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Roberto Méndez Martínez:
“Cada cual produce su obra según su talante espiritual y hasta su temperamento”

domingo 22 de enero de 2023
Roberto Méndez Martínez
Roberto Méndez Martínez: “Quien lee un diario puede identificarse con el autor o rechazarlo, pero recibe las señales de alarma de otro ser humano que reclama ser escuchado y demostrar que existe o existió”.

En su libro Estética de la desaparición, Paul Virilio escribió: “En las primeras películas de los hermanos Lumière se observa el poder de reflexión de los pro­fusos trajes blancos que llevaban mujeres y niños, no sólo porque estaban de moda sino también por­que satisfacían la preocupación por la higiene y el temor a las epidemias”. Lo que parecía ya concerniente a un contexto distópico de libros y películas de ciencia ficción‚ se hizo desafortunadamente una realidad: el mundo se había olvidado de la gripe “española” (1918) o la gripe asiática de 1957 —por mencionar dos temibles ejemplos. Una pandemia era un hecho irreversible.

Las personas volvieron a sentir un terror por lo que parecía no poder controlarse‚ por lo que estaba ocasionando muertes. Esta pandemia‚ como otras‚ ha marcado un antes y un después en todos y todo. El mundo se quebró y el ser humano se percató de esa inestabilidad desde la propia fragilidad. Matrimonios y parejas que parecían entenderse advirtieron que no tenían mucho que ver entre sí; hubo quienes no soportaron el encierro y en general no se sabía qué hacer con tanto tiempo libre. Familias sufrieron por la partida física‚ la desestabilización y hasta la locura de algunos de sus miembros. Asimismo‚ hubo más unión e inventiva frente a las horas televisivas‚ los horarios alimenticios y las conversaciones de ocasión. La depresión hizo de las suyas y si a ello se le suma una crisis mundial que repercutió (y aún lo hace) en un país con enormes problemas como Cuba‚ el panorama no podía ser más desalentador.

Los artistas‚ intelectuales‚ productores de conocimientos…‚ que no viven en un mundo ajeno‚ por supuesto se vieron afectados y algunos ni siquiera pudieron refugiarse en sus creaciones. No obstante‚ otros sí aprovecharon la reclusión y, frente a dificultades y desilusiones‚ mantuvieron una esperanza‚ pues escribir, por ejemplo, es‚ en rigor‚ un fundamento vital‚ el testimonio de aprovechar la intimidad para luego compartirla.

Al fin y al cabo‚ esa es la ocupación del escritor y nada mejor que un diario‚ subgénero de la autobiografía‚ denostado y admirado a la vez‚ donde conviene siempre que la subjetividad enamore por encima de lo más referencial. Diario de la epidemia (D’McPherson Editorial‚ 2022) es el reciente libro de Roberto Méndez Martínez‚ un escritor que no le teme a lo fragmentario ni a la aventura escritural. A medio camino entre la memoria y lo testimonial‚ si bien a ratos se dice que los diarios pertenecen a una categoría de invención tan ficcional como la mejor narrativa‚ converso con un autor prolífico que ha necesitado purgar sus emociones con su nuevo libro.

 


 

Si tenía que pasar largas jornadas sin salir de mi casa debía ocuparme de lo que sé hacer mejor: escribir.

Roberto‚ aun cuando el mundo ha conocido de terribles pandemias y epidemias‚ para muchos era como de cuento histórico leer sobre ellas‚ caso de cuando Giovanni Boccaccio reúne a aquellos diez jóvenes en las afueras de Florencia para relatar historias a raíz de la epidemia de peste que golpeó a esta ciudad italiana en el lejano 1348. Más allá de la imaginación y las ansias por salirse hasta donde se puede de una situación aciaga que se vive‚ ¿qué razones de peso crees que hay detrás para que un ser humano se olvide de un estado adverso y permite que el creador salga? ¿Cuestión de reafirmación autoral o de resguardo ante determinado presente?

Ante un desastre natural tan prolongado como la reciente pandemia las personas toman decisiones para protegerse, no sólo en el aspecto físico, sino que deben encontrar una respuesta psicológica para manejar el miedo, el dolor, la soledad, por un tiempo más o menos prolongado. De manera consciente o no, la mayoría procura continuar con su vida, hasta donde las circunstancias lo permiten; es el modo más sano de encarar la posibilidad de la muerte. La televisión mostró a deportistas entrenando en la sala de un apartamento, bailarines improvisando coreografías en espacios mínimos, y la música de cámara volvió a ser lo que era: un diálogo íntimo.

En mi caso no fue diferente: si tenía que pasar largas jornadas sin salir de mi casa debía ocuparme de lo que sé hacer mejor: escribir. De hecho, terminé de redactar una novela y la revisé; comencé otra; completé un libro de poesía, pero la percepción del tiempo como una interminable sucesión de horas vacías me obligaba a liberar todavía más energía. Decidí escribir cada día un poco, sobre la epidemia o lo que fuera. Unas líneas sin proyecto previo ni estructuras calculadas, sólo apuntes en los que cabían retazos de memorias, comentarios de mis lecturas, reflexiones sobre cualquier cosa, críticas de arte fragmentarias. Era un modo de conocerme y aceptarme a mí mismo cuando no sabía si viviría una semana más y, a la vez, una terapia para no enloquecer.

 

Escribiste: “Mi propósito era no forzarme ni obligarme a nada‚ porque no había meta alguna‚ ni siquiera una clara intención de entregarlos a los lectores”. ¿No empiezan así los diarios? ¿Qué opinión te merecen?

Los diarios nacen de la necesidad humana de hablar consigo mismo y percibirse como una realidad singular, a la vez que vencen la monótona continuidad del tiempo. Son la más primitiva forma de eso que se ha querido bautizar como el género literario testimonial. En primer término son útiles para el propio autor que crea y recrea su imagen; después, algunos de ellos interesarán a los historiadores o a los investigadores literarios; son informaciones de primera mano, aunque muy parciales, sobre determinadas figuras históricas, entre ellas los escritores: los diarios de Lezama nos ayudan a entrar en el ámbito de Paradiso y en el de su poesía; el de Carpentier nos descubre tras la imagen del autor consagrado y satisfecho a un ser humano común con sus miedos, inseguridades y hasta mezquindades; sin embargo, Martí se nos agranda desde esos apuntes en medio del paisaje agreste de la isla en guerra.

 

“Diario de la epidemia”, de Roberto Méndez Martínez
Diario de la epidemia, de Roberto Méndez Martínez (D’McPherson‚ 2022). Disponible en Amazon

¿Cuáles son los límites y las libertades de un diario?

El diario es el recipiente de la subjetividad sin límites. Comienza por ser un acto de intimidad aun si se concibe para hacerlo público después; por tanto, carece de normas, en su enorme diversidad lo único habitual es ser un texto confesional acotado por unidades de tiempo, porque en último caso es un registro de horas, días o años vividos y pensados. Quien lee un diario puede identificarse con el autor o rechazarlo, pero recibe las señales de alarma de otro ser humano que reclama ser escuchado y demostrar que existe o existió. Los diarios se escriben en el tiempo y pretenden resistirse a él. Muestran el ansia de inmortalidad humana. Por lo demás, no hay una preceptiva para ellos, son un espacio de libertad individual, en tanto tienen un papel catártico para el sujeto; son informales, arbitrarios, insistentes y hasta groseros. Son la otra cara de la vida pública de la persona.

 

En España la escritura de diarios vuelve a considerarse y hasta se estudia por su importancia. En Cuba‚ pareciera que sólo interesaría el hallazgo de uno perteneciente a una figura histórica o alguien desconocido que venía acaso con el almirante Cristóbal Colón. El diario en nuestro país no goza de ese “entusiasmo editorial” que conocen otros géneros. ¿Qué piensas al respecto?

Una parte del éxito que en España y otras partes del mundo tienen los diarios está relacionado con el nuevo auge de la biografía. Y los biógrafos actuales ya no llevan los derroteros de Stefan Zweig o Emil Ludwig, que realizaban relatos documentados pero muy literarios de las figuras que abordaban, con el fin de destacar al personaje dentro del marco de su época. Los Plutarcos actuales prefieren tomar a una figura determinada y hacerla atractiva a los lectores en la medida en que les demuestran que aunque tiene algo excepcional posee las mismas debilidades que el ser humano común, y para ello necesitan lo mismo de diarios íntimos que de listas de lavanderías, cuentas de hoteles, anécdotas de bares y apuntes de antiguos amantes. Se supone que hay que garantizar el escándalo y las ventas.

En Cuba los diarios son asunto de historiadores o de estudiosos de la literatura y el arte. Tal vez el cubano actual es tan extrovertido que no necesita del papel para contar su vida, para eso están las banquetas de bar, las paradas de ómnibus, las peluquerías y las colas, salvo que tomemos por diarios muchísimos muros de Facebook.

 

Ni siquiera puse acotaciones de tiempo. Sencillamente desahogué mi ánimo como cada día u hora reclamaba.

Escribiste un adelanto del Diario… en la página web de Palabra Nueva. Se lee lo siguiente: “Mi propio quehacer demostraba que no era necesario salir a la calle para encontrar temas literarios‚ en primer término porque los asuntos más importantes siempre hallaban el modo de burlar la clausura de puertas y ventanas‚ pero además porque la memoria y la imaginación aportaban asuntos que hasta entonces yo había ignorado o preterido”. Ahora‚ ¿por qué elegiste la escritura de un diario y no otro poemario‚ ensayo o novela?

En primer término, un preceptista bilioso diría que ese libro no es propiamente un diario sino un cuaderno de apuntes. De hecho, el lector no encontrará allí un relato sucesivo de lo ocurrido en cada día de la epidemia y mis sentimientos al respecto. No soy un cronista de sucesos. Ni siquiera puse acotaciones de tiempo. Sencillamente desahogué mi ánimo como cada día u hora reclamaba. Unas veces aludía de manera directa o indirecta a la plaga y sus efectos sociales y personales; otras, parecía haberla olvidado y me ocupaba de mis filmes preferidos, del recuerdo de alguna foto o de una anécdota escuchada en mi infancia.

Ahora que el libro se ha publicado y lo contemplo con cierta distancia, compruebo su indeterminación genérica, pero eso no me preocupa. Ya había ocurrido antes, cuando escribí, hace más de veinte años, el Cuaderno de Aliosha, una sucesión de prosas, escritas después de varios años muy difíciles en los que apenas pude escribir poesía, por lo que la necesidad de comunicar cosas en cierto momento era más fuerte que el ánimo para darles una forma estrictamente literaria y sencillamente preferí volcar todo en el papel a un ritmo afiebrado en pocos días. Sus editores, en las dos ediciones cubanas que hizo Ácana en Camagüey y en la más reciente de D’McPherson, lo publicaron clasificado como poesía, y si así lo perciben, quién soy yo para desmentirlos. En cambio en este caso preferí que el volumen apareciera sin ninguna etiqueta genérica. El lector decidirá dónde lo encasilla.

Hace años alguien me dijo que mi poesía era narrativa y que eso demostraba que el género para el que yo estaba verdaderamente dotado era la novela, pero cuando escribí Variaciones de Jeremías Sullivan y la primera versión de Ritual del necio, algunos se dijeron con más o menos ironía que eran novelas “de poeta”, que es casi lo peor que puede decirse de un texto en el mundo de los narradores “profesionales”. Para colmo, ante ensayos como Otra mirada a la Peregrina alguien lamentó que el poeta y narrador se mostrara demasiado y aparentemente estorbara la seriedad del crítico. A pesar de que supuestamente somos posmodernos la gente se inquieta cuando te sales de los moldes habituales y, de paso, porque invades sus zonas de confort.

Para mí, que paso de los sesenta años y cargo con mis más de doscientas libras de peso corporal y no pocos achaques, así como necesito ropa ancha y zapatos cómodos, requiero de holgura genérica. Sigo creyendo en la escritura totalizadora que es a la vez filosófica, poemática, narrativa y hasta teológica, animada por la fe y algunas certezas. Y cuando escribo me siento libre, no me atengo al parecer de grupos, corrientes, generaciones y, en cuanto a modas, prefiero no escuchar “el último grito” porque seguramente caerá en el vacío mañana.

 

Las guerras, las grandes migraciones y hasta las cábalas políticas ayudan a despertar azotes naturales que parecían dominados.

En un paralelo bello y vigente que estableces entre Aquiles y Edipo dices: “No hay como una pandemia para sustituir una tiranía por otra”. A grandes rasgos se sobrentiende‚ pero la frase‚ que es muy proverbial‚ admite aplicarla a casos específicos. ¿Qué otra analogía literaria o histórica evocarías para ilustrarla?

Desde la legendaria Antigüedad las epidemias han sido interpretadas como un castigo de fuerzas superiores; basta con recordar las descritas en la Ilíada por Homero, en Edipo rey por Sófocles o por el anónimo autor del libro bíblico de los Números que habla de una inquietante plaga de serpientes que ataca a los israelitas en el desierto. Algo semejante ocurre en la Edad Media donde la enfermedad encarna en la presencia cercana de un dragón. Hoy las explicaciones son más racionales aunque no más profundas: las guerras, las grandes migraciones y hasta las cábalas políticas ayudan a despertar azotes naturales que parecían dominados. Y en medio de estos desastres se muestran algunos de los rasgos mejores del ser humano: la bondad, la caridad, la fraternidad, pero también su reverso, porque el terreno está abonado para tiranos y demagogos, los modernos Aquiles, Edipos y Creontes, en todas partes. Además, cuando toda una sociedad se remueve hasta sus bases por la posibilidad inmediata de desaparecer, hay que esperar los cuestionamientos de los poderes públicos, la preservación de valores vulnerados y hasta el reclamo de un nuevo orden. Entonces, entre los bandos enfrentados surge el clamor de una Antígona que no es un personaje de leyenda sino un arquetipo.

 

¿Te asustan tanto las utopías o es la anarquía que todas‚ en principio‚ esconden?

No tengo problema alguno con las utopías en tanto recurso filosófico: Platón, Campanella, Moro —que fue quien aportó el término para designarlas—, Bacon, se valieron de esas descripciones de sociedades ideales para criticar los problemas de su tiempo y sugerir correcciones. A partir de la Edad Media algunos fueron más allá y procuraron llevarlas a la práctica apoyados en una lectura social de la Sagrada Escritura: la sociedad de los cátaros, la comunidad evangélica de Joaquín de Fiore y hubo otro rebrote en el siglo XIX con los falansterios de Fourier, la colonia Nueva Armonía de Owen y hasta las comunidades trascendentalistas de Nueva Inglaterra inspiradas en las ideas de Emerson, Thoreau y Alcott.

El problema es que cuando ciertas ideas son llevadas estrictamente a la práctica, se establecen normas parecidas a reglas conventuales. Esto lleva a otra ilusión que es la conversión radical de las personas en seres nuevos. Para evitar el “contagio” la comunidad va aislándose del mundo y, como se siente asediada y siempre en riesgo, se instauran la desconfianza y la vigilancia policial. De hecho, esos estados ideales no duran, sus mecanismos generan tedio, decepciones y deserciones; unas veces se disuelven de manera pacífica y otras, como las misiones jesuitas en Paraguay, perecen de forma cruenta. Al final no hacen feliz a nadie. Una cosa es ayudar a corregir deformaciones de una sociedad y otra distinta implantar una sin raíces concebida por un visionario. El romanticismo mesiánico generalmente tiene finales catastróficos.

 

¿Cómo fue el vínculo con D’McPherson para la publicación del libro?

Yo propuse primero el libro a algunos editores amigos en Cuba. Ellos se interesaron en el texto de inmediato‚ pero me advirtieron que dados ciertos problemas materiales y organizativos no podían garantizarme su inmediata aparición. Me dirigí a D’McPherson, que ha reeditado en los últimos años tres libros míos: las novelas Ritual del necio y Anna en la hoguera, así como Cuaderno de Aliosha, y les ofrecí la primicia del Diario. Aceptaron inmediatamente y apareció en pocos meses. Ya está disponible en versión Kindle o puede solicitarse el libro impreso en Amazon y otros sitios semejantes. Me alegra su difusión internacional. Amigos de España o de Estados Unidos y hasta un compañero de estudios que ahora reside en Suiza me han hecho saber que lo adquirieron y están felices con él, pero no desecho la idea de una edición para el lector cubano que no puede acceder a Amazon. Me ocuparé de ello cuando venzan los derechos de estos editores, si no es que antes ellos logran cumplir su sueño de vender acá sus publicaciones que forman un amplísimo catálogo de escritores cubanos de todas las generaciones y tendencias.

 

La función de un escritor es ante todo dejar un testimonio de su paso por el mundo y que éste no sea un simple documento notarial sino una auténtica creación artística.

En La civilización del occidente medieval Charles Le Goff recuerda: “Cuenta Sigiberto de Gembloux que el 1090 ‘fue un año de epidemia, sobre todo en la Lorena occidental, en el que muchos se pudrían bajo el efecto del fuego sagrado que consumía el interior de sus cuerpos, mientras sus miembros quemados ennegrecían como el carbón, o bien morían miserablemente, o bien, amputados sus pies y sus manos atacados de putrefacción, se salvaban para vivir aún más miserablemente…’”. En tiempos de crisis‚ ¿cuál sería la función de un creador coherente que procura su defensa pero sin hacer concesiones para facilitarse una vida mejor?

La función de un escritor es ante todo dejar un testimonio de su paso por el mundo y que éste no sea un simple documento notarial sino una auténtica creación artística. Cada cual produce su obra según su talante espiritual y hasta su temperamento; de hecho la idea que tenemos hoy del Renacimiento literario en Italia es una difícil síntesis de la Divina comedia, en la que Dante todavía tiene un pie en el pensamiento del Medioevo; el desenfrenado Decamerón del humanista Boccaccio y los sonetos de Petrarca, tan platónico y a la vez tan fuertemente sensual.

No hay un tipo de escritor más válido que otro. Hemingway, que fue corresponsal de guerra, aventurero y mediático, no necesariamente era mejor testigo de su sociedad que el asmático y encerrado Marcel Proust. Tener éxito para un autor puede ser bueno, toda la literatura no tiene que nacer del hambre pero, si comienza a plegarse a los mecanismos que deben garantizarle grandes ventas y una publicidad continua, tiende a sacrificar el rigor para aumentar la producción como si fuera una fábrica de ropa o de zapatillas de moda. Las novelas de ciertos autores multipremiados y paradigmáticos hoy ya no están a la altura de aquellas que los hicieron célebres hace unas décadas, ahora sólo son una “marca registrada”. Como las exigencias del mercado lo invaden todo, el verdadero escritor debe elegir si se valdrá de él solo en la medida en que lo emplee para divulgar su obra auténtica, si se dejará llevar por la corriente porque lo esencial es formar parte del club de los famosos y disfrutar de su cuenta bancaria, o colocarse al margen, como Paul Cioran o María Zambrano, y dejar que la posteridad decida. No hay como el tiempo para separar el trigo de la cizaña.

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