El mundo Borges es de una inmensidad poco frecuente; es oceánico y arborescente y muy a menudo genera, a la vez, atracción e inhibición. Para poder encarar este emprendimiento de enseñanza y difusión, tuve que optar por recortar aquellos temas que me parecieron más aptos, en especial para quienes quieren iniciarse en él: una respuesta a la ineludible pregunta por la cábala, una de las pasiones de Borges, los conceptos de serie y variación, la obsesión por el orden formal y el divino desorden, la postulación de lenguajes fantásticos, la predilección de Borges por el cuento policial, su vocación y singular manera de entender la traducción y el tipo de pactos de lectura que le propone-impone a su lector.
La presencia de Borges como personaje, como autor textual, como doble, como máscara, es uno de sus rasgos más característicos. Muchas veces, transitando los poemas, ensayos, cuentos o reseñas bibliográficas, el lector se encuentra en una zona gris, en una intersección donde resulta difícil establecer si Borges habla de sí mismo en tanto sujeto o en tanto objeto o si se sustrae. Esto me lleva a reflexionar en la presencia subjetiva del “autor” Borges. ¿Autor o lector? Harto conocida es “su” afirmación tomada de Carlyle: “La historia universal es un texto que estamos obligados a leer y a escribir incesantemente y en el cual también nos escriben”. Correlativa de esta aserción es la siguiente: Que otros se jacten de lo que han escrito / yo me jacto de lo que he leído.
A lo largo del tiempo fui recibiendo cuatro tipos de alumnos y oyentes correspondientes, a mi entender, a cuatro perfiles posibles de lectores de este texto y que configuran categorías que varían incluso en una misma persona: borgeanos fanáticos, lectores asiduos, lectores esporádicos y aspirantes a lectores de Borges. Todos están contemplados, con la idea de transmitir no sólo el amor y el gusto por este autor sino también herramientas, nociones teóricas, en particular procedentes de la lingüística y de la narratología. No obstante, el aspirante a lector de Borges encontrará aquí un lugar privilegiado.

El divino desorden
Viviana Ackerman
Ensayo
Alianza Editorial Letralia-FBLibros
Caracas (Venezuela), 2025
ISBN: 979-8261976998
290 páginas
Dos preguntas me han sido planteadas con insistencia: “¿Por dónde empezar a leer a Borges?” y “¿Cómo analizarlo sistemáticamente?”. El grado cero es imaginario, pero su eficacia es fuerte y su establecimiento se torna ineludible. “De cero” es una convención, pero a veces es necesaria la introducción arbitraria de una puerta de entrada, no sólo para encarar la lectura/relectura de un autor tan complejo, sino para la aproximación a cualquier saber.
Bien puede pensarse que la serie constituida por los lenguajes fantásticos es otra posibilidad de postular lo mismo, es decir una variación o conjunto de variaciones del ordenamiento del universo, en tanto artificios despegados por completo de la realidad empírica, en una serie paralela a la de los artificios congéneres. La diferencia entre ambas es que estos últimos invocan y convocan (con nostalgia) una divinidad absoluta como fuente del orden, mientras que los lenguajes fantásticos proponen ordenamientos delirantes y subversivos que socavan por completo la posibilidad del cosmos, sembrando el desconcierto y la confusión, pese a su aparente aspiración ordenadora. Con este conjunto de paradojas y oxímoros se articula lo que Pezzoni, como hemos visto, llama la “estética de la contradicción” de Borges,1 o lo que Harold Bloom denomina su “agresividad estética”.2
El momento climático del embeleso que el narratario comparte con “Borges” resulta violentado por la voz chillona de Daneri. El primo ya está claramente posicionado como rival por haber mantenido una relación amorosa con Beatriz. Frente a su detestada presencia, a la estridencia de su voz, a la impertinencia de sus palabras, a la impropiedad del vocabulario, a la actitud soberbia, “Borges” concebirá su venganza: no le concederá la anhelada discusión sobre el Aleph y se dirigirá a Daneri como a un loco, recomendándole pasar una temporada en el campo en busca de serenidad.
No me pagarás en un siglo esta revelación, había exclamado el primo de Beatriz. Para Daneri, la venganza, y para la literatura, la creación de un “trozo argentino” convertido en emblema universal de la escritura de Borges, sin comillas.
Alain Robbe-Grillet afirma que los escritores pertenecen a dos tipos: los que escriben porque entienden el mundo, cuyo paradigma es Balzac, y los que escriben porque no entienden el mundo, cuyo paradigma es Camus.3 Según esta tipología, Borges se inscribiría en la segunda categoría. La incomprensión del mundo, o, mejor aún, la sospecha de su agobiante inexplicabilidad, la perplejidad y la necesidad de conjurar literariamente el caos de la realidad, el desamparo del hombre y la ausencia de una divinidad absoluta garante del orden y de la razón funcionan como uno de los motores de su creación literaria.
- El divino desorden, de Viviana Ackerman
(selección) - viernes 6 de febrero de 2026
Notas
- Enrique Pezzoni, Enrique Pezzoni, lector de Borges, compilado y prologado por Annick Louis, Buenos Aires, Sudamericana, 1999; pp. 112-113.
- Harold Bloom, El canon occidental, Barcelona, Anagrama, 1995, p. 475.
- Alain Robbe-Grillet, Préface à une vie d’écrivain, París, Seuil, 2005. Conferencias pronunciadas en Radio France Internationale en 2003.



