“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Meditaciones a partir de El arco y la lira, de Octavio Paz

lunes 22 de julio de 2019
Octavio Paz
Octavio Paz: “Vivimos un presente fijo e interminable y, no obstante, en continuo movimiento. Presente flotante”.

La creación del lenguaje

Muy probablemente, cuando se crearon las palabras, se tenía la confianza de que el nombre y lo nombrado eran lo mismo. Al hablar, se recreaba el objeto sugerido. Pronto surgió la gramática para preservar el lenguaje y, con el paso del tiempo, comenzó a sospecharse que entre los objetos y sus nombres “se abría un abismo”.

Cada imagen lleva dentro muchos significados contrarios o dispares que, sin suprimir, el poeta reconcilia. En el momento poético, los contrarios se funden en armonía.

Todo a nuestro alrededor está hecho de palabras. La crítica filosófica comienza invariablemente con un análisis del lenguaje. El ser humano y sus problemas no existirían sin las palabras: es inseparable de éstas. Son nuestra única realidad, lo que da fe a nuestra versión de lo real.

A través de ellas, el ser humano adquirió conciencia de sí, lo cual también significó una separación con la naturaleza percibida como amenazante.

De acuerdo con Octavio Paz, en el libro XIII de las Analectas, Tzu-Lu pregunta a Confucio cuál sería su primer medida si es llamado para gobernar su país; éste responde: “La reforma del lenguaje. No sabemos en dónde empieza el mal, si en las palabras o en las cosas, pero cuando las palabras se corrompen y los significados se vuelven inciertos, el sentido de nuestros actos y de nuestras obras también es inseguro. Las cosas se apoyan en sus nombres y viceversa”.

Lo vacilante de nuestra sociedad tiene que ver con la fe que se tiene en las palabras.

 

Disputa ser-no ser

La poesía trasciende las palabras al crear imágenes con ellas. “La palabra poética es ritmo, color, significado y, asimismo, es otra cosa: imagen”.

El poema está hecho de imágenes en distintas formas. Verbigracia: comparaciones, símiles, metáforas, juegos de palabras, paronomasias, símbolos, alegorías, mitos, fábulas, etc. Con todas ellas se busca conservar la pluralidad de significados de las palabras, sin perturbar la unidad sintáctica de las frases. Cada imagen lleva dentro muchos significados contrarios o dispares que, sin suprimir, el poeta reconcilia. En el momento poético, los contrarios se funden en armonía.

“El poema no sólo proclama la coexistencia dinámica y necesaria de los contrarios, sino su final identidad. Y esta reconciliación, que no implica reducción ni transmutación de la singularidad de cada término, sí es un muro que hasta ahora el pensamiento occidental se ha rehusado a saltar o a perforar”.

Dentro del pensamiento racional, “individuos y objetos —plumas ligeras y pesadas piedras— se convierten en unidades homogéneas. No sin justificado asombro los niños descubren un día que un kilo de piedras pesa lo mismo que un kilo de plumas”. Esta operación unificadora de la ciencia que abstrae y unifica, mutila y empobrece las cualidades.

El poeta se sirve de la imagen para afirmar que esto es aquello y anula así todo principio de contradicción, atentando contra los fundamentos del pensamiento occidental. La realidad poética y la imagen no pueden aspirar a la verdad.

Los intentos de explicar la imagen y mostrar lo que está frente a nuestros ojos han sido insuficientes. Quizá porque la dialéctica busca salvar los principios lógicos, “en especial, el de contradicción, amenazado por su cada vez más visible incapacidad para digerir el carácter contradictorio de la realidad. Tal es el caso de la dialéctica; la tesis no se da al mismo tiempo que la antítesis, y ambas desaparecen para dar paso a una nueva afirmación que, al englobarlas, las trasmuta. En cada uno de los tres momentos reina el principio de contradicción. Nunca afirmación y negación se dan como realidades simultáneas”.

Ante esto, surgió el principio de contradicción complementaria, que a pesar de hendir más profundamente la complejidad de la imagen, no consigue diseccionarla ni reconciliar los contrarios. El poema no dice lo que es, sino lo que podría ser. “Desde Parménides nuestro mundo ha sido el de la distinción neta y tajante entre lo que es y lo que no es. El ser no es el no ser”.

Parménides concibe al ser como uno: la unidad. Sólo puede ser pensado aquello que es ya de origen, un todo ajeno al devenir, inmutable, y por lo tanto, imperecedero, completo, único e indivisible. Es lo que es. Para Aristóteles, lo que es no deviene, porque ya es y nada pudo llegar a ser a partir de lo que no es. Esta posición deja de lado que la afirmación y la negación pueden existir simultáneamente.

Para Parménides, hay dos caminos de conocimiento. El primero, el del pensamiento y el ser puro, sin mezcla de no-ser. No puede admitir la contradicción ser y no-ser, sino solamente al ser. “El ser es y no es posible que no sea; esta es la vía de la certeza, pues acompaña a la verdad”.

A diferencia del pensamiento occidental que desvirtuó el sentir y la exaltación de lo otro, el pensamiento oriental no ha sufrido de este ostracismo.

El segundo es el camino de los sentidos, donde se confunden el ser y el no-ser. Para Parménides, este es el camino de la total ignorancia. Como es la vía de los sentidos, el pensamiento está ausente y se conduce directo al error.

Concluye entonces que debemos hacer caso a la razón, porque permite comprender la verdadera realidad; optar por los sentidos es un error pues no considera que ese mundo cambiante que vemos sea real y verdadero. Lo verdadero es aquello que nos permite pensar la razón y expresar con el lenguaje.

Los intentos de asir al ser por medios ajenos a la razón han sido despreciados; con ello se despojó al lenguaje de su propósito primordial: ser un puente para salvar la distancia entre el ser humano y la realidad exterior. “Mística y poesía han vivido así una vida subsidiaria, clandestina y disminuida. El desgarramiento ha sido indecible y constante. Las consecuencias de ese exilio de la poesía son cada día más evidentes y aterradoras: el hombre es un desterrado del fluir cósmico y de sí mismo. Este primer desarraigo porque fue un arrancar al ser del caos primordial constituye el fundamento de nuestro pensar”.

 

El contraste entre el pensamiento occidental y el oriental

A diferencia del pensamiento occidental que desvirtuó el sentir y la exaltación de lo otro, el pensamiento oriental no ha sufrido de este ostracismo.

En el más antiguo escrito Upanishad se afirma sin reticencias el principio de identidad de los contrarios: “Tú eres mujer. Tú eres hombre. Tú eres el muchacho y también la doncella. Tú eres el pájaro azul oscuro y el verde de ojos rojos… Tú eres las estaciones y los mares”.

En la tradición oriental, se cree que la verdad es una experiencia personal y, por tanto, es incomunicable. “El Sabio predica la doctrina sin palabras. Del otro lado, pensar en la verdad se relaciona con la lectura y los libros que están hechos de palabras; este pensamiento deja de lado que el valor de esas palabras está en las cosas que señala pero no alcanzan. Los objetos están más allá de las palabras”.

Las claras barreras entre el pensamiento occidental y oriental se han ido difuminando desde la entrada a la modernidad.

 

“El arco y la lira”, de Octavio Paz
El arco y la lira, de Octavio Paz, publicado originalmente en 1956. Disponible en Amazon

La crisis de la modernidad

En los tiempos de Homero, y en general en las sociedades orales, no había diferencia entre el cuerpo y la conciencia, el ser era un estar en los sentidos. Las personas eran cuerpo y su identidad se creaba a partir de la relación de los sentires (ver, oír y hablar) con el mundo.

La revelación de Copérnico significó una revolución única. Despojó al ser humano del trono de la creación, ni rey ni centro, pasó a ser un huérfano que, destetado, se volcó con no menos pavor que fuerza a labrar su morada terrenal.

En el siglo XVII la filosofía de Descartes y los grandes avances en tecnología hicieron posible explicar el mundo; al entender el funcionamiento de los fenómenos naturales, deja de considerarse el mundo como amenaza. Esto permitió una mayor sensación de control de la realidad, lo que generó una presión a la persona para desligarse emocionalmente del grupo, que hasta entonces había actuado como referente identitario y fuente de seguridad.

Con esto se propicia el surgimiento de un término nuevo: individuo. Con este concepto se termina de romper la relación mitológica con el mundo, la imaginación pasa a un plano servil y se da un salto cualitativo. La realidad no está dentro de uno mismo, no puede asirse con los sentidos; como está fuera de nosotros, es sólo cognoscible mediante la razón. El cuerpo se piensa como objeto pasivo y sede del verdadero sujeto: soy lo que pienso.

Despojada del centro, la sociedad pasó de la divinidad al racionalismo, de los dioses al culto de la autoridad y, sobre todo, a la idolatría del yo. “La naturaleza se ha convertido en un complejo sistema de relaciones causales en el que las cualidades desaparecen y se transforman en puras cantidades, y sus semejantes han dejado de ser personas y son instrumentos. La relación del hombre con la naturaleza y con su prójimo no es esencialmente distinta de la que mantiene con su automóvil, su teléfono”.

En palabras de Heidegger, “llegamos tarde para los dioses y muy pronto para el ser”. Así, el mundo moderno, que excluye toda relación mitológica con la naturaleza, lo convierte todo en su propiedad. Si la tierra es el centro de la nada, el ser humano debe al menos ser el centro de una tierra destronada. El rompimiento con la naturaleza supone también cortar lo que nos unía al pasado y también a la idea del futuro que no se parece más al que pensó y quiso nuestra civilización. “Vivimos un presente fijo e interminable y, no obstante, en continuo movimiento. Presente flotante”.

A fin de hacerlo menos amenazante, el ser humano ha optado por moldear el mundo a su antojo; el pensamiento técnico, cada vez más desarrollado y despegado de la intención original, terminó con la forma mítica del futuro, lo trajo al suelo y le puso fecha. “El pensamiento técnico, aunque productor de futuro, no logrará responder el porqué y el para qué de sus cambios. El futuro que se construye cada vez más carece de sentido. Vamos de ningún lado a ninguna parte”.

 

La ruptura del puente

“La palabra es un puente mediante el cual el hombre trata de salvar la distancia que lo separa de la realidad exterior. Mas esa distancia forma parte de la naturaleza humana”.

Ya no hay resquicio para dudas, el nombre difiere de la realidad nombrada, lo mismo pasa con la conciencia de sí que se interpone entre el humano y su ser. La distancia que buscaba salvarse a través del puente de la palabra está rota; hoy parece incuestionable afirmar que significado y significante no son lo mismo. Esa tierra de nadie que nos separa de lo otro ha sido tan sólo cruzada por la imagen poética.

 

Poesía como conciliador

A través de la experiencia poética ocurre la ansiada reconciliación, ser y no ser al fin convergen. Identidades, sentires y pensares son una misma cosa. La materia reconquista su naturaleza, el color es más que color, el sonido se vuelve pleno, la palabra del poema encarna algo que trasciende lo que nombra. Con la imagen, la distancia entre palabra y cosa se acorta o desaparece del todo: el nombre y lo nombrado son ya lo mismo.

A través de la frase que es ritmo e imagen, el ser humano, perpetuo llegar a ser, finalmente es. La poesía es la llave que abre la puerta de entrada al ser.

 “La imagen es el puente que tiende el deseo entre el hombre y la realidad. En ella el deseo entra en acción: no compara ni muestra semejanzas sino que revela —y más: provoca— la identidad última de objetos que nos parecían irreductibles”.

El lenguaje vuelve a esa esencia cuya búsqueda trasciende la representación, da voz a los sentidos y presenta la realidad que perciben los sentidos. “Nos hace recordar lo que hemos olvidado: lo que somos realmente”.

Con la poesía se crean imágenes que son una “presencia instantánea y total. Recrea, revive nuestra experiencia de lo real”. Así, la imagen es un recurso desesperado contra el silencio que nos invade cada vez que intentamos expresar la terrible experiencia de lo que nos rodea y de nosotros mismos.

A través de la frase que es ritmo e imagen, el ser humano, perpetuo llegar a ser, finalmente es. La poesía es la llave que abre la puerta de entrada al ser. No podemos dejar de lado que la poesía no es un procedimiento susceptible de “aplicación repetida. Cada poema es un objeto único, creado por una técnica que muere en el momento mismo de la creación”.

A diferencia de los innumerables procesos de nuestro tiempo, para la poesía no hay receta que valga. “La técnica es procedimiento y vale en la medida de su eficacia, es decir, en la medida en que es un procedimiento susceptible de aplicación repetida. La técnica es repetición que se perfecciona o se degrada; es herencia y cambio: el fusil reemplaza al arco”.

Es mediante la poesía y no la técnica que se reconstruyen los lazos con la mitología y se pone al ser frente a un mundo que ya no es más un desconocido, lo reconcilia con su otredad.

Sin poesía, el ser humano se quedaría solo, emitiendo puros sonidos que nada significarían. Con la imagen sucede lo contrario; las palabras no sólo significan lo que nombran, sino que son ya lo mismo.

La misión del poeta, además de reconstruir el lazo con la mitología, es “oír el ritmo de la creación, verlo y palparlo para construir ese puente entre el mundo, los sentidos y el alma”.

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