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La permanencia en la poesía de Vicente Gerbasi

lunes 23 de agosto de 2021
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Vicente Gerbasi
Gerbasi es visitado por un Narciso o Heráclito moderno que lo impulsa a sobrevivir ante un mundo irracional.

La poesía, más que un hecho vital, es un mecanismo transformador de la palabra. Entenderla, desentrañarla, quizás sea encrucijada o laberinto al que cualquier crítico o lector debe enfrentarse. Recorrer a través de ella las dimensiones del dolor, los hondos caminos de las frustraciones —el amor, la tristeza, la soledad, el desamor y hasta la muerte—, es tal vez uno de los privilegios o méritos que hoy día se le atribuyen al poeta, por ser éste quien pone en boca del hablante lírico los famosos arreos del alma.

Toda la obra escrita en versos por Vicente Gerbasi (Canoabo, 1913; Caracas, 1992) viene a validar y a confirmar la permanencia de un poeta sustancioso y de grandes giros expresivos, lo que permite valorarlo como el hombre que fue y es o, mejor aún, como el escritor que en el silencio de su soledad comprime de sombras su jardín: el más encantado o sublime. En la mayoría de las obras de Gerbasi recopiladas en libros o antologías, la ciudad pesa y llama a través de una ficción sumida en lo esplendente, no sólo por lo que encierran sus textos, sino por lo que denotan para el lector.

Signado por un lenguaje característico de la modernidad y sin desistir de algunas reminiscencias clásicas, Vigilia del náufrago goza de una intención lírica bien definida.

Con su obra inicial, Vigilia del náufrago (1937), demostrará que sus versos —aunque influenciados por el romanticismo alemán, como han establecido sus mejores críticos— no dejan de tener un cierto atisbo surrealista: “…hay una flor que crece a orillas de la luna…” expresará en el poema que da título a este libro, provocando en el lector esa seducción o catarsis con la realidad vista desde un mundo más bien irreal. Juan Nicolás Padrón, crítico e investigador cubano, apunta en el prólogo a la edición de la obra de Gerbasi (Casa de las Américas, 2006) lo siguiente: “Su ideal de armonía expresiva puede recordar a Hölderlin, y siempre rehúye los excesos verbales que legó la Vanguardia y las enumeraciones surrealistas, a pesar de su tangencial contacto con estos últimos en la manera de concebir el salto metafórico”. En este propio texto, también se establecen asociaciones que por momentos hacen que el discurso se torne puramente caótico: “Hay estatuas rotas / y niños enloquecidos / en las dinamitas terrestres”. Pero estas asociaciones, más que asociaciones, son en sí una individualidad asumida desde la creación, un desorden en la psiquis del propio hablante.

Signado por un lenguaje característico de la modernidad y sin desistir de algunas reminiscencias clásicas, Vigilia del náufrago goza de una intención lírica bien definida, la que se mantendrá latente en libros posteriores —Bosque doliente (1940); Mi padre, el inmigrante (1945), y Los espacios cálidos (1952)— nutrida en todo su ámbito por un mágico barroquismo adjetival, donde la expresión anafórica se torna vívida: “…aguas turbias / aguas negras / aguas de antiguos templos sumergidos / murmuran y ensordecen / arrastrándome a las precipitadas ciudades de los náufragos”.

El buen lector de poesía podrá percatarse de la desolación con que fueron inspirados estos versos, de cómo las aguas inquietan y contaminan hasta la saciedad. Gerbasi es visitado por un Narciso o Heráclito moderno que lo impulsa a sobrevivir ante un mundo irracional, pero amparado por esas aguas que en buena parte de sus versos lo revisitan, sustentadas por una musa de alto vuelo inspirador. Para el hablante ficticio, observar el mundo a través de las aguas es observar lo áspero por medio de la quietud aparente, es conmoverse ante los dilemas más apremiantes, es verse precipitado, impelido, sin tener —como el náufrago— un madero donde asirse. En la poética de Gerbasi las aguas, más que una intención, son el símbolo constante de la desesperanza y el desasosiego.

En Vigilia del náufrago existen poemas donde escapar de situaciones límite convierte las acciones del sujeto lírico en un motivo fugaz y a la vez atrayente, donde las exaltaciones humanas prevalecen con ese ánimo de continuidad que por momentos nos aporta la vida, pese a la degradación de los sentimientos, pese a esa angustia en la que el alma a veces se involucra: “Estar ahí como no estando / y sufrirnos en espiral / en la voluta del humo”. Cuando el sujeto lírico duda de su condición de amante, sufre y flota en espera de una posibilidad que lo haga único; impone su verdad sin dejar de visualizar, a través de la espiral y el humo, lo que en sí se eterniza.

La magia versal de Gerbasi nos permite entrar en ciertos parajes donde a veces creemos que el impulso sanguíneo por la naturaleza se halla carente de recursos motivadores y no es así.

El impacto visual que provoca el texto “En el bosque” nos remite de lleno a una sensualidad límpida, desprovista de malos reclamos; donde pesan los valores humanos, donde el hablante, en su diálogo intrínseco, combina amor y soledad con la aflicción por la muerte. Será imperativo, categórico, unánime: “Con mi soledad te espero en el bosque (…). Que tus ojos me den los cielos / que no he visto / y tu voz los murmullos / que no he podido oír”. En su desconcierto, este hablante pide ver y oír lo inabarcable, ir más allá de los límites del cuerpo, volverse protector de lo que enrarece la conciencia y la experiencia del placer para así quedar inmóvil, universal ante la tierra: “(…) para ti hollaré la tierra / la sembraré de amor / y de esperanza / y tú como la tierra / me darás la semilla”. Hay en estos versos una cierta influencia de Walt Whitman y Pablo Neruda, aunque es innegable que exista también una vital cercanía a su coterráneo Andrés Eloy Blanco.

Para ilustrarlo tomemos el final del texto “En el bosque” de Gerbasi: “Veremos florecer plantas y nidos / correr las aguas, el amor, los días… / y esperemos la muerte / como los bosques, tranquilos / esperan la madrugada”. La magia versal de Gerbasi nos permite entrar en ciertos parajes donde a veces creemos que el impulso sanguíneo por la naturaleza se halla carente de recursos motivadores y no es así, él siente trepidar lo que padece y lo trasmuta en esa fuerza creadora que lo apasiona.

Por otra parte Andrés Eloy Blanco, en su poema “Silencio”, reflexiona: “Y cuando todo se acabe / por siempre en el universo / será un silencio de amor / el silencio”. Si establecemos una comparación entre ambos finales notaremos que existen aquí dos formas de ver la muerte, pero ambas tienen una indudable similitud: perpetuar la vida y el amor con optimismo, definir la placidez del cuerpo por sobre los asombros que el propio universo nos permite, como una verdad o luz, como un leve temblor de paz, en ese ya significativo camino hacia la búsqueda de lo permanente.

Para el venezolano Vicente Gerbasi, considerado como una de las máximas figuras líricas de su país, la poesía encuentra su contenido espiritual en cada uno de los sentimientos que el hombre expresa a través del lenguaje. Cabría decirse que, en términos poéticos, para él: “sólo los bambúes tienen un silencio azul”, como si por medio de la metáfora quisiese sacar desde lo más profundo de la tierra la rudeza del paisaje y, en un delicado fulgor verbal, la belleza de todo lo que nos circunda y nos hace merecedores de la existencia.

Ramón Elías Laffita
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