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El oro y la paz, de Juan Bosch: en busca de un líder latinoamericano

lunes 16 de septiembre de 2019
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Juan Bosch
Juan Bosch toma cierta distancia del arielismo de su época que creía en la posibilidad de lograr una transformación política, económica y social por medio de la educación.

Probablemente escrita desde el año 1954,1 en Bolivia, cuando Juan Bosch, según afirma el diplomático boliviano Marcelo Arduz, “pasó algunos meses atraído por el proceso de la revolución nacional”,2 El oro y la paz es retomada en 1964 —bajo los estragos del derrocamiento presidencial de su autor, en 1963, luego de siete meses de gobierno—3 y mantenida inédita hasta 1975 cuando, luego de ganar este año el Premio Nacional de Novela de la República Dominicana, sale recién a la luz pública. Esta es una obra, además, que si bien es cierto está ambientada en Tipuani (selva amazónica boliviana), alude al área latinoamericana en general. En realidad, tal como José María Arguedas en El zorro de arriba y el zorro de abajo, el autor dominicano pareciera haber elegido un lugar donde, hallándonos en una Latinoamérica profunda (tierra adentro), estemos al mismo tiempo en un contexto moderno e internacional (¿globalizado acaso?),4 y semejante, de algún modo, a la heterogeneidad o crisol de culturas de las Antillas de su nacimiento. En el caso de la novela de Arguedas porque Chimbote, en los años sesenta, era la capital mundial de la industria de la harina de pescado y aquí recalaban, literalmente, todas las sangres; en el caso de la tolstoiana5 El oro y la paz, porque la selva activa en el imaginario latinoamericano semejante contacto de razas, avidez de riqueza e impunidad ante los abusos, verbigracia, a través de la tan conocida historia de la voracidad por el caucho o, en el caso de esta neonovela de la tierra,6 por los lavaderos del amarillo metal. En suma, gente distinta, aparte de los nativos,7 en plan de tener que “gobernarse” de algún modo, al menos efímeramente, para tratar de sacar adelante sus planes de explotación de los recursos naturales y, aunque mucho menos en la realidad, colonización del territorio.

Por lo tanto, es en medio de este contexto simbólico —inhóspito e indomable, pero tal vez no menos humano o humanizable (la selva, nuestro subcontinente americano)— que Juan Bosch mueve sus fichas en busca de representar o imaginarse, y no menos proponer al lector, un héroe civilizador a la medida de las circunstancias. Acaso un “príncipe” latinoamericano, en referencia a la obra de Nicolás Maquiavelo (Florencia, 1513), adecuado a nuestros tiempos; pero cuyo trazado del perfil no quiere ser obra didáctica de un solo individuo o autor (Maquiavelo), sino —al escribirse El oro y la paz en clave de novela y no de tratado—elaboración acaso mancomunada, libre de autoritarismo o imposición; en suma, solicitando para ello tan sólo una buena voluntad y un buen entendedor. Búsqueda de un líder latinoamericano que, de paso, estaría haciendo reflexionar a Juan Bosch, y a nosotros junto con él —finalmente— sobre el propio “boschismo”;8 el cual, según Pablo A. Mariñez, tendría cuatro raíces fundamentales: “La que le aporta Eugenio María de Hostos, la de José Martí, la de Simón Bolívar y la del marxismo, no leninismo” (“Homenaje a Juan Bosch en la Unam, México”).

De este modo, si repasamos los principales personajes de esta obra, el protagonista elegido será Pedro Yasic:

No temía a nada que pudiera causarle daño físico, ni aun la muerte. Confiaba en su decisión y su voluntad, pero no en los demás (…). Era de alma dura, de acero; autoritario, implacable y decidido. Hombre de carácter, aunque altamente egoísta y ambicioso. Sentía que se bastaba a sí mismo, solo y fuerte en medio de la soledad (El oro y la paz, Juan Bosch”).

Pero, tan o más importante que este somero retrato del chileno recién llegado a Tipuani, es que Yasic —aunque sólo para su exclusivo beneficio: ha venido a la selva para hacerse “rico en un mes” (86)— es un audaz estratega y consumado político.9 Sobre el criterio base, radicalmente realista y pragmático, de según este personaje: “A la selva (…) se iba o huyendo de algo o a buscar riquezas” (53), establece un plan y agenda racionalmente impecables para —una vez comprobado el secreto que, a modo de herencia, le confió su tío Pedro Ibáñez— lograr sacar su oro de allí. Creemos resulta evidente, a pesar de la distancia que uno puede tomar frente a un ser aparentemente tan egoísta, la simpatía del narrador por Pedro Yasic; aunque siempre sutilmente, como por ejemplo, a través de ciertas observaciones del narrador que reparan incluso en el halo misterioso —acaso de líder predestinado— de la mirada del protagonista: “intensa, penetrante, como de hipnotizador, salida de más allá de sus ojos” (87).

Asimismo, entre otras cualidades del héroe, aparte de su evidente carisma, Pedro Yasic es generoso, por ejemplo, con los tres indígenas que trajo desde el altiplano para trabajar con él; es tanto o más célibe que el propio John Caldwell, en razón de andar concentrado en el logro de sus metas; no saca partido indecoroso o irresponsable de la atracción que ejercía sobre la joven y atractiva Sara Valenzuela, etc. Es decir, otras y tantas características que definirían asimismo, según Maquiavelo, al buen “príncipe”:

Dejando, pues, a un lado las utopías en lo concerniente a los Estados, y no tratando más que de las cosas verdaderas y efectivas, digo que cuantos hombres atraen la atención de sus prójimos, y muy especialmente los príncipes, por hallarse colocados a mayor altura que los demás, se distinguen por determinadas prendas personales, que provocan la alabanza o la censura. Uno es mirado como liberal y otro como miserable (…); uno se reputa como generoso, y otro tiene fama de rapaz; uno pasa por cruel, y otro por compasivo; uno por carecer de lealtad, y otro por ser fiel a sus promesas; uno por afeminado y pusilánime, y otro por valeroso y feroz; uno por humano, y otro por soberbio; uno por casto, y otro por lascivo; uno por dulce y flexible, y otro por duro e intolerable; uno por grave, y otro por ligero; uno por creyente y religioso, y otro por incrédulo e impío, etc. (El príncipe, Nicolás Maquiavelo).

En el fondo, además, en el transcurso de la novela nos enteramos de que Pedro emprende todo aquello por amor a su madre; mejor dicho, para disputar la preferencia simbólica que supuestamente ésta siempre tuvo por su hijo mayor, Federico Yasic.

Sin embargo, según también vamos leyendo, lo que parecería fallar en aquel personaje central es el amor desinteresado por los demás (encarnado por John Caldwell) y una sensibilidad y paz —omnipresentes en la naturaleza— encarnadas, de algún modo también, por Alexander Forbes:

Sentía gratitud por la fuerza desconocida que daba la vida. La vida le rodeaba, una vida intensa y a la vez plácida que él amaba.

Creía en la belleza y la paz del alma. No era hombre de mirar hacia atrás. Su temperamento y su educación se habían combinado para producir en él al escocés que sabe poner cara sonriente al infortunio (El oro y la paz, Juan Bosch”).

Es decir, si bien Pedro Yasic acapara nuestra atención —y la del narrador—, tampoco dejamos de observar que su carácter resulta insuficiente o precisa ser complementado por otros (con cualidades distintas o adicionales) en la eventual configuración de un líder integral para nuestros tiempos. Aunque insistimos en el término complementado porque, en definitiva, creemos que en El oro y la paz, aunque de modo sutil y hasta cierto punto paradójico, se toma resuelto partido por aquel indiscutible protagonista.

Frente, por ejemplo, al final atroz y absurdo de Caldwell —a manos de Angustias—, que revela una radical falla de ubicación de aquel personaje respecto del espacio que habita y de las experiencias que vive; tal como lo observamos en este elocuente retrato que se hace de su persona:

Aunque había nacido en la Argentina tenía el alma de un norteamericano y se consideraba ciudadano de la patria de sus padres. Hablaba español, pero sentía en inglés (…). Tenía seis pies de estatura y desde niño había ejercitado sus músculos (…). Pero también era fuerte en otro aspecto: tenía verdadera indiferencia por todo lo que fuera comodidades o consumo de energía emocional; podía dormir poco, caminar sin cansarse, trabajar horas y horas sin notarlo, y hacer frente a los problemas de los demás sin perder la paciencia (…); y si en muchos sentidos se comportaba como un hombre maduro, en otros ni siquiera había entrado en la pubertad (190).

Sobre todo en el aspecto que, prosigue el narrador, a fin de cuentas precipitó el asesinato del argentino:

Ahí estaba él, John Caldwell, con su poderoso cuerpo de veintidós años, cogido en medio de la selva por los impulsos de la vida. No podía pensar, no podía usar su entendimiento, no le valían de nada sus principios ni sus conocimientos. Luchó con todas las potencias que halló en la educación que había recibido, pero resultaba que precisamente en esa educación estaban sus puntos débiles; le había proporcionado madurez en muchas cosas y en otras le había conservado la ignorancia de los recién nacidos (191).

Narrador distanciado también frente a Forbes, a quien percibimos evadido o como anestesiado ante a la realidad; cuyo foco y fundamentalismo ecológico —en términos más contemporáneos— le impide ver los matices de la sociedad humana. Además, cuyo sentido y discurso sobre la belleza parecería guardar, de alguna manera, analogía con aquél sobre la poesía —en las novelas por entregas del siglo XIX— que criticara ya (aunque no sin cierta benevolencia) un autor como Benito Pérez Galdós en obras como El doctor Centeno o Fortunata y Jacinta. Esta toma de distancia del narrador, respecto de Forbes, es obviamente algo mucho más arriesgado de documentar. Desde cierto punto de vista, pareciera incluso que el escocés estuviera encarnando al propio narrador, sobre todo en la alta misión que en la novela ambos le estarían atribuyendo a la educación: “Mister Forbes cree que el hombre lleva su destino consigo, y que por tanto hay que educar a cada hombre para que proceda correctamente. Para él, la sociedad debe despojar al ser humano de la ambición de poder y de oro, pero debe hacerlo mediante la educación” (172). Sin embargo, consideramos que las coincidencias respecto a este tema son sólo aparentes o, en su defecto, el narrador no reservaría semejante papel definitivo o tan dirimente a la educación. El destino o posibilidad futura de Pedro Yasic dependen, en última instancia, del amor y no únicamente de la educación;10 es decir, debemos considerar también el papel sustantivo de la providencia en esta obra de Juan Bosch.11 En consecuencia, en la lectura de El oro y la paz habría que incluir —en cuanto al diseño o esbozo de un auténtico líder latinoamericano— asimismo este aspecto religioso o teológico; y, en este sentido, en esta obra nos hallaríamos —adicionalmente— ante un debate implícito entre calvinismo y catolicismo, entre religión de raíces anglosajonas y aquélla de raíces latinas o, siempre en este orden, entre ascetismo y mística.12

Por último, distanciado de modo radical frente al sargento Juan Arce, al que hallamos como sumergido en las típicas y tópicas taras de nuestras autoridades locales: envidia, corrupción, complejo de inferioridad y, muy significativa en esta obra de Juan Bosch, lujuria o “lascivia” (tan criticada también en El príncipe). El sargento, rechazado en sus pretensiones por Sara Valenzuela y usualmente ebrio, compensa su frustración acostándose con la —tan disponible— viuda María Hinojosa. En El oro y la paz, Juan Arce sería un personaje desacreditado —inmensamente más que John Caldwell ante el desquicio de Angustias Barranco— también por aquel denominado pecado capital. Y por lo tanto, así como a Caldwell le costó absurdamente la existencia, algo similar o peor (¿la condenación eterna?) habría que esperar le ocurra al sargento a pesar de haber sido, en definitiva, el auténtico beneficiado con los escurridizos sacos repletos de pepitas de oro.

Insistimos. Consideramos que el hallazgo, involuntario o providencial, del amor por parte de Pedro Yasic (la dedicación y cuidados que le prodiga y, pareciera sugerirlo el final de la novela, le prodigará indefinidamente la fiel Sara Valenzuela), no es un dato secundario en el esbozo del héroe. Aunque inteligente, valiente y decidido, como Ulises, también como a éste los dioses habrían puesto a prueba a nuestro protagonista. Es decir, el desenlace de la obra sugiere otro nuevo comienzo o continuación donde el otrora antihéroe —por estar antes atento sólo al oro— se tornará acaso en un ser sensible; capaz de sentir la frescura y la paz del paisaje de Tipuani, o de percatarse de que por él y para él (como efectivamente ocurre en la novela) reventaba “una algarabía de pájaros” (37). Además de merecedor, como lo vamos señalando, de un amor lúcido e incondicional; cual lúcida e incondicional es Sara Valenzuela (en oposición a María Hinojosa que vive permanentemente en una especie de alienación o, diríamos en términos de hoy en día, ubicua telenovela). Más aún, aquella muchacha, sobre las mejores cualidades de John Caldwell y de Alexander Forbes, sería imprescindible en el diseño final de nuestro líder; es decir, de algún modo, Pedro Yasic tiene que convertirse aquí también en Sara Valenzuela.13

En otras palabras, y a modo de conclusión, en el esbozo que se hace de un líder ideal latinoamericano, en El oro y la paz nos encontraríamos ante reelaboraciones, redefiniciones, en suma, heterodoxias frente a ciertas ideas aparentemente indiscutibles.14 Sobre todo, tal como lo venimos aquí argumentando, frente a la supuesta y tan extendida función determinante de la educación; mejor dicho, cuestionando ciertos tipos de aquélla por inconvenientes para un “príncipe” latinoamericano. Pareciera sugerírsenos entre aquéllos, y a pesar de la elocuente robustez de sus frutos, el tipo de educación “norteamericana” que, tal como al personaje John Caldwell, “le había proporcionado madurez en muchas cosas y en otras le había conservado la ignorancia de los recién nacidos”. En todo caso, aquí el supuesto arielismo de Bosch no reaccionaría tanto contra el materialismo que representaría Estados Unidos,15 sino porque es preciso en materia de la vida —no sólo de la educación— evitar ser ingenuos ante la complejidad humana o, según reflexiona cierta sociología reciente, ante el peso real y complejo del mal (crueldad, cinismo, corrupción, etc.).16

Por lo tanto, un auténtico liderazgo latinoamericano tendría que bosquejarse no sólo frente a los retos de la justicia social o el desarrollo económico, sino de cara también a aquellos, según Gonzalo Portocarrero, “rostros criollos del mal”. Todo lo cual, a su vez, hace que pensemos de modo casi natural en el derrocamiento de Juan Bosch como presidente, en 1963, y hace surgir, de manera análoga, una pregunta que nos remite otra vez al espacio metafórico del Tipuani: ¿cómo es posible gobernar y gobernarse a uno mismo en medio de la selva?

Pedro Granados
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Notas

  1. Al final de la novela constan las siguientes fechas de composición: “La Habana, marzo de 1957; Aguas Buenas de Puerto Rico, enero de 1964” (264).
  2. Muy significativamente, entre los numerosos artículos dedicados por Juan Bosch a Bolivia, señala asimismo el diplomático boliviano Marcelo Arduz, y en la misma fuente: “podemos destacar ‘Las semejanzas profundas entre Bolivia y nosotros’, recogido en el voluminoso libro Temas Internacionales (“Centenario del nacimiento de Juan Bosch”).
  3. Vale la pena insertar aquí su discurso, inmediatamente después del golpe, por lo que revela de su actitud reflexiva y decidido apoyo a la democracia: “Al Pueblo Dominicano: Ni vivos ni muertos, ni en el poder ni en la calle se logrará de nosotros que cambiemos nuestra conducta. Nos hemos opuesto y nos opondremos siempre a los privilegios, al robo, a la persecución, a la tortura. Creemos en la libertad, en la dignidad y en el derecho del pueblo dominicano a vivir y a desarrollar su democracia con libertades humanas pero también con justicia social. En siete meses de gobierno no hemos derramado una gota de sangre ni hemos ordenado una tortura ni hemos aceptado que un centavo del pueblo fuera a parar a manos de ladrones. Hemos permitido toda clase de libertades y hemos tolerado toda clase de insultos, porque la democracia debe ser tolerante; pero no hemos tolerado persecuciones ni crímenes ni torturas ni huelgas ilegales ni robos porque la democracia respeta al ser humano y exige que se respete el orden público y demanda honestidad. Los hombres pueden caer, pero los principios no. Nosotros podemos caer, pero el pueblo no debe permitir que caiga la dignidad democrática. La democracia es un bien del pueblo y a él le toca defenderla. Mientras tanto, aquí estamos, dispuestos a seguir la voluntad del pueblo”. Juan Bosch (Palacio Nacional, 26 de septiembre, 1963).
  4. Coyuntura, en Bolivia, dadas las tensiones entre el gobierno central (representado por La Paz) y la región amazónica separatista (Santa Cruz, Pando, Beni, etc.), es particularmente álgida hoy en día.
  5. Según Basilio Belliard “hubo en Bosch una gran influencia de la prosa ensayística sobre su prosa de ficción, la cual vuelve a aparecer con su novela El oro y la paz (1975) (…). La influencia del pensamiento político y social de Hostos contribuyeron a crear en Bosch un profundo sentimiento libertario y un ideal social (…). Esta concepción, acaso platónica, era también consustancial a Tolstoi y a la estética marxista: la literatura y el arte al servicio de la sociedad. Concepción moralista del arte, en la que el arte debe ser un criado de la moral. Y Bosch fue coherente con su concepción, pues al regresar del exilio fue impactado por los problemas sociales del país. Y ya no volvió a escribir cuentos. Sólo un cuento infantil, a petición de Manuel Rueda, como ya se sabe” (“Bosch y Hostos: Un estilo, una influencia, un ideal”).
  6. Aludimos, obviamente, a La vorágine o a Doña Bárbara como paradigmas de “novela de la tierra”, aunque extenderíamos lo de “neonovelas de la tierra” a otras más recientes —caso de El oro y la paz— o, creemos también adecuado, a La casa verde de Mario Vargas Llosa. Claro que esta denominación, si no es totalmente arbitraria o caprichosa, sí lo es tentativa; falta cotejar, entre unas y otras, sus grados de didactismo o positivismo; también, por ejemplo, la concepción del tipo de convivencia humana y, por lo tanto, nación que proyectan, etc. En el caso de esta obra de Bosch, sería una neonovela de la tierra no local sino, tal como aquélla de José María Arguedas, de algún modo ya transnacional.
  7. En El oro y la paz los nativos constituyen, ciertamente, un personaje colectivo; es decir, no son más que ciertos estereotipos con la salvedad, por ejemplo, de que se hace una diferencia —asimismo tópica— entre los del altiplano (trabajadores) frente a los de la región amazónica (ociosos). En este sentido, los nativos permanecen para Bosch como algo inescrutable y nada confiable: “Los indios cambiaron miradas misteriosas, casi sonrientes. Pedro los observaba. Le parecía rara la conducta de esos indios. No había en ellos nada definido, pero él notaba que algo los unía contra él, algo sutil e indescriptible. Ellos seguían sonriendo, y —cosa extraña— no mostraban los dientes y ni siquiera movían los labios; tal vez sonreían con los ojos, con el alma, como si se burlaran o como si tuvieran un plan que ni aun con palabras podía explicarse” (27).
  8. Aspecto reflexivo, en general, característico de su generación y de su época ya que, según Seymour Menton: “El impulso primordial de estas obras [se refiere a las del Criollismo, estética donde sitúa los cuentos y novelas de Juan Bosch] provino de la ansiedad de los autores de conocerse a sí mismos a través de su tierra. La primera guerra mundial destruyó la ilusión de los modernistas de que Europa representaba la cultura frente a la barbarie americana. La intervención armada y económica de los Estados Unidos en Latinoamérica contribuyó a despertar la conciencia nacional de los jóvenes literatos” (El cuento hispanoamericano. México: FCE, 1972, p. 221).
  9. Frente, curiosamente, al título de “profesor” o humanista cumplido, con que muchos identifican a Juan Bosch, olvidándose que éste era también radicalmente un político. Creemos que a Bosch aquí le conmueven y convencen —mucho más que los libros que no ha leído— la inteligencia natural, la lealtad, el carácter decidido y el don de mando que adornan al chileno.
  10. Y con esto, Juan Bosch toma cierta distancia del arielismo de su época que creía en la posibilidad de lograr una transformación política, económica y social por medio de la educación. Reiteramos, “cierta distancia”, porque, obviamente, se sigue apostando por la idea de un “príncipe”, ser privilegiado, que brinde horizonte y liderazgo a las masas; aquellos de Rodó de que son las inteligencias superiores las que deben dirigir la sociedad.
  11. El tema de la providencia es probablemente una constante en la literatura de Juan Bosch; basta recordar, por ejemplo, al personaje Juan de la Paz de su cuento “Rumbo al puerto de origen” (1949), citamos: “La providencia le mandaba esos maderos para que saliera de allí. Donde se hallaba no podía tener esperanzas de rescate; rodeado de marismas, y más allá de prolongados bajíos el arenazo con que había tocado quedaba fuera de la ruta de los pescadores, y desde luego mucho más lejos aún del paso habitual de los barcos” (Cuentos selectos. Fundación Biblioteca Ayacucho, 1993, p. 88).
  12. No en vano la obra de Juan Bosch, según el crítico Eugenio García Cuevas, abarca —entre estudios sociohistóricos, biografías, ensayos políticos y teóricos, testimonios y crónicas, escritos con fines proselitistas, artículos en periódicos y revistas— también obras teológicas (“Homenaje a Juan Bosch en la Unam, México”).
  13. Es decir, Juan Bosch nos invita a imaginar un héroe fundamentalmente incluyente y no individualista o excluyente —ni corrupto, machista o autoritario— como de modo usual es representada la figura del caudillo latinoamericano (verbigracia, Leónidas Trujillo). En una frase, un héroe, aparte de honesto y comprensivo, además —y aludiendo ahora a Herbert Marcuse— no unidimensional sino multidimensional.
  14. Postura, esta última, pareciera constante en el trabajo literario de Juan Bosch; y no menos en el ideológico-político: “Concibió siempre la transformación social como un proceso no finalista, libre de dogmatismo que impidieran el ejercicio táctico de la política” (Ángel Villarini, “Duelo ante la muerte del profesor Juan Bosch”).
  15. Según Joaquín M. Jiménez Ferrer: “Las ideas de José Enrique Rodó y su obra Ariel (1900) tuvieron un gran impacto sobre la intelectualidad dominicana y la encaminaron al apoyo del trujillismo. En Ariel se hacía un llamado a la juventud hispanoamericana para hacer frente al utilitarismo norteamericano. Estas ideas encontraron en la República Dominicana las condiciones propicias para su fructificación debido a que, desde la caída de Ulises Heureaux en 1899, el pueblo dominicano se desangraba en una constante lucha política que, por un lado, favorecía la injerencia norteamericana, mientras por el otro hundía a las nuevas generaciones en el más oscuro pesimismo. Años más tarde, Trujillo tendría la astucia para atraer a los jóvenes intelectuales e integrarlos a su gabinete”; y agrega: “Sobre el rol de Bosch dentro de esta coyuntura política, García Cuevas sostiene que, independientemente de los artículos que escribiera Bosch a favor de Trujillo, éste no simpatizaba ni política ni ideológicamente con la dictadura y aunque no ofreció resistencia inmediata al régimen, su rápida incorporación a la lucha antitrujillista, ya en el exilio, era indicio de que su visión de mundo había superado las limitaciones de la conciencia real de los intelectuales arielistas. Esto, entre otros factores, porque su pensamiento estaba influido por una tendencia del liberalismo revolucionario que no era excluyente de los sectores populares” (“Literatura y política en la figura de Juan Bosch”).
  16. Gonzalo Portocarrero, Rostros criollos del mal. Cultura y transgresión en la sociedad peruana (Lima, Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú, 2004). En resumidas cuentas, según este autor peruano, los movimientos de izquierda de los años 60 pecaron de ingenuos porque consideraron que la revolución estaba al alcance de la mano, a la vuelta de la esquina, y no tomaron en cuenta las verdaderas dimensiones ni el rol del mal; por ejemplo, la crueldad, el cinismo y la corrupción que marcaron a la sociedad peruana. Es decir, luego del auge de las nociones de causa y estructura, se precisa pensar en la libertad, los afectos y la conciencia individual y comunitaria.