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Una mano capaz de todo

Rosa Elvira Peláez

Delante de una pistola siempre hay un posible muerto. Basta que un pequeñísimo desliz ocurra en tiempo o espacio y se conjugue con alguna breve alteración del ánimo para que el arma bautice a alguien; como sólo un arma es capaz de querer. Cuando hay razones poderosas, detrás del gatillo puede haber un asesino. Esto lo sabía cuando me agencié la pistola. Lo que no sabía era quién estaría detrás y quién delante.

Necesitaba toda una botella de ginebra para escurrir la memoria, para que los recuerdos de mi historia harta de estupidez se largaran a caminar por ahí y me dejaran solo. Pero sé que no se iban definitivamente. Cuando pasara la embriaguez, me acecharían de nuevo. Tendría que cortarme la cabeza para echarlos, lo he pensado. Mejor sería morirme, y descansar.

Uno nace loco, se vuelve loco o simula ser loco. Lo mejor es nacer loco, se evita sufrir. Por falta de plata me fui enredando, como esas brisas tontonas del verano que de pronto se trocan en tormenta: entré en negocios vedados para la tranquilidad pero me sentía muy piola. Hubo un solo defecto por partida doble: el entusiasmo no me duró lo suficiente ni obtuve los beneficios que calculé. Ahora sé que calculé mal.

Sin darme cuenta, una deuda por aquí, otra por allá, y más deudas, más, sumándose. Una suma que restaba a mi vida. Lo que me pagaban no me alcanzaba para mi pasión por el juego, y ya sabemos, uno se quiere hacer el vivo, promete y cuando no tiene más nada que prometer, escurre el bulto, cree que va a zafar, pero no hace más que hundirse y hundirse, revolcándose entre las deudas, la huida y el miedo, sobre todo el miedo. Ahora sé que tengo miedo.

Así, a los tumbos, uno se vuelve loco. Toda la vida se convierte en una trampa. La inseguridad y la desconfianza se hacen nuestra sombra, y nuestra sombra lo que proyecta es un cadáver. Ningún reloj nos sirve para el futuro. No tenemos tiempo. El golpe nos espera en cualquier momento y cualquier lugar es bueno para despedirnos. Nos hemos ganado ese golpe y no debemos esperar compasión. Ahora sé que no hay compasión.

En un estertor de valentía, amenacé a mis perseguidores con denunciar sus negocios. Amenacé con nombrar al peje gordo, aquél que manejaba todos los hilos sin dejarse ver. Porque yo sabía mucho; sabía mucho y ya estaba loco. Loco y cansado, engullendo miedo a todas horas. Fue entonces cuando apareció la propuesta de aquel comisario: si aceptaba ser testigo, me darían protección, otra identidad, otro punto para anclar mi vida, otro proyecto de vida. Ahora sé que mi vida pasó.

Hablé durante horas y horas, como nunca imaginé poder recordar y moldear con palabras. Dije el nombre que nadie pronunciaba y aporté datos. Al finalizar, respiraba mejor. Me sentí mejor, desahogado. Pero qué importa lo que uno sienta... Mientras yo hablaba, ellos sabían.

Tenía que esperar, me dijeron y pensé que los tiempos de la justicia son extraños para el calendario de las urgencias de los hombres, como si la justicia nos fuera ajena. Tan ajena. Y para la espera, hasta que avisaran, el comisario me dejó en un olvidado motel en las afueras de Campana, habitado por las moscas y un viejo sordo y huesudo que caminaba rechinando las suelas. Allí estaría bien.

Me quedé solo, con mis miedos y con la esperanza recién nacida por las promesas del comisario amigo y del juez que llevaría el caso hasta sus últimas consecuencias. No importaba quién era, importaban sus motivaciones para cumplir con lo que debía cumplir. Sin más vueltas. Por confianza me quedé también con mi pistola, mi protector, adorándola por su oscuro destino, desentendiéndome del muerto que podría estar frente a su cañón, no dudando de quién estaba detrás del gatillo. Ahora sé que me quedé dormido.

Desperté cuando la botella vacía de ginebra estalló en los barrotes de la cama. Cuando la hicieron reventar. ¡Molesta la luz de la lámpara! ¿Qué hora sería?, fútil pregunta que me hice, como suelen hacer todos los que despiertan súbitamente. ¡Cómo si importara la hora! Un rostro desconocido me encaró con furiosa frialdad: ni una mueca, ni una mala palabra, ni un gesto airado.

 
 

Solamente unos ojos azules que parecen inmensos por los lentes, me miran traspasándome. Una mirada enojada y despectiva. Es un tipo distinto a los que yo conocía de la banda, no encaja en esta habitación, frente a uno como yo. La voz se presentó con un cortante "¡estúpido"!, y avivándome a duras penas, simulo que estoy loco y empiezo a dar volteretas sobre la cama, tanteando debajo de la almohada, buscando mi pistola. Ahora sé que no está. Ahora sé muchas cosas, total, ¡pa'lo que me sirven! El arma no estaba, me quedé dormido, ellos sabían, mi vida pasó, no hay compasión, tengo miedo, calculé mal, debía morir... Para descansar. Tanto lo he deseado que ahora odio la idea.

Desconozco quién es el que está detrás de mi arma, pero sé que el muerto seré yo. Ese señor no tendría que estar detrás del gatillo. Pero está, tan cierto como que estoy consumiendo mi último aire. Siempre he creído que uno debe ser consciente de la situación, por muy mala que venga la mano. ¡Qué ironía! ¡Mira que decir la mano!

Mientras su mano izquierda sale enguantada de adentro del bolsillo del saco con mi pistola y los ojos miopes me escupen la sentencia, repitiendo "¡estúpido!", pienso rápido, rápido, miro hipnotizado la marca de quemadura en la piel que asoma por el guante y recuento la historia que me lleva a este momento como rápido sale el disparo que me confirma, en la justa medida de mi postrer aliento, que mi sombra era un cadáver desde hace mucho y que no hay reloj capaz de medir mi futuro.

¡Pucha, la puta que te parió!, grito sin alcanzar a oírme.

 
 

Descuelga el teléfono. "¿Todo bien?", le preguntan desde el otro lado. "Todo a tiempo", contesta. "Le deseo un feliz Año Nuevo, señor juez", le dicen. "Ya estoy celebrando, señor comisario, tenga usted un buen año también", responde y corta la llamada. Enciende con calma un cigarrillo, con los dedos de aquella mano marcada por el fuego. Una mano capaz de ir hasta las últimas consecuencias.


       

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