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Dos cuentos
Estaba sola, bebiendo leche agria de una copa de papel; con la mirada fija en el pequeño espacio de aire que tenía enfrente. Su olor era desagradable y su aspecto desventurado; y a la vez que balbuceaba algunas frases secretas, escupía cortos pedazos de nata que se le quedaban embarrados en los labios y los dientes. La oscuridad que se tendía por sobre la habitación celosamente se dejaba profanar por pequeñas lancetas provenientes de una ventana rota; esa misma sombra era la que cubría a la mujer de cualquier mirada tenue. Lo hacía del mismo modo en que el demonio disimula los pecados de los profanos. Con la mirada recorría las siluetas de los objetos desperdigados por el suelo: una muñeca, la parte rota de un espejo, unas bolsas de plástico negro, polvo y ratones. Pero algo atrajo su atención especialmente. Tiró la copa y se arrodilló y caminó en cuatro patas hacia la esquina adyacente que se escondía profundamente entre las sombras. Su mirada la reflejaba ansiosa. Unos centímetros antes de donde la vista le era impotente cesó su gateo y se dejó caer para atrás sentando sus posaderas sobre las pantorrillas flexionadas. Miró con el miedo y la curiosidad de un niño vacilante que se encuentra frente a una máquina enorme de hacer dulces. Con sus dedos intentaba tocar, como quien toca una manta de franela negra, pero bruscamente la recogió hacia sí misma, ahora con la vista confundida. Se tiró para atrás dejando caer las palmas de las manos sobre el suelo a sus espaldas para no lastimarse. Parecía inmersa en los pensamientos prelógicos que tejía alrededor del misterioso rincón sombrío cuando rápidamente se abrió la puerta, de madera vieja y amarilla; por donde antes solamente colocaban comida a través de una abertura pequeña cercana al suelo. Las luces que entraban eran como cien bombas que licuaban sus pupilas, que la fundían, le cegaban hasta el alma. Ella huyó escondiéndose entre las sombras, pero entraron dos enormes enfermeros vestidos con blancas batas y la sujetaron de los brazos, ella gritaba, chillaba, lloraba nerviosamente. Ellos arrastraron sus piernas, causándole heridas y raspaduras sangrantes, de piel viva. Sacudía su cabeza, sus cabellos, y gritó exprimiendo de su interior todas las vísceras, y las venas y los músculos que aún salpican a todas las paredes sucias y grasosas.
No sé cuántos golpes habré recibido. Seguramente despierto de mi inconsciencia. Mis piernas, mis brazos hinchados, mi rostro. Las horas han pasado y el frío piso de cemento me hace sentir más agudo el calambre que tengo en el glúteo. Quiero voltearme boca arriba pero no puedo, estoy cansada y mi cuerpo no responde; es roca, es un pedazo de arcilla fresca que no logro enderezar. La noche ha caído sobre el patio donde estoy tirada. Las estrellas me llaman queriendo aliviar el murmullo continuo de los dolores en mi glúteo. Ellas son libres, estáticas en un solo panel azul; y alegres, acompañadas entre sí, cuchicheando con diferentes luces y colores. La respiración se me hace fría cada vez más, congelada en un instante y vaporosa al salir. Sin embargo, trato de pararme. Balanceo mis hombros y mi espalda y luego de seis intentos elevo la mitad de mi cuerpo. Mis brazos cuelgan como simples cordeles. Mi cuello no resiste fácilmente el peso de mi cabeza. Tengo que pararme, me repito, entrecortando la respiración que hago por la boca. Mi nariz está rota. Recojo mis piernas con las rodillas en el pecho. Me balanceo una vez, otra, el dolor es inmenso que mis labios sangran de tanto mascarlos. Una lágrima asoma; cielos, el dolor de mi glúteo es sofocante. Necesito levantarme. Otra vez y no puedo. Por favor, imploro a las estrellas. Respiro rápidamente. Los pulmones se me llenan de gélido aire, sin embargo lo conseguí. Estoy alzada y puedo caminar y huir. Miro a todos lados, no hay nadie. Estoy en una clase de plataforma rodeada de hierba. Todo es oscuro, más aun que la habitación. Ahora sólo tengo que caminar, correr e irme. Es difícil mantener mis piernas con fuerza para sostenerme y movilizarme a la misma vez. El piso está frío, pero no importa para mis pies. Deben ser las llagas y los callos que tengo formados. Después de muchos metros piso el pasto que está húmedo y algo resbaloso. Sigo sin rumbo, sólo persiguiendo el horizonte que se me escapa. Cuando bajo la vista, me doy cuenta de que no tengo ropa, mi cuerpo está lleno de moretones y siento mis genitales irritados. Unos hilillos de sangre corren por mis piernas; debe ser algún corte. Desde lo hondo de mi ser nace una preocupación, un temor, un miedo inquietante lleno de pensamientos nocivos. No recuerdo qué pasó luego de que la puerta se abriera y los dos hombres me llevaran. Creo que la luz me desmayó. Corro y el dolor de mi glúteo disminuye hasta convertirse en un punzón de aguja. Es algo más reconfortante. Llego a la cima de una colina, muy cerca de las estrellas. Las miro y les digo que pronto estaré acompañándolas. Imagino que van a aliviar también el punzón de mi calambre. Cuando detengo mi huida resbalo y caigo de rodillas frente a un gran cielo. La nada se extiende hasta mezclarse con el azul borroso. Mis brazos siguen sueltos, no los he movido, sino que se han balanceado continuamente durante todo el recorrido. Respiro ahora con dificultad y la sangre que emana de mi nariz me ha cubierto en un baño purpúreo. Siento algo en el vientre, un cosquilleo que se une a mi sonrisa para con las estrellas. Por fin seré libre, seré como un astro. Mis pensamientos volarán como fantasmas, mi voz como el viento. No sentiré frío, sólo tengo que acercarme a las estrellas. Alzo la frente y un poder acogedor y extraño eleva mis brazos fallecidos hasta entonces. Desde mis palmas hasta mis pies una luz recae del cielo. Estoy viviendo un milagro, y comienzo a sentir el dolor disminuyendo. De pronto el cosquilleo de mi vientre se hace más fuerte, más brusco. Hace retorcerme y me llena de asfixia. Mi barriga se hace más grande, se hincha, y me duele. No puedo gritar, no tengo aire en los pulmones. ¡Me duele! ¡Me duele mucho! ¿Por qué las estrellas no me alivian? Ahora todos los músculos de mi cuerpo, especialmente los de mi abdomen, empiezan a acalambrarse. El dolor es cruel, mortal, y con diez cuchillos me están asesinando. Mi vientre se infla segundo a segundo, me retuerce y cuando veo, estoy en un charco de sangre. El dolor es inhumano, me quiere matar; entonces siento mucha agua que sale de entre mis piernas. ¿Qué me está pasando? Me duelen las piernas, algún ser invisible las ha cogido y las está mutilando, ayudándose de caballos fuertes que me estiran, me despedazan el vientre. Desesperada, me arrastro boca abajo hasta el borde del precipicio. No puedo más, no aguanto. Hago uso de mis últimas fuerzas y me empujo hasta caer hacia la nada. Siento el viento que me coge de las manos y los pies. Siento que me acaricia las mejillas. Siento que me ama. Abro los ojos y veo que el mundo se acerca aceleradamente. Ahora, descansando por fin, puedo entender que no viví sola todo este tiempo. Las estrellas no me abandonaron, siempre me observaban, a través de la ventana rota por donde entraban lancetas de luz durante el día y sus miradas durante la noche. Y ellas están aliviando mis dolores ahora. Cierro los ojos e imagino que se convierten todas en una mujer, una amiga. Tal vez hemos llegado hasta aquí sin saberlo; ella siempre me acompañó, yo la amo y el destino nos ha unido para ser parte una de la otra. Sí, todo esto es muy dulce... ahora todo se oscurece... Letralia, Tierra de Letras, es una producción de JGJ Binaria. Todos los derechos reservados. ©1996, 1998. Cagua, estado Aragua, Venezuela
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