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Bruno Kampel


El domingo

Fue, cuando menos, una decisión inusual: quedarme en casa para disfrutar la noche del domingo en buena compañía.

Para conmemorar el hecho preparé algunos bocadillos dignos de aplausos, los que saboreé con el mismo placer animal con que el orfebre borda sus filigranas y el banquero cobra los intereses.

Sí. Devoré docenas de versos, mezclados con café francés de la zafra del 85, y sazonados con algunos sorbos de champán de Brasil, recién molido, mientras las llamas incandescentes susurraban despreocupadas en el hogar junto al cual la noche pacientemente tejía su estrategia. El ambiente no podía ser más sugestivo. En un rincón, reclinado sobre la vitrola, Nicolai Rimski-Korsakov acariciaba sensual e incestuosamente el cuerpo tembloroso de Sheherazade, quien calladamente gritaba pidiendo más. Yo, sentado en el sillón junto a la chimenea, totalmente hipnotizado por el clima que la ocasión había fabricado, leía y releía, de manera orgásmica, cada uno de los poemas, bebiéndolos gota a gota, saboreando cada estrofa, lamiendo cada verso, descifrando cada enigma, violando cada silencio, al mismo tiempo en que Astor Piazzola, después de una entrada apoteósica en escena, sacaba una orquesta de dentro del sombrero y empezaba a musitar un tango atípico y disonante.

Las hojas del libro empezaron a desfilar en una cadencia erótica y semántica, hasta que finalmente entendí, cuando el pubis de la madrugada se sentó a los pies de la chimenea, exhausto de vagar por la oscuridad en busca del amanecer que lo desflorase, que todos los poemas, independiente de quién los haya escrito, contienen una lección de vida, y otra de sensibilidad, y una más de profundidad.

Después de cerrar el libro y recuperar el aliento, me levanté, y mirando hacia el rincón donde la vitrola dormitaba, vi que los dos que antes se acariciaban, ahora flotaban desnudos, abrazados, atados el uno dentro del otro, bailando al compás del eco de la música sin raíces que los poemas habían plantado en las macetas que adornaban los balcones del amanecer, iluminados por estrofas de todos los colores.

Piazzola, vistiendo una mirada lánguida y nostálgica, lloraba de emoción mientras escuchaba el tarareo arrítmico del fuego, que crujiendo desafinadamente, transformaba en humo las partituras que nunca fueron ni jamás serán escritas.

Entonces, al ver y oír al lunes golpeando impaciente en el vidrio de la ventana, abandoné el palco, dando por concluida la velada, dejando caer el telón del alba sobre la madrugada que agonizaba sin remedio.


El regalo

Fui a la librería a comprar un ramillete de versos. El floricultor que la atendía me dijo que no quedaban más. Pero no me rendí. Fui a la florería y pedí un libro de jazmines oliendo a poesía. El editor se excusó amablemente alegando que ese libro se había marchitado. Terco como soy, entré en el circo para comprar la tristeza del payaso, pero el domador de ilusiones sólo quiso vender la caricatura de su sonrisa. De allí fui hasta la maternidad para comprar un poquito de ternura. La partera de turno me dijo que tal sentimiento sólo es encontrable en el útero de algunas poesías. Entonces, frente al dilema de parar o seguir, decidí continuar la búsqueda, porque deseaba mandar un regalo que significase algo más que una pequeña muestra de afecto. Sí, busqué algunos gritos de felicidad, pero sólo encontré gemidos de segunda mano. Intenté encontrar suspiros de placer, pero el tendero sólo tenía silencios que no paraban de gritar. Revolví todos los estantes buscando un vino añejo hecho de sudor nacido en el deseo y de lágrimas lloradas en la emoción del encuentro, pero apenas hallé botellas vacías que pacientemente esperaban por la mano que las llene.

Y así, de estante en estante, de tienda en tienda, de barrio en barrio, agoté todas las posibilidades, ya que en la ciudad sólo sobraron sin mácula las esquinas de la vida, las plazas de la esperanza, los árboles impávidos, y los nidos sin candado en los que habitan los pájaros sin tristeza.

Por eso, no tuve otra alternativa. Ojalá que puedas usar la esquina que te mando para esperar sin temor a que el semáforo de la felicidad se ponga verde de alegría; la plaza, para que en ella puedas deshojar la alegoría de tus sueños en flor, recitando mariposas de todos los colores; los árboles, para que den sombra a la inspiración, siempre que ella visite el jardín de tu memoria; los nidos, para que en ellos florezca el gorjeo que tu sensibilidad entone en prosa y verso; y los pájaros felices, para que sobrevuelen los paisajes que tu imaginación cincele en sus retinas.

Fue lo único que encontré para mandarte. Sé que es muy poco, poquísimo, pero, como traté de explicarte, fue lo único que encontré para mandarte.


La premonición

Los años que fabricamos día y noche, noche y día los consumimos, como si fueran el epílogo del preámbulo, y los usufructuamos tan intensamente como si de ellos fuéramos amantes.

Los años son pétalos de la flor que somos, la cual vamos deshojando como si estuviera hecha de corazón y sudor, de amor y pasión, de ternura y sensibilidad. Y cada pétalo que cae lleva con él un poco de nuestro ver y entender, de nuestro sufrir y reír, de nuestro amar y perder, de nuestra esperanza. Pero quedan los otros, esperando la llegada del rocío que el alba teje sin descanso, para saciar nuestra sed de vivir, para alimentar nuestro deseo de felicidad; para masticar todas nuestras esperanzas. Así está escrito entrelíneas en nuestra vida, y también en los titulares de primera plana de nuestro futuro, y, cómo no, en las instrucciones de uso de nuestra alma.

Sí. Llegará el momento en que todas las heridas abiertas cicatrizarán al compás de un poema interminable, que recitaremos a los cuatro vientos —postrados a los pies de las estatuas de los fantasmas que vagan sin rumbo por los callejones de nuestra mitología interior— para que sus versos se escuchen y sean entendidos por griegos y troyanos, por semitas y camitas, por serios y dementes, por sabios e ignorantes. Será un poema insonoro, un silencio de felicidad, un mutismo de alegría, un callar de emoción, un discurso sin palabras. Será un cantar sin rima ni verso, sin ton ni son, en el que diremos que sí, que el Amor encontró nuestro camino y finalmente gobierna soberano en el territorio de nuestra emoción, en el ámbito de nuestra sensibilidad, en el universo de nuestro cotidiano.

Recién entonces descubriremos que somos el prólogo del paraíso, los verdugos del desamor. Comprobaremos que, con tan sólo quererlo, podremos transformar la lágrima en canción, el dolor en verso, la carencia en plenitud, la angustia en risa, la oscuridad en fe. Entenderemos que somos capaces, con apenas desearlo, de transformar la esperanza en realidad, el proyecto en resultados, pues somos el lápiz con que la vida escribe nuestro destino; y también el papel en el cual la mano de ese destino dibuja nuestro futuro. Somos, en suma, producto y factor, causa y efecto, todo y nada, mucho y poco, grito y eco, y, sobre todo, no pasamos de ser lo que un día fuimos, y nada más seremos de lo que somos hoy.

Cuando entendamos que somos lo que somos y no lo que pensamos que somos, entonces, como en un cuento de hadas, viviremos felices para siempre.


       

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