicas, justificadas en la mera supervivencia económica, pero mezcladas con rituales ancestrales que no se condicen con la realidad industrial del naciente siglo XX.

La ciencia avanza en métodos de eficacia productiva, en innovaciones tecnológicas y en estudios antropológicos, pero el hombre es sólo un engranaje, a veces prescindible, dentro de la cadena industrial, y el hambre, las enfermedades y el hacinamiento crean imágenes de angustia masiva de una abyección apocalíptica. Las zonas rurales, desmanteladas, apenas subsisten como fortines renegados que producen lo mínimo para vivir y se aferran a conservadurismos extremos que conviven con cultos paganos hijos de la desesperación.

Ante esta situación, Lovecraft, hombre amante de la calma y la tranquilidad, encuentra en Nietzsche los argumentos para metaforizar su repulsión hacia el siglo XX y en ciertos pasajes de sus obras llega a emularlo en acidez y trasgresión, aseverando que la vida de nuestro sistema solar es resultado de un error o de un vano divertimento de seres superiores.

Los dos autores, desde esferas distintas, recrean la historia (o protohistoria) con la angustia cósmica del hombre como razón para la construcción de un cobijo de metáforas que enmascaran la verdad y lo protegen de la realidad. El escritor nos advierte que el mundo real alberga seres que, en caso de establecer contacto, nos provocarían un horror alienante no sólo por su lejanía de las formas humanamente conocidas, sino también por revelar, con su existencia, nuestra diminuta y efímera condición; Nietzsche no es tan benigno, su pensamiento desmantela la realidad y nos deja, atónitos, ante el abismo.

 

2. Espejismos antropomórficos

Aceptar los postulados del ensayo de Nietzsche es dar lugar al vendaval dialéctico que arrasa con la realidad y destruye las nociones de verdad. La revolución no es tan sencilla, terminar con las metáforas muertas es sólo el comienzo, luego será necesario enfrentar el vacío y, limpios de mentiras, admitir que tras las construcciones ilusorias pueden existir verdades que nuestros padres primigenios ocultaron con justa razón. Esta posibilidad, junto al interrogante existencial que significaría el retorno a los tiempos remotos en los que nacieron las metáforas, es una incomodidad que Lovecraft espolea con su literatura hasta transformarla en una sensación de desamparo que teñirá toda su obra y repercutirá en infinidad de artistas posteriores.

Lovecraft devela el interrogante, pero su respuesta es mucho más aterradora que las dudas; él nos asegura que la verdad es espantosa, que lo que realmente nos rodea es el horror, un “cosmos ciego que destruye sin motivo alguno de la nada hacia algo y de algo de regreso a la nada otra vez, ni escuchando ni sabiendo los deseos o la existencia de las mentes que se mueven tremulantemente y de vez en cuando en la oscuridad” (Lovecraft, en El Realismo Mágicko de H. P. Lovecraft, sp.)

La transformación de la tesis de Nietzsche en un recurso literario resultó en una fórmula que aplicó la estocada final a la literatura gótica. Los temores medievales regresaron para siempre a su lugar y fueron reemplazados por el horror cósmico, por el espanto cientificista constituido por malabares macabros, por el pavor a lo posible, a todo lo que no puede ser comprobado ni refutado por la razón. También es el fin de los miedos humanos, en la literatura dejan de morar los fantasmas para dejar lugar a entidades muy alejadas de lo antropomórfico, seres omnipotentes, inabarcables por la conciencia del hombre.

La literatura de horror cósmico considera que el refugio de metáforas, nuestro mundo antropomórfico, se rige por la ciencia.

El temor de descubrirnos efímeros, diminutos y limitados, se potencia más cuando toda medida humana es relativizada. El ensayo Sobre verdad y mentira en sentido extramoral es un postulado permanente al respecto. Nietzsche expresa que la ciencia, método de conocimiento exclusivo de la humanidad, es sólo la relación entre diversas percepciones humanas, y que “toda la regularidad de las órbitas de los astros y de los procesos químicos, regularidad que tanto respeto nos infunde, coincide en el fondo con aquellas propiedades que nosotros introducimos en las cosas, de modo que, con esto, nos infundimos respeto a nosotros mismos” (Nietzsche, 1873, pág. 10). Este nuevo embate dialéctico también se transforma en una argucia lovecraftiana, y en medio de libros prohibidos y grimorios malditos, la ciencia se reduce a un método forjado por el intelecto sólo para contribuir a la conservación de la raza humana.

La literatura de horror cósmico considera que el refugio de metáforas, nuestro mundo antropomórfico, se rige por la ciencia, el método “que sirve para esconder la realidad primordial, lo que acecha en nuestra mente y que habita en todo eón y en todo espacio; en fin, aquello que constituye el misterio de la vida” (Roa, 2000, sp).

En definitiva, con la ciencia como estratagema del intelecto para permanecer en la ignorancia o en el “olvido”, el hombre de Nietzsche (o los personajes de Lovecraft) nacen, transitan y mueren en un mundo enclenque, tambaleante y al borde de ser aniquilado por cualquier pisotón accidental de entidades numinosas e inmortales. La verdad, “una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos” (Nietzsche, 1873, pág. 5), es una gran mascarada que llena, con poca consistencia, un vacío de sentidos. Lovecraft sigue los impulsos humanos, quema esas verdades artificiales y llena el vacío con una realidad lejana. Despoja al hombre del rol protagónico y lo reduce al papel de extra, lo considera un actor intrascendente en medio de la masa de existencias superiores.

Con una labor de años, y la colaboración de numerosos escritores,1 se clasificó y sistematizó aquellas entidades fabulosas en una estructura cosmogónica única, en donde los miedos de la humanidad son representados por metáforas monstruosas.

 

3. La población del abismo

Entre sueños y pesadillas situados en una realidad despojada del sistema de verdades humanas, Lovecraft utiliza el abismo provocado por la deconstrucción como hoya de brujas para la elaboración literaria de su cosmogonía. No hay alternativa al horror; ni siquiera el quimérico atisbo de esperanza de Nietzsche, el superhombre, tiene lugar en la nueva realidad lovecraftiana.

El abismo se puebla de seres ominosos, de inmensidades inabarcables y sonidos oníricos. El miedo primordial, protohistórico y olvidado, regresa desde el inconsciente y se multiplica en metáforas, “símbolos arquetípicos —supervivencias latentes en el inconsciente colectivo: el recuerdo inconsciente de arcaicas fases filogenéticas— (Alfonso Sastre). En este sentido, los Primordiales2 son personificaciones de los arquetipos más aterradores y primitivos, de los monstruos más antiguos de nuestro abismo interior. Estos monstruos, nunca domesticados, se manifiestan de nuevo con todo su poder cuando, en el sueño, descendemos a las profundidades del alma donde habitan” (Llopis, 1968, pág. 2).

Esta cosmogonía, según Lovecraft existente desde el inicio de los tiempos, es ignorada (o fue olvidada) por el hombre. Cada integrante del panteón representa temores ancestrales y pesadillas futuras. En ocasiones, la imposibilidad de narrar “con palabras humanas” el contacto con estas entidades inmensas y espantosamente lejanas de lo antropomórfico, ha generado resquemores en el mundo de la crítica literaria; sin embargo, esta limitación es sólo aparente, y aunque los personajes parecen caer en la locura, el autor ha construido un léxico que define a su estética y lo hace inconfundible en el mundo de la literatura actual.

Las descripciones abultadas, efectuadas por personajes al borde del colapso mental y en medio de la proliferación de sonidos y hedores desconocidos por los sentidos humanos, son habituales en la prosa lovecraftiana. No se puede narrar con precisión lo inconcebible, lo ignorado.

La existencia paralela del hombre junto a los seres del abismo se fundamenta en la ignorancia. El hombre no sabe qué es lo que “acecha en el umbral” de la realidad. La vida cotidiana es resultado de una omisión inconsciente que evita el descarrilamiento en el desamparo del caos. La ignorancia es una historia en sí, un nuevo recurso argumental elaborado sobre la base del “olvido”.

Lovecraft escribe: “Realmente, nuestro ‘cerebro reptil’, entendido tan sólo en los instintos básicos, y anterior en cualquier caso a un estado relativamente humano, conoció el horror del caos y los miedos de la existencia únicamente animal. Cuando más tarde creció en nosotros un ‘cerebro mamífero’, más afectivo y sentimental, y posteriormente un ‘cerebro plenamente humano’, dado a la razón y al pensamiento experimental, los instintos primitivos, naturales, fueron reprimidos. Sin embargo, los terrores ancestrales, el miedo a la disolución del Yo, siguen ahí a pesar de su encarcelamiento y, a menudo, se manifiestan durante los sueños” (Lovecraft, en El Realismo Mágicko de H. P. Lovecraft, sp.), y así introduce a sus seres abismales en un plano paralelo de existencia. Sus dioses son metáforas de los miedos ancestrales, memoria inconsciente, oculta tras miles de capas de historia humana.

 

3.1. Los dioses —análisis de los principales dioses de la cosmogonía de Lovecraft

Sin ánimo de efectuar una exégesis de la mitología, es posible analizar las características de algunos de los numerosos dioses y relacionarlos con los conceptos expuestos en este trabajo. Estos dioses, que hoy conforman el ciclo literario denominado Los mitos de Cthulhu, son metáforas que reflejan la migración de ideas de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral al contexto literario de Lovecraft.

Azathoth, “El caos esencial”: es la fuerza motora del universo. Lo describe como un dios sin forma, “ciego e idiota”, ya que su acción no responde a pensamiento ni visión humana. Es el ser que dio inicio a todas las cosas y el que dará final. Es la representación del poder del caos, la ausencia de destino alguno. Azathoth es el destructor del pensamiento antropomórfico.

“Pensó en las antiguas leyendas sobre el Caos Esencial, en cuyo centro habita un dios ciego e idiota —Azathoth, Señor de Todas las Cosas— circundado por una horda de danzarines amorfos y estúpidos, arrullado por el silbo monótono de una flauta manejada por dedos demoníacos” (Lovecraft, 1936, “El morador de las tinieblas” en Los mitos de Cthulhu, pág. 303).

Yog-Sothoth, “El que acecha en el umbral”: también llamado “el todo en uno y el uno en todo”, es el vehículo del Caos. Representa la Puerta al Vacío. Manipula las leyes de tiempo y de espacio, coexiste con todo tiempo y se extiende a todo espacio. Es el dios que arrasa con las dimensiones espacio-temporales, su existencia es la visión de lo efímero y diminuto de la existencia humana.

“Su imaginación conjuró las impresionantes formas del fabuloso Yog-Sothoth… tan sólo una aglomera­ción de globos iridiscentes, pero inmenso en su sugeren­cia de maldad” (Lovecraft, 1932, “Horror en el museo”, en Narrativa completa, pág. 20).

Nyarlathotep, “El caos reptante”: Es el instrumento de propagación de la muerte, la locura y el caos de los Primigenios. También llamado el Gran Dios Sin Cara, El Que Aúlla En La Noche, El Morador De Las Tinieblas, deambula libremente por el Cosmos como mensajero de los dioses y es capaz de existir en cualquier forma y figura, en cualquier región del tiempo y del espacio. Nyarlathotep arrasa con la estructura fija de las formas y las representaciones, su maldad disuelve cualquier significado y lo torna en confusión.

“No olvides esta advertencia si no quieres que unos horrores inimaginables te sumerjan en el abismo de la locura ululante y vociferante. Reza al espacio para que nunca me conozcas en cualquiera de mi otro millón de formas. Adiós, Randolph Carter, y ten cuidado, ¡pues Yo soy Nyarlathotep, el caos reptante!” (Lovecraft, 1928, “En busca de la ciudad del sol poniente”, en Narrativa completa, pág. 101).

Shub-Niggurath, “La Cabra Negra del millar de hijos”: es la manifestación terrenal del Poder de los Primigenios. Relacionado con el dios del Aquelarre de las Brujas, y su morada es la tierra. Es la metáfora de los poderes ocultos de la naturaleza y de él dependen la fertilidad, el crecimiento y la determinación de los sexos. Junto con el Wendigo e Itaqua conforma un sincretismo de cultos paganos milenarios. Todo destino en la tierra, nacimiento y muerte, propagación y extinción, es obra de Shub-Niggurath; el hombre, ser insignificante, es sólo uno de los innumerables seres bajo el dominio de la cabra del millón de retoños.

Cthulhu: es el dios que yace en la mística ciudad submarina de R’Lyeh y que al soñar su propia muerte influye espantosamente en el tridimensional mundo humano. Atrapado en la profundidad del océano, Cthulhu duerme un sueño de tiempos inmemoriales y determina el destino de la Tierra. Su despertar será el retorno del caos primario y el fin de toda vida en el planeta. Su figura tiene algunos rasgos semejantes a un gigantesco octópodo, es el más antropoide de los seres lovecraftianos y el que posee más seguidores en cultos secretos de la Tierra. Es la representación de los temores ancestrales e inconscientes o “dormidos”. Su morada, el origen de la vida en el planeta, no es una elección casual sino que conforma el augurio del fin del mundo de representaciones humanas; su despertar será el final de las verdades construidas, de las metáforas muertas.

“Un monstruo de perfil vagamente antropoide pero con una cabeza semejante a la de un pulpo, con el rostro convertido en una masa de cilios, cuerpo de aspecto gomoso recubierto de escamas, unas garras prodigiosas en las zarpas traseras y delanteras y largas y estrechas alas a la espalda. Este ser… presentaba una corpulencia abotagada… Apareció bamboleándose para estrujar su gelatinosa inmensidad verde a través del negro umbral… Era una montaña ambulante, tambaleante” (Lovecraft, 1928, La llamada de Cthulhu, pág. 7).

 

4. Una esperanza pragmática

Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo.
Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.
Nietzsche, Más allá del bien y del mal (1886).

Luego de recorrer la obra de Howard Phillips Lovecraft es posible desentrañar la pregunta que dio origen a la transferencia y reutilización de ideas filosóficas de Nietzsche: ¿qué hay más allá? Aceptar lo expuesto en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral nos enfrentaría a un enorme vacío de sentidos, nos veríamos trasladados a los orígenes inmemoriales de la civilización y sólo nos quedaría esa pregunta. Si la dinámica de nuestro mundo se alimenta de metáforas muertas, si la realidad es sólo una convención aceptada de mentiras o determinaciones antropomórficas, entonces, ¿qué hay afuera?, ¿cuál es la realidad?

Acudiendo a la imaginación, podríamos bosquejar una sociedad abocada a la reconstrucción de sentidos, a la elaboración de metáforas fidedignas de la realidad, pero, al mismo tiempo, preocupada por la limpieza permanente de aquellas representaciones que se van tornando obsoletas con el paso del tiempo. Un mundo de sentidos en constante movimiento, casi caótico, de una labor infinita de recreación, mantenimiento y aniquilación de metáforas. Tal vez sea demasiado, quizá esta alternativa fue la que condenó a Nietzsche a transitar por la locura, en la búsqueda inerte de respuestas a sus propias preguntas. No es sencillo repensar la realidad, no es fácil enfrentarse al gigantesco vacío ya que “todos aquellos que han mirado hacia el fondo del abismo adquieren el acento órfico, pítico y misterioso de un lenguaje del más allá, para el cual nuestros sentidos sólo tienen un presentimiento temeroso, al tiempo que nuestro espíritu no acaba de comprenderlo” (Zweig, 1925, pág. 205). Nietzsche no desesperó, se dejó llevar con calma hacia el sin sentido y así demostró en acciones el convencimiento respecto de su tesis.

Sin la soberbia antropocéntrica, el vacío podría transformarse en un punto de partida esperanzador.

Lovecraft comulgó con el abismo pero no enloqueció, trasladó la inquietante ausencia de respuestas a su literatura, asimiló las ideas relacionadas a metáforas muertas y olvidos, y las transformó en materia prima de toda su obra. “August Derleth3 supo decir que una de las razones por las cuales Howard Philips Lovecraft no se suicidó en los peores momentos de su vida (que eran mayoritarios) eran sus sueños… (y pesadillas)… En ellos vivía —según palabras del propio Lovecraft— una extraña sensación de expectación y aventura, relacionada con el paisaje, con la arquitectura y con ciertos efectos de las nubes en los cielos” (Rossi, 2008, sp.).

El escritor nos ofrece una alternativa a la locura o al suicidio, podemos reconocer la necesidad pragmática de continuar con nuestro mundo de sentidos cuyas “marcas” se han perdido en el tiempo pero manteniendo, en un rincón de nuestra conciencia, la información sobre la existencia del abismo, del más allá. El método del caminante de Providence consistió en acoplar sus miedos y ansias al sistema de ideas de Nietzsche y luego desarrollar un estilo literario cuyo trasfondo científico-filosófico arroje al lector una dosis de verosimilitud pavorosa. Con su método, Lovecraft nos enseña a llenar el vacío, él utilizó sus temores, pero también se valió de caminos creativos y sueños con los que transitó un mundo de verdades endebles.

Quizá el abismo pueda llenarse con algún destello de luz, con carcajadas de humor negro, con arte. Sin la soberbia antropocéntrica, el vacío podría transformarse en un punto de partida esperanzador, en una página en blanco para colmar de inscripciones que, a los largo de las eras, exprese un mensaje representativo y verdaderamente humano.

 

Referencias bibliográficas

  • Armitage, H. (2001): “Cosmogonía lovecraftiana”, en: Revista Electrónica de la Nueva Logia del Tentáculo, 8 págs. (consulta 19-11-2008).
  • Davis, E. El Realismo Mágicko de H. P. Lovecraft (consulta: 26-11-2008).
  • Gil y Arce, M. (2005): Por siempre Cthulhu. Madrid: Alianza Editorial.
  • Hutin, S. (1976): Los gnósticos. Buenos Aires: Eudeba.
  • Llopis, R. (1969): “Introducción a los mitos de Cthulhu”, en: Lovecraft, H. P. y otros (ed.): Los mitos de Cthulhu. Madrid: Alianza Editorial, págs. 3-28.
  • Lovecraft, H. P. (2005): Narrativa completa. Dos volúmenes. Madrid: Ed. Valdemar, 2005 (Colección Gótica).
    (1982): El sepulcro y otros cuentos. Madrid: Editorial Júcar (Colección Biblioteca Júcar, Nº 35).
    (1928): La llamada de Cthulhu y otros cuentos. Madrid: Alianza Editorial (Colección Biblioteca Temática).
    (1969): “En la noche de los tiempos”, en: Lovecraft, H. P. y otros (ed.): Los mitos de Cthulhu. Madrid: Alianza Editorial, págs. 205-258.
  • Nietzsche, F. (1873): Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Madrid: Editorial Tecnos.
  • Rossi, J. “El horror arquetípico: H. P. Lovecraft y Carl Gustav Jung” (consulta: 10-12-2008).
  • Zweig, S. (1925): La lucha contra el demonio. Madrid: Ediciones Acantilado.
Mariano Pereyra Esteban
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Notas

  1. Escritores, conocidos y colaboradores de Lovecraft conformaron el llamado “Círculo de Lovecraft”, que comenzó a funcionar por medio de intercambios de aportes literarios por correspondencia y luego trascendió en grupos adherentes en todo el mundo. Los integrantes fundadores de este círculo, junto con Lovecraft, fueron Clark Ashton Smith, Robert E. Howard, Robert Bloch, August Derleth, Frank Belknap Long y Henry Kuttner.
  2. Los Primordiales o Primigenios, una de las razas de dioses del panteón lovecraftiano.
  3. August Derleth, amigo y uno de los albaceas de Lovecraft. Miembro fundador del “Círculo de Lovecraft” y autor de una de las sistematizaciones más aceptadas del panteón de dioses del ciclo de Los mitos de Cthulhu.
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