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El giro hiper-inflacionario de la economía venezolana, de Francesco Carrabs Caracciolo
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domingo 25 de febrero de 2024
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“El giro hiper-inflacionario de la economía venezolana”, de Francesco Carrabs Caracciolo
El giro hiper-inflacionario de la economía venezolana, de Francesco Carrabs Caracciolo (2023). Disponible en Amazon

El giro hiper-inflacionario de la economía venezolana
Francesco Carrabs Caracciolo
Ensayo
Venezuela, 2023
ISBN: 978-980-18-3706-0
354 páginas

I. Motivos y propósitos de esta obra

La hiperinflación de precios registrada, vivida y padecida en Venezuela entre finales del año 2017 y finales del 2021, por su duración y su intensidad, se ha vuelto un caso de gran interés para economistas, políticos, periodistas, investigadores, y público en general, del mundo entero. Ya no es sólo por el petróleo, las reinas de belleza y el “socialismo del siglo XXI” que se habla de Venezuela en otras latitudes, sino también por este devastador fenómeno y, naturalmente, por sus más lamentables consecuencias: la ruina humana, económica y social de la población venezolana, que, por ejemplo, ha motivado una significativa y penosa emigración por la cual numerosas familias van quedado desmembradas.

Ya sólo con estas observaciones bastaría de sobra para justificar la realización de una obra sobre este tema. Sin embargo, este no fue su origen. De hecho, al iniciar mis apuntes para la misma el 26 de marzo de 2015, el registro de inflación mensual de los precios al consumidor del mes anterior aún era tan sólo de un dígito (4.9%),1 tal y como lo había sido desde muchos meses previos. Por lo tanto, todavía en ese momento no existía el problema hiperinflacionario, aunque ya se intuía con mucha claridad que: 1) había una inflación rezagada que estaba siendo artificialmente contenida con medidas jurídico-administrativas, tales como los controles de precios y de cambios; 2) éstos estaban provocando el deterioro general de la situación económica de día en día, pues ya se había entrado el año anterior en una recesión;2 y 3) en cualquier momento esos diques serían inexorablemente desbordados por la inflación de precios que estaban tratando de frenar, como en efecto sucedió unos meses después.

Entonces, cuando comencé a tomar notas para este trabajo lo que tenía a la vista era la cuestión de los controles de precios y de sus efectos, en especial la pretensión gubernamental de poder determinar legalmente cuáles debían ser los “precios justos” de los bienes y servicios económicos para, luego, “controlar” su cumplimiento por los empresarios y comerciantes mediante el uso de la fuerza popular, policial, y hasta militar. Así, lo primero que anoté fueron extractos de la “Providencia administrativa mediante la cual se fijan criterios contables generales para la determinación de precios justos”.

Estas prácticas gubernamentales comenzaron mucho antes de la aparición del chavismo,3 el cual lo que hizo fue retomarlas y llevarlas a su enésima potencia. Significan una negación de la economía, y son un intento de sustituir el libre mercado poniendo en su lugar un dispositivo legislativo-administrativo-policial-judicial. Por el sesgo intervencionista de la formación universitaria que recibimos, muchos colegas economistas no sólo dejan de advertir los daños y perjuicios de estas acciones, sino que, peor aún, obtienen ingresos aconsejando abiertamente a los gobernantes su aplicación. Se hacía necesario, entonces (y lo sigue siendo aún), aclarar esta confusión de la economía con su negación punitiva.

Por otra parte, ya venía estudiando desde hacía años las teorías del valor económico y de la determinación de los precios, por lo cual los intentos gubernamentales de evitar su aumento generalizado sometiéndolos a control mediante criterios justicieros, y los resultados contraproducentes obtenidos, eran una vitrina privilegiada. Ya no era sólo que en la historia del pensamiento económico la teoría que planteaba que el valor económico consiste en los costos de producción había sido superada desde el último tercio del siglo XIX, sino, además, que en la práctica se hizo muy evidente que no funciona.

Sin embargo, los responsables de su aplicación seguían defendiéndola, atribuyendo los malos resultados a una guerra económica. Por lo tanto, había que examinar sus argumentos. Los economistas de oposición simplemente los ignoraban, y reiteraban su discurso convencional a favor de un paquete de políticas macroeconómicas de “estabilización”, no menos intervencionista que las prácticas gubernamentales. Se requería, así, una discusión intelectualmente abierta y honesta, que abordase los argumentos en vez de simplemente rechazarlos por motivos ideológicos, políticos, o paradigmáticos (o sea, por no corresponder al propio paradigma teórico). Esto es lo que he ensayado en esta obra.

En las clases de Economía y Finanzas y de Teoría Económica que dirigía para las carreras de Contaduría y de Administración de empresas de un instituto universitario de tecnología local desde finales de la década de 1990, seguíamos en los medios todos estos temas de actualidad en relación con los conceptos que íbamos abordando. Y, dado que debía sugerir a los estudiantes posibles problemas de investigación en una empresa cuando los reencontraba al final de sus estudios en el curso de Metodología de la Investigación, me pareció que los esfuerzos de las empresas para cumplir con las exigencias de la nueva normativa legal sobre el cálculo contable y la declaración de la estructura de costos, sería para ellos un campo muy fructífero para sus trabajos. Esto me sirvió de motivación adicional para ocuparme de estos asuntos.

Un impulso significativo a profundizar en el desarrollo de las ideas básicas que expongo en esta obra, provino de un programa radial que produje y conduje semanalmente entre los años 2015 y 2016. Resulta que en 2014 apareció el primer volumen de una trilogía en la que publiqué mi investigación sobre la fundación de la ciudad de La Victoria.4 El entonces coordinador de la estación local, un viejo conocido desde los años de estudios universitarios en la UCV, adquirió un ejemplar, le gustó y me contactó. Entonces me ofreció un espacio en la programación, de una hora semanal. Como se trataba de una radio comunal simpatizante del chavismo, le advertí que soy políticamente independiente y librepensador y que aceptaría siempre que tuviera libertad de programar y conducir los contenidos del programa. Para mi sorpresa (grata sorpresa), aceptó. El programa se llamó precisamente “Economía y Socialismo”.

Luego, al frecuentar la estación, descubrí que, aunque se trataba de una emisora chavista y financiada por los gobiernos locales de esa tendencia, la coordinación general era abiertamente crítica y exigente con la gestión oficialista de los problemas a todo nivel, desde el nacional hasta el parroquial. Lamentablemente, no todos los conductores de programas mostraban tal amplitud, siendo la mayoría muy fanática y dogmática en sus posiciones. Pero lo cierto es que, a lo largo de las 59 emisiones de mi programa, me sentí siempre a mis anchas y gocé de total libertad para expresar mis puntos de vista. Allí pude percibir de primera mano la ignorancia casi total de los conductores de programas al informar y comentar las noticias cotidianas del ámbito económico. Y más que eso, un desprecio no disimulado a un abordaje mejor sustentado conceptualmente de las mismas.

No me cansé de advertir que, mientras más ignorasen y despreciasen lo que pudiéramos llamar “leyes de la economía”, más cara sería la factura que la economía así despreciada les pasaría después.

En la medida del escaso tiempo de que dispuse (una hora semanal), pude discutir abiertamente los argumentos pro-socialistas que exponían gobernantes, dirigentes políticos y conductores de otros programas de la misma estación, así como las inquietudes de muchos usuarios que llamaron para comentar o preguntar sobre uno u otro punto. No me cansé de advertir que, mientras más ignorasen y despreciasen lo que pudiéramos llamar “leyes de la economía”, más cara sería la factura que la economía así despreciada les pasaría después. Lamentablemente así fue. La economofobia del gobierno nacional y el chavismo en general, salió bastante cara con la hiperinflación que estalló poco después.

Animado por todos estos motivos, continué tomando notas de lecturas hasta que, finalmente, inicié la redacción de esta obra el 24 de enero de 2018. En ese momento, ya los precios habían desbordado por mucho los ineficientes controles, y habían entrado en fase hiperinflacionaria. Así, el tema central de este libro se desplazó por la misma fuerza de las circunstancias desde los controles de precios hacia la hiperinflación. Sin embargo, a la vez no cambió, pues si lo miramos bien, sigue siendo el mismo: los precios, su determinación, su papel en el sistema económico, y las consecuencias de las intervenciones gubernamentales en los mismos.

 

II. Sobre el título… y el subtítulo

Ciclos y giros

Las economías de los países occidentales se han caracterizado desde finales del siglo XVIII por una sucesión de altibajos en sus resultados económicos. A períodos de aumentos en su actividad económica (producción, empleo, inversión, consumo, precios, etcétera), les siguen otros de disminución y paro. La duración de unos u otros es variable. Y desde la década de 1970, además, se ha presentado el fenómeno de la temida estanflación; o sea, estancamiento con inflación: cuando a la reducción de la actividad económica no le acompaña también una disminución de los precios, sino su continuo incremento. A la combinación de una fase de auge y otra de subsiguiente recesión se le denomina ciclo económico.

Pues bien, dentro de una misma fase estanflacionista pueden ocurrir variaciones mucho más pronunciadas de ciertas variables, escaladas de sus valores a niveles superiores. Precisamente esto fue lo que ocurrió con los precios de la economía venezolana cuando, finales de 2017, pasaron de un nivel de alta inflación a otro de hipervariación que se prolongó hasta finales de 2021. A este paso significativo le he llamado el giro hiperinflacionario. De allí el título de este libro.

Por supuesto, se inspira también en la famosa expresión “el giro lingüístico de la filosofía”, que se registró en este campo desde finales del siglo XIX y principios del XX; lo que para nosotros significa sólo que, dentro del terreno de los precios, hubo un giro hiperintenso; o que, en materia económica, ocurrió un giro hiperinflacionario de los precios. El título también se puede relacionar con otras expresiones más populares, como, por ejemplo: 1) “rizando el rizo”, que hace pensar en que una situación inflacionaria ya complicada (o “rizada”) puede empeorar (o “rizarse”) aún más; o 2) la que puso a circular el gobierno chavista: “la revolución dentro de la revolución”, la cual, adaptada a nuestro caso, nos hace entender que dentro de un proceso de alto aumento de precios puede generarse un aumento aún mayor.

 

Ante el sentido deterioro de la situación económica general venezolana que, el entonces presidente H. R. Chávez F., comenzó a usar cada vez más la expresión “guerra económica”.

Entre la Economía de guerra y la “Guerra económica

En medio de la extensión de los efectos de la crisis económica internacional del 2008, en el segundo semestre de ese año cayó drásticamente la cotización de la cesta petrolera venezolana, pasando de 130 dólares por barril en julio a sólo 32 en diciembre. Si a esto le agregamos el recorte de la producción petrolera acordado por la Organización de Países Exportadores de Petróleo (Opep) desde noviembre, no hace falta más para imaginar el choque que este descalabro significó para la gestión estatal de la economía nacional. Es precisamente ante el sentido deterioro de la situación económica general venezolana que, el entonces presidente H. R. Chávez F., comenzó a usar cada vez más la expresión “guerra económica” como chivo expiatorio de la visible ineficacia de las políticas gubernamentales intervencionistas: controles de precios y cambios, expropiaciones y nacionalizaciones, expansión del gasto público, etcétera.5

Frente a una contracción interanual de 3,20% del PIB (a precios constantes) de Venezuela en 2009, y otra de 1,49% en el 2010,6 comenzaban a preocupar problemas tales como el desabastecimiento de alimentos básicos y el incremento de los precios. En respuesta a ello, el finado mandatario arreció su discurso clasista y confrontacionista, llegando a declarar en 2010 de manera mediática y solemne, como solía hacerlo: “Burguesía apátrida (…) me han declarado la guerra económica, pues me declaro en guerra económica y llamo al pueblo y a los trabajadores”.7 Desde entonces, los gobernantes y funcionarios de turno no han dejado de valerse de esta cabeza de turco que, como salvavidas publicitario, le ofrece la ideología marxista de la lucha de clases.

El sucesor en la presidencia chavista, N. Maduro M., no ha sido la excepción a esta práctica, por lo que no desaprovecha oportunidad alguna que se le presente para imputar a la “guerra económica” contra su gobierno el desastre económico nacional. Sin embargo, en su caso, además, de manera muy curiosa se confunde el concepto de “guerra económica” con el de economía de guerra al usarlos desprevenidamente como sinónimos. Para muestra un botón:

“…Venezuela tiene una economía de guerra de facto, nos la impusieron, brutal (…) hemos tomado un conjunto de medidas. Aquí tengo un documento económico del balance que estoy preparando para presentar ante la Asamblea Nacional en enero: ‘Venezuela se fue adaptando progresivamente en estos años a la guerra económica’. Desde el lanzamiento del Programa de Recuperación Económica en agosto 2018, ya lanzábamos elementos para adaptar la economía a la economía de guerra (…) Nos fuimos adaptando y creando mecanismos para una economía de guerra (…) Venezuela siempre ha tenido una economía inflacionaria: antes de la guerra económica, antes de las medidas coercitivas, antes del esquema de guerra económica, antes de la economía de guerra; una economía con 60 años de ingreso petrolero y de alto consumo del mercado interno, que generaba siempre un desbalance entre la capacidad de consumo interno, producto de los petrodólares, con la capacidad de producción y satisfacción de esas necesidades… cuando llegó este período de guerra intensa para triturar a Venezuela, bueno, las medidas económicas hicieron perder al Estado venezolano… el 99% de sus ingresos… por la persecución contra el petróleo, por la persecución contra las cuentas, el secuestro de las cuentas bancarias… por el robo y el secuestro de la empresa CITGO en Estados Unidos, de la empresa Monómeros. ¡Es brutal… es una bomba atómica contra el país!… tengo gran esperanza de que el año 2022 podamos seguir gobernando el sistema cambiario nuevo que tiene el país, de acuerdo al esquema de guerra económica… Venezuela abandona el estado de hiperinflación producto de la guerra económica y las sanciones…”.8

Como se puede ver con mucha claridad en este extracto: 1) se usa como si fueran sinónimas las expresiones: “guerra económica” y “economía de guerra”; 2) se le atribuye a ello el agravamiento de los problemas económicos en Venezuela durante el período chavista, en especial desde la sucesión presidencial y el giro hiperinflacionario de los precios en Venezuela; y 3) es muy obvio el estatismo intervencionista y dirigista de la economía.

Los conceptos de “guerra económica” y de economía de guerra son claramente muy distintos.

No obstante, los conceptos de “guerra económica” y de economía de guerra son claramente muy distintos. Mientras que el primero es sólo un nombre metafórico dado a una aplicación caprichosa del concepto político de lucha de clases al terreno propiamente económico, el segundo, en cambio, se refiere a la movilización gubernamental de todos los recursos de una economía nacional con el fin de emplearlos en una guerra que se esté combatiendo en un determinado momento o período;9 para decirlo usando un ejemplo corriente en los manuales de economía, el gobierno redirige los recursos desde la producción de pan y mantequilla hacia la producción de cañones y bombas.

Cuando el gobierno de un Estado nacional usa contra los de otros Estados nacionales a los que considera enemigos hostiles instrumentos económicos, esa confrontación no es una “guerra económica”, sino que sigue siendo una guerra política que se vale de medios económicos para debilitar a los contrincantes. Esto es similar a lo que hacían los ejércitos cuando sitiaban una ciudad e impedían el acceso de sus habitantes a alimentos y bebidas. Esto no convertía a esas guerras en “guerras económicas” o en “guerras biológicas”. Guerra es guerra, cualesquiera que sean los medios que se usen para librarla; y economía es economía, con los fines y medios propios de quienes la constituimos con nuestras interacciones.

Sobre el uso de esta terminología “guerrerista” en la economía (por ejemplo, al referirse a una “guerra de precios” entre empresas competidoras), advertía ya en 1949 Ludwig von Mises:

La competencia cataláctica es emulación entre gentes que desean mutuamente sobrepasarse. A pesar de ello, no se trata de una lucha, aun cuando es frecuente, tratándose de la competencia del mercado, hablar en sentido metafórico de “guerras”, “conflictos”, “ataques” y “defensas”, “estrategias” y “tácticas”. Conviene destacar que quienes pierden en esa emulación cataláctica no por ello resultan objeto de aniquilación; quedan simplemente relegados a otros puestos, más conformes con su ejecutoria e inferiores a lo que habían pretendido ocupar.10

Por supuesto, pese a ser distintos los dos conceptos se pueden interrelacionar, y, de hecho, la historia nos presenta bastantes casos de ello. Por ejemplo, al tomar el poder en 1917 los dirigentes de la Revolución Bolchevique, ya la economía rusa se desangraba tras 3 años de participación en la Primera Guerra Mundial; era ya una economía de guerra, pero no había sido organizada para favorecer a una clase revolucionaria contra otras. Eso cambió con la victoria bolchevique, pues inmediatamente los nuevos gobernantes movilizaron los recursos de toda la economía rusa en función del “comunismo de guerra” contra los enemigos internos y las potencias capitalistas que los apoyaban. Así, la lucha de una clase política revolucionaria prolongó y agravó la economía de guerra en ese país. Los dos conceptos se interrelacionan, pero son claramente distintos.

Ni siquiera el propio Marx, quien le dio al concepto de lucha de clases su carácter de instrumento de lucha política revolucionaria, lo usaba en sus análisis económicos.

Por cierto, ni siquiera el propio Marx, quien le dio al concepto de lucha de clases (que, como él reveló, había tomado de los historiadores burgueses) su carácter de instrumento de lucha política revolucionaria,11 ni siquiera él lo usaba en sus análisis económicos: la lucha de clases del proletariado organizado se daría en paralelo al recrudecimiento de las contradicciones económicas, pero nunca como parte de estas. Los capitalistas y los obreros interactuaban de acuerdo con sus respectivos intereses económicos, pero eso no era una “guerra económica” o lucha de clases, sino el proceso económico con sus propias leyes. Claro está que eso no impedía que esos mismos capitalistas y obreros participasen en actividades políticas. Pero esa lucha política no era la que impulsaba el proceso económico; en cambio, éste tenía su propia dinámica (para cuyo estudio Marx dedicaba tantas horas, a pesar de sus molestos furúnculos).

Es, por tanto, sólo una versión muy cuestionable del marxismo la que aplica el concepto de lucha de clases (traducido en lenguaje militar, o de un militar, como “guerra económica”) al análisis de la economía. Aunque, claro está, no se puede negar que el uso mediático de esa terminología puede complacer y arrastrar a muchos partidarios y electores, tanto actuales como potenciales. Pero pretender reducir el análisis de lo que pasa en la economía a una supuesta “guerra económica” entre quienes actuamos a diario en la economía desempeñando uno u otro papel (a veces como consumidores, otras como empresarios o empleados o inversionistas), es negar la economía, es economofobia.

No obstante, la economía, con todo el peso de su propia realidad, no desaparece por el capricho de sus detractores: las leyes de su propio funcionamiento no se anulan y, antes o después, termina pasando factura por no haberlas comprendido y atendido. Toda política económica debería, entonces, partir de un correcto entendimiento de la economía, si quisiera obtener buenos resultados, por supuesto. Por ejemplo, cuando un empresario decide reservar parte de sus mercancías esperando un momento más oportuno para sacarlas a la venta, no lo hace para contribuir a derrocar al gobierno por “acaparamiento”; sería un suicidio económico si así actuase. Si cada quien administrase su patrimonio con una finalidad política, es obvio que atentaría contra la preservación y desarrollo del mismo, poniendo en riesgo así su propio sostenimiento. Interpretar las acciones económicas de cada quien como un sabotaje y un ataque al gobierno es tan sólo una incomprensión radical de la economía que impedirá obtener los buenos resultados que se pretende alcanzar.

Los controles directos o indirectos de precios son medidas típicas que suelen tomar los gobiernos de Estados nacionales cuando se ven afectados por guerras.

¿Existe en Venezuela una economía de guerra? Si así fuese, ¿desde cuándo? Y, ¿cómo la reconocemos? Los controles directos o indirectos de precios son medidas típicas que suelen tomar los gobiernos de Estados nacionales cuando se ven afectados por guerras, ya sea que participen activamente en ellas o no. En ese contexto, suelen interrumpirse los flujos de bienes y servicios entre las naciones, y crearse situaciones delicadas de desabastecimiento, desempleo, etcétera. Venezuela no fue la excepción, y la primera experiencia de control de precios proviene, precisamente, de un decreto gubernamental del 9 de septiembre de 1939, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial.12

El problema fue que, pasada la situación mundial de guerra, la burocracia nacional, generada para hacerle frente a sus consecuencias económicas en nuestro país, ya estaba bien instalada y operativa. Y en vez de retirarse a otras funciones administrativas, se perpetuaron en su papel intervencionista. Como se dice en criollo: “le cogieron el gusto”. Esto no ha sucedido sólo en nuestro país, sino que es uno de los signos de nuestro tiempo.

El mismo Mises cuestionó muy claramente, en el mismo texto de 1949, la creencia en que, durante las guerras, lo más conveniente sea suspender las libertades económicas e intervenir la economía de libre mercado. De paso, denunció valientemente la terrible consecuencia que han tenido estas prácticas:

Pocos han tenido últimamente el valor de enfrentarse a este dogma, que en las dos guerras mundiales ha servido de pretexto para que el gobierno adoptara innumerables medidas intervencionistas que, paso a paso, condujeron en muchos países a un auténtico “socialismo de guerra”. Reinstaurada la paz, se lanzó un nuevo eslogan. La transición, la “reconversión industrial” —se dijo— hace preciso el control estatal todavía en mayor grado que durante el conflicto. Y admitida la premisa, surgía la interrogante: ¿Vale la pena reimplantar un sistema que, en todo caso, sólo puede funcionar durante el intervalo comprendido entre dos guerras? Lo sensato, evidentemente, era no abandonar ya nunca el dirigismo económico, al objeto de que la nación estuviera en todo momento preparada para hacer frente a cualquier emergencia.13

Cualquier parecido con nuestra propia historia económica contemporánea, caracterizada por el intervencionismo adeco-copeyano que condujo “paso a paso” a la transición chavista al socialismo, no es mera coincidencia. Sencillamente, la economía tiene su propia “lógica”, sus propias “leyes” de funcionamiento, las cuales conducen inexorablemente a ciertas consecuencias una vez que se ponen en práctica ciertas acciones. Una vez que la flecha sale disparada del arco, recorre necesariamente la distancia que la ha de llevar a su destino.

De la interacción entre la economía de guerra y la “guerra económica” surgió, entre finales de 2017 y finales de 2021, el giro hiperinflacionario de precios.

En Venezuela, la economía de guerra, de fuerte arraigo institucional, se ha agravado con la práctica absurda de una pretendida lucha de clases (o “guerra económica”) dirigida a mantener cuotas, espacios, beneficios y privilegios de poder político y económico. Y de la interacción entre una y otra (entre la economía de guerra y la “guerra económica”) surgió, entre finales de 2017 y finales de 2021, el giro hiperinflacionario de precios en medio de una prolongada estanflación.

Partiendo, entonces, de la distinción entre los conceptos de “guerra económica” y de economía de guerra, en esta obra: 1) se plantea la pregunta de si el giro hiperinflacionario de la economía venezolana provino de una “guerra económica” interna y externa contra el gobierno, o, en cambio, es un resultado necesario de políticas económicas puestas en marcha por el gobierno nacional para librar una guerra (real, potencial, imaginada, o temida, eso es otro asunto) que ha provocado que seamos vistos como “una amenaza inusual”, y, por ello, objeto de diversas sanciones internacionales. En pocas palabras: la terrible hiperinflación de precios, ¿provino de la “guerra económica” contra el gobierno, o de la economía de guerra repotenciada por el gobierno? Y, naturalmente, 2) se ensaya una respuesta a esta pregunta que flota en nuestro entorno sociopolítico desde hace ya tantos años.

Este libro está disponible para lectores de todo el mundo en la plataforma Amazon; lectores de Venezuela lo pueden solicitar directamente al autor en Instagram (@fcarrabs) o adquirir en cualquiera de las Librerías Tecni Ciencia.

Francesco Carrabs Caracciolo
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Notas

  1. Fuente: Banco Central de Venezuela (BCV) – Instituto Nacional de Estadística (INE), Variaciones mensuales del Índice Nacional de Precios al Consumidor (Serie desde diciembre de 2007), en: bcv.org.ve/estadisticas/consumidor [Consulta: marzo 16, 2023].
  2. Dado que durante el año 2014 ya el BCV había registrado caídas del PIB durante más de 2 trimestres consecutivos.
  3. Véase el capítulo IV de la presente obra, en especial la cronología que se expone en la sección III del mismo.
  4. Francesco Carrabs Caracciolo, 1620. La Victoria inicia. Caracas, 2014. Los otros dos volúmenes fueron publicados, respectivamente, también en Caracas, los años 2021 y 2022.
  5. Para abundar en estos puntos, véanse: José Guerra y Víctor Olivo, La crisis global y su impacto en Venezuela. Instituto Latinoamericano de Investigaciones Sociales, Caracas, julio de 2009; y: “La gran ironía venezolana”. Pensis, XIV edición (publicación trimestral del Tecnológico de Costa Rica). Disponible en: tec.ac.cr/pensis/articulos/gran-ironia-venezolana [Consulta: marzo 22, 2023].
  6. Estas tasas porcentuales de variación interanual fueron obtenidas con base en los datos sobre Producto Interno Bruto (PIB) provenientes del BCV, en: bcv.org.ve/estadisticas/producto-interno-bruto [Consulta: marzo 22, 2023].
  7. El Universo, “Chávez declara ‘guerra económica’ a burguesía en Venezuela”. Caracas, 02/06/2010. Disponible en: eluniverso.com/2010/06/02/1/1361/chavez-declara-guerra-economica-burguesia-venezuela.html [Consulta: marzo 22, 2023].
  8. Nicolás Maduro M. entrevistado por Ignacio Ramonet. Disponible en: vtv.gob.ve/ignacio-ramonet-entrevista-presidente-maduro-enero-2022 [Consulta y transcripción propia: julio 16, 2022].
  9. Para abundar sobre el concepto de economía de guerra, véanse los artículos: Bernard Baruch, “Movilización total”; Cámara de Comercio de los Estados Unidos, “Política y controles en una economía de guerra”; Wytze Gorter y George H. Hilldebrand, “¿Son realmente necesarios los controles de precios?”; y J. Kenneth Galbraith, “La necesidad de los controles directos e indirectos”. Todos ellos recopilados en la selección coordinada por Paul A. Samuelson, Robert L. Bishop, y John R. Coleman, Tendencias del pensamiento económico (traducción de Justo Fernández Bujan). Aguilar, Madrid, 1962.
  10. Ludwig von Mises, La acción humana. Tratado de economía (traducción de Joaquín Reig Albiol). Unión Editorial, Madrid, 10ª. ed., 2011; p. 333.
  11. Véase la carta de Marx a Joseph Weydemeyer del 5 de marzo de 1852.
  12. Véase Anabella Abadi y Carlos García Soto, “¿Cuándo y cómo comenzaron los controles de precios en Venezuela?”. Prodavinci, 8/9/2015. Disponible en: historico.prodavinci.com/blogs/cuando-y-como-comenzaron-los-controles-de-precios-en-venezuela-76-anos-de-historia-por-anabella-abadi-m-y-carlos-garcia-soto/ [Consulta: marzo 24, 2023].
  13. Mises, ob. cit., p. 974.
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