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Enrique Lihn: poesía crítica

domingo 13 de febrero de 2022
“A partir de Manhattan”, de Enrique Lihn
La mirada que Lihn da en A partir de Manhattan (1979) con respecto a la gran ciudad es hermosa y a la vez inquietante.

“T.V.” es uno de los poemas que componen el libro A partir de Manhattan, publicado en Chile en 1979. Este texto se encuentra fuertemente influenciado por el viaje que el autor realizara un año antes a Nueva York gracias a la beca Guggenheim que se adjudicó durante el 78, y aunque a posteriori el poeta volvería a Norteamérica, este poemario, inmerso en la tradición dialogante de su obra en torno al viaje, refleja con nitidez, desde el título, una serie de sentimientos e impresiones disímiles que se conjugan producto de su estancia en la Gran Manzana: nostalgia, extrañamiento, apabullante duda, proyección ante una desconocida realidad, aislamiento ante lo moderno y soledad producto de la decepción que genera el nuevo sitio, el cual afecta al poeta hasta en sus mínimas diferencias y no menos extrañas similitudes. Esto recuerda un poco a lo vivido por Lorca a principios de siglo. La experiencia del español ante la gran ciudad se ve retratada en su maravillosa obra Poeta en Nueva York.

Al igual que Lorca, Lihn consigue que su personal flanear se eternice a través del lenguaje poético, lo cual da origen a un hablante testimonial, aunque no menos clínico, capaz de diseccionar el mundo con sus juicios, sin perder desde luego aquellos rasgos míticos y elementos universales que son atribuibles a una poética que le significó la calidad de escritor metafísico.

La mirada que Lihn da con respecto a la gran ciudad es hermosa y a la vez inquietante, calles, metro, catedrales, así como la actitud de los norteamericanos de la Gran Manzana, todos elementos que se presentan en este libro poniendo al desnudo el paso de los 70 a los 80, el self-made man con todas sus contradicciones así como el sueño americano y sus ideales de libertad, que transita en los límites del cosmopolitismo sin fronteras y el absurdo de su implosiva violencia y represión.

Dios escupió y el hombre se hizo
El hombre eyaculó y el esqueleto cartilaginoso
de una mujer llamada Isabel Rawsthorne apareció en una calle del Soho
charcos de carne membranosa transparentándose en lechos clínicos.

Isabel Rawsthorne, esqueleto cartilaginoso de las calles del Soho
Una cara como un vómito
como una plasta que el ordeñador sanguinolento de lo real
pisotea con sus patas de vaca.

Esa sensación ante el mundo es la que quizá lleva al poeta a comulgar con la sensibilidad del pintor Edward Hopper, lo cual se expresa en el poema que toma el nombre del artista.

(…) rígidos encuentros entre maniquíes vivientes
La luz extraterrestre con que empieza un domingo
sin fin o el resplandor de unos rieles crepusculares
eso pintó: un camino sin principio ni fin
una calle de Manhattan entre este mundo y el otro.

Lihn expone en ese texto lo que ocurre a muchos artistas de la palabra frente a la pintura. En un sentido wittgensteiniano, se explicita la desconfianza ante su pensamiento y lógica atravesada por el poder del lenguaje. Los léxicos e ideolectos se disparan ante la confrontación de un mundo sinestésico de formas, imágenes y colores, metáforas del universo que sin embargo en un lienzo, se presentan con menor polución a diferencia de lo que podemos conseguir a través de la prosa y lírica. Esto último, vinculado a otro poema del libro A partir de Manhattan llamado “Nunca salí del horroroso Chile” (el fragmento transcrito a continuación), nos permite extender la problemática del encierro que sufre el artista de la palabra.

Nunca salí del habla que el Liceo Alemán
me infligió en sus dos patios como en un regimiento
mordiendo en ella el polvo de un exilio imposible
Otras lenguas me inspiran un sagrado rencor:
el miedo de perder con la lengua materna
toda la realidad. Nunca salí de nada.

La crisis expuesta ante los límites de su lengua materna, su dialecto y la forma en que esto coarta su pensamiento, nos refuerza la idea y asombro del creador literario ante la figura del pintor, pues la imagen pura trasparenta y pone en perspectiva su capacidad y recursos comunicativos como poeta —esta afirmación no implica que un arte sea mejor que el otro; sin embargo, el poeta chileno, como Beckett y muchos otros, sabe que su gran arma y cruz es la lengua.

Lihn construye una voz poética que se universaliza, pues su mirada de chileno afecta a la del norteamericano.

El hablante sufre con la palabra pues es todo lo que conoce y le permite conocer. Lihn sufre la palabra, es su pasión, y señalo esto en un sentido extenso, ya que su educación, pensamiento y visión forjada en Chile, en el liceo, en el hogar, lo aísla; incluso cuando él, como persona, salga de las fronteras físicas e intelectuales del promedio nacional. El chauvinismo, las letras del himno, el discurso tallado en la memoria lo hacen un meteco o extranjero en todo sitio, un eterno foráneo siempre atado a la cordillera, a su colegio, a las calles de su capital o provincia. Aquel coloquio y cabildo patrio.

Hay que aclarar que por mucho que el libro A partir de Manhattan exponga estas vicisitudes, no estamos ante un amargo canto al encierro y la autoconmiseración; es sólo la voz de una mente que se reconoce con plenitud en todas sus facetas, hombre, ciudadano de un país, persona de un continente y finalmente habitante y ser en el mundo con una visión capaz de afectar al otro, esa alteridad que no está menos encerrada que uno en su sistema o lengua, en este caso el inglés de Shakespeare, Milton, Faulkner, Melville, Whitman, Thoreau o Ezra.

Por ello el poema “Nunca salí del horroroso Chile”, bien entendido, deja en claro un sentimiento de desazón generalizado y muy humano, el cual orbita en torno a un aislamiento interno, pero no por ello menos ligado a la realidad material de cada nación y su forma de vida, y es en esta disyuntiva, en esta delicada frontera entre las dos realidades que colisionan, íntima y externa, que Lihn construye una voz poética que se universaliza, pues su mirada de chileno afecta a la del norteamericano, a la del gringo en Manhattan, y cada uno de éstos bajo su noche de cincuenta estrellas comparte con nosotros la condición común de las franjas rojiazuladas, lo cual hace a chilenos y norteamericanos sujetos no tan distantes, pese a que en nuestro caso dormimos sólo bajo una gran estrella.

Hecha esta introducción, vale la pena preguntarse: ¿dónde empieza uno y termina el otro o dónde lo personalísimo entra a definir lo global? Lihn como gran hablador nos comunica desde su chilenidad y, ante todo, gracias a su humanismo, un poema que ejerce la función de capsula del tiempo.

“T.V.” es una certera y crítica mirada, casi podríamos decir un profético recorrido por los años 80 (estamos hablando ya casi de cuarenta años de vigencia) con respecto a ese otro, Estados Unidos, que mira y afecta a muchas naciones y sus habitantes con su política, costumbres e ideología.

Comparto con ustedes este gran poema de A partir de Manhattan.

Como los primitivos junto al fuego el rebaño se arremansa atomizado
en la noche de las cincuenta estrellas, junto a la televisión en colores.
De esa llama sólo se salvan los cuerpos
En cada hogar una familia a medio elaborar clava sus ojos de vidrio
en el pequeño horno crematorio donde se abrasan los sueños.
La antiséptica caja de Pandora
de la que brotan ofrecidos a la extinción del deseo
meros objetos de consumo
en lugar de signos, marcas de fábrica
Hombres y mujeres reducidos por el showman a su primera infancia
ancianas investidas de indignidad infantil
juegan en la pantalla que destaca sus expresiones inestables
como las de las cosas en el momento de arder.

La pieza está orientada a una idea que se bifurca polisémicamente; esto quiere decir que el autor conjuga una serie de visiones disímiles o posibilidades para el lector, estrictamente tres; puede que haya más, la poesía siempre deja campo abierto en función de la enciclopedia del lector y siempre el autor dice más o menos de lo que anhela pero siempre hay que tener cuidado en este campo a fin de no forzar la obra y producir lecturas aberrantes, por eso sólo señalaré las tres que yo, en mi lectura, considero: primero hogar, luego fuego como energía y elemento natural y finalmente consumo, que a su vez se refiere al término económico de gastar y por ende consumismo y así mismo al efecto del fuego de reducir los cuerpos.

Para mantener una unidad que rápidamente se disemina, el poeta vincula tres campos semánticos o tres familias de significados, a través de la repetición de un único conjunto de palabras fácilmente asimilables bajo la noción general de fuego: fuego, llama, horno crematorio, abrasan, extinción, reducidos y arder, todas estas tienen una fuerte preeminencia en el poema y son manifestaciones del fuego; uno de los tres significados, quizá el más directo pues el poema presenta efectos y resultados de la influencia de este elemento al destruir los cuerpos o tornarlos cenizas; allí ya aparece una idea de consumo, pero qué hay de las otras dos, consumo como sistema económico de mercado y el otro significado propuesto, quizá el más rebuscado en apariencia: hogar.

Las palabras aludidas, al entrar en comunicación solidaria por medio de los versos, se complementan entre sí, a veces reforzando la idea del fuego como fuerza primaria. En otro momento del texto, la relación entre los conceptos da un giro y se centra en uno de los significados más alejados, me refiero a la idea de hogar, al asimilar la seguridad y el cobijo que los humanos conseguimos junto al fuego que nos guarece o nos propina la capacidad de preparar alimentos, probando que estas ideas no están realmente tan separadas entre sí. Es imperativo destacar la polisemia, o multiplicidad de significados, que Lihn pone en juego con este poema.

El fuego para los primeros hombres fue el mayor medio de asentamiento. Les dio cobijo y protección contra el frío, los apartó de las inclemencias de la oscuridad, la noche y el peligro de las bestias.

Partamos con el primer verso: “Como los primitivos junto al fuego el rebaño se arremansa atomizado”. Este nos presenta la idea de fuego como energía natural remontándonos al descubrimiento que hicieron nuestros primitivos antepasados y es, bajo esta misma idea, que el fuego como elemento natural toma la connotación de hogar, misma que posteriormente se reforzará en el resto del poema.

Y por qué hogar, porque la palabra hogar deviene de hoguera, lugar donde se prendía el fuego, así también el vocablo lar, que significa hogar, era para los romanos el espacio para atizar el fuego; por extensión se llama casa al hogar, por ser el lugar de reunión de la familia en torno a una chimenea o caldero. Y es que el fuego para los primeros hombres fue el mayor medio de asentamiento. Les dio cobijo y protección contra el frío, los apartó de las inclemencias de la oscuridad, la noche y el peligro de las bestias, el fuego fue como un dios que proveía abrigo y alimentos cocidos. Lihn retoma esa idea en este verso y el que sigue, pues señala que como los primitivos ante el fuego, las familias de hoy se reúnen pero en una situación contradictoria, no como individuos sino como masa, como rebaño, lo cual conlleva una carga peyorativa, pues están hipnotizados, dirigidos y, peor aún, él señala “atomizados”, eso quiere decir como una masa dispersa. Esto suena ambiguo, pero es posible, pues es una masa que fragmenta al individuo, la pantalla nos aglutina pero no nos une, somos sólo cuerpos yuxtapuestos. Es un apelotonamiento de seres sin identidad reunidos, pero ¿ante qué?, ¿ante el fuego? y ¿dónde están reunidos?, las respuestas llegan pronto al leer el segundo verso: “en la noche de las cincuenta estrellas, junto a la televisión en colores”.

La noche de las cincuenta estrellas se refiere a la noche de Norteamérica; la bandera de Estados Unidos tiene cincuenta estrellas, una por cada estado, así que Lihn se refiere a la noche de todos los estados federales del país del norte. Es una situación endémica, una condición generalizada, esta de los cuerpos sin identidad aglutinados ante el fuego, pero volvamos a ello, ¿a qué fuego?, pues no es el fuego natural que en un comienzo nos anticipa Lihn, es ciertamente un elemento que congrega ese al que el poeta alude, pues lleva a los hombres a reunirse de manera sedentaria. Tal como los antepasados, nos reunimos ante una fuerza; sin embargo, la energía es ahora artificial, es eléctrica y en específico lo que los aglutina es un producto de esa energía, un mecanismo que significa el advenimiento de la modernidad y los medios de masas, se trata de la televisión o T.V. a colores.

Lo cual nos lleva a los tres versos siguientes:

De esa llama sólo se salvan los cuerpos
En cada hogar una familia a medio elaborar clava sus ojos
de vidrio en el pequeño horno crematorio donde se abrasan los sueños.

Estos versos contienen tres palabras nuevamente relacionadas con el fuego, llama, horno crematorio y abrasar (de quemarse en las brasas), lo cual nos remite hacia atrás, a la condición de aquel rebaño, a su cualidad de pulverizados, de atomizados por este medio, lo que a su vez implica el tercer campo semántico: el consumo, pues ya revisamos, el hogar y el fuego como energía natural y a la vez su contrario, la metáfora que Lihn hace con la T.V. como energía artificial.

El consumo se presenta entonces en estos versos en un sentido alegórico, pues bien sabemos que el fuego es una de las fuerzas más poderosas de la naturaleza, capaz de destruir un cuerpo en segundos, de reducirlo, pero qué hay de la energía artificial de la televisión, ¿tiene ese poder?, ¿y qué afecta? Según Lihn lo tiene, pues señala que la caja tonta es un horno crematorio el cual produce un osario con las ilusiones, por ello afirma tajante que de esa llama que es la televisión, ante la cual las familias o el rebaño sucumben, sólo queda intacto el cuerpo, el problema se vuelca entonces a la tradición metafísica del poeta, pues su hablante mira más allá del consumo material, del desgaste del cuerpo, del sedentarismo, se trata de la muerte del pensamiento, el ocaso de la mente ante el bombardeo de imágenes. El consumo está entonces enfocado al poder convocador y la manipulación que ejerce la televisión como parte integral de un sistema consumista de mercado, plástico, materialista e incluso imperial.

Lo cual graciosamente podemos llevar de nuevo de la metáfora a lo tangible del fuego, pensando en cómo destruye la materia este elemento y, desde allí, pensar una nueva metáfora, la de estas mentes y cuerpos que se inmolan, que se sacrifican en el fuego corrosivo de la imagen, del producto, del sistema y de la receta consumista de éxito; no por nada pone esa idea de hipnosis en la descripción que realiza su hablante al decir “con los ojos clavados en el vidrio” y señalar en la frase que antecede “familias, grupos a medio elaborar”, se trata de personas incompletas, seres inconclusos, carentes, ellos adolecen y por tanto buscan suplir su necesidad con ayuda de la caja.

Lihn siempre debe agregar un elemento mítico, universal, tomado de sus lecturas y su gran conocimiento de las artes y la cultura occidental.

Esto involucra, en tan sencilla y definitoria idea del poeta, toda una gama de problemáticas sociales propias del sistema norteamericano y mundial, familias disfuncionales, quebradas, incapaces de lidiar con la crianza de sus hijos, el divorcio, la violencia y un relativismo moral que supera la conciencia de los usuarios del sistema, los estereotipos los despedazan, las modas determinan sus conductas y personalidades. Este sistema es alienante, vuelve desconocidos a las personas, interviene la comunicación y fuerza a cada uno a vivir por los productos, por aquello que las imágenes venden como felicidad, y al ser educados por ese mismo sistema no disciernen, no deciden más que en función del costo beneficio del mercado. El televisor se vuelve el padre o madre, maestro, amigo, confesor, horca y desahogo de las personas que no meditan más allá de lo que la pantalla les provee; ese gran hermano que te vigila y te lleva de la mano al horno, al holocausto de las almas y las voluntades.

Pero Lihn no se queda allí, él siempre debe agregar un elemento mítico, universal, tomado de sus lecturas y su gran conocimiento de las artes y la cultura occidental. “La antiséptica caja de Pandora / de la que brotan ofrecidos a la extinción del deseo / meros objetos de consumo”.

Quizá este verso puede parecer una frase perdida o forzada dentro de un poema que trata algo tan mundanal como la televisión. Sin embargo, no es casualidad que ambas sean cajas, cajas que contienen información que una vez abiertas o encendidas afectan al hombre y no hay vuelta atrás, ambas son cajas con sorpresas y son trampas de fines superiores, en el caso del mito de Epimeteo y Pandora. Se trata del poder de los olímpicos que querían vengarse de la astucia de los hombres representados por Prometeo, el hermano sabio de Epimeteo casado con Pandora.

En el caso de la T.V. se trata de otras fuerzas, los consorcios, las universidades, el Estado, los privados que son dueños de los canales, y marcan la pauta de la programación, que dominan eso que paradójicamente se llama parrilla programática, otra alusión al fuego, a las brasas, al consumo.

La idea de Lihn entonces es revisitar intertextualmente a Prometeo, que es todo lo contrario a su hermano; el poeta introduce esta figura mítica como un contraste, pues Epimeteo es cobarde, débil, insensato, es el prototipo del usuario televisivo que se deja engatusar por los infomerciales, por la idea de belleza prefabricada, podría ser Pandora creada por Hefestos para deslumbrarlo; en cambio, Prometeo es aquel que vive en busca del conocimiento, el eterno buscador de interrogantes que se revela a los dioses y los poderes fácticos, es el autodidacta por antonomasia, aquel que genera temor y repulsión dentro de los grupos de poder. Es el sujeto que los medios dejan en la periferia o lo encadenan, pues a alguien con ese perfil no pueden conminarlo con su programación, es inmune a sus mecanismos y por ende peligroso.

En definitiva Lihn expone el mito para ponderar a los tipos de hombres que hay y también porque, una vez abierta la caja de Pandora, se escapan todos los males del mundo.

En este apartado debo recalcar que Lihn difícilmente es un moralista, por tanto no considera el tema de la T.V., el consumo y la influencia que tiene el medio sobre los hombres, en términos de blanco y negro, bueno o malo; sin embargo, es un duro crítico de una sociedad disgregada como aquella que vio en ese tiempo, los 80 (pensemos que pronto aparecería MTV, el rey del pop, la chica material y el boom del merchandising de Star Wars ya era prueba infalible de todo un engranaje de consumo). Muy similar a lo que vivimos hoy como nuestra rutina y con lo mayor naturalidad, pues está asumido. De forma que vivimos en un mundo relativista y Estados Unidos siempre lo ha sido bajo su modelo de hacerse uno a sí mismo de cero, ser la tierra de los sueños, las posibilidades y la libertad, pero es en este último valor que reside una mayor responsabilidad, sobre todo ante la información que entregan los medios, y no me refiero sólo a la lucidez de quienes fijan la programación sino, principalmente, al rol de los usuarios. De lo contrario estamos ante víctimas indefensas y desvalidas de aquella caja sucia, contaminada en la medida que libera todo lo imaginable, lo mejor y peor sin concesión para el receptor, por eso la frase “de la que brotan ofrecidos a la extinción del deseo / meros objetos de consumo”, porque la televisión siempre venderá más allá de comunicar, pues para ser viable y solvente necesita patrocinadores, publicidad, apoyo financiero que le permita transmitir.

De ahí nace el siguiente verso: “en lugar de signos, marcas de fábrica”, alusivo a la gran cantidad de productos o soluciones milagrosas que vende la T.V.: los infomerciales, los recetarios de felicidad, la autoayuda, las sectas milenarias, el horóscopo, la farándula, el modelo de belleza y adecuación social, el discurso políticamente correcto, los matinales, el amarillismo, las noticias alarmistas que siembran miedo y paranoia, todos son signos no abiertos al cuestionamiento, son marcas que buscan un pensamiento automatizado como el del reduccionismo lingüístico que Orwell plantea en 1984. No quieren espacio para el discernimiento; marca y logotipo = éxito/placer, no marca = fracaso/dolor, y en esa misma instancia, Lihn pone en la palestra a uno de los personajes más arquetípicos de la televisión norteamericana y su estándar programático, el showman, que podemos visualizar desde Ed Sullivan hasta Johnny Carson y luego Jay Leno o David Letterman con sus versiones criollas como Don Francisco o Morande (en Chile), que juegan con la estupidez, la ignorancia y necesidad del público o el concursante.

Basta con recordar los 90, algo que Lihn no alcanzaría a ver, pero que a grandes rasgos anticipa con su texto.

Sin distinguir edades ridiculizan en un grotesco carnaval a las personas, lo que realza la idea de rebaño ante este pastor que dirige las conductas, domando a las masas gracias a un cuadro luminoso que dice aplauso de manera que el público zurumbático se para y grita como monos al ritmo del sonsonete de aquellas estrategias de director del circo. He ahí el poder de los últimos versos:

Hombres y mujeres reducidos por el showman a su primera infancia
ancianas investidas de indignidad infantil
juegan en la pantalla que destaca sus expresiones inestables
como las de las cosas en el momento de arder.

Ya no estamos ante sujetos sino objetos, producidos moldeados en serie, son mentes deformadas que gracias a intereses bursátiles y plásticos son enviadas al horno e inmoladas por un fin superior, el dirigismo mercantil, el poder de los inversionistas y sus acciones. Lo cual da mayor sentido a la expresión atomizados, pues basta con recordar los 90, algo que Lihn no alcanzaría a ver, pero que a grandes rasgos anticipa con su texto. Pensemos en la Guerra del Golfo, aquel simulacro televisado que llevó a CNN a consagrarse como una de las cadenas más exitosas en la tarea por exponer la verdad, una verdad que sólo tiene asidero y valor en la medida que está en la pantalla, pues desde allí es transmitida a las retinas que pueden, desde la comodidad de sus asientos, observar cómo un átomo pulveriza el mundo en segundos.

Lo que Lihn señala sobre la noche de las cincuenta estrellas es vigente y, más aún, podemos replantearlo pensando en nosotros mismos y ya no sólo en la T.V. sino Internet, al visualizar cómo toda una generación ve resumida su infancia en un video de YouTube que, en menos de cinco minutos, condensa las imágenes y sonidos de las series y dibujos animados con que creció, la nostalgia y memorabilia circulante es abismal, el espíritu retro y vintage inmenso, y todo se conjuga a través del merchandising y las modas recicladas pues ahora la T.V. no vende sólo existencias externas a sí misma, sino que ejerce una función podríamos decir metaléptica, pues rompe los niveles de realidad y se vende a sí misma, vende productos que ya transmitió y se explica y presenta una problemática que se genera en el mismo medio para luego ser noticia; por tanto, a nivel mundial vivimos una revolución e invasión mediática, somos parte de ese rebaño aunque nos duela admitirlo, estamos pulverizados, y el problema del lenguaje que Lihn plantea en “Nunca salí del horroroso Chile” ya no es una limitante pues esta cultura del consumo tiene los medios para traducir sus productos y medios de venta a los códigos de cada nación; por eso hoy la empanada se produce bajo los mismos mecanismos que una hamburguesa de McDonald’s y Condorito es parte de Microsoft, Lihn mismo está en YouTube como curiosidad, al igual que Lira en Cuánto vale el show, y la mente y voluntad humana, en ese proceso de manejo que pretende limitar la responsabilidad, juicio y voz, es un bombardeo de napalm diario en una noche de cincuenta estrellas que ya no son estrellas, sino satélites que globalizan a aquellas masas divididas de antaño para llevarlas cantando y de la mano directo a un Auschwitz de las conciencias.

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