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El Nan-Hu de papá

Rosa Cheng Lo

Sabes, cada noche él se sentaba sobre el taburete de madera a destilar los difusos quejidos de su Nan-Hu. Recuerdo sus párpados tan lejanos y su cuerpo transparentado por la melodía, fluyendo sin tregua entre los llantos desgarbados de su violín de seda.

Yo, desde el camastro, lo miraba con el asombro de mis manos de niña, siempre errantes en la búsqueda de su tacto. Y mamá, en el rincón de la cocina, tocaba con el hastío de lúgubres senderos la música desacompasada de sus ollas y sus platos.

Antes de medianoche, los tres caíamos colonizados por el silencio de las sábanas, vencidos por el presentimiento de que mañana sería lo mismo.

Ella, con el corazón prieto, correría al galerón del tío, plancha en mano, en un intento más por lograr que el vapor suavizara las arrugas que se aglomeraban, una a una, en su gélida esperanza. Luego, correr hasta el supermercado, pendiente del hambre, la sed y la suciedad que carcomían los muros de nuestro hogar. Más tarde, correr de nuevo a casa, para adobar con inútil cansancio el lamento nocturno del Nan-Hu de papá.

En ese mismo espacio tan permeado de silencios, él y yo nos aventábamos en busca del portal de mi escuela. A veces, durante la pérfida travesía del metro, me daban unas ganas inmensas de hablarle, para quitarle esa distante angustia de violín que le habitaba, pero nunca me atreví... Ahí me quedaba, sola, con media caricia en el rostro, esperando que fueran las tres de la tarde, cuando él aparecía de nuevo cargado de callos de carnicería, o de legumbres fritas, o de rascacielos mudos. Entonces, contábamos dieciséis estaciones hasta llegar a casa.

La cena siempre se vestía de ineludible duda. Una duda frenética de cuentas por pagar, de faenas al filo del fracaso, de plazos agotados y de sacrificios a punto de claudicar. Después de los reclamos llenos de preguntas de mi madre, él se sumía en su ceremonial de acordes en fuga. Lenguaje del alma que acallaba discusiones, pero que nunca saciaba el diario abismo de aquella incertidumbre.

Un día, ella habló y habló en susurros contenidos de furia, pero papá no hacía más que acariciar su violín de seda y piel de serpiente. Un espíritu sombrío entró a nuestra habitación y el Nan-Hu se deshizo, al igual que mi padre. El cilindro se fue rodando hasta la cocina, las cuerdas saltaron retorcidas y el arco se hundió en la penitente sombra del basurero. Los pedazos del instrumento se mezclaron con las ropas de su dueño en la maleta de cuero. Cuando él cerró la puerta, el silencio de la luna avanzó por nuestra soledad de pañuelo y lágrima, y no ha sido sino hasta ahora, que lo vuelvo a ver.

Ahí está, sentado en su taburete de madera, alimentando la apatía de los pasantes del metro, tal y como lo recuerdo, con esas notas, algunas aquejadas de indelebles mariposas en los charcos del crepúsculo, otras, llenas de acantilados de cerezos con faroles a la distancia.

Aquel instante me hizo recorrer toda la geografía de nuestra ausencia, como si la ruta de los últimos quince años se comprimiera en ese solo instante. Lo veo, y en las canas de su barba se reflejan los laberintos que aún carga sobre las espaldas. Me quedo asombrada y conmovida. No sé que hacer, pero tú, testigo reciente de mi vida, me aprietas la mano y me conduces frente a él. También estás emocionado, pero lo tuyo no son más que ansias de turista ante las novedades de la gran ciudad.

Mencionas un montón de cosas sobre su música y su habilidad, y luego algo acerca de que nunca habías visto un pordiosero chino. ¡Claro, vienes de un país en donde parece que todos los chinos son ricos! Sacas de tu bolsillo un par de monedas que vas a tirar a la escudilla de plata que implora al lado de su silla. En ese momento, encuentro en su mirada esas medias caricias que se quedaron cautivas entre las cuerdas del Nan-Hu, veo en el trazo de su frente la desconocida alegría que aprisionaba tras los párpados. No te cuento nada acerca de él, lo dejo para más tarde. Te digo con cariño que no es necesario darle dinero. Me reprochas con la curva de tus labios. Repito suplicante que no tires las monedas, que con aplaudir bastará, y entonces, comienzo a aplaudir...


       

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