
I. Introducción
A los poetas se les tiene por “los raros” aun dentro de la misma literatura, principalmente por su condición remarcada de soñadores e idealistas. Una etiqueta que se ha mantenido como el estandarte de su conducta a través del tiempo, y que, en las etapas más recientes del desarrollo literario, se ha visto apoyada por las formas tan libres que ha tomado la poesía. Hoy en día es más de cada quien, más “individualista”; algo de verdad hay en esta afirmación, pero es en parte una sensación fantasma. El individualismo siempre ha estado ahí, pero bajo un manto de elitismo que sólo permitía a los más versados —o que creyeran serlo— el intentar expresarse. Así, quien se adentre en las formas más clásicas de hacer poesía se encuentra con que en épocas pasadas, era cuando con más intensidad se daba la unión de personalidad y disciplina dentro de los versos. Esto es, a través de la inculcada necesidad de seguir normas que podían tanto pulir y dar belleza como limitar excesivamente la imaginación y el ser del hipotético poeta.
Sin embargo, los genios no son sólo los experimentales y tremendistas que para mal o para bien nos sorprenden hoy en día. Cada cierta alineación planetaria, el mundo clásico daba a luz a una mente tan espléndida que podía darse el lujo de usar las reglas como beneficio más que como detrimento. Uno de estos genios clásicos fue Nicolas Boileau, parisino nacido en 1636 y al cual se sigue recordando y mencionando hoy en día. ¿Cuál fue su gran mérito? Dignas de especial consideración son las sátiras de verso fino y preciso con las que se dio a conocer, y en las cuales arremetió muy educadamente contra aquellos que según él manchaban el adjetivo de “poeta” con sus versos vulgares y sucios. Aunque el reconocimiento universal y la posteridad llegaron con la publicación de su Ars poetica, un poema de cuatro cantos y más de mil versos. Apoyado firmemente en los preceptos de Horacio, da un salto no ya de fe sino de absoluta seguridad al definir las reglas de estilo de todas las formas de arte escrito existentes en su momento. Con la didáctica intencional de versos de fácil recuerdo y escritos en la forma cuyas reglas presentaban, quiso estimular la correcta escritura en quien leyera su obra e interiorizara lo ahí dicho. Boileau se gana entonces el apodo de “el Legislador del Parnaso” al ser adoptada su Ars poetica como el documento definitorio para una época y un movimiento que siglos después sería conocido como “clasicismo”.
A grandes rasgos, Monsieur Boileau no escribió nada que no se dijera antes de alguna manera, pero fueron la fuerza de su declaración y las prácticas florituras estilísticas las que hicieron destacar su obra. Sin embargo, como todo en el mundo, la poesía ha cambiado con el tiempo, y al leer estos versos cuyas ideas y normas fueron tan férreas siglos atrás y que ahora son un curioso recuerdo, surge inevitablemente la pregunta: ¿qué es realmente la poesía?
II. Poesía
La poesía es quizás la forma del quehacer literario de definición más elusiva y difícil. Comúnmente se le asocia con el “verso”, siendo éste la presentación en página que las palabras tengan, de forma que cada línea delimitada por dos pausas métricas (no ortográficas) es un verso. Esto último es lo esencial y aplicable a todo tipo de poema. Sin embargo, un detalle quizás circunstancial adquiere importancia por encima de esta definición, y en la mente del pópulo es lo que se ha convertido en sinónimo de poesía: la rima.
Por tradición de formas, el poema se ha valido de la rima como bastón y guía para lograr aquella belleza que proviene del abstracto y elusivo mundo de las ideas. Sea por su sonoridad, lo fácil de recordar, o por apelar al sentido de armonía al conectar un verso con otro (dándole un sentido de unidad a la forma y no sólo al fondo), la rima se hizo la característica más visible del poema. Y por el afán humano de ordenar y esquematizar todo para facilitar su comprensión, la rima se volvió el estándar bajo el que la poesía fue considerada, hasta hace relativamente poco tiempo.
Monsieur Boileau no es un obsesivo controlador que quiso imponer su visión; fue la cristalización de las ideas que dominaban en su época, trayendo al mundo material y explícito lo que antes habitaba sólo en el limbo del entendimiento social implícito. Tenemos entonces que la rima, aunque siempre presente, es dejada más bien en un inferior plano de importancia, un quizás lejano pero sólido tercer lugar después de ciertos factores cuya idea se puede resumir en: intención y estilo.
Lo primero trata de algo más bien interno del poeta; es la razón por la que se escribe el poema, ya que no es lo mismo ensalzar las glorias de un héroe de la épica, que lo punzante del dolor en una tragedia o la incisiva y oportuna crítica de la sátira. Lo segundo, el estilo, es algo un poco más lejano al escritor en sí, pero no completamente ajeno, ya que una vez aclarada la intención, ésta ha de estar unida a las formas propias de su correspondiente estilo para así asegurar sinceridad en la transmisión del mensaje. Algo que suena perfectamente lógico, pero es una de las cosas que más pueden chocar con la mentalidad del poeta moderno al sentirse como una limitación en el proceso creador. Para efectos de la época de Boileau, es consecuencia de un concepto que une los tres factores mencionados y los hace trascender de simples normas al elevado concepto de poesía. Hablamos en este punto de la armonía.
La intención como punto de partida, el estilo como consolidación de las ideas, y la rima como tradición y adhesivo de los versos. Estos factores en cooperación evitarían quizás el elitismo de no ser por el elusivo y etéreo concepto de la armonía; acá, la unión perfecta y casi divina de intención, estilo y rima, en función de la belleza, un cuarto factor que vemos en todas las edades de la poesía. La armonía es también un concepto elusivo, aunque con propósito y razón de ser claros (el agrado, la ausencia de imperfectos u obstáculos para la belleza). Por consecuencia natural de elevar el arte al que sirve, deja detrás, en zanjas y abismos, todos aquellos intentos que no cumplan con la perfecta integración de los elementos que la sociedad dictara como correctos. Así, la poesía se vuelve techo de sólo unos pocos suertudos o iluminados cuya musa les otorgara una obra que correspondiera con la soledad artística de su tiempo.
Dicho esto, si se analiza cada término dado hasta ahora como importante, una definición clara de la poesía de Boileau puede conseguirse: el correcto uso de las palabras en función de un orden establecido para el integral goce estético, y la resolución de un propósito social. Vemos que la poesía en la época del clasicismo de Monsieur B. cumplía la doble función de herramienta y de obra, donde lo interno del poeta no se quedaba sólo en expresión, sino que existía con algún propósito, el cual, no está de más decir, era un propósito metódico y ordenado; ahora, ¿esta concepción a partes iguales estética y utilitaria de la poesía, ha muerto, o sobrevive algo de la misma?
Nicolas Boileau conseguía siempre lo que se proponía con sus obras, eso no tiene discusión, pero la maravilla ante su genio se disipa rápidamente al preguntarse si su arte era sólo eso tan exacto, tan profundamente delimitado dentro de su personal concepción de hermosura. Nos preguntamos quizás: ¿Dónde estaba el arte EN SU VIDA?, y aquel lector empapado de otros ejemplos de poesía puede llegar a sentir el inevitable estancamiento que tan estática concepción puede tener. Sobrevive más el arte en cuanto a lo que se siente, no lo puramente utilitario y diseñado.
Los autores que en su afán de dar respuesta a la pregunta “¿Qué es poesía?” dan protagonismo al sentir y a la manera de encarar la vida no son tantos como quizás deberían, ya que se siente más fácil crear normas de forma que de contenido, más fácil moldear lo tangible. Pero ejemplos magníficos no faltan, y uno de ellos es Rainer María Rilke, poeta nacido en Austria, y de los más celebrados de la lengua germana. En sus Cartas a un joven poeta prescinde completamente de hablar de normas y preceptos de estilo para concentrarse en la contemplación de la vida y los sentimientos. Abandona el papel y las letras para concentrarse en quien escribe y por qué escribe. Rilke alaba la sencillez y la naturaleza, el aprecio por lo simple y el potencial de cambio, y aconseja no despreciar dudas, inquietudes y pasiones, sino dejarlas asentarse y madurar, y a través de este proceso se alcanzaría naturalmente la armonía que poetas de eras anteriores buscaban quizás artificialmente a través de reglas y restricciones.
Otro ejemplo enaltecedor del ser del poeta, la experiencia y la emoción, es fácilmente reconocible en el francés Michel Houellebecq y su escrito Sobrevivir. Bajo una visión pesimista y cruda de la realidad, el motor primal de todo esfuerzo poético es el sufrimiento, la semilla de emoción que nos deja dentro y que nos alimenta la necesidad no sólo de decir algo, sino de pensar en ello, de sentirlo nuevamente. Muchas observaciones profundas son hechas, pero todas referentes a quien escribe y a su vida. Los estilos no importan, no hay normas de escritura, hay códigos de conducta, hay filosofías de vida que nos ayudan, aun a pesar de su crudeza y violencia, a aceptar lo común a todo ser humano: el sufrimiento nos une, y para aquellos dados a la escritura, la creación literaria no es sólo crítica social o recuerdo cultural, es la única cosa que realmente vale.
Así, en un esfuerzo consolidador de ideas, poesía es simplemente vida.
III. Belleza y estética
Luego de hablar del contraste entre lo normativo de Boileau y lo emotivo y contemplativo de otras visiones poéticas más modernas, lo clásico sufre un golpe en su posibilidad de apreciación, por haber quedado como aparentemente vacío de sentir. Si bien hay ejemplos de este tipo, los mismos son criticados por los propios grandes del movimiento, y algo que habría que entender: una mentalidad enfocada en los asuntos más formales del proceso de creación poética no tiene por qué prescindir de la sensibilidad; simplemente obedece a impulsos diferentes, donde la sublimación de la obra es un intento de acercarla a aquel espíritu tan elevado que se otorga a las artes.
Nuestros corazones y mentes han venido cambiando, y por lo tanto es necesario un esfuerzo adicional para tratar de entender el sentir de los poetas clásicos. Y podríamos comenzar haciéndonos la pregunta: si aparentemente el clasicismo deja de lado el fondo en pro de la forma, ¿lo moderno no deja también de lado algo?
El ser humano percibe el mundo a través de los sentidos, VIVE a través de los sentidos. Es por ellos por donde comenzamos a juzgar y dejamos las abstracciones subyugadas. En orden. Por unos instantes sólo nos impresionamos, sin preguntar cómo o por qué. Pero nuevamente, como humanos, no podemos dejar las cosas sueltas, sin explicación o interpretación, y lo percibido entonces es clasificado primero como agradable o desagradable (bello o feo) según una rama de la filosofía que pasaríamos a llamar estética.
Lo único acerca de la belleza que no ha cambiado a través de las eras es su simbiótica relación con la contemplación. Digamos lo que digamos, pensemos lo que pensemos, primero contemplamos y luego juzgamos. Y he allí la característica más céntrica de la belleza: no es intrínseca, obvia o propia del objeto, de la cosa; pareciera ser que es el contemplador quien la extrae o la fabrica. Pero de ser así, ¿de dónde la extrae o fabrica?
La escritora Susan Sontag nos dice, en su ensayo Un argumento sobre la belleza, que “la mejor teoría de la belleza es su historia. Pensar en la historia de la belleza significa concentrarse en su uso en manos de comunidades específicas”.
Dicha frase le otorga a la belleza una connotación histórico-social innegable, y partiendo desde allí es lógico suponer que valores de épocas y latitudes diferentes producirán concepciones diferentes de belleza. Pero la cuestión se vuelve más compleja si a la ecuación se le agrega la variable del arte. En objetos tangibles y de percepción clara como un rostro o un cuerpo, la belleza está ahí, “en la naturaleza”, pero el arte, siendo creación humana perseguidora de las ideas y sentires, está en una esfera diferente, cercana pero notablemente separada a la de la existencia cotidiana. Por lo tanto, el arte coloca a la belleza en sí contenida fuera del alcance simple de los cinco sentidos.
Este desgarre de la belleza que se nos muestra, pero difuminada y lejana, es propio de aquellos estilos y tendencias que elevan al arte varios pedestales por encima del poeta mismo (y muchos más por encima del ciudadano común). La belleza, como concepto que implica un juicio para discernir lo “agradable” de lo “desagradable”, ha separado a los escritores desde siempre; éstos crean movimientos y pretenciosas revoluciones literarias para romper con criterios que en ese momento consideren conservadores, siempre en busca de más y más libertad creativa. Nuevos tiempos han traído consigo, en todo aspecto de la sociedad, la necesidad de agruparse y un rechazo categórico de las élites. La belleza, al ser naturalmente excluyente, fue siendo denigrada como principio artístico hasta pasar de ser un pilar fundamental a un adjetivo harto rehuido.
Pero volviendo nuevamente a hablar de arte. Es plástico y mutable como la mente humana, y es hermano de todo lo que en ella se geste. Si la belleza se halla en la contemplación, y el arte permea todo proceso mental, ¿no hay acaso una relación inequívoca entre belleza y arte? De nuevo las palabras de Susan Sontag nos sirven para el rescate de Monsieur Boileau cuando dice: “La exclusión de la belleza como criterio del arte no es ni mucho menos indicio de que la autoridad de la belleza esté en decadencia. Más bien testimonia el declive de la creencia de que hay algo llamado arte”.
Recordemos que, por encima de normas y reglas, para Boileau y sus compañeros de ideario la belleza era en extremo importante, el exquisito producto de la unión entre el sentir —la intención— y el pensar —reglas y estilo. Y en este punto puede que le lleven la delantera a muchas tendencias y estilos modernos, que en su afán de universalizar la poesía corren el riesgo de acercarle demasiado a la banalidad, o simplemente a aquello que no impresione, que no nos despierte ninguna verdadera emoción más allá de un shock momentáneo.
Juicios de valor aparte, se percibe fácil una tendencia de años recientes a producir un arte “fácil de usar”. Es una ironía tan deliciosa como amarga el ver que tantos esfuerzos por hacer del arte un más puro “sentir” se deformaron en muestras de simples ocurrencias explosivas, esas que te empujan no a la contemplación en el sentido de comprender, sino a nada más preguntar “¿qué es eso?”. Cierto que estimulan la curiosidad, pero acaban con toda mística de la experiencia, y la innovación es ahora relajación y momentos de “¡AJÁ!”. Mientras tanto, lo bello es tenido como pretencioso y vano.
Pero la belleza es tan parte de nuestra historia como de la historia de la idealización, de ahí nace. La belleza de la naturaleza es distante, inconmensurable; la naturaleza es lo férreo, las bases del mundo, chocamos con ella al no poder poseerla, al ser su cambio endógeno tan lento que es inexistente para nuestra presencia en el mundo. La belleza humana y la belleza creada (el arte) son imperiosas al siempre provocarnos una fuerte reacción; no podemos alejarnos de la noción de ellas porque hacia ellas siempre vamos. Nos empuja la fantasía de posesión, algo primal del ser humano. Y a todos estos tipos de belleza les sobrepasa y conecta la simple capacidad de sentirse abrumados, colmados por algo que no somos nosotros, que nos llena de un vigor que nos mueve a algo más.
IV. El arte
Sería imposible hablar de belleza sin dedicar unos cuantos párrafos al lugar donde históricamente más se le ha cultivado: el arte.
¿Alguien ha logrado siquiera definirlo? Aproximaciones se han hecho; estudios, ensayos y disertaciones no faltan, y sin embargo el arte fluye de entre las manos de quien busca retenerlo para diseccionarlo, y nuevamente, sólo nos podemos acercar a él a través del pensamiento, de la contemplación.
Comencemos entonces con una distinción entre arte y obra de arte. Según la opinión leída, podríamos sentirnos presionados a entenderles como lo mismo, pero son asuntos separados, aunque de una relación tan íntima que su ambivalencia se vuelve una sutilidad cuántica. Previamente al arte lo hemos relacionado con la belleza, y todo lo elevado y etéreo que esto representa; hay que agregar que así como la belleza depende de un juicio discriminador, el arte depende de algo abstracto, de sensaciones e impresiones. Como aquélla al ser colmados de belleza. La obra va de la mano con el arte, pero no ES él, es la hechura que interpretamos, es la contraparte perceptible a lo intangible del arte.
Martín Heidegger, filósofo alemán, gracias a sus abstracciones del pensamiento y del lenguaje, dio con el razonamiento más cercano posible a un esclarecer del arte. De las tantas cosas esenciales de su ensayo Arte y poesía, reluce fácilmente la distinción hecha entre “cosa” (el objeto), “útil” (la herramienta) y “obra” (lo creado), y es a través del juego constante entre estas tres palabras que cada una se individúa, y de donde surge un atisbo verdadero de arte.
Con razonamiento circular y retórica pesada, cada concepto es repasado y redefinido una y otra vez estableciendo conexiones entre sí que nos llevan a nuevas conclusiones. La “cosa” es la materia prima que compone a la herramienta y a la obra, pero no es ellas, no es algo, sólo ES. El “útil” es materia con forma y propósito, pero encerrada en sí misma, y no pasa de ser un canal para otros asuntos. Luego, la “obra” es materia con forma y propósito pero, a diferencia del útil, dicho propósito no es tan abrumadoramente finito, ni tan tangible; la obra se abstrae, y en la contemplación de la misma su propósito se perpetúa indefinidamente.
¿En cuál de estas cosas está el arte, si es que el arte puede ESTAR siquiera en un sitio?, las bases necesarias ya han sido dichas.
Tenemos una definición de obra que se acerca al arte, pero es necesaria otra que se acerque al artista: en el caso de Boileau, parecería fácil decir que el poeta se separa del poema, pero esto es un craso error. El poeta jamás está completamente fuera del poema, ya sea incluyéndose como figura dentro de los versos, o colocando algo de su sentir; incluso los hechos donde no participa pasan por el tamiz de su interpretación, y algo les queda. Pocas obras de arte en la historia confunden a sus creadores, y el Ars poetica de Nicolas Boileau no es de estas. En este caso, los versos son poseedores de una voz en extremo personal, y es que por las mismas normas que muchos modernos repudian, los clásicos que con ellas negociaban y lograban salir victoriosos conseguían muchas veces un nivel mayor de personalización de lo que el afán de unidad y antielitismo logra.
Una obra de arte es a la vez materia con forma y propósito abstracto perpetuado, y lo que del artista quede plasmado en la materia. El arte es el propósito de esa forma y la abstracción del mismo, y el discernimiento del artista dentro de lo creado. Los conceptos se funden un poco, en tanto que son y no son lo uno y lo otro.
V. Conclusiones
El arte fluye a la par que la conciencia, y su cauce se alimenta de las épocas, y de esa esencia, históricamente condicionada, bebe el poeta. Clásicos, neoclásicos y afines viven con base en normas porque eran parte de una sociedad que necesitaba de dichas normas para establecerse, eran épocas donde la libertad literaria no podía permitirse hasta tener bases sólidas sobre las cuales progresar. Y sin embargo, en el acelerado crecimiento de la sociedad humana moderna, ese “progreso” avanza demasiado rápido, nunca deteniéndose ni mirando atrás a lo que le permitió ser lo que es, considerándolo obsoleto, y degenerando muchas veces en el descontrol que confunde libertad con libertinaje.
En un mundo donde las reglas en el arte son tratadas con más cautela que aprecio, donde la belleza fue destronada y vestida de harapos, ¿qué valor tienen los manifiestos clásicos? La respuesta es en extremo simple, aunque quizás no tan obvia para las mentes embriagadas de inmensidad: nos ofrecen disciplina y estructura para llevar a término un proyecto, y desarrollarle, a paso lento pero firme, más allá de lo que la simple inspiración permite. Es también un ejercicio intelectual que desarrolla el pensamiento, y nos permite tener una visión más amplia y completa de lo que es el ser humano como creador.
La poesía clásica, cristalizada en el Ars poetica de Nicolas Boileau, es un mundo que fascina por su complejidad, por su personalidad tan arraigada a su época. Es una mirada al ser pasado de las sociedades, y hace las veces de agua clara y fresca para aquel espíritu que a veces se siente confundido y agobiado por la vorágine de la modernidad. Es también una base firme desde donde, calmados, asirnos antes de observar y tomar rumbo hacia nuestra propia visión del arte, la poesía y la vida.
El escritor Stephen King dijo una vez: “Para romper las reglas hace falta primero dominarlas”, un principio del que se puede aprender mucho.
- Boileau, arte y poesía: lo que sobrevive - martes 9 de junio de 2026


