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Poemas
Rafael Boró Díaz
I
La estatua se movió una vez
asustada fragilidad de piedra desnuda
empapada de un rubor antiguo.
Su dicha es liviana, e inmensamente blanca
aspira misticismos de otoño, y sólo
en su propio espejo es capaz de verse.
Yo le pedí: vierte tu transparencia sobre mí
funde tu escarcha con mi corazón
aliméntame con tu respiración eterna
llévame al lugar de la vibración perfecta...
Luego —sólo el polvo desvaído
(y tan absurdamente irreal)
lluvia que tiñe de añil la nostalgia.
II
Definitivamente profunda,
al albor de nuevas escarchas
yace la compasión.
La estrella del amor es baluarte firme
de la esperanza en la regeneración.
(Mientras, campos enteros de sufrimiento
esperan ser atendidos,
reclamando una gota de pureza
para aliviar su desdicha.)
La incomprensión es densa, impenetrable...
Al compás del martirio nacerán hombres nuevos.
III
Simiente
Lenta hasta la extenuación
Ocaso de voces extemporáneas
Estruendo de margaritas muertas
Profundo rostro que se aleja con una mirada de metal
Déjate ver por mí —dijo
Acerca tu ser al vacío
Late un poco más despacio
Mi sed de ausencias nunca se apagará
—siempre vibrará por ti.
Déjame soñar
(pájaros desterrados)
junto a tu muerte.
IV
La rosa blanca de tus superficies
aquietó su constancia callada
agitó mares
golpeó sombras
derritió nubes
Probablemente no existan más almas
cansadas
tras la ventana vidriosa.
Tu cuerpo erige pilares
perfume de dilaciones
quietud transparente
océanos de alternancia.
La rosa te miró y ya no estuvo.