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Amor, literatura y rebelión
Notas de lectura a partir de Octavio Paz

lunes 23 de mayo de 2022
Octavio Paz
Vinculando la revolución y la revuelta a la pregunta de quiénes somos los latinoamericanos, Paz no puede dejar de relacionar estos asuntos con la pregunta acerca de nuestro arte y nuestra literatura.

Una breve crónica

Me permitiré una breve relación personal e histórica. La llamada revuelta o revolución de Mayo de 1968 ocurrida en París fue uno de los acontecimientos que más impactaron a los jóvenes latinoamericanos de aquellos años. Yo fui uno de ellos. Tenía diecisiete años y un profundo deseo de comprender y darle sentido a mi vida. Era un entusiasta lector de poesía y de cualquier cosa escrita que me permitiera entender quién era yo y qué ocurría en el mundo. Entre los libros de literatura francesa había leído algo de Baudelaire, Rimbaud y Verlaine, poetas del amor maldito y de la revuelta.

Intuí que los acontecimientos de Mayo del 68 algo tenían que ver con lo que habían dicho estos poetas. De pronto cayó en mis manos un libro que leí y no entendí pero me dejó aun con más preguntas. Me refiero a Eros y civilización, de Herbert Marcuse, un pensador judío de origen alemán, estudioso de los fenómenos del amor, la revolución y la revuelta. Tres años después del 68, habiendo decidido que no sería sacerdote católico pues amaba profundamente a las mujeres, yo entraba a estudiar Letras en la Universidad del Zulia. Allí, entre tantos autores y lecturas, supe de otro autor francés, de gran prestigio, Jean Paul Sartre, que participaba en manifestaciones de calle con estudiantes y apoyaba la Revolución cubana y la Revolución cultural china liderada por Mao Tse-Tung. Recuerdo que durante esos años, contra el furioso paisaje de fondo de la guerra de Vietnam, se hizo famoso el lema “haz el amor, no la guerra” y en las radios se escuchaban las canciones de amor y de liberación de Los Beatles, particularmente una de John Lennon y McCartney: “Todo lo que necesitas es amor” (“All You Need Is Love”).

Por otra parte, Venezuela y unos cuantos países latinoamericanos eran escenarios (décadas de 1960 y 70) de una importante insurgencia revolucionaria. En Chile particularmente, después de una larga gestación política, llega al poder por la vía electoral, el 4 de septiembre de 1970, Salvador Allende, liderando una revolución socialista. Meses más tarde de la llamada revolución o revuelta de mayo en el París de 1968, ocurría en México otra revuelta juvenil, y me enteré horrorizado de la terrible represión del gobierno que causó decenas de muertes.

Regreso a Octavio Paz pues en su obra poética y ensayística estos tópicos, y más que ellos, los interrogantes en torno al amor, la revuelta y la revolución, son centrales.

En 1971 leí un libro de uno de los escritores mexicanos más relevantes, Octavio Paz, titulado Posdata, en el que, al reflexionar sobre la revuelta juvenil de Tlatelolco, retoma sus preocupaciones en torno al sentido y la significación de la revuelta y la revolución en el contexto de los países latinoamericanos. Vinculando la revolución y la revuelta a la pregunta de quiénes somos los latinoamericanos, Paz no puede dejar de relacionar estos asuntos con la pregunta acerca de nuestro arte y nuestra literatura y cómo se han conducido los problemas del desarrollo y de nuestra política.

Los temas del amor, el erotismo, la rebelión y la revolución han sido pues, para mí, preocupaciones significativas. A ellas vuelvo ahora con algunas notas de lectura. Intento comprender. Regreso a Octavio Paz pues en su obra poética y ensayística estos tópicos, y más que ellos, los interrogantes en torno al amor, la revuelta y la revolución, son centrales. Pero insisto en la cuestión histórica. Se ha dicho que el Mayo francés fue la más importante revuelta estudiantil y la mayor huelga general de Francia. Puso en jaque al gobierno de Charles de Gaulle y tuvo extraordinarias consecuencias en la vida cultural y educativa de ese país. Uno de sus antecedentes inmediatos fue el movimiento hippie, un movimiento también juvenil, contracultural y libertario que, después de iniciarse en los Estados Unidos a comienzos de los años sesenta, se extendió por todo el mundo convirtiendo el “amor libre” y la revolución sexual en dos de sus consignas y premisas fundamentales.

Esta suerte de rebelión pacifista de jóvenes hastiados del confort y de una sociedad deshumanizada y consumista, tuvo a su vez como estimulante inmediato la rabiosa y contestataria literatura de la llamada generación beat norteamericana: Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William Burroughs, Diane di Prima, entre otros. En efecto, la literatura y específicamente la poesía, que es, a su modo, amor y revuelta del lenguaje, han girado primordialmente alrededor de estos asuntos (el amor, el erotismo, la revolución, la rebelión) y los han imaginado y recreado desde múltiples y esenciales formas. Desde el romanticismo en particular, el arte y la literatura son inseparables de estos fenómenos, pues los mismos hacen parte de la subjetividad escindida y la conciencia crítica del hombre contemporáneo a la vez que perfilan el modo de ser polémico y plural de nuestra modernidad.

Como quiera que estas consideraciones han sido alentadas por algunas reflexiones de Octavio Paz, veremos qué entiende éste por amor y por revolución para luego establecer algunas convergencias. Paz, más allá de las diferencias que podamos tener con sus argumentaciones y puntos de vista, ha sido en América Latina uno de los escritores que más amplia y profundamente han desarrollado estos asuntos, convirtiéndolos en una de sus preocupaciones centrales.

 

Amor, erotismo y poesía

Los conceptos de amor, poesía y erotismo están inextricablemente ligados. Puede existir erotismo sin amor pero éste, en tanto pasión, no ocurre desvinculado de aquél. Paz, desde sus primeros poemas y ensayos, los relaciona con la poesía pues, como ésta, son representaciones imaginarias e imaginativas, “casas del ser”, para decirlo con la expresión de Heidegger referida al lenguaje. Se trata de vinculaciones analógicas, mediadas por la metáfora: si el erotismo —nos dirá— es “una poética corporal”, la poesía es “una erótica verbal”. Y avanzando en esta correspondencia observa que “la relación de la poesía con el lenguaje es semejante a la del erotismo con la sexualidad”, pues tanto el poema como el erotismo transgreden sus fines prácticos: la comunicación en el caso de la poesía y la reproducción en el caso del erotismo.1

Más adelante señala Paz que el amor cortés, quizás la primera idealización del amor carnal que se conoce en Occidente, es invención de los llamados poetas provenzales: “…un amor que no tenía por fin ni el mero placer carnal ni la reproducción”, y que involucra por lo tanto “una ascética y una estética”.2

La reflexión de Paz dialoga reiteradamente con la perspectiva de otros ensayistas que dedicaron significativa atención a los fenómenos del amor y el erotismo. Mencionemos tres: Platón, Georges Bataille y Denis de Rougemont. Estos dos últimos, como el mismo Paz, son herederos de la tradición platónica. Todos la discuten, bien para afirmarla o cuestionarla. Desde Platón la filosofía, pero también el arte y la literatura occidentales, parecen converger en la idea central de que el amor es búsqueda de perfección y de belleza. El amor es para Platón amor respecto de lo bello.

Amamos porque también deseamos saber quiénes somos.

Ceremonias de cultura y de lenguaje, el erotismo como el amor son reinvención de la condición humana. Tanto el uno como el otro son metáforas del conocimiento y la comunión. Amamos porque también deseamos saber quiénes somos. Para Platón, Eros es un demonio de la intermediación. Hijo de las diosas Pobreza (Penia) y Abundancia (Poros), desea lo que no tiene: la belleza y la sabiduría. Paz observa que la perspectiva de Platón acerca del amor impregna buena parte de la literatura y el arte occidentales y se extiende incluso a filósofos y poetas árabes. Tal es el caso de Ibn Hazm, autor del famoso tratado de amor El collar de la paloma, para quien “el amor nace, como en Platón, de la vista de la hermosura física”.3

Para Bataille el amor y el erotismo son experiencias límites en las que entra en riesgo el sujeto, su conciencia. El erotismo es para él un aspecto de eso que denomina experiencia interior: una experiencia resistente a la representación y al lenguaje, en la que la razón naufraga. Lo asocia a las ideas de transgresión, sacrificio y muerte. Para Rougemont, parte de la literatura significativa de Occidente confirma que “el amor feliz no tiene historia… sólo pueden existir novelas de amor mortal…”.4

Pero Paz, al dialogar con estos autores, discute algunos de sus puntos de vista. Si para Bataille el erotismo, como hemos señalado, tiene una dimensión sacrificial, para Paz además de ser sacrificio es también cortesía. Más allá de ser sólo violencia y laceraciones tal como también lo encontramos en Sade, el erotismo pertenece para Paz al dominio más amplio de lo imaginario, la fiesta, la representación y el rito. De allí su cercanía, insistimos, con el hecho poético. Frontera entre el silencio y la muerte, el erotismo, que es metáfora y transfiguración del cuerpo y el deseo, impregna la más relevante poesía occidental. Así, en el caso de la literatura hispánica, de la poesía mística a la poesía barroca, por señalar dos extremos, encontramos todas las modulaciones del ascetismo y la voluptuosidad.

Al seguir el proceso del amor cortés, Paz anota su cercanía con la erótica árabe y sus diferencias con respecto a la concepción cristiana del amor, pues para los trovadores el amor “no es una pasión trágica… porque su fin último es la ‘joi’, esa felicidad que resulta de la unión entre el goce y la contemplación, el mundo natural y el espiritual”.5 Mientras la visión occidental subraya el elemento trágico del amor, la visión que nos ofrece la poesía trovadoresca del amor cortés es la de la iluminación. En esa oscilación entre la vida y la muerte, el padecimiento y la alegría, encontramos con Paz la fascinación ante el misterio del amor y el erotismo. También representación y mito, la poesía no ha hecho sino multiplicar la seducción y el misterio.

 

La Revolución francesa y la revolución romántica

Fue el amor en los inicios del Romanticismo la pasión nuclear que movilizó la fantasía, los sueños y la imaginación de otro mundo y configuró una revolución de la sensibilidad. Se constituyó de este modo en el sentimiento que privilegiaron toda una pléyade de escritores europeos llamados “románticos” devenidos en visionarios, quienes van a imaginar y revelar nuevos universos en los que el deseo rompe las limitaciones que desde siglos antes les había impuesto la razón, entronizada por el neoclasicismo y la Ilustración. Ya hacia 1750, en Francia particularmente, se ha notado que comienzan a observarse cambios en la sensibilidad que indican reclamos no sólo políticos y por nuevas libertades sociales y económicas, sino también reclamos de libertades espirituales.

En 1789 estalla la Revolución francesa ya como una insurrección social indetenible que exige libertades y transformaciones políticas y sociales radicales. En su ámbito, el amor “encontró en lo más profundo del corazón la raíz originaria que había olvidado”.6 De esta manera se crea un terreno fértil para el surgimiento de lo que luego se conocerá como revolución romántica. La Revolución francesa, al poner en crisis los ideales del racionalismo ilustrado, catalizó la eclosión de un nuevo imaginario en el que será central el deseo de rebelión. Éste será asumido por el Romanticismo, que va a extender a toda Europa la ruptura con los dogmas legados por las tradiciones clásica y neoclásica y por la Ilustración.

Decimos que el Romanticismo fue una revolución en la medida en que se constituyó en un proyecto de transformación y transfiguración de la vida que se tradujo en la reinterpretación de los discursos inherentes al cuerpo, al gusto, a los sentimientos, a la sensibilidad. Octavio Paz, al referirse al surgimiento de la sensibilidad romántica, observa que, aunque existió una importante literatura libertina en el siglo XVIII, “sólo hasta los prerrománticos y los románticos el cuerpo comienza a hablar. Y el lenguaje que habla es el lenguaje de los sueños, los símbolos y las metáforas”. Y agrega Paz cómo en ese lenguaje, que es el de una poesía que se opone radicalmente al discurso racionalista, “se da una extraña alianza de lo sagrado con lo profano y de lo sublime con lo obsceno”.7

Si con la Revolución francesa el hombre va a vivir una nueva etapa de transformaciones socioeconómicas y políticas, con el Romanticismo el amor se hace culto de una nueva sensibilidad.

Nos referimos por lo tanto a un amor romántico que, al liberar la sensualidad de tantos prejuicios religiosos y al romper con las conveniencias económicas y sociales que pautaban los matrimonios desde la Edad Media, podrá llevar el erotismo a los límites de la interdicción, de lo prohibido: lo místico, lo inefable pero también el satanismo e incluso el crimen.

Si con la Revolución francesa el hombre va a vivir una nueva etapa de transformaciones socioeconómicas y políticas, con el Romanticismo el amor se hace culto de una nueva sensibilidad. Aunque se torna padecimiento o sufrimiento, deseo y dificultad, es también un deseo que, a la vez que hace arder, renueva, genera cambios en una subjetividad volcada a la aventura de los sueños, del autoconocimiento a través del conocimiento amoroso del otro. A esa primera gran crisis de la conciencia social que fue la Revolución francesa corresponde, en el plano subjetivo, la crisis de lenguajes artísticos y literarios que fue la revolución romántica.

Y estas crisis fueron escisiones reveladoras de una dualidad crítica: tanto el hombre como sus discursos artísticos y literarios conquistaron una separación, una autonomía con respecto a los discursos del mito y la religión. Esa nueva conciencia crítica es lo que constituye a estas dos grandes experiencias en experiencias revolucionarias, configuradoras de la modernidad occidental. Desde ellas podemos inferir que lo que motiva al amor como a la revolución social son precisamente esos deseos siempre insatisfechos, siempre reprimidos, de libertad, de fraternidad, de igualdad. Deseos que la Revolución francesa convierte, más que en consignas, en derechos humanos y políticos fundamentales.

La poesía romántica, y a partir de ella toda la poesía moderna, se convertirá en esa búsqueda de comunión y conciliación implícita al sueño de una comunidad igualitaria y libre. Tal parece ser el secreto anhelo que pudiéramos encontrar en las revueltas y rebeliones sociales a las que me he referido al inicio: el Mayo francés de 1968, la revuelta de Tlatelolco, el movimiento hippie. En alguna medida estas manifestaciones sociales que no alcanzaron la condición de “revolucionarias” tuvieron sus formas simbólicas embrionarias en la Revolución francesa y en la revolución romántica.

Tiempo después de ocurridas éstas, las más significativas subversiones artísticas y literarias del siglo XX (futurismo, dadaísmo, cubismo, surrealismo, ultraísmo, creacionismo) llevarían a los límites del lenguaje y la significación el trabajo simbólico deconstructivo iniciado por el Romanticismo. Hablo de la lucha de poetas y escritores como Novalis, Hölderlin y más adelante Mallarmé, Verlaine o Lautréamont, entre otros, por nombrar esa indecible frontera en la que se confunden sueños, deseos y búsqueda de libertad.

Esa tradición de la ruptura —como la denomina Paz— que nos legara el Romanticismo, pero que comenzó a engendrar política y socialmente la Revolución francesa, responde, como hemos dicho, a una crisis de la razón ilustrada que no pudo nombrar los nuevos códigos y formas de una sensibilidad y sensualidad erótico-amorosas. El sujeto que se enuncia en los textos literarios de esa tradición que profundizan las vanguardias es un sujeto de la crisis pero también de la conciencia crítica que vive el amor como ilusión y como desgarramiento, como conflicto entre su propia interioridad y la de los otros, entre su yo y una sociedad, la capitalista, cada vez más inmersa en sus propias contradicciones.

 

Revolución, revuelta y rebelión

Al ver los diferentes significados que el Diccionario de la lengua española (DLE) de la Real Academia Española le otorga a estas palabras, notamos diferencias, pero también elementos semánticos comunes que tienen que ver con las nociones de cambio, mudanza, sedición. De esta forma, para la palabra revuelta el DLE indica:

  1. Segunda vuelta o repetición de la vuelta.
  2. Turbio, enredado pero también alboroto, alteración, disensión, sedición.

Entre los significados que el DLE le otorga a la palabra revolución encontramos:

  1. Cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación.
  2. Alboroto, sedición.

Pero revolución es también una palabra que procede de ciencias o disciplinas de cierta antigüedad como la astronomía, la geometría o la mecánica, en las que tiene igualmente sentidos que tienen que ver con “movimiento de un astro a lo largo de una órbita completa”, “rotación de una figura…”, “giro o vuelta de una pieza…”. Llama la atención que la palabra rebelión, según este mismo DLE, sea la única que procede del ámbito del derecho, en el que significa un “delito contra el orden público… consistente en el levantamiento público y en cierta hostilidad contra los poderes del Estado, con el fin de derrocarlos”.

Si revuelta y revolución acusan un definido propósito social y a veces político, rebelión puede tener un sentido militar pero necesita apoyarse en una doctrina revolucionaria para que tenga un auténtico impacto social.

Se trata pues de palabras y conceptos que tienden a intercambiar y confundir sus significados, por lo que es necesario precisarlos más, no sin indicar que sus sentidos pueden variar en función de los contextos históricos y culturales. Paz observa que en efecto, a pesar de que entre ellos hay diferencias marcadas, sus relaciones son estrechas y jerárquicas. Indica en este sentido la procedencia “plebeya” de la palabra revuelta relacionada con la idea de “motín o agitación sin propósito”, mientras anota el carácter intelectual de la palabra revolución, la cual según él “alude a los sacudimientos de los pueblos y a las leyes de la historia”. Si revuelta y revolución acusan un definido propósito social y a veces político, rebelión puede tener un sentido militar pero necesita apoyarse en una doctrina revolucionaria para que tenga un auténtico impacto social; de lo contrario, su sentido se reduce al de una sublevación personal o de un pequeño grupo.

Nos referimos a conceptos que son solidarios pues nos permiten pensar los discursos de transformación que han elaborado las sociedades frente al propio orden político y social, frente al sujeto y frente al arte y la literatura. Por ello, el discurso de la revolución, dada su vinculación ideológica y filosófica, ha subsumido a los otros dos, lo cual ha originado que el revolucionario haya devenido, a partir de la conversión de la razón en un principio subversivo en el siglo XVIII, en un “hombre de ideas”. De allí que, en su acepción moderna —anota Paz—, el concepto de revolución “puede estar asociado a una pluralidad de significados: tanto a Kant, la Enciclopedia o el Terror jacobino”, pero sobre todo a “la destrucción del orden de los privilegios y las excepciones…”.8

Desde el horizonte de interpretación que en relación con estos conceptos proponen Sartre y Ortega y Gasset, Paz piensa que si la rebelión busca trascenderse a sí misma, está llamada a transformarse en revolución. Mientras Ortega y Gasset analiza al reformista como figura antitética del revolucionario, Sartre, al reflexionar sobre las producciones de Baudelaire y Jean Genet, se detiene en la figura del rebelde, que ciertamente le fascina pero quien frente al revolucionario no representa una auténtica opción de libertad pues no atenta contra el poder opresivo del Estado. Para el escritor francés —señala Paz— estamos condenados a ser libres: “…por eso hablamos, escribimos y recomenzamos cada día una estatua de humo, insensata rebelión contra nuestra muerte e imagen de nuestra ruina”.9

Puesto que los valores éticos y culturales cambian en función del tiempo y del tipo de sociedad, se advierten también desplazamientos en los sentidos de estos conceptos. Transcurrido el siglo XIX y al cambiar las propuestas ideológicas y filosóficas que lo acompañaron, se modificaron sus significados. Así, el concepto de revolución ha estado modelado por las distintas teorías políticas de la modernidad desde Maquiavelo hasta Trotsky. Pero en este horizonte del pensamiento sobre la revolución, las ideas de Marx significaron un punto de inflexión. Paz, a la vez que reconoce su extraordinaria relevancia, cuestiona la vigencia de algunas de ellas que, a despecho del gran pensador alemán, no tuvieron concreción o realización histórica: “…no hubo revoluciones en los países desarrollados; en Alemania triunfó el nazismo; en Rusia el estalinismo abatió a los compañeros de Lenin…”.10 Aparte de que, señala Paz, tampoco se cumplieron expectativas previstas en la teoría del pensador revolucionario en relación por ejemplo con la desaparición de las clases y de los Estados con su carga opresiva, en las sociedades comunistas: la Unión Soviética, la República Popular China, la República Popular Democrática de Corea.

Aun cuando Marx tuvo una visión dialéctica de la idea de progreso, no deja de ver éste como instrumento que posibilita el desarrollo de las fuerzas productivas. Esto nos hace ver que los conceptos de revolución y progreso se relacionan estrechamente, pues son las transformaciones económicas, sociales y políticas las que permiten avanzar a las naciones. En este sentido, Paz sugiere que una revolución que no implique progreso se reduciría a la condición de revuelta.

Más allá de las significaciones sociopolíticas que le otorga Paz a los conceptos de revolución y revuelta, habría que señalar que éstos han tenido también implicaciones epistemológicas y se les vincula a transformaciones radicales que han ocurrido en los campos de las ciencias y las humanidades. De este modo, se habla por ejemplo de la revolución copernicana en el ámbito de la astronomía o más modernamente en el ámbito de las humanidades, de la revolución lingüística o de la revolución del psicoanálisis. En estos dominios Kristeva retoma y resignifica el concepto de revuelta, una palabra que según ella tiene origen sánscrito (significa pasar hacia atrás y volver hacia el futuro), y lo estudia como un medio de cuestionamiento del sujeto en sus vínculos afectivos, amorosos y sociales.

Dado este carácter liberador que permite recuperar críticamente nuestro pasado, la revuelta puede iluminar también el porvenir, no sólo personal sino público y político. En este orden de ideas, y como práctica que nos permite confrontarnos, el psicoanálisis, y en un sentido más amplio la literatura, el arte y en general el pensamiento crítico, son opciones fundamentales de rebelión, de libertad, de revuelta.11

 

Paz observa que la figura del rebelde cobra entonces, en este ámbito de una atípica subversión, un nuevo impulso.

Amor, poesía y rebelión

Avanzado el siglo XX, en la década de 1960 en particular el mundo se ve frente a cambios en sus costumbres y pautas morales y como inundado por una inesperada ráfaga de erotismo que hace que los hábitos sociales se relajen, y tanto la moda como las canciones, la publicidad, los bailes, se deslizan hacia un equívoco territorio de lo prohibido. Con ello comienza a prestigiarse, ya no el pasado ni el futuro, sino el presente, el instante.

Paz observa que la figura del rebelde cobra entonces, en este ámbito de una atípica subversión, un nuevo impulso, al encarnar “los sueños y los terrores de una sociedad que, por primera vez en la historia, conoce simultáneamente la abundancia colectiva y la inseguridad psíquica”.12 Es este precisamente el contexto histórico y cultural en el que se despliega, en casi todo el mundo occidental y en algunos países orientales, la conocida rebelión juvenil de los años sesenta. Las sociedades europeas y la norteamericana han alcanzado un inusitado desarrollo industrial mientras la pobreza y otras contradicciones socioeconómicas asolan a los llamados países del tercer mundo, muchos de ellos acosados por la expoliación europea y el creciente intervencionismo norteamericano.

La llamada Guerra Fría y las carreras armamentista y aeroespacial entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, la Guerra de Vietnam, la invasión de las tropas soviéticas en Checoslovaquia, el asesinato del líder revolucionario Ernesto “Che” Guevara en Bolivia, del presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy y del líder de las minorías afroamericanas Martin Luther King, son algunos de los acontecimientos sobre cuyo telón de fondo emergen los grupos de protesta y de rebelión en el mundo entero. Piden libertades, paz, pero también placer. En esos años en que comienzan a hacerse visibles estas revueltas o manifestaciones juveniles, Paz anota que, a diferencia del antiguo rebelde, que “era parte de un cielo inmutable… el rebelde moderno es el disparo de una sociedad en expansión horizontal: el cohete un instante luminoso y después opaco”,13 e insiste en que esta opacidad o falta de conciencia estaría ligada a la disipación o “evaporación” de las ideas en Occidente o a que en los países socialistas “las utopías han sido manchadas por los césares revolucionarios”.14

Para el nobel mexicano, tanto los jóvenes franceses de Mayo del 68 como los jóvenes rusos y los de la antigua Europa del Este (los llamados países del bloque socialista: Albania, Alemania Oriental, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, etc.) cuestionan sus respectivas sociedades y las ideologías que les son inherentes; si por una parte están asqueados de la “felicidad manufacturada” que les ofrece el capitalismo consumista, igualmente lo están, en el lado socialista, del rigor del catecismo marxista y de las imposiciones de un Estado sobrecontrolador. Como consecuencia de este creciente escepticismo, particularmente por parte de los jóvenes de países socialistas, la idea de revolución va desapareciendo para dar lugar a una cierta insurrección de la vida individual que se expresa como protesta y crítica reformista.

Tanto los jóvenes hippies norteamericanos como los alemanes, los rusos, los franceses del 68 o los mexicanos de la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco de ese mismo año en México, buscaban darle un nuevo sentido a la vida. Cada uno de estos grupos juveniles tenía sus propias particularidades sociales, económicas y culturales, pero todos querían de algún modo, como lo había preconizado Rimbaud, “cambiar la vida”. Porque después de todo ¿no están todos ellos movidos por deseos y pasiones reprimidas? Y ¿no es acaso el amor una revuelta que ocurre en sus propias conciencias y corazones? ¿No se han encendido de nuevo en ellos la imaginación, la sensibilidad erótica y la fantasía que movió a los románticos?

A partir de esa conciencia crítica que inaugura el Romanticismo y profundizan los movimientos de vanguardia, el surrealismo en particular, el arte y la poesía son cada vez más actos de rebelión contra la tradición y contra la lengua que buscan personificación en la vida. Pudiéramos pensar en efecto que hay mucho de pasión renovadora y de poesía en acción, encarnada en la vida, en estos jóvenes que ya no quieren normas y códigos que controlen o regulen sus conductas.

¿No es el amor ese demonio que como un torbellino se posesiona de nosotros y nos hace girar obsesivamente alrededor de un sujeto-objeto amado en el que narcisistamente nos miramos? El amor como la poesía nos confronta con nosotros mismos y con el afuera, con los otros, son esa revuelta que interroga nuestra memoria e identidad más secretas: ¿quiénes somos cuando amamos?, ¿cuál es la verdad de ese amor que me persigue y lleva a preguntarme acerca de mí y del otro? Hay furias que desata el amor y pueden encontrar en la poesía, en la revolución o en la revuelta, un destino.

Para Paz el arte y la poesía modernos son no sólo rebeliones con respecto a la tradición simbólica que los funda sino también con respecto a la ética que esa tradición encarna.

Tanto el Romanticismo como el surrealismo fueron revoluciones poéticas que pusieron el amor en el centro de sus imaginarios estéticos y literarios. En tanto que revoluciones del lenguaje y de la sensibilidad generaron un desgarramiento de nuestra subjetividad y una conciencia crítica de lo que somos. Configuran esa identidad autorreflexiva y especular que define al sujeto de la modernidad. Por ello, para Paz el arte y la poesía modernos son no sólo rebeliones con respecto a la tradición simbólica que los funda sino también con respecto a la ética que esa tradición encarna. El arte moderno, dirá, “es moderno porque es crítico”.15 El amor no puede pues deslindarse de esta conciencia crítica de un sujeto que sobre todo desde la modernidad busca en la rebelión una alternativa frente a la soledad, frente al individualismo y frente a las normas represivas y códigos de control que le impone una sociedad burocrática, tecnificada, deshumanizada.

Amor, poesía y revolución son en la obra de Octavio Paz vasos comunicantes y metáforas de esa condición humana desgarrada a partir de las sucesivas crisis de la razón ilustrada. Amamos y nos rebelamos porque buscamos un nuevo equilibrio que restaure el sentido de nuestras vidas, porque buscamos existir poéticamente, en la solidaridad y en la esperanza. Llama la atención que Paz, refiriéndose al concepto de revolución, lo defina en términos semejantes a como pudiera definir el amor: “Una pasión generosa… una iluminación y una obscuridad”.16

En efecto, amor y revolución tocan límites que los aproximan: pasiones desenfrenadas que pueden conducir al dolor, la exasperación e incluso el crimen. La poesía y más ampliamente el arte y la literatura han sido formas de representación de esas pasiones límites. Los poetas surrealistas que denodadamente buscaron una lengua poética en la que se aliaran deseos, sueños y libertad expresiva vieron en la figura irreverente de Sade un ícono de la revuelta. Autor de textos muy celebrados por sus expresiones de blasfemia y erotismo, Sade fue preso de una revolución, la Revolución francesa, que difícilmente podía asimilar su libertina y libertaria utopía de una sociedad consagrada a la pasión y el deseo.

Douglas Bohórquez
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Notas

  1. Octavio Paz. La llama doble. Amor y erotismo, pp. 10-11. Seix Barral. Colombia, 1994.
  2. Ibíd., p. 15.
  3. Ibíd., p. 83.
  4. Denis de Rougemont. Amor y Occidente, p. 15. Conaculta. México, 2001.
  5. Octavio Paz. Ob. cit. p. 96.
  6. Alfredo de Paz. La revolución romántica. Poéticas, estéticas, ideologías. P. 23.
  7. Octavio Paz. Los hijos del limo. Vuelta. Pp. 34-35. Oveja Negra. Colombia, 1985.
  8. Octavio Paz. Corriente alterna. P. 149.
  9. Ibíd., p. 190.
  10. Ibíd., pp. 198-199.
  11. Cf. Julia Kristeva. El porvenir de la revuelta. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, 1999.
  12. Octavio Paz. Corriente alterna. P. 154.
  13. Ibíd., p. 171.
  14. Ibíd., p. 172.
  15. Octavio Paz. Los hijos del limo. Vuelta. P. 130. Oveja Negra. Colombia, 1985.
  16. Octavio Paz. Itinerario. P. 46. México, 1993.