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Ordalías del agua

Luis Armenta Malpica

No recordarás lo que viste / en tu sueño.
El recuerdo flotará en tu corriente sanguínea
como un poema que alguien / mandó al agua
tan aterrado por lo que sintió
que no lo mostrará a nadie, sólo al agua.

Robert L. Jones

Tu cuerpo es la botella de los náufragos.
Y tiene un barco —a escala—
en las costillas.

Lo sabes.
Recuerda que yo dejé mi piel antes de los treinta años
encima de la tuya.
Que nos cubrimos juntos en las noches de invierno
con la (única) fogata de los labios.
Mirábamos llegar la madrugada con su áspero galope.
Venía como de un sueño.
Me viste abrir los ojos, para decirte en olas la sed que me asfixiaba.
Y prendiste tus velas para que yo —tan ciego—
supiera de tu altar
(la otra liturgia).

Mis ojos son tan frágiles que no recuerdo océanos anteriores a los del quattrocento.
Creí que mi deseo tenía la lengua doble de la iglesia
(sus colmillos y escamas).
Pero mudé mis dientes. Y en el año noventa —del Señor (que apenas conocía)—
me bauticé en tus aguas.
No recuerdo quién eres, ni de dónde
zarpaste.
Sería alguna península de Europa —quizás Grecia...
aunque tus pies tienen la forma egipcia—
una gruta de Krynn (tierra de draconianos) o ese peñón ignoto
de los mares antiguos que hoy ninguno transita.

Naciste de un solo golpe de olas
en el año miliuno.
Eres el sueño de alguien que no sabe tu nombre.
   (¿Qué nombre le pusiste?)

Sentí que entre tus brazos mi reflejo no era el de la serpiente.
Ya no la espuma turbia golpeando entre las piedras.
No más ganarle arena a los relojes.

Mi corazón era un acorazado con los torpedos listos.
El puerto debajo de tu espalda nunca creyó en la guerra o el tráfico de esclavos.
Intercambiamos besos y miradas —hojas
incienso y mirra.
Con unos cuantos nudos recorridos (desnudos más que nunca)
nos anclamos.
yo sé que terramar es tu destino.
Bitácora del tiempo, en el caparazón de la tortuga
gira el mundo, la historia: todo lo que hoy sabemos de las cartografías.
en su espejo miramos lo que el recuerdo trajo de la sangre
de los antepasados: dragones —de la estirpe dorada—
como fueron Cuelebre y La Tarasca.
sé que lo has olvidado.
la sangre de los hombres es efímera: tierra de manatíes
—las míticas sirenas—
mar de fondo.
la tarde
también se desangraba del paso casi inmóvil que daba la tortuga
(a quien no venció Aquiles).

Qué lentos caminamos con nuestra piel a cuestas.
Unas veces a rastras, otras por un mordisco
el amor será un veneno blanco cuando nos abracemos.

El hombre también sostiene un mundo.
Enfrentémoslo: a solas, inmóviles
tampoco el mundo gira.

Lejos están de mí las aporías.
Lejos, Zenón de Elea.
La rosa (miniatura) de mi sueño cabalga tus arterias
al dar las doce en muerte.
En esa yegua de arce (tu caballo de Troya) abandonas el barco
y el periplo. Encallas en la almohada los últimos vestigios de tus alas.
Lanzas la fumarola que no dirá mi nombre sino el de ambos.

Así recuerdo todo: las ordalías del fuego.
Somos la escritura rebelde que el agua no se lleva.
Las cuatro vides que conforman la página.
Los días encabritados. Algún verso encendido.
¿Sabes adónde vamos? ¿Me recuerdas?

Eres el cuerpo frío que yace ahogado en sangre en la orilla del mundo.

Un barco de papel sobrevive en las olas del costillar del cielo.
El silencio quebrado por alguna botella (lanza de luz:
tu boca) con rumbo a mi garganta...

Este atrio, cubierto de migajas, aguarda a las palomas (de tus manos).
Ahora doblo mis ojos para mostrarte el rumbo.
Abandonas el barco de mi sueño, el divino bajel que Dios puso en el agua
y besas esta tierra que soy —agua que fui, para olvidar el mar.

Y despertamos juntos
en el sueño de Dios (tan asombrado
por lo que Dios ha escrito).


       

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