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7 de junio
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Letras de la Tierra de Letras

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Tres poemas

Adalberto Guerra


Casa de Occidente

Frente a mi casa de occidente
donde nada es real
ni la paz ni la luz que cuento,
se detienen los trenes en la noche,
atormentados hombres viajan en busca de una flor
o en busca de algo sencillamente vivo.
Frente a mi casa de occidente
vienen los suicidas a posar para la prensa su último desnudo,
danzan al compás de diabólica música,
chillan de gozo bajo las máquinas que van ciegas hacia la bruma,
mañana la ciudad es noticia,
la nebulosa esperma de fama crece,
los soñadores se acuestan en las calles,
la música ahuyenta los insectos, los pájaros del parque,
los ancianos trémulos se aferran a sus estampillas,
los cementerios, los puentes o cualquier lugar
por donde pueda entrar la buenaventura
o la muerte disfrazada de benévolo ángel del suicidio.
Nada retorna a su origen, ni tu país ni el sueño,
ni esta ciudad será mañana ciertamente la noticia
aunque me tienda en los rieles a esperar paciente
la acerada máquina del sueño.
Finísima red es la que atrapa la niebla del sueño
y a los cuerpos que van sin aparente rumbo,
que emiten sexuales     S.O.S,
que adjuntan fotos a los postes del alumbrado
o se encadenan a los autos policiales,
caras jóvenes colgando de la cuerda de humo de la marihuana.
Desde mi soledad, yo péndulo estático,
los miro con cierto asombro,
los escucho sin entender palabra alguna,
veo la falsedad del ovejero acomodado en su flauta
siempre confiado en el retorno de la magistral oveja guía,
veo venir un tiempo en que intentando buscar la libertad
avanzarán a través de la noche
despertando en cárceles repletas
de locos buscadores del eléctrico alba,
que después del alba buscarán la noche con premura
para esconderse en el llanto de sus aposentos
clamando por una intoxicación definitiva,
los veo retorcerse por los alargados manicomios del alma
vomitar sobre las tumbas,
tambalearse sin encontrar una puerta que se abra
un agujero que los entierre
y así de muertos volver al consecutivo círculo
de la vida y la muerte
y de la nada que es contar los pasos que faltan
para que se los trague la deseada boca del abismo.
Puesto estaba yo antes de nacer como un péndulo
en el equilibrio ciego del tiempo,
como Dios indeciso
o como un hombre que no ha nacido nunca
pero puesto a mirar su nacimiento
desde el enfermo vientre de América,
y estaba América bajo la cegadora luz de la pobreza
que iba alumbrándole los minuciosos huesos,
y vi en las puertas de las cárceles
a carceleros perseguidos de la noche a la noche
por incesantes gemidos de mujer,
que para silenciar sus alucinaciones
se disparaban en el cráneo
y seguían gritándoles de lejos o riendo
hasta apagárseles la tormentosa maquinaria del pensamiento.
Que amontonaron innumerable basura humana
para la hoguera celestial del ascenso de sus almas
o se lanzaron de los altísimos puentes de la imaginación
hacia el vacío real del tiempo,
que creyeron haber muerto
y ningún ángel o demonio se prestó a conducirlos
por el presunto camino que hay de América al cielo.


Un tembloroso ángel anda en mí

Un tembloroso ángel anda en mí
apuntalando esta perpetua imagen de la miseria,
esta es la transmigración sucesiva
de su imagen en mi imagen,
y me dice: "Ve y mira sobre el muro de la ciudad,
escribe y sella cuanto has visto,
porque cuanto has visto será para mañana tarde
nombrarlo como quien nombra
lo que hasta ayer fue carne de su carne".
Sobre el muro de la ciudad miré y nada había
y a la ciudad volví buscando fortuna y aposento
y se volvió en mi contra la ciudad y en contra de ella misma,
fui muerto allí, no recuerdo en qué año,
por confusión o mandato de Dios,
y al volver la vista nada había
ni ciudad ni muro ni había muerto
y el ángel volvió a decirme:
"Inclínate sobre el fuego y mira,
escribe y sella cuanto has visto
porque cuanto has visto será para mañana tarde
nombrarlo como quien nombra
lo que hasta ayer fue carne de Tu carne".
Y al fuego presuroso fui buscando mi visión,
no vi más que un fuego inmaterial
en el que incrédulo dancé como acerado péndulo,
y en la mañana siguiente
extraños hombres recogían mis cenizas,
mas no me detuve a meditar lo visto
mi cabeza andaba sobre mis pies
y mis pies iban
ligeros como quien anda sobre salvaje bestia.
Nada fue como la contemplación de un día tras otro
porque escuálidos vi cargando
los grises ataúdes de otros hombres
por pestilentes calles vacías
sin máquinas de música en los portales
sin pan ni laberinto de feria,
sólo una mortaja gris tras otra
y nadie respondía a la pregunta
de por qué se está muriendo la ciudad.

Míseros parques de la deambulación
donde vacíos cuerpos van hacia la imaginaria noche,
que bajo el asmático gélido de un saxo
atraviesan en su visión mental
los muros de los reclusorios,
que sin estar recluidos planean fugas
o se cortan los brazos en protesta o se suicidan,
que comercian con sus almas
y en las noches van rastreando un aposento,
que padecen de insomnio
porque inminentes noticias de derrumbe
y la ciudad es piedra sobre piedra.
Oh, enormes avenidas del país santo...*
he vuelto a la meditación en tus columnas,
hundido en tu pobreza voy reconociéndote,
en tu silencio hay pájaros picoteándose el alma
y dudosos pájaros tranquilos que me miran.
Oh, enormes avenidas del país
abiertas para esos fantasmas de la noche
que escriben libertad en las paredes
que en las paredes viven
y regresan callados a sus tumbas
a esperar sucesivamente a que anochezca.
Yo te he visto, libertad fantasma mío
como un quieto cordero
esperando la mano que te glorifique.
Oh, santa libertad, hoy te he buscado
por las enormes avenidas del país y ya no estabas
y busqué la fe que sostenía la ciudad y estaba muerta
y muertos los predicadores de lo eterno
y los predicadores de la muerte misma.
Vi manchadas las puertas de los abismos
y las puertas de las avenidas con señales de sangre,
la sangre es la revelación exacta de la muerte
y he vuelto a la meditación sobre la muerte
contemplando las ruinas de la ciudad
que era puerta de los pueblos.
Oh, extraña sensatez de la locura
que me permites contemplar sobre estos muros
el tembloroso ángel que anda en mí
apuntalando esta perpetua imagen de la miseria.
Oh, miseria te veo venir y entrar en la ciudad
con la apariencia de una hermosa mujer,
pero yo soy un viejo animal y te conozco.

    * Arthur R.


Cazadores de la sombra del ave

Estando echado como un perro en la frialdad de adentro
siento los garfios de la inmundicia clavarse hondo,
apenas siento el dolor, sino el sonido
que atraviesa la noche como un pájaro
me duelen los sonidos que desgarran el perro
y la melodía del garfio que hunde en su carne,
me duele más la noche y el aullido del perro,
y el sonido de algún que otro recuerdo.
Yo fui alguna vez un perfecto animal,
recuerdo haber estado entre los mansos cuervos
yo era un cuervo, sí, un cuervo azul o negro,
un cuervo de raro plumaje que fue cazado por hombres,
yo fui un cazador de cuervos
y el perro del cazador,
yo fui yo algunas vez antes de que este dolor fuera,
yo amamanté a mi madre
con la leche de las cabras que pastoreaban
en los cerros de mi imaginación,
cuando nació enferma,
cuando nació perdida en una enfermedad llamada época,
mi madre aún está perdida en su enfermedad,
mi madre aún habita en el espasmo
y yo la amamanto y la saco al sol como a una manta húmeda.

Estando echado como un perro en la frialdad de adentro,
mi madre se sienta en medio de la noche
a espantarme los fantasmas de la niebla,
y envuelto en un blanco mantel o en mi fiebre congénita
o envuelto en mi muerte, viajo hacia adentro,
evadiendo envolturas de linos, peces muertos, evadiendo la luz.
Todo lo que cuento aquí es cierto
ocurrió aún antes de tener memoria o madre
aún antes de que los ríos abortaran peces ácidos,
después mi nacimiento en un planeta rojo
que supe con el tiempo era una isla,
donde me dio a luz mi apagada madre,
donde mi madre coció el ácido pez de la discordia
con fuego imaginario,
porque de hecho faltaron candelabros,
llamas que encendieran la vida o lo encendieran todo.
Esto ocurrió sin fecha exacta
porque antes contábamos los años por los árboles
y han talado los árboles
esto ocurrió hace tiempo y justo ahora regresa a mi memoria.

Retomo estas memorias como ciertas
las acomodo en mí para que duelan menos
las escribo para olvidarlas.
Si olvidarlas fuera como empezarlo todo,
pero tengo el garfio de la inmundicia clavado en mi carne
y mi madre llora, reza por mi fiebre,
me acomoda la cabeza sobre una filosa piedra y lo agradezco
porque así dormido voy quedando en la muerte,
en la sombra del pájaro que va y vuelve
y penetra en mí para quedarse.


       

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