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La casa flotante, de Rafael Pineda: la pieza que no se ajustó en la novelística venezolana

lunes 30 de marzo de 2026
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Rafael Pineda
Pineda fue un curador, crítico de arte, pero sobre todo un erudito, con méritos siderales.

Uno

La casa flotante es uno de esos olvidos adrede que se puede percibir al leerla por estos días. De esa obra o desafío excepcional han pasado 54 años, está allí flotando, esperando que se le incorpore al inventario de las mejores novelas escritas en Venezuela en el siglo XX.

Repito: el olvido o la indiferencia adrede se impuso y es a los lectores a quienes nos toca colocarla en su sitial, ubicarla al alcance de todos.

Está allí, yace intacta en el inventario creativo venezolano, en espera de que se le haga la debida ponderación, la debida “justicia literaria”, en tiempos de esquinas oscuras donde se fragua el maltrato al idioma y se le dan formas a lo grotesco que quedarán en intenciones para la historia de la ignominia, todo bajo el paraguas empalagoso, cursi y negro de la vulgaridad ideológica, que siempre aspira, por reiteración y manejo del aparato burocrático cultural, a respirar en los predios de la creación como piezas literarias.

Regresemos. Pineda fue un curador, crítico de arte, pero sobre todo un erudito, con méritos siderales, pero es tanto el olvido y la miopía intelectual por estos lares que le comenté a una encumbrada crítica de arte que estuvo muy cerca de Pineda sobre su obra literaria y ella se mostró asombrada por dos revelaciones que le hice. Quedé frito y viendo para los lados por su estrecho universo o ignorancia. La primera revelación fue que Pineda es un poeta y narrador dotado de originalidad y rigor lingüístico que lo hacen digno de consideración, y lo segundo, que me decepcionó mucho más, fue que la crítica desconoce La casa flotante (1972), novela monumental escrita con las roturas de Angostura, con el sudor sexual pegajoso de la calurosamente mágica Ciudad Bolívar, cuna de todo y nada. Conclusión: la crítica es paja y absurdo, no todo lo que brilla es oro.

“La casa flotante”, de Rafael Pineda
La casa flotante, de Rafael Pineda (Universidad de Oriente, 1972).

La casa flotante
Rafael Pineda
Novela
Ediciones de la Universidad de Oriente
Cumaná, Sucre (Venezuela), 1972
504 páginas

Rafael Pineda nació el 17 de enero de 1926, por lo que por estos días cumple cien años de haber venido al mundo y esta nota tiene como objetivo reconocer y colocar en su sitio el talento cultivado y reconocido del homenajeado.

Ahondando un poco en este tema, el de los olvidos creativos, si usted busca en la historia de la narrativa venezolana se va a conseguir que la única novela que habla de costado sobre Ciudad Bolívar es Canaima de Rómulo Gallegos.

Resulta que La casa en llamas, de Milagros Mata Gil (Premio Fundarte 1987); La tea encendida (1987) y En el nombre de Hipócrates (1988), ambas de René Silva Idrogo, y Amargo de Angostura, de José Simón Escalona (1997), son novelas ambientadas en Ciudad Bolívar y es allí cuando abordamos La casa flotante de Rafael Pineda, premio de la Primera Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre en 1970. Diríamos entonces que es la novela que da inicio, por lo menos cerrando el siglo XX, a referentes estéticos varios, y sirve de inspiración de estos narradores que ya mencioné. Creo que Vargas Vila toca de costado Angostura con su agria y desesperante manera de narrar; hasta acercamientos leves llega por haber vivido parte de un destierro en Angostura.

Lo lamentable e importante, aparte de Rómulo Gallegos, es que en los registros no aparecen novelas inspiradas en esta ciudad. Las novelas están allí esperando a los estudiosos, y regreso con los nombres: René Silva Idrogo, Milagros Mata Gil y José Simón Escalona.

 

Dos

Siempre que empiezo la lectura de una novela suelo leer dos páginas del principio, dos páginas justo en el intermedio y una página antes del final. Esto no es original. Creo que lo copié de uno de esos lectores divinamente enfermos por los universos insondables de la novelística como lo fue nuestro gran Adriano González León, a quien se lo escuché en una de las barras de Sabana Grande con su República del Este.

La casa flotante es, creo, la primera novela ilustrada con rigor estético escrita en Venezuela y para mí mucho más allá. No creo exagerar.

He tenido encuentros con este tipo de aventuras de incorporar a los textos ilustraciones que fortalecen y trasladan a mundos mucho más allá de nuestra áspera cotidianidad. En poesía, el poeta Ramón Ordaz logró un maravilloso libro que lleva por título Grafopoemas (Fondo Editorial del Caribe, 1992), que todavía late con soltura en el ámbito de la creación literaria de Venezuela.

Volviendo a Pineda, al final de la trama narrativa ambientada en Angostura me encuentro con un arsenal de imágenes del siglo XIX y principios del siglo XX que me llevan a la novela del célebre milanés Umberto Eco, La misteriosa llama de la reina Loana (2005). Eco repite la técnica de Pineda con una gran diferencia: tres décadas de por medio. La misma consiste en utilizar revistas, cómics y periódicos para poner en ristre su infancia, mientras que Pineda recurre a fuentes similares con la debida intención de reconstruir una ciudad desvanecida, extraviada del calendario.

Estamos hablando de una novela emulada. En el caso de los narradores Escalona y Mata Gil, la manera de incendiar la pradera es la misma, reconstruir el pasado, sólo que no se logra la maestría y atrevimiento que sí logra Pineda con su manera excepcional de tratar el idioma y la construcción de los universos paralelos que subsisten para dar paso a esa obra, para mi entender, monumental, un lego que poco a poco encaja y deja al lector en esa bruma de finales del XIX y principios del siglo XX en una Angostura sucedida por la explotación comercial, acontecida de subversión política, con la muerte sin consideraciones, algo de lo que no escapamos por estos días. Una familia calabresa como eje de dónde se disparan todas las pasiones en ese ir y venir que significa la inmigración con su incansable norte, sin distracción, que llega al lugar común del trabajo infatigable y rudo, sin vuelta atrás. Hablamos de la llegada al mundo remoto del calor, el río, sus aplastantes arcanos.

 

Tres

A falta de cualquier otro mérito, La casa flotante tiene por lo menos el de haber sido la primera novela que se escribe dedicada enteramente a Ciudad Bolívar, antes y después de que Rómulo Gallegos la mencionara en el primer capítulo de Canaima (1935).

Cuatro generaciones se suceden en sus páginas, con las cuales se mezclan inmigrantes venidos de Reggio Calabria, Italia, trayendo por todo equipaje las manos recias para el trabajo, además del sustazo de abandonar un mundo planificado igualmente por el mito y la pobreza para ir a “fazer l’ América”.

Con esas manos construyeron el imperio de la harina que heredarán y ampliarán sus descendientes, hasta adquirir dimensiones fantásticas para los mismos que conocieron vendiendo cachivaches de puerta en puerta a los fundadores de una fortuna que no es otra cosa que el producto de quienes no tuvieron en vida tiempo sino para “lavorare, lavorre, lavorare”, de sol a sol.

Palabras de Rafael Angel Díaz Sosa, alias Rafael Pineda, en 1970, cuando le fue adjudicado por unanimidad el premio de la Bienal Ramos Sucre en su primera edición, siendo el jurado Oscar Guaramato, Atanasio Alegre y Alfredo Armas Alfonzo. Las obras finalistas fueron Rituales, de Eduardo Sifontes; Las inconexiones del miedo, de A. F. Gómez González, y Silenciosas y ávidas, de Oche Cazalis, tal como reza el acta el 27 de julio de 1970.

Francisco Arévalo
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