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Prados frente al surrealismo

lunes 27 de marzo de 2017
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Emilio Prados
En la obra del poeta malagueño Emilio Prado hallamos una perfecta conjunción de vida y poesía.

Cuando fijamos la mirada en la nómina de los escritores españoles de esa amalgama a la que la tradición ha dado en llamar Generación del 27, siempre cometemos injusticias. Es cierto que a base de la tenacidad de unos cuantos (y cuantas) estudiosos interesados en el tema, éstas van poco a poco atenuándose.1 Pero no es menos cierto que existe una lista canónica de autores, que podríamos recitar del mismo modo que se hace con la alineación de un equipo de fútbol entre cuyos suplentes de lujo figurarían, entre otros, Bergamín, Altolaguirre y, por supuesto, Emilio Prados, a quien su carácter y continuas depresiones le hicieron separarse paulatinamente de sus coetáneos y del ambiente literario de la capital.

Prados se convierte en el ideólogo del Grupo Litoral, formado por literatos, pintores y amigos; todos ellos organizan un taller surrealista.

Si nos detenemos a analizar como se merece la obra del poeta malagueño hallaremos en la misma una perfecta conjunción de vida y poesía;2 no en vano estuvo casi cuarenta años escribiendo sin parar. Prados convirtió su creación poética en una razón y una manera de ser, vivida como una pasión dolorosa. Y la mejor manera que encontró para entroncar sus preocupaciones vitales y artísticas fue a través de los nuevos postulados vanguardistas procedentes de Francia, aunque sin dejar nunca de lado la tradición. El malagueño estaba suscrito a diversas revistas francesas en las que se informaba de todas las novedades artísticas procedentes del país vecino que tanto influirán en su obra. Así, serán tanto su amplia cultura literaria y filosófica como su extraordinaria intuición las que le lleven a mostrar un inusitado interés por esas nuevas tendencias estéticas que traían consigo un sentimiento de pronunciamiento contra lo caduco.

Prados decide de este modo adherirse a las tesis del surrealismo seducido ante todo por esa dosis de rebeldía sociopolítica y vital presente en un movimiento que exige autenticidad. Emilio Prados se da cuenta enseguida del valor moral de la nueva corriente literaria que propugnaba y se siente deslumbrado por lo que de revolución tenía ese cambio de orientación estético que los jóvenes poetas de su generación ansiaban.

Esa tendencia a la sedición se transforma en momentos de la vida del malagueño en furia iconoclasta, y así en uno de sus versos proclama:

Debemos comulgar con el sombrero puesto…

lo que intentó llevar a término en alguna ocasión, con escaso éxito.

Su compromiso ideológico se radicalizaría aún más tras la huelga minera del 34, lo que se refleja tanto en sus obras Llanto en la sangre o Destino fiel como en su quehacer social, pues por aquel entonces se dedica a dar clases y leer versos a los pescadores del barrio de El Palo, a quienes organiza en un sindicato.

Es su Málaga natal el lugar desde el cual Prados aprovecha para abrir brecha en todos los frentes durante los años de actividad literaria de ese período; así, entre 1924 y 1926 aglutina en la revista Litoral a los principales poetas puros del momento. Del mismo modo, en los tres años siguientes se convierte en el ideólogo del Grupo Litoral, formado por literatos, pintores y amigos; todos ellos organizan un taller surrealista en el que comentar las últimas tendencias, leer libros teóricos y desarrollar otras vías artísticas, como el collage, la narración onírica o la escritura automática. Es precisamente esta última premisa defendida por Valéry uno de los aspectos estéticos del movimiento con los que Prados nunca estuvo de acuerdo.

Por otro lado, trató de formar un grupo surrealista junto con Cernuda y con Aleixandre, pero este intento fracasó debido a las rivalidades con Hinojosa y otros, ya que Prados era más extremista en sus planteamientos. Cuando llega la II República abandona este empeño centrándose en los problemas del país, aunque nunca dejará de lado los moldes surrealistas, a través de los que pretende revolucionar el arte y por extensión la sociedad.

Es justo por tanto reconocerle a Emilio Prados el mérito de ser uno de los pocos autores españoles que no pasan de puntillas por el surrealismo, incluyendo los axiomas del movimiento en toda su producción, ya que en Prados encontramos “tres poetas distintos y sólo uno verdadero” (Sanchis-Banús, 1987: 17). Así lo muestran sus obras iniciáticas, como son Seis estampas para un rompecabezas (1925), Soledad en memoria (1926-1928), los once Retratos (1927) y una serie de fragmentos sueltos escritos entre 1927 y 1930 que han pasado desapercibidos a pesar de su gran valor literario y testimonial. Muchos de estos textos no fueron publicados por el autor, quien los guarda celosamente durante toda su vida mostrándolos tan sólo, y de cuando en cuando, a amigos y críticos.

En estos breves relatos en prosa, la realidad se muestra revestida de un halo de irracionalidad onírica, entroncando con la propia realidad del autor, cuya infancia está marcada por unos “terrores nocturnos” que le impedían conciliar el sueño y que aquí rememora en forma de estampas. Es frecuente encontrar en sus versos la presencia del sueño como proceso interiorizador en una doble vertiente: huida de la percepción sensible y recreación del mundo subconsciente.

Y dos águilas volaron,
resbalando, hasta mi sueño.
Siguió mi cuerpo tras ellas,
olvidándose en su vuelo,
de sí mismo, y nuevamente
entró en mí, sin yo saberlo.

(“Rumor de espejos”).

Este problema nervioso congénito le acompañará como un pesado lastre durante toda su vida, provocándole continuas depresiones y ataques de ansiedad que serán inspiración de buena parte de su poesía. De ello dan buena muestra poemarios como Seis estancias o Volumen (ambos de 1936), donde Prados recurre a la estructura versal y estrófica libre, e introduce en ellos buena parte del imaginario surrealista y de sus técnicas de composición.

Aquellos años le sirven al malagueño como período de aclimatación a una nueva estética que no dejará nunca de lado, y que completa con la elaboración de diversos collages y retratos en los que refleja la concepción que de sí mismo tenía.

Para Emilio Prados el surrealismo no será algo frívolo, sino una obligación en su lucha por conseguir la palabra justa, que logre hacer trascender la materialidad del discurso y así sacar al hombre de su sueño para que pueda hallar su auténtico origen y existencia. Sus textos surrealistas reflejan con un lenguaje muy particular los estados de angustia y de rebeldía por los que iba pasando en aquellos difíciles años. Prados acierta plenamente con la técnica empleada por su capacidad de adaptación en su intento de mostrar la visión de un mundo en crisis y a la vez de su propia creación poética.

A pesar de todo ello, le costará alcanzar la fama,3 ya que publica de manera esporádica mientras busca encontrar una base ética que sustentase y diera valor a la poesía que pretendía escribir. Este hecho lo aleja poco a poco de sus compañeros de generación, provocando una ruptura estética que se acentúa con el paso de los años.

En su intento por realizar una poética surrealista, Prados pretende borrar las fronteras que separan la conciencia y la realidad exterior a través del transitivismo y la apersonalización.4 Sus poemas son una continua evolución hacia una imagen depuradísima que fuera un símbolo que uniera a todos los símbolos; para ello emplea un lenguaje sencillo, con comparaciones simples, por lo que el problema para el lector no es la claridad de la expresión, sino la captación del sentido profundo del mensaje, que muchas veces se difumina en un cúmulo de paradojas:

El cuerpo en que yo vivía
nunca supo de mi cuerpo.

(“Rumor de espejos”).

Al poeta le angustiaba que hubiera un abismo entre la voz interior y el acto de escribir, motivado por la lógica del discurso tópico y el lenguaje convencional tan usado. De ahí que bajo la aparente sencillez de sus versos y la ausencia de virtuosismos formales se oculte un pensamiento profundo, plagado de grandes intuiciones, fruto de su capacidad de observación de la realidad y de sus lecturas.

El poeta malagueño emplea desde sus comienzos conceptos oscuros cargados de simbolismo y organizados en sistemas en apariencia irracionales.

Prados persigue la concepción del mundo poético como un Todo. Y esta Unidad quiere que quede reflejada en su obra, lo que le lleva a publicar en ocasiones versos nuevos con otros escritos hace ya tiempo. Lo cierto es que esta unidad se revela en su forma de hacer, pero también en su temática, ya que los asuntos que le obsesionan en su juventud son los mismos que tratará en sus últimos poemarios del exilio mexicano.

De esta manera, quizá sea en estos versos de El cuerpo en el alba donde mejor se perciba esta idea:

Ya soy Todo: Unidad
de un cuerpo verdadero.

Así, el pensamiento surrealista se afianza con los años en la obra de este autor. En toda su poesía queda constancia de su búsqueda interior: una lucha constante, un método de preguntarse por la trascendencia del ser y conseguir generar un cambio. Nos encontramos de este modo con una colección de poemas que giran en torno a las mismas preocupaciones, cuyo eje es la búsqueda del propio cuerpo a partir de su imagen en reflejos. El poeta debe carecer de cuerpo y de límites espacio-temporales para así conseguir la unión del mundo exterior con el interior y llegar a una nueva realidad en la que ya no tengan sentido las antinomias tradicionales. El poeta debe desentrañar esa nueva realidad presentida con una única arma, la palabra.

Tal como nos dice en “Me asomé, lejos, a un abismo…”:

Tiré mi cuerpo, hueco, al aire…
(Abren su voz los ojos de mi sangre.)
(…)
Se pudrió el tiempo en que habitaba… 
(Brota en mi espejo un cielo de dos caras.)

Sigue de esta forma la poesía de Prados una evolución hacia su propio proceso de introspección, para, en soledad, ir conociéndose; perseguido y perseguidor de su propia imagen multiplicada en reflejos, el autor se presenta ante nosotros como incapaz de vislumbrarse a sí mismo. Ese hueco que deja la imagen es entonces un nuevo cuerpo, el suyo propio, carente de atributos, que pierde valor y se convierte en una vestimenta vacía, como muestra el poema “Cerré mi puerta al mundo”.

Cerré mi puerta al mundo;
se me perdió la carne por el sueño…
Me quedé, interno, mágico, invisible,
desnudo como un ciego.
Lleno hasta el mismo borde de los ojos,
me iluminé por dentro.
Trémulo, transparente,
me quedé sobre el viento,
igual que un vaso limpio
de agua pura,
como un ángel de vidrio
en un espejo.

El poeta malagueño emplea desde sus comienzos conceptos oscuros cargados de simbolismo y organizados en sistemas en apariencia irracionales, obsesionado por descubrir qué se esconde tras las apariencias. Esta sospecha le angustiaba, lo que convierte en máximo objetivo de su poética expresar esta sensación mediante el símbolo, sustituto del signo, construyendo a la par una lengua hermosa.

Su obra en conjunto es una espesa red de símbolos en la que el pensamiento a menudo se concentra en escuetas frases nominales.

Sus versos tienen una cuidada factura, con un manejo magistral de los ritmos cultos y populares.5 Destaca en su obra el gusto por los poemas dialógicos6 a causa de la necesidad de conocerse a sí mismo hablando con su propio cuerpo, propósito que por lo general no consigue, por lo que en ocasiones topamos con un yo lírico que se siente culpable al no lograr expresar lo que desearía.

Debido a la concepción de sí mismo, del universo poético y de su propia actividad creadora, Prados asume rápidamente la nueva concepción surrealista del hombre y del mundo que propugna Breton, entre otros, que luego matizará en su búsqueda de una mayor profundización en su mundo interior, siempre sin desvirtuar ese ideario iniciático de sus primeros textos. De Breton adquiere igualmente el enraizamiento con la tradición romántica, base doctrinal del surrealismo, que Prados conocía de primera mano gracias a sus estancias en Alemania. Lo que más atrae al malagueño de ese romanticismo alemán es la consideración de la búsqueda interior como uno de los principales procesos epistemológicos que el hombre tiene a su alcance.

Esto se refleja en la profundización paulatina en uno de los temas que el poeta convierte en referencia fundamental de ese Todo que será su obra: la existencia corpórea. Existe el cuerpo como algo ajeno, y a través de sus sentidos el autor percibe el mundo externo; existe el cuerpo vacío; existe el cuerpo hecho carne propia y doliente, como expresa en estos inquietantes versos del no menos inquietante “Pero existe la carne”:

Existe el cuerpo que percibe,
(…)
existo yo
(…)
Existe, como un inmenso pulpo, LA CARNE QUE SE DUELE

De este modo, la evolución de esta cuestión recurrente marca las distintas etapas en las que la crítica divide la obra del autor. Así, mientras que en sus tres primeros libros relevantes —Tiempo, Canciones del farero y Vuelta— la figura humana aparece sólo como espectadora, ya en Cuerpo perseguido la figura humana se convierte en protagonista —nos encontramos ante su único libro de temática amorosa y en el mismo el cuerpo percibe a través de los sentidos lo que ocurre a su alrededor.

En la última etapa de su trayectoria, la del exilio mexicano, encontramos a un Prados contradictorio, pues se siente acogido entre amigos, pero a su vez está desterrado de su auténtica patria, la “noche y el mar” malagueños. Pedro Salinas no dudó en definir a Prados como místico de la soledad, pues en sus poemas el autor parece huir de sí mismo y lo único que puede salvarle es la entrega amorosa, la transfiguración y ascensión.

Para Prados existen la carne dolida y los gritos que lo desgarran. Existe el sabor del conformismo en cada uno de nosotros, existe el odio que se hace más fuerte a medida que pasa el tiempo.

Compondrá entonces una poesía salvadora, en la que busca la unión entre pasado y futuro, en pos de un nuevo renacer, bajo los aparejos del símbolo, la distorsión onírica de lo sensible y el versículo, llegando así a su madurez creativa, con un dominio absoluto de la palabra y un impresionante manejo del tempo poético. Escribe así sus tres obras fundamentales: Jardín cerrado, Río natural y Circuncisión del sueño, donde el malagueño alcanza cotas de un elevado misticismo, de transgresión de la realidad y metamorfosis en la que se transfigura y libera en soledad.

Sus versos se vuelven más densos en pos de alcanzar una vida nueva, para lo que se vale de la visión vanguardista en la que enmarca toda su producción. La poesía de Prados nos abre un mundo de difícil acceso y del que el poeta se revela como mensajero insuficiente. Este problema lo resuelve a través de la síntesis conceptual y del símbolo, percibido en definitiva como el mejor medio para que el lector aprehenda ese mundo incorpóreo y vacío que poco a poco se vuelve dolor.

Para Prados existen la carne dolida y los gritos que lo desgarran. Existe el sabor del conformismo en cada uno de nosotros, existe el odio que se hace más fuerte a medida que pasa el tiempo y lo refuerza, existe el olor de lo putrefacto, que es como la niebla que forma el vaho en los estercoleros. Existe el deseo insatisfecho e imposible. Existe la Poesía. Existe

…Un acorde de nubes.

 

Bibliografía

  • Blanco Aguinaga, Carlos, y Antonio Carreira (editores) (1975). Emilio Prados. Poesías completas. México: Aguilar.
  • Chica, Francisco (1999). Antología esencial. Sevilla: Algaida.
  • Gurméndez, Carlos (1977, 26 junio): “Emilio Prados, poeta de dos mundos”, El País.
  • Hernández, Patricio (ed) (1990). Textos surrealistas (inéditos en prosa y verso). Málaga: Centro Cultural de Estudios Generación del 27.
  • Prados, Emilio (2001). Antología poética. Madrid: Vitruvio. Colección Baños del Carmen 32.
  • Sanchis-Banús, José (1987). Seis lecciones: Emilio Prados, su vida, su obra, su mundo. Valencia: Universidad de Valencia.
  • Santos Silva, Loreina (1993). Emilio Prados. Nueva York: Universidad de Nueva York.
José Carlos Martínez
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Notas

  1. Baste con ver el magnífico documental Las sinsombrero de Tania Balló junto con todo el Proyecto Transmedia del que forma parte, con el objeto de recuperar la voz y el legado de las artistas contemporáneas al llamado Grupo del 27.
  2. En este sentido, Francisco Chica afirma que “la unión indisociable que establece el autor entre vida y poesía constituye no sólo el principal cimiento de su mundo creador, sino también la clave que nos permite llegar al interior del hondo significado que acompaña a su palabra” (Chica, 1999: 3).
  3. Era esa falta de notoriedad y la sensación de soledad e intrascendencia el fruto de muchas de las crisis nerviosas que minan poco a poco la salud del poeta.
  4. Consiste la primera de estas técnicas en la proyección de fragmentos de conciencia a la realidad exterior olvidando que son propios para de este modo objetivizarlos; por su parte, el eje de la segunda se fundamenta en que la conciencia se apropia de la realidad exterior, olvidando que le es ajena y toma potestad sobre ella.
  5. Una parte importante de su producción, centrada sobre todo en reflejar la realidad social e histórica de la España del momento, se articula sobre metros populares, para a través de ella penetrar en la realidad profunda que subyace a tan aparente sencillez, como ocurre en el maravilloso “Los segadores”.
  6. Sirva de ejemplo el anteriormente mencionado “Rumor de espejos”:
    “—Di, viento: ¿cuál es tu nombre?…
    —Nombre soy de tu silencio”.