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Manicuare y Cruz María Salmerón Acosta: una simbiosis eterna

martes 18 de abril de 2017
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Cruz María Salmerón Acosta
Cruz Salmerón nace (1891) en un pueblo desconocido que ni en los mapas del siglo XIX aparecía: Manicuare.

Hace meses, el 6 de febrero de 2016, apareció en el diario de circulación nacional El Universal, de Venezuela, un artículo que escribí en ocasión del centenario de la muerte del poeta nicaragüense Rubén Darío, y allí me expresaba en los siguientes términos:

Se cumple un siglo de la muerte del poeta Rubén Darío. Su vida estuvo marcada por la humilde condición de origen y el desconocido terruño que su vida elevaría a la fama.

Rubén Darío —como es conocido artísticamente— nació en 1867 en el humilde caserío de Chocoyos, luego Metapa, hoy Ciudad Darío.

Es como si el corazón de esos pueblos hubiera esperado siglos la natividad de esos poetas para hacerse pueblos de verdad.

Nadie —seguramente— hablaría hoy de Metapa de no haber sido por ser el lugar del nacimiento del gran poeta nicaragüense, autor del poema Azul.

La influencia de este poeta se desparrama por igual en Hispanoamérica y Europa. De pluma refinada y pundonorosa, ha ejercido un magisterio modernista en todo el continente americano.

En Venezuela, a finales del siglo XIX era una figura y un consagrado. Figuras como Ramos Sucre o el oriental Cruz María Salmerón Acosta lo leyeron, estudiaron y siguieron. En los primeros lustros del siglo XX, Salmerón Acosta lo había aprendido de memoria y producirá, aunque de distinto signo poético, el soneto “Azul”, de clara remembranza rubendariana.

También Cruz Salmerón nace (1891) en un pueblo desconocido que ni en los mapas del siglo XIX aparecía: Manicuare. Pueblito pequeño, hispano-indígena, de la costa norte de Venezuela, en el estado Sucre. Nada hacía atractivo el pueblo. Sólo de sal y pesquería vivían sus pobladores. ¡Ah! Y de los atropellos políticos de épocas dictatoriales.

Pero como si de un recurso de sublimación existencial se tratara, Cruz María recoge el sentir y vivir de su pueblito y lo eleva haciéndolo objeto, sujeto e inspiración de su poética, en fina e informada expresión. Gracias a él se nota —en similitud con Darío— una intensa fusión poeta-pueblo que hace que no se pueda hablar del poeta sin el pueblo y viceversa. El pueblo se expresa por boca del poeta y el poeta recibe su sangre del pueblo. El poeta es parido por su pueblo y el pueblo es mantenido vivo y resucitado por el poeta.

El poeta —se llame Darío o Salmerón— no resulta así enajenado de la vida de su pueblo, sino vehículo cárnico de la vida de su pueblo; expresión lúcida y transparente de su vida y afanes. Es como si el cielo los hubiera marcado para esa misión: hacer vivir a sus pueblos, elevándolos. Y es como si el corazón de esos pueblos hubiera esperado siglos la natividad de esos poetas para hacerse pueblos de verdad.

Eso sorprende al estudiar la poética de ambos genios mencionados y al revisar la intensa tradición oral que los mantiene latentes en el alma popular.

Hoy quiero dedicar estas líneas a exponer el asombroso fenómeno de la fusión pueblo-poeta que se produce en Cruz María Salmerón Acosta.

 

Salmerón de Manicuare

El poeta Cruz María Salmerón Acosta1 nace en Guarataro, la ensenada donde estaba la hacienda de su padre,2 a unos centenares de metros del pueblecito de Manicuare3 (estado Sucre) y a unos pocos pasos del mar, el 2 de enero de 1891.4 Hijo de Antonio y Ana Rosa. Su padre era un pescador, lobo de mar, alto y duro como un acantilado. Curtido de alga y ola, de viento. Revolucionario impenitente, visionario; con un ideario político esfumado. De familia exten­sa, Cruz María es el quinto de los hermanos. El orden es como sigue: Antonio, Jesús, Narciso, Aguasanta, Cruz María, Encarnación, Rafael Antonio y Ana Mercedes.

 

Manicuare hoy

Ese fue Salmerón Acosta y ese era Manicuare. Pero, ¿cómo es hoy Manicuare? Manicuare —nos dice Gustavo Luis Carrera Damas en 19935— es un pueblo de reali­dades contrastadas. No se ha entrado todavía en él y ya se muestra un bar con amplia pista de baile; mientras afuera chivos afanosos devoran papeles como hierbas.

La calle principal es de repente vigilada por un datilero que se atrevió a plan­tarse casi en la precisa mitad del paso, y uno de los pocos grupos de vegetación ca­sera —jardín es una palabra extraña allí— se encuentra en la prefectura, concediendo amable antesala al calabozo. No se ha salido del pueblo y ya algún cochino negro deambula por la plaza.

Manicuare es un pueblo que en la lejanía parece salir del mar, emerger de las constantes olas y esconderse en las faldas de los pequeños cerros.

Pero en cualquier intento de balance, deben, para describir el pueblo, entrar el mar hermoso, la noche de frescura maternal, la acera alta para caminar y saludar, y en especial la gente de simpatía generosa y de ingenio apercibido.

Trescientos metros después de Manicuare está Guarataro. En 1892 las ranche­rías de los pescadores han debido ser semejantes a las de ahora y estaría en lozanía la casa grande actualmente anulada por el tiempo. La ensenada era la misma y por igual ese aire de sales intangible que agiliza las ideas y alienta el recuerdo.6

Muy similar, aunque más rica, es la visión dada por Osvaldo Larrazábal Henrí­quez:7 “Hay una ruta de la emoción. Hay una ruta de la tristeza. La emoción —muchas veces presentida y muchas más disfrutada— de llegar a Manicuare y estar entre las cosas de Cruz María Salmerón Acosta diluye la honda tristeza que el recuerdo —im­potente para revivir la voz azul— trae consigo”.8

Búsqueda concluida con la presencia permanente y luminosa de un hombre, el encuentro se convierte en fe, en alegría de percibir una muerte contagiada de vida eterna en el afecto y en la bondad de tanta gente sencilla, en el sentimiento colectivo de nostalgia positiva, porque…

Cruz María fue de todos y sigue siéndolo aún; está en todos y se prolonga en cada sonrisa afectuosa que el hombre y la mujer res­catan de la furia casi objetiva que les da la dura vida.9

Es el datilero solitario e insurgente, y es la visión borrosa que desde la costa firme se obtiene a través de los más diversos azules del paisaje. Manicuare es un pueblo que en la lejanía parece salir del mar, emerger de las constantes olas y esconderse en las faldas de los pequeños cerros, arañando en ellos la posibilidad vital. Manicuare es una muy larga calle extendida en la angustiosa esperanza de seguir viviendo.

Manicuare se separa de Guarataro tan sólo por un alargamiento en el exten­dido camino que es franja estéril entre el mar monumental y la escasa elevación —cerro pequeño de cardos, cujíes y retamas— que tiraniza el paisaje y no deja espacio para el desarrollo de la vida. Guarataro es, por eso, hacienda de mar y de todo lo que viva de la carencia de una tierra recelosa, huraña en su contextura y mágica por el efecto de cosa desafiante.

Contraste impenitente con el mar de Guarataro, que es el mar de Manicuare y el mar de Salmerón, el mar de Cumaná y el de las hondas e interminables leja­nías, la tierra se ha endurecido hasta el retraimiento, y para negar la posibilidad de subsistencia que da el azul inmenso de las aguas sempiternas, la naturaleza se ha encaprichado en tratar de encaramarse hasta el cielo —continua prolongación de azules— y se ha quedado inculta y se ha quedado sola, porque Manicuare y Guarataro han buscado en el mar el camino existencial que la poca y fracturada tierra les ha impedido.

El poblado —nos dice Larrazábal— se fue formando en la insistencia de sus po­bladores. Gente que el mar trajo y gente que el mar llevó. Manicuare se ha hecho solo, ha tenido que vivir en la indigencia de la espera y en la angustia del conti­nuo aniquilamiento. Pueblo igual desde su ayer hasta su hoy, el tiempo le resbala por el adormecido espacio, y siguen esperando, gente y tierra, que algo cambie.10

Manicuare es un pueblo de gente sencilla. Parece como si siempre hubiera sido la misma gente la que lo ha poblado. Manicuare es un pueblo plagado de niños que en enjambres ya tratan de vislumbrar un porvenir foráneo, porque su tierra no les promete nada. Los niños deambulan entre la escuela y la calle abierta; entre el mar y el mar. En Manicuare la vida está en el mar y los niños, para no confundirse con la imposibilidad estática de la tierra, se lanzan al mar como si se lanzaran a la vida.

Manicuare es un pueblo envuelto en paisajes, pero a pesar de ello, Manicuare es un pueblo triste, un pueblo añorante de mejores tiempos y es, además, un pueblo orgulloso. Araya y Cumaná no han podido arrancarlo de su precaria vida.

De Manicuare no se ha dicho nunca que sea un pueblo hermoso ni que su tierra agazapó muchas esperanzas.

Manicuare es, con todo y a pesar de todo, el pueblo de Cruz María Salmerón Acosta. Su raigambre tiene hondas raíces en esa pequeña tierra y de allí está esta­blecida la familia, que vive de lo que Guarataro produce. Algunos han emigrado a la cercana Cumaná.

En el ánimo y en la prestancia del poeta, ahora niño, hay una perfecta adecua­ción con su tierra.

Extendido hasta el infinito y a la vez recogido como la angostura en que vive, Cruz María se parece al paisaje y se parece al ambiente. De aquél tiene la magnifi­cencia espiritual, de éste tiene la dualidad que le permite matices diferentes en su actividad vital. En Manicuare ha habido una perfecta impregnación de las cosas del poeta, que desde hace muchos años venía inculcándose en la mente y en la genero­sidad de su gente.11

Nunca la trascendencia que ha dejado el poeta ha tenido otra base que la de su ejemplo vital.

Cruz María Salmerón Acosta, nacido y muerto en Manicuare, ha dejado para su pueblo la imagen imperecedera de un hombre bueno, de un hombre alegre y de un hombre capaz de soportar el sufrimiento indecible con la esperanza de hacer más llevadera la vida de la comunidad.

Extraño caso el de este hombre que se ha erigido en héroe civil en una patria donde este fenómeno es casi desconocido, y que lo ha hecho desde una posición incómoda, desde donde sólo podía dar bondad y comprensión.

Nunca la trascendencia que ha dejado el poeta ha tenido otra base que la de su ejemplo vital, y los que hoy en día enaltecen su recuerdo lo toman como un ejemplo viviente de lo que debe ser la vida compartida, la vida esperanzada —contrariamente a lo que era su vida concluida—, la vida trascendente. En el Manicuare de ahora, el recuerdo de Cruz María se eleva por encima de las dificultades y de las miserias coti­dianas. El nombre Cruz María, trocado en la denominación de poeta, ha pasado a ser una cosa intrínseca de cada uno de los habitantes del pequeño pueblo. Lo recuerdan con emoción los ya muy viejos, que no sólo lo conocieron sino que lo ayudaron a vivir la escasa vida y lo llevaron a morir su eterna vida.

Lo quieren con emoción los que eran pequeños cuando él murió, pero que han crecido en la veneración de sus mayores. Lo admiran, con esa admiración sencilla, la gente del pueblo, aquellos que sólo por referencia oída han tenido una visión de lo que fue el poeta y el hombre.12

William Rodríguez Campos
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Notas

  1. Manicuare. Municipio del mismo nombre. Estado Sucre. Referencias cartográficas: Manicual, 1816; Manicuaro, 1884. Está sobre la península de Paria y el Golfo de Cariaco. Fue provincia del cantón de Cumaná, provincia de Cumaná (1832), y continuó siendo parroquia del cantón Cumaná con la división político-territorial de 1856. Para el censo de 1873, Manicuare fue uno de los municipios del departamento Sucre del estado Cumaná, junto con los municipios del mismo departamento denominados Santa Inés, Altagracia, Marigüitar, San Juan y Santa Fe. No existen noticias sobre este pueblo en la reciente Historia del estado Sucre (Tulio Chiossone, 1992. Diccionario toponímico de Venezuela. Caracas: Monte Ávila, p. 259). Lucas Castillo Lara nos dice apenas que formó parte de los poco menos de catorce pueblos fundados en el oriente en el último tercio del siglo XVII (Lucas Castillo, 1989. Evocaciones de Cumaná, Puerto Cabello y Maracaibo. Caracas: Academia Nacional de la Historia. El Libro Menor, p. 49). Según el Diccionario de Historia de la Fundación Polar, la grafía alterna de Manicuare es Manicuari. Antiguo caserío fundado en 1800, hoy municipio foráneo del estado Sucre (AA.VV., 1997. Diccionario de Historia de Venezuela 4. Caracas: Fundación Polar, p. 410-411). Actualmente Manicuare es capital (parroquia) del municipio autónomo Cruz Salmerón Acosta del estado Sucre.
  2. La hacienda fue demolida bajo el gobierno regional de Ramón Martínez durante la celebración del centenario del nacimiento del poeta.
  3. No existe un estudio etimológico-semántico del vocablo indígena “Manicuare”. Nadie se ha preocupado por una tarea inves­tigativa de lo más necesaria. Juan Ernesto Montenegro (1983, 200) escribe que “mani” significa “cera”. Pero el sabio venezolano Lisandro Alvarado escribe que “mani” es voz cumanagota y significa “pez” (1984, 292). Además apunta Alvarado que “cúa” es una voz indígena —que viene de “kúa”— que significa “cangrejo”. También afirma que la voz compuesta “cuacuar” significa “arroyo de los cangrejos” (íd. 403). El mismo Alvarado afirma que, según el misionero Caulín, el sufijo “cuar” indicaba en cuma­nagoto “sitio o vertiente”. Hay estrechez lingüística entre el cumanagoto y el chaima, y en chaima “iquar” significa riachuelo, quebrada (íd. 393). Con lo que “Manicuare” vendría a significar el lugar de la quebrada de peces y cangrejos. Las palabras en la mentalidad indígena cumanagota expresan realidades concretas. Así que no estamos autorizados para ensayar una interpre­tación metafórica del vocablo. En uno de los primeros poemas de Cruz Salmerón recita: “Nunca mi mente acarició el ensueño de vivir solo, frente a un mar bravío, sino en un campo en flor siempre risueño, viendo correr junto a mis pies un río (“Infortunio”). Doy un dato más. Hace un poco más de seis años, producido un fuerte aguacero en el pueblo de Manicuare, se reactivó una vieja quebrada o riachuelo que divide el pueblo en dos.
  4. Dionisio López Orihuela (1952): Cruz Salmerón Acosta – Fuente de amargura – Poesías completas. Caracas: LAV, P. 16-17. Por un error extendido a todas las fuentes escritas, comenzando por esta, se coloca el 3 de enero de 1892 como fecha de nacimiento de Cruz María. Nuestra investigación en el archivo histórico de la UCV (año 2002) rescató el dato verdadero de la copia de la partida de nacimiento.
  5. Gustavo Carrera (1993): Vida somera – Cantos al mar, al amor y a la muerte – Cruz Salmerón Acosta. Caracas: Monte Ávila Latinoamericana. P. 11.
  6. Gustavo Carrera. Ob. cit. P. 12.
  7. William Rodríguez Campos (2015): Cielo, mar y amor – Cruz María Salmerón Acosta – Vida y obra completa comentada. Caracas: Ed. del autor. P. 72.
  8. Osvaldo Larrazábal (1971): Azul de Manicuare. Caracas: Biblioteca de la UCV. P. 11. En ésta —la más seria y profusa investigación que sobre Salmerón se ha hecho—, Larrazábal recoge, aparte de la obra de Cruz Salmerón, el “testimonio oral” de la gente del pueblo.
  9. Ib. Manicuare es Guarataro, es Chorochoro y es Pueblo Nuevo y es Mauricio y es Chagaragato, entre otros sitios.
  10. Mario Sanoja e Iraida Vargas (1995): Gente de la canoa. Economía política de la antigua sociedad apropiadora del noreste de Venezuela. Caracas: Tropykos, Pp. 220-221; 226; 228. Según los extensos estudios antropológicos de J.M. Cruxent e Irving Rouse, los asentamientos humanos en la bahía de Charagato datan, en la zona de Manicuare, del 130 a.C. “Las evidencias materiales parecen indicar la presencia de una población de pescadores que utilizaba principalmente instrumentos de producción individuales tales como el arco y la flecha, y practicaba la recolección de bivalvos y gastrópodos marinos…”. “La bahía de Charagato… constituye la desembocadura de un arroyo estacional que, al llegar a las dunas del litoral, forma una estrecha llanada al este y al oeste por cadenas de lomas bajas…”. “De acuerdo con los datos que poseemos hasta el presente, la gente de Manicuare parece haber tenido una marcada vocación por la navegación de alta mar, la pesca, la recolección de moluscos marinos y —posiblemente— el trueque de ciertas materias primas con otras bandas de la región”.
  11. William Rodríguez Campos, Ob. cit. P. 74.
  12. Cf. William Rodríguez Campos, Ob. cit. P. 79.
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