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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Teresa y la pesada búsqueda de su alma

• Lunes 9 de abril de 2018
Milan Kundera
En palabras de Kundera, la cara es una especie de tablero de instrumentos en el que desembocan todos los mecanismos del cuerpo: la digestión, la vista, la audición, la respiración y el pensamiento.

Quizá después de muchas vueltas, Teresa, personaje de la novela La insoportable levedad del ser, se asomó en la mente de Kundera, quien luego de la acción del rugir de una barriga, reflexionó al respecto. Resulta interesante esta azarosa acción, pues a partir de ello la esencia de un personaje se va desnudando y termina por construir a una protagonista cuya verosimilitud le brinda un eco redundante en la inmortalidad de la literatura.

Milan Kundera es escritor y músico; nació en la ciudad de Brno, situada en la ya disuelta República de Checoslovaquia. Desde 1975 vive en Francia, país que, luego de acogerlo como exiliado, le otorgó la ciudadanía. Alcanzó la fama internacional luego de la publicación de su novela La insoportable levedad del ser en 1984. A pesar de ser escrita en checo, dicha novela fue publicada en su país veintidós años después. La trama se desarrolla durante la primavera de Praga que finalizaría con la invasión rusa en el año de los movimientos, 1968.

 

I

Sus tripas rugieron tremendamente cuando, después de conocer a Tomás en Zúrich, Teresa llegó a visitarle a su casa en Praga. Resultaba para ella terrible que sus tripas rugieran al encontrarse frente a él y, aunque sentía ganas de llorar, él le abrazó y pronto olvidó el embarazoso sonido de su vientre.

Ese día estaba muy nerviosa y apenas había comido. El sonido estruendoso que emitía su cuerpo disipaba la verdad de la era científica que supone la inexistencia del alma. Hace tiempo, cuando una persona sentía por ejemplo un palpitar en el pecho, no entendía el porqué de ello, no sabía cuál era la causa. En consecuencia, resultaba difícil identificarse con el propio cuerpo que, además de ajeno, parecía algo desconocido.

Así, se llegó al consenso de que el cuerpo era sencillamente una especie de frasco que contenía lo que miraba, escuchaba, temía, pensaba… Lo que sentía era el alma; es decir, lo que dirigía al ser. Hoy día, la aquiescencia es opuesta: el cuerpo es eso que siente y el alma no pertenece a la unidad que dirige el cerebro.

Lo que palpita dentro del pecho es el corazón, se dilata y contrae para bombear la sangre que el cuerpo necesita a fin de distribuir nutrientes y defenderse ante las infecciones. Lo mismo ocurre con la nariz, es un conducto que le permite al oxígeno transportarse hasta los pulmones.

Pese a que cada vez sabemos más de nuestro cuerpo y el universo circundante, las grandes verdades siguen siendo insuficientes.

En palabras de Kundera, la cara es una especie de tablero de instrumentos en el que desembocan todos los mecanismos del cuerpo: la digestión, la vista, la audición, la respiración y el pensamiento.

Desde que sabemos más sobre las distintas funciones de las partes del cuerpo, éste desasosiega menos al ser humano. Con ello, el concepto de alma ha quedado como un viejo paradigma que muchas veces se usa para ilustrar la ignorancia de nuestros antepasados o para atribuir cierta belleza mágica a ese inexplicable sentir que nos provoca el amor casi siempre de pareja.

Es justo entonces, cuando una persona se enamora con locura y escucha al mismo tiempo el sonido de sus tripas, que la unidad entre cuerpo y alma se disipa súbitamente, que las grandes explicaciones en materia de anatomía y medicina se disuelven y la existencia se arropa con el velo de la insignificancia. Pese a que cada vez sabemos más de nuestro cuerpo y el universo circundante, las grandes verdades siguen siendo insuficientes, aun cuando se trata de explicar algo tan cercano y propio como las reacciones del cuerpo ante tal o cual situación.

Al poco rato de reencontrarse, Teresa y Tomás hacían el amor; no cogían, hacían el amor. Ella gritaba; no gemía, gritaba. Con sus gritos buscaba inconscientemente aturdir a sus sentidos, quería que no vieran, que no oyeran; quería sosegar esa gran excitación de los sentidos suyos. Deseaba que en la milenaria lucha entre cuerpo y alma, el cuerpo suyo se impusiera de una vez por todas y la carga del alma fuese despojada. Es decir, quería que el ingenuo idealismo de su amor superara el eterno dual entre alma y cuerpo.

Cuando finalmente dejó de gritar, se durmió al lado de él y cogió durante el resto de la noche su mano. Luego, poco a poco las heridas de su cuerpo quedaron mágicamente suturadas. Su cuerpo y su alma se habían reconciliado. “Desde los ocho años se dormía ya con las manos entrelazadas imaginando que tenía cogido al hombre que amaba, al hombre de su vida”. Parafraseando al autor, es el momento en que nace el amor: una persona no puede resistirse a la voz que llama a su alma asustada; la otra no puede resistirse a quien posee esa alma sensible a su voz.

 

La insoportable levedad del ser (Spanish Edition)

II

Desde pequeña Teresa también se miraba durante largos periodos frente al espejo, le gustaba. Tal gozo no surgía de su vanidad, pues nunca la tuvo. Vivió bajo la sombra del implacable ser de su madre. Al mirarse al espejo, se desprendía de la incesante necesidad por desnudar su alma. Creía que podía encontrar la esencia que le hacía ser Teresa ante su reflejo. Buscaba definir lo que le hacía ser ella y sin lo cual dejaría de ser lo que sea que fuese.

Ese afán de encontrar su alma ante el espejo tenía como práctica ir restando los gestos y facciones procedentes de su madre, por quien además sentía miedo. Como temía que ella le descubriese, mirarse al espejo se convirtió en una especie de vicio secreto.

A diferencia de su madre, para Teresa su cuerpo era único y en él se expresaba parte de su individualidad. En su casa el pudor era algo que no existía. Ver a su madre en ropa interior caminando por aquel hogar era cotidiano, a veces ni siquiera llevaba sostén y en verano andaba desnuda. Su padrastro no andaba desnudo, pero como su hijastra tenía prohibido cerrar la puerta, entraba al baño cada que ella se estaba bañando.

Teresa no quería ser sólo un cuerpo más como todos los cuerpos, quería que en él se expresara también su alma única y se reconociese como tal; por ello llegó el día en el que se rebeló asegurando la puerta del baño. Su madre hizo un escándalo. “Esta situación demuestra claramente que el odio hacia la hija era en la madre más fuerte que los celos hacia el marido. La culpa de la hija era infinita e incluía también las infidelidades del marido. Y el que la hija quisiera emanciparse y reclamase algunos derechos —por ejemplo el de cerrar la puerta del cuarto de baño— era para la madre más inaceptable que un eventual interés sexual del marido por Teresa”.

Cuando se contemplaba en el espejo, no veía tan sólo el tablero de instrumentos de los mecanismos corporales, sino su alma. En su rostro veía la fiel expresión de su carácter.

Como a la madre de Teresa nada le había resultado en su vida, sentía una culpa enorme. Al engendrarla, dirigió a la hija toda su culpa a fin de expiarse. Le explicaba siempre que podía que el ser madre significaba sacrificarlo todo. Con ello, su hija, quien siempre sentía culpa, trataba de complacer a la madre en todo. Trabajó desde los quince años y le daba cuanto ganaba a su madre, se ocupaba de atender la casa y a sus hermanos; estaba dispuesta a todo a fin de ganarse su amor.

Su madre deseaba poseerla, quería que su hija fuera impúdica como ella y permaneciera a su lado en el mundo de la desvergüenza, donde la juventud y la belleza nada significan. Ese mundo era para Teresa un enorme campo de concentración. En él todos los cuerpos eran iguales y las almas invisibles.

Cuando se contemplaba en el espejo, no veía tan sólo el tablero de instrumentos de los mecanismos corporales, sino su alma. En su rostro veía la fiel expresión de su carácter. Le causaba particular frenesí el no saber qué pasaría con su nariz si aumentase un milímetro diario. ¿No sería entonces que en determinado momento su cara no sería más lo que al contemplarla era? Y no sólo su nariz, sino el resto de las partes de su cuerpo terminarían cambiando, entonces, qué sería de ella, ¿seguiría siendo ella misma, seguiría siendo Teresa?

Claro —dice Kundera—, pues aunque Teresa ya no se pareciese a Teresa, su alma seguiría siendo la misma. De ser así, ¿cuál es la relación que hay entre ella y su cuerpo? ¿Tiene él derecho a ostentar su nombre? ¿Es su nombre el referente a algo incorpóreo e inmaterial? Si su alma hablase, ¿se presentaría bajo el nombre de Teresa?

Estas eran las preguntas que daban vueltas en su cabeza desde la infancia. “Y es que las preguntas verdaderamente serias son aquellas que pueden ser formuladas hasta por un niño. Sólo las preguntas más ingenuas son verdaderamente serias. Son preguntas que no tienen respuesta. Una pregunta que no tiene respuesta es una barrera que no puede atravesarse. Dicho de otro modo: precisamente las preguntas que no tienen respuesta son las que determinan las posibilidades del ser humano, son las que trazan las fronteras de la existencia del ser humano”.

 

III

Los amantes eran esencialmente opuestos: para Tomás el amor y la sexualidad eran cosas distintas, no así para Teresa, que no podía entender la levedad y la divertida intrascendencia del amor físico que él tanto disfrutaba.

El temor de perderle nunca cedía en Teresa, ni siquiera en sus sueños. A cambio, ella le ofreció desde el primer día su fidelidad, como si fuese lo único que tenía para ofrecerle. El amor que había entre ellos era “de una arquitectura extrañamente asimétrica: descansa[ba] sobre la seguridad absoluta de su fidelidad como un palacio mastodóntico sobre una sola columna”.

No obstante, cuando percibió débil a Tomás, deseaba marcharse con todas sus fuerzas y “es precisamente el débil quien tiene que ser fuerte y saber marcharse cuando el fuerte es demasiado débil para ser capaz de hacerle daño al débil”.

 

IV

En Teresa había un sueño constante. En éste solía encontrarse marchando desnuda junto a decenas de mujeres igualmente desnudas alrededor de una piscina. Sobre ésta, Tomás yacía dentro de un cesto colgante. Desde ahí les gritaba a fin de que cantaran y flexionaran sus cuerpos. Cuando alguna de ellas hacía algún movimiento equivocado, él sencillamente le disparaba.

Los disparos no eran precisamente lo más aterrador para Teresa, sino el ir desnuda junto a otras mujeres. Desde pequeña, cuando vivía en el campo de concentración que dirigía su madre, temía ser un cuerpo más, deseaba no ser un alma invisible.

El personaje de Teresa representaba a alguien que creció ante el constante desprecio y desamor de su madre. Pese a ello, y sin omitir lo cuestionable de las formas, Teresa buscó liberarse y llegar a los límites de su propia existencia.

Para ella la desnudez era humillante y representaba el signo de la uniformidad. Y además, el otro gran horror presente en el sueño era la alegría que sentían las mujeres al ser idénticas e indiferenciables. “¡Aquella era la alegre solidaridad de los imbéciles! Las mujeres estaban felices de haberse deshecho de la carga del alma…”.

Con esto Tomás la había mandado de vuelta al mundo de la madre del que ella quería escapar desde pequeña. Teresa estaba ya cansada de este nuevo mundo tan familiar; deseaba escapar, quería destruir súbita y definitivamente su historia con él para volver a los brazos de su madre, quien estaba sola y triste. Este era el vértigo, “el embriagador e insuperable deseo de caer”.

“También podríamos llamarlo la borrachera de la debilidad. Uno se percata de su debilidad y no quiere luchar contra ella, sino entregarse. Está borracho de su debilidad, quiere ser aún más débil, quiere caer en medio de la plaza, ante los ojos de todos, quiere estar abajo y aún más abajo que abajo”.

 

V

El personaje de Teresa representaba a alguien que creció ante el constante desprecio y desamor de su madre. Pese a ello, y sin omitir lo cuestionable de las formas, Teresa buscó liberarse y llegar a los límites de su propia existencia. De no ser por su valentía y profundidad, habría sido la mera extensión del ogro que le trajo al mundo. Ostentaba un alma que no se cansó de transitar hacia un paraíso en donde fuese única e irrepetible y se le reconociera como tal.

Es ahora cuando yo imagino a Teresa; en el menos etéreo de mis pensamientos logro finalmente vislumbrar su alma, que pulula los jardines de Luxemburgo, a su lado otras almas, las de Agnes, Cioran y Nietzsche. Mientras tanto, Kundera toca en su clavecín un preludio de Bach. No muy lejos de ahí, la humanidad, ama y propietaria de la naturaleza, marcha hacia adelante al estruendoso ritmo de la modernidad.

Alejandro Pardo

Alejandro Pardo

Escritor mexicano (Hidalgo, 1991). Obtuvo el título de licenciado en economía tras realizar una tesis sobre prostitución forzada. Colaboró durante un tiempo en el periódico Expreso Chiapas, donde escribía sobre temas relacionados con la economía y la política.
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