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Secretos de un errante

lunes 6 de mayo de 2024
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Antígona y Edipo
El “bosque de los dioses”, como él lo llama, parece ser el único lugar en el que Edipo se siente que ha estado donde tiene que estar. Esto es: fuera del mundo trágico. “Edipo y Antígona”, de Camille Felix Bellanger

En un intento por deconstruir al psicoanálisis como único heredero legítimo de los clásicos mitos griegos, Jonathan Lear, en su constructivo Open Minded, nos invitará a continuar escépticos frente a la resolución de Edipo. La Esfinge había preguntado célebremente: “¿Qué camina sobre cuatro patas por la mañana, dos por la tarde y tres por la noche?”. Y su respuesta, conocemos, habría sido “el hombre”, que en cuatro patas gatea en su infancia, en dos se erige en la madurez y con una tercera pata apoya su vejez. “En cambio —retruca Lear—, Edipo caminó sobre dos manos por la mañana porque sus piernas fueron atadas por su padre, cojeó por la tarde al cometer sus crímenes y caminó sobre cuatro patas por la noche, ciego, como lo conduce su hija”. Lo que en realidad buscó Sófocles, nos dice el crítico, es que su rey, al igual que la criatura mítica, se convierta justamente en un caso irresuelto. Si Sófocles nos está ofreciendo al único tebano capaz de resolver el enigma de la Esfinge es porque es él, Edipo, el enigma que ocupará su lugar: si entendiera la ironía de la situación entendería pues que él también es un problema que quedará sin resolver.

El mito de Edipo, conocemos, era muy antiguo en la época de Sófocles. Fue su uso del material lo que hizo que la obra fuera, por así decirlo, nueva otra vez. En Odisea nos enteramos ya del primer esbozo cuando Ulises, topándose con Yocasta en el inframundo, resume brevemente la historia. Lo interesante de Sófocles, con todo, es que decidió concentrar la atención no en las acciones que hicieron de Edipo un sinónimo de lo que hoy conocemos como “violaciones tabúes”, sino, y no menos rebuscado, de qué manera las descubre. Pese a que la historia comienza donde las versiones del mito terminan, lo notable de nuestro dramaturgo es que prefiere evitar empezar por el principio y presentar la ciudad devastada por la plaga (b), su consecuencia, para luego abordar los crímenes de Edipo (a), su causa. Hace ya medio siglo, el ilustre Charles Segal nos dirá que es justamente por poseer una trama invertida que Edipo rey ha logrado convertirse en unanimidad entre las tragedias clásicas: “La acción es casi toda una acción retrospectiva que describe cómo los personajes, y a su vez los espectadores, se acercan página a página a eventos que, a fin de cuentas, tienen lugar en un pasado remoto”. El espectador no buscará toparse con lo desconocido sino más bien encontrar, al final de la trama, lo que sabíamos que estaba en los orígenes: su fatal destino.

 

Lo genial de haber elegido este esquema cíclico, donde fin y principio se tocan (¿qué más propicio para un protagonista que engendra con su propia madre?), es que con ello Sófocles elige así también legarnos uno de los primeros esquemas conceptuales sobre los principios de “libertad”. No es excepcional que obtengamos una respuesta complicada cuando nos enfrentamos ante la libertad de Edipo. Sin embargo, cuando nos detenemos a reparar en que parece ser Sófocles de los primeros en esbozar sutilmente los dilemas sobre la antinomia “determinismo vs. albedrío” en nuestro legado literario, quizá no encontremos excepción que valga. “Edipo rey nos muestra los temas de libre elección y predeterminación como una caja de espejos para desconcertar a cada nueva generación —glosa Charles Segal—. Pues todo el enredo está allí, en esa historia originaria”. Se debe tener en cuenta, pese a esto, que la antinomia sofocleana no se resignifica filosóficamente sino hasta tiempo después de la época de Sófocles. Si bien en este asunto Heráclito y Leucipo otorgan respuestas que, aunque difusas, auxiliarán a reformular gran parte de las especulaciones posteriores, es con Epicuro y los estoicos que se formulan por primera vez posiciones claras al respecto.

La total ignorancia del héroe cuando comienza la obra es la lectura fundamental que Sófocles nos ofrece, y es sobre la base de este fundamento que lo que llamamos “libertad de Edipo” se deja leer.

Según los estoicos el sabio es aquel que, al hacer lo que los gobernantes del universo quieren que haga, descubre que es exactamente lo que hubiera querido hacer de todos modos. Pero Sófocles lejos está del pensamiento estoico, por lo que lejos debemos estar al insistir en que Edipo está en armonía con el gobierno divino. La total ignorancia del héroe cuando comienza la obra es la lectura fundamental que Sófocles nos ofrece, y es sobre la base de este fundamento que lo que llamamos “libertad de Edipo” se deja leer. Prometeo ya se había atrevido a robarles el fuego a los dioses para que el hombre pueda escapar del capricho de los olímpicos. Pero además de no ser responsable de su caída, Edipo tampoco podemos aceptar que sea un completo títere del Olimpo sin carácter ni excelencia. El problema con Sófocles es que no nos ofrece dioses tan presentes como ocurre con Esquilo y Eurípides, ni mucho menos enfrentamientos directos entre omnipotencias divinas y víctimas mortales. Sólo a través de mensajes traídos por otros personajes logran los dioses dar a conocer su voluntad. E incluso cuando sospechamos que la voluntad divina no puede ser más insuficiente, Edipo ofrece un escepticismo sorprendente frente a ella. Harold Bloom alegaba irónicamente que hubiese deseado que Freud se hubiera vuelto hacia Esquilo y nos hubiera legado el “complejo de Prometeo” en lugar del de Edipo, ya que de seguro tendríamos, además de algo menos complejo, una mejor cuota de orgullo que sacar todo ello.

Mientras perdura el legado sofocleano perdurarán así también los dilemas en el pensamiento occidental; y aunque el triunfo del cristianismo no pondrá fin al argumento, depositará sobre la mesa nuevos términos con los cuales expresarlo. San Agustín, que había escrito sobre ello en De libero arbitrio, si bien no se preocupa por el oráculo de Layo seguirá igual de atormentado por la contradicción entre albedrío y destino. Si Dios conoce ya cada tiempo humano de principio a fin, queda entonces saber qué hacer con la voluntad de haber elegido nuestros pecados. Ahora, concebir nuestro destino como una sucesión determinista de eventos en el tiempo no precisamente deberá estar anclado a una concepción mítica ni mucho menos teológica. Uno de los episodios más relevantes que nos legará el análisis de las tragedias sofocleanas, a este respecto, tendrá lugar en las conferencias de historia que Hegel impartirá en Berlín.

Hegel había estado fascinado por la tragedia de Antígona durante toda su vida, habiendo traducido ya el texto cuando era estudiante de historia. De frente a la trilogía sofocleana, los personajes Antígona, Creonte y Edipo se habrían convertido ahora en sus peones de cabecera. Seguida por su explicación de la historia de la filosofía, no debemos olvidar que la filosofía del arte de Hegel había constituido la primera subsección de su filosofía del “espíritu absoluto”. Habiendo elegido la antinomia Antígona vs. Creonte como símbolo mismo del acto de filosofar, Edipo será congregado, a continuación, como geist que emerge para resolver una etapa superior. Al final del drama, sostiene Hegel, cierto es que estamos destrozados por el destino de los personajes, aunque cierto es también que encontraremos satisfacción por ver que se ha hecho “justicia”. Edipo debía ser, aunque así Sófocles no lo quisiera, el progreso histórico de una dialéctica.

El hecho de que sea capaz de resolver el enigma divino de la Esfinge, para Nietzsche, indicaba que Edipo debía tener una sabiduría antinatural.

Quizá en este punto debamos detenernos a recordar no sólo por qué Nietzsche (y luego Freud) nos legó a Edipo como modelo de una de las especulaciones filosóficas más emblemáticas de nuestros tiempos, sino también por qué supo apoderarse del mito al punto de promoverlo como sombra misma de la filosofía. El hecho de que sea capaz de resolver el enigma divino de la Esfinge, para Nietzsche, indicaba que Edipo debía tener una sabiduría antinatural, lo que, a su vez, indicaba un destino antinatural por delante de su vida (por antonomasia, la de nosotros). Este razonamiento llevó a Nietzsche a la idea de que la sabiduría de Edipo es, en esencia, un don peligroso. Por ende, el único que valdrá la pena transgredir. Como todas las figuras míticas invocadas por Nietzsche (desde Empédocles, Prometeo hasta Zaratustra), Edipo será otra reencarnación misma del espíritu dionisíaco. A saber, el Último Hombre. ¿Pues quién podría convertirse en Übermensch sino aquel que estaría dispuesto a usurpar el lugar último del enigma divino?

Hegel se inspirará en Sófocles para iniciar su proyecto de convertir la historia en una rama de la filosofía; Nietzsche, para hacer de Edipo (Dionisio encarnado) el último hombre de la historia. Y, aun así, el porvenir de nuestro trágico héroe no se cansará de ofrecer historiales para las metáforas de las próximas generaciones. En su poema “In lovely blue”, Hölderlin había escrito elegantemente que “quizás el rey Edipo tenga demasiados ojos”, y cierto es que no sabemos qué tan amplia pudo haber sido la mirada edípica. Pero si no podemos ignorar el alcance que ha provocado, tampoco lograremos hacerlo a la hora de reconocer que Edipo parece haberse instaurado, con o sin su albedrío, como una suerte de héroe filosófico por excelencia, el individuo en quien todos los dilemas de la búsqueda interna de Occidente se han reunido en un sentido unánime: el encuentro con el significado de nuestro oscuro destino.

E. R. Dodds, quien desempeñó un papel fundamental en la promoción de los estudios sofocleanos, nos recordará que antes de los estoicos no había en los griegos concepción alguna de libre voluntad tal y como nosotros la concebimos. “Ni los estoicos ni Sófocles permitieron, pese a sus debidos contrastes, que el triunfo de los planes divinos tenga que necesariamente privar a los individuos de elegir o no por su propia cuenta”. Destino y albedrío no son, desde este pseudocompatibilismo, alternativas excluyentes. Otro prolífico en tragedia griega, Bernard Knox, nos comparará, por su parte, la profecía del oráculo de Layo con la del propio Jesús en la Última Cena para hacernos una mejor idea: “Que Jesús sepa que Pedro lo negará tres veces de ninguna manera sugiere que Pedro fuera un títere del destino obligado a negar a Cristo. Libre albedrío y predestinación no son, de ninguna manera, excluyentes en este caso, y tal es el caso de Edipo”.

Las consideraciones son esclarecedoras. Aunque sólo cuando ubicamos la acción del drama en la conciencia del propio Edipo. Pues su autodescubrimiento no podemos negar que es, a su vez, también problema en la conciencia del lector. Aunque Edipo nunca experimente camino determinado alguno mientras actúe, el lector sí percibe que está siguiendo él un camino ya escrito. E incluso cuando descubre su fatal situación, a su vez, el lector reconoce que es la trama invertida, y no Edipo, quien nos permite ver toda la cadena de acontecimientos. Edipo puede elegir hacer lo que quiera; nosotros, con todo, no podemos permitirle a Edipo esa elección. Es el lector, no el Olimpo, quien está habilitado a sentenciar al culpable desde el inicio. De modo que las reflexiones que estos eruditos nos invitan a atender, no sabemos si son parte de las creencias intrínsecas del propio Sófocles o parte del juego literario que requerirá para componer su obra.

Como lectores, Edipo rey pues nos está obligando constantemente a participar como demiurgos conscientes de su propia trama.

Abordar el dilema sofocleano es un problema no exclusivamente ético sino que, al ser justamente estético, nos problematiza constantemente su abordaje. Respecto a nuestra propia vida podremos continuar ilimitadamente especulando sobre la libre voluntad de nuestras decisiones y sus respectivas consecuencias. Respecto a la propia obra habrá siempre un límite al respecto. Como lectores, Edipo rey pues nos está obligando constantemente a participar como demiurgos conscientes de su propia trama. La respuesta a la paradoja “hasta qué punto somos dueños de nuestra existencia” es una respuesta de la cual, por más que se lo intente, no podemos ser objetivamente referentes. Al especular sutilmente sobre ella, sin embargo, Sófocles está haciendo del espectador, obligadamente, un actor autorreferencial de tal respuesta. Si como demiurgos estamos obligados a saber todo lo que nuestro personaje no desea, ¿cómo no obligarnos a dudar de que seamos también nosotros títeres de un deseo ajeno?

Quizá todo este embrollo no hubiese resultado tan desafiante si lo que inició como tragedia hubiese sido, en provecho de la historia, una simple comedia. En oposición a su maestro, Aristóteles nos dirá, sin embargo, que ser testigo de errores dentro de la sociedad puede ser una ayuda y no un obstáculo para la vida reflexiva; de modo que incluso con un espectáculo perturbador como el de Edipo tampoco deberíamos decepcionarnos al insistir con todo ello. Si Edipo rey conmueve a la audiencia tanto moderna como antigua, alegará Freud, la explicación sólo puede ser “porque su destino podría haber sido el nuestro, porque el oráculo nos impuso antes de nacer la misma maldición que pesaba sobre él”. La estrategia de Freud es notable porque resistió la interpretación convencional que, desde la filología, la venía tratando como una “tragedia del destino”. Pero aunque se haya cargado al rey desde un campo completamente innovador, tampoco quedará Freud fuera de paradoja. Cierto es que se hace imposible empezar a apreciar el dilema de Sófocles si seguimos pensando, como ironiza Jonathan Lear, que “Edipo era edípico”. Pero incluso si lo hacemos y decidimos quitarles la responsabilidad a los dioses para ubicársela a los sueños, debemos admitir que, con todo, estaremos igual de obligados a volver al dilema “títere/demiurgo”: la capacidad de elegir libremente seguirá quedando anulada simplemente por nuestra voluntad “inconsciente”.

 

Haciéndose eco de Aristóteles, Jonathan Lear nos recuerda que para nada Edipo nos refleja, como alega Freud, simplemente maldición. Edipo cae, no olvidemos, para levantar a Tebas, y la singularidad de su destino está íntimamente anclada al bien de la comunidad. Para entender esto, Lear nos aclarará que tampoco debemos olvidar un punto igual de reminiscente, y es que Edipo no es el rey sino el tirano: rex. En la antigüedad, lejos de una connotación negativa, “tirano” es un gobernante sin derecho legítimo a gobernar. Para que Edipo fuera rey debía ser el heredero. Dado que no sabía que lo era debía ser, por ende, un rex. Un rey ilegítimo. El hecho de qué Edipo pueda ser un tirano significa que los tebanos tendrán la posibilidad de tener ahora un gobernante por elección popular, no ya por herencia. Ahora, el desafío de no tener un gobernante era, para Tebas, tan desconcertante como el de la propia Esfinge. Pero para suerte de los tebanos Edipo llegará para resolver ambos desconciertos de un solo golpe. Al resolver el enigma de la Esfinge, Edipo se convertirá pues en salvador de Tebas y no quedarán ya dudas de quién deberá gobernar. Claro, no quedarán dudas para su pueblo, pero Edipo se convertirá, como así Lear sugiere, él mismo en un enigma indudable. Cada página nos lleva a las mismas preguntas, y en cada siglo debemos volver a atenderlas. ¿Se justifica su libre voluntad por salvar al resto cuando su esfuerzo por hacerlo lo conducirá a su propia ruina? ¿Es su voluntad justificable cuando ni siquiera Edipo la quiso así?

Sófocles no nos aclara si su héroe será consciente de obtener una salvación garantizada o si podrá lograr, al menos, una redención por sí mismo.

Llegados a Edipo en Colono nos encontramos, por su parte, con otro dilema en varios sentidos. Esta última entrega nos muestra a un rey ya anciano que ha llegado, luego de atravesar el bosque de las Euménides, al final de una muy golpeada peregrinación listo para su muerte. Su meta está prefijada desde el comienzo ya que él reconoce que en Colono estará su liberación. Aunque desconoce si esa liberación será una bendición u otra maldición. El oráculo le había revelado que moriría sacralizado, pero ahora resulta que, horrorizados al saber que es hijo de Layo, el coro de ancianos de la ciudad le piden que abandone esas tierras sagradas. “¿Dónde está mi fama —pregunta el indignado Edipo— si ustedes, tras levantarme del asiento, me expulsan por temor a mi nombre?”. Aquí el punto dramático nos toca, como en Edipo rey, en un sentido quizá todavía más profundo: el mortal más golpeado por el destino es también el elegido por los dioses, y él sigue siendo escéptico a todo ello. Sófocles no nos aclara si su héroe será consciente de obtener una salvación garantizada o si podrá lograr, al menos, una redención por sí mismo. Ignorante y extranjero a todo, deja tras de sí su mundo de esperanzas, y la glorificación que nos ofrece Edipo en Colono termina siendo totalmente desconocida por su propio protagonista. Edipo continúa, desde los inicios de la trilogía, completamente ciego.

En una historia que nos obliga a preguntar qué hacer con esta ceguera en mundo de negros destinos, quizá debamos detenernos a repasar, con la ayuda de Philip Kitcher, un punto igual de ciego: su paso por el bosque de las Euménides. Pidiéndole a su hija Antígona que le informe sobre su paradero y le busque un lugar de descanso, en la primera página de Edipo en Colono el rey nos revela un dato curioso. Y es que el “bosque de los dioses”, como él lo llama, parece ser el único lugar en el que Edipo se siente que ha estado donde tiene que estar. Esto es: fuera del mundo trágico. Antígona le informa a su padre que han estado transitando un territorio santo, exuberante de laureles y olivos. Y aunque Edipo pueda descansar temporalmente allí porque es un suplicante, parece ser sólo dentro de ese territorio que a lo largo y ancho de la saga logra el rey conferir a su vida algo de significado particular. “El tipo de percepción que se supone que alcanza el final de Edipo en Colono —comenta Philip Kitcher— ya está ahí al principio, manifestada en su determinación de permanecer en el bosque de Colono y morir allí”.

Si tuviéramos que reconocer una metáfora auxiliar a la egolatría nietzscheana (o al fatalismo freudiano) y que pueda a su vez reivindicar por un momento a nuestro rex, quizá no encontremos otra mejor sino la que el mismo Sófocles pareció habernos dejado implícita: conciliar su destino y su voluntad, por fuera de su tragedia. Repasemos que el primer pensamiento de Edipo, si bien ha sido el de suicidarse, fue en cambio el de cegarse. Y esta acción es una que, ciertamente meditada en la cultura de su época, Sófocles pudo haber aprovechado, ya que la idea de un ciego errante fue un elemento frecuente tanto en literatura como en leyendas de culto. Una íntima analogía con los aedos de tiempos antiguos nos sugiere que, al igual que Homero, se los podía rumorear a éstos como una suerte de sabios ciegos que deambulaban reivindicando penas populares.

No todos los considerados sabios fueron ciegos. Cierto. La frecuencia con que la ceguera los asoció, sin embargo, planteó más mitos que preguntas en la antigua Grecia. Jenócrito de Locres, nos dice la Suda, debe su excelencia a que fue cegado por los dioses al nacer. Platón nos comentaba ya en su Fedro que la pérdida de la vista estimula la memoria, comentario que, agrega Diógenes, habría estimulado así también el rumor de un Demócrito quitándose los ojos al final de su vida para “ver mejor”. Para nuestro caso, el compendio mitográfico Bibliothèque contaba diferentes historias sobre la ceguera en Tiresias. La más directa: que fue cegado por los dioses por revelar sus secretos. ¿Pues qué otra cosa pudo haber esperado Sófocles (y su público) para un ciego errante sino la posibilidad de que reivindique, al menos en secreto, su propia redención?

 

Antígona se escribió más de una década antes que Edipo rey y su última entrega, Edipo en Colono, más de dos décadas después, desde un Sófocles ya moribundo y nonagenario.

Aunque es costumbre agrupar a Antígona, Edipo rey y Edipo en Colono, conocemos que no fueron éstas concebidas en su origen como trilogía. Antígona se escribió más de una década antes que Edipo rey y su última entrega, Edipo en Colono, más de dos décadas después, desde un Sófocles ya moribundo y nonagenario. Edipo en Colono habría significado para Sófocles la despedida del escenario y de su escena en el mundo, ya que ni siquiera llegó a verla representada por primera vez. Su significado histórico, por su parte, también habría sido de alguna manera despedida de un mundo ateniense que venía declinando cuesta abajo. Ignoramos el porqué del silencio entre Edipo rey y Edipo en Colono en esas décadas de ausencia. Pero si suponemos que ese período de ceguera errante por los bosques atenienses también le habría enseñado a Sófocles a estar donde tenía que estar, es posible que tampoco estemos suponiendo mal.

Según cuenta la leyenda, murió Sófocles a los noventa años mientras corregía Edipo en Colono en un recóndito y solitario descampado a las afueras de Atenas. Cuando sus amigos fueron a buscarlo se nos dice que encontraron al cuerpo con una sonrisa en el rostro, casi como si hubiera encontrado la solución perfecta de su vida (¿deberíamos decir “destino”?). Philip Kitcher nos conmemoraba el tipo de serenidad que nos demuestra el final de Edipo en Colono asemejándola a la serenidad que, refiriéndose a su vejez, Goethe se había atribuido a sí mismo: “Hay que componerla de nuevo cada mañana”. Y aunque nos desesperemos por preguntarle a Edipo si es que al final de su vida pudo ver al menos algo de lo que nosotros vimos en él, es posible que Sófocles nos susurre con la misma serenidad: sólo errando secretamente por las profundidades del bosque.

La lucha por usurparle a nuestra existencia un mínimo de albedrío nos perseguirá, y posiblemente por los siglos pendientes, como una eterna tragedia. ¿Qué posibilidad nos queda por anhelar fuera de aquella originaria caverna platónica cuando, a fin del día, la libertad es simplemente otro escenario imposible? Hölderlin, pese a todo, nos concluirá al dilema sofocleano como una simple experiencia estética del “buen arte”: permitir que su héroe luchara contra las fuerzas ajenas a su voluntad fue precisamente la manera que tuvo Sófocles de rendirle homenaje a la libertad humana. Quizá en este punto no sea necesario avanzar demasiado y detenerse a madurar, como a la vez títeres y demiurgos, porque nada de lo que sucede dentro de esta obra logra, entonces, tener la respuesta. Si la libertad puede habitar sólo y únicamente dentro de nosotros como experiencia estética: ¿no es una redención en secreto lo mejor que Edipo rey pudo habernos respondido?

 

Concluye Edipo rey con unas palabras en las que se nos viene a decir que la canción de la vida sólo se entiende cuando se canta entera hasta el final. No sabemos si Sófocles, al igual que su rey, la cantó; aunque con una misma sonrisa en el rostro podríamos sospecharlo. Cierto es que nos quedamos en algunas respuestas parciales para nuestro héroe y con más que preguntas sólidas para nuestra propia vida. Pero si ir de la mano con nuestro dramaturgo no consiste en resolver las contradicciones dentro de su texto sino más bien acompañar a su rey por fuera de él, quizá andar a ciegas junto al peso de su legado no sea tan fatalmente edípico como nos han hecho creer. Lo probable es que Sófocles nos aconseje, en favor de la comunidad, simplemente luchar por corregir cada error que dejamos en la historia. Antes de cerrar el telón y listos para el soliloquio final no tendríamos entonces por qué preocuparnos en desvelar si estuvimos o no predestinados a emprender esa lucha. “El canto último —nos murmuraría desde aquel solitario descampado— es anónimo y secreto: nadie lo tendrá que saber”.

Duval Hudson
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