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Varones al desnudo: Walt Whitman, José Martí y Thomas Eakins

lunes 4 de junio de 2018
“Swimming Hole” (1885), de Thomas Eakins
Elegancia, desenfado y belleza distinguen el atrevimiento con que Thomas Eakins representa a estos bañistas en su obra Swimming Hole, de 1885.

El siglo XIX se inaugura ya dominado por hombres y —cultura judeocristiana heredada y catolicismo mediante— tuvo sus preferencias por el desnudo femenino “al natural” contra la tradición académica historicista y de asuntos mitológicos. Olvidaba que a Adán —aunque cubierto por un vestido de gracia o de luz, como recuerda Giorgio Agamben— se le debe la primera “ostentación inconsciente” de su naturaleza en un mundo donde pronto surgiría Eva, quien lo acompañará en su ingenua desnudez. Sin embargo, el arquetipo machista y heterosexista del canon humano provenía de la mirada masculina. ¿Una mujer desnuda en una academia de bellas artes en el siglo XIX? Una proyección amoral, sin dudarlo. Pero las mujeres se desnudaron en los estudios de pintores y fotógrafos. Se les hizo creer que la sensualidad y la erotización eran propiedades de ellas. El artista estadounidense Thomas Eakins cambiará tal situación al reconsiderar más que el desnudo en la propia academia.

Mostrar su propia desnudez ante sus alumnos (hembras y varones) y pedir continuamente que ellos también se desvistieran, escandaliza a la célebre institución. Eakins es un exhibicionista en un sentido clínico.

Eakins asimila cuanto puede en París durante el período de 1866 a 1870. Allí aprende del realismo pictórico de Léon Bonnat y del arte detallista de Jean-Léon Gérôme, ambos amantes del desnudo en la pintura. Observa muchas esculturas y recibe lecciones del maestro Augustin Dumont. Es en Francia donde se interesa asimismo por las posibilidades de la fotografía y sospechemos que se percata, antes que otros, de las ventajas de la reproducción de la imagen real, para luego reacomodar una escena y crear mucho más que una atmósfera en un contexto bucólico. Se advierte en algunas de sus obras la reafirmación por superar el fetichismo del parecido entre imagen fotográfica y modelo. Su gracia como pintor de desnudos es incuestionable. Descubre con la cámara lo que luego (re)construye con el pincel, diría Susan Sontag.

En 1886 pierde su puesto de director de instrucción en la Academia de Bellas Artes de Pensilvania. Mostrar su propia desnudez ante sus alumnos (hembras y varones) y pedir continuamente que ellos también se desvistieran, escandaliza a la célebre institución. Eakins es un exhibicionista en un sentido clínico.1Recomiendo el texto de Anamaría Ashwell: “El arte y la fotografía de Thomas Cowperthwaite Eakins”, en Elementos Nº 78, volumen 17, mayo-julio de 2010, págs. 3-13. Visitado el 7 de marzo de 2017. Es verdad que cuando este polémico artista asume el cargo en 1882, la academia gana en el plan de estudios; los desnudos son más tolerados; hay una mayor promoción de un arte vanguardista y transgresor. Pero en el fondo, siempre es conservadora. Para los excesos de Eakins, la medida más drástica: su expulsión. Imaginar que determinada vida pudiera superar la realidad artística, no representaba siquiera una probabilidad o propuesta estéticas. “Cuando algunos tratan de ver inmoralidades en el cuerpo, otros, al contrario, ven en él las claves más nobles de la estética de lo humano; entre éstos, los artistas y poetas. El desnudo ha sido la gran academia para los artistas plásticos desde tiempos inmemoriales. También ha sido la antiacademia”.2Rafael Acosta de Arriba: El signo y la letra. Ensayos sobre literatura y arte. Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello. La Habana, 2001, p. 275.

Durante 1884 y 1885, Eakins concibe el cuerpo varonil despojado de toda vestimenta, abierto a las delicias del entorno suburbano y campestre, distante de los tabúes propios de una sociedad normada por la conducta heterosexual. Aquellos individuos marcados por el espacio gremial del café y la cantina, el prostíbulo y el pugilato, pueden pasar a la obra artística gracias al acomodo estético de un pintor desprejuiciado y observador. Seis hombres desnudos al aire libre se concentran en un lago. Dos están en el agua, otro va a entrar de un clavado. Sobre un peñón que sirve de barrera y sendero a la vez, otros dos, sentados, observan nadar a un perro. El único que está de pie recuerda, por su postura, a quien posa como modelo en una academia: está de espaldas y muestra, por tradición cultural y estética, las nalgas. Tal vez este personaje no quiera mojarse o ya lo ha hecho tantas veces que prefiere atender a quien se arroja al lago. El pintor se ha representado. Es el que nada y, más alejado, observa cuanto puede. Es un voyeurista manifiesto y firme. Estamos ante una escena homosocial donde el desnudo es espontáneo, pero de una inocencia aparente: la provocación erótica es voluntaria. Un detalle: existe una contraposición innegable —tal vez con propósito expreso o por descuido insignificante— entre la serenidad del agua y el improbable silencio del regocijo grupal. El título de la obra designa lo contextual porque el protagonismo se centra en el paisaje de los desnudos corporales.

Acaso Martí siente que no debe hablar de una obra bien realizada, pero proveniente de un artista incómodo y de “viles ansias” para la época.

Elegancia, desenfado y belleza distinguen el atrevimiento con que Thomas Eakins representa a estos bañistas. Swimming Hole,3Uno de las más recientes tesis sobre el tema es Reconsidering “Swimming:” Thomas Eakins and the changing landscapes of modernity in late nineteenth-century Philadelphia (2011), de la autoría de Laura Fravel. que tiene como precedentes varias fotografías tomadas por el propio autor, deviene una de las obras pictóricas más memorables del siglo XIX, tanto por su calidad artística como por su indiscutible homoerotismo. El artista es amigo de Walt Whitman. Lee Hojas de hierba y la serie de poemas llamada Calamus, a la que José Martí se refiere cuando desnuda al hombre natural, mimoso con las mujeres, para entender al poeta “más intrépido, abarcador y desembarazado de su tiempo” en su grandiosa crónica “El poeta Walt Whitman”. Eso sí, Martí muestra su contrariedad ante “los que son incapaces de entender su grandeza; imbéciles ha habido que cuando celebra en Calamus, con las imágenes más ardientes de la lengua humana, el amor de los amigos, creyeron ver, con remilgos de colegial impúdico, el retorno a aquellas viles ansias de Virgilio por Cebetes y de Horacio por Giges y Licisco”;4José Martí: Obras completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, tomo 13, p. 137. para luego evidenciar: “Quiere puertas sin cerradura y cuerpos en su belleza natural; cree que santifica cuanto toca, y halla virtud a todo lo corpóreo”;5Ibídem, p. 138. hasta más adelante añadir sobre su admirado observador de la Naturaleza: “Siente un placer heroico cuando se detiene en el umbral de una herrería y ve que los mancebos, con el torso desnudo, revuelan por sobre sus cabezas los martillos, y dan cada uno a su turno”.6Ibídem, p. 139. Al echársele en cara que Calamus evidenciaba su homosexualidad, Whitman opta por callar.7David S. Reynolds: Walt Whitman’s America: A Cultural Biography. New York: Vintage Books, 1995. Eakins y él tienen muchos acuerdos artísticos, tal vez ninguno más llamativo que consiste en reconocer, por razones estéticas y de gusto, que el cuerpo desnudo del varón puede ser la cosa más bonita que existe.

Tras radicarse una temporada en Venezuela, José Martí se establece en Estados Unidos a partir de 1880 y comienza a colaborar para varias publicaciones culturales como The Hour, The Sun y La América. Escribe sobre pintura estadounidense y europea. Es muy probable que viera Swimming Hole,8No es para justificar la posible indiferencia del crítico cubano a la pintura de Eakins pero, con mucha razón, Yanelis Abreu Proenza plantea: “Aunque son los imperativos económicos los que le obligan a Martí a escribir y publicar sus crónicas periodísticas, escoge piezas a las que les dedica mayor atención, en un acto consciente de discriminación valorativa” (“José Martí: su prosa crítica dedicada al arte del siglo XIX”, en AACA Digital: Revista de la Asociación Aragonesa de Críticos de Arte, ISSN-e 1988-5180, Nº 15, junio de 2011). como también los desnudos de John Singer Sargent y William Merritt Chase. Acaso siente que no debe hablar de una obra bien realizada, pero proveniente de un artista incómodo y de “viles ansias” para la época. Ahora, ¿qué es Swimming Hole frente a El sueño o El origen del mundo, de Gustave Courbet? “La desnudez incontrolable de los órganos genitales es la cifra de la corrupción de la naturaleza después del pecado, que la humanidad se transmite a través de la generación”.9Giorgio Agamben: Desnudez. Argentina, Adriana Hidalgo editora, 2011, p. 102.

Para los años ochenta del siglo XIX, José Martí conoce no sólo esta obra de Courbet, sino mucho más de lo que se permite —o le permiten— escribir.

Daniel Céspedes Góngora

Daniel Céspedes Góngora

Ensayista cubano (1983). Es crítico de arte. Ha colaborado con diversas publicaciones en su país.
Daniel Céspedes Góngora

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Notas   [ + ]

1.Recomiendo el texto de Anamaría Ashwell: “El arte y la fotografía de Thomas Cowperthwaite Eakins”, en Elementos Nº 78, volumen 17, mayo-julio de 2010, págs. 3-13. Visitado el 7 de marzo de 2017.
2.Rafael Acosta de Arriba: El signo y la letra. Ensayos sobre literatura y arte. Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello. La Habana, 2001, p. 275.
3.Uno de las más recientes tesis sobre el tema es Reconsidering “Swimming:” Thomas Eakins and the changing landscapes of modernity in late nineteenth-century Philadelphia (2011), de la autoría de Laura Fravel.
4.José Martí: Obras completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, tomo 13, p. 137.
5.Ibídem, p. 138.
6.Ibídem, p. 139.
7.David S. Reynolds: Walt Whitman’s America: A Cultural Biography. New York: Vintage Books, 1995.
8.No es para justificar la posible indiferencia del crítico cubano a la pintura de Eakins pero, con mucha razón, Yanelis Abreu Proenza plantea: “Aunque son los imperativos económicos los que le obligan a Martí a escribir y publicar sus crónicas periodísticas, escoge piezas a las que les dedica mayor atención, en un acto consciente de discriminación valorativa” (“José Martí: su prosa crítica dedicada al arte del siglo XIX”, en AACA Digital: Revista de la Asociación Aragonesa de Críticos de Arte, ISSN-e 1988-5180, Nº 15, junio de 2011).
9.Giorgio Agamben: Desnudez. Argentina, Adriana Hidalgo editora, 2011, p. 102.