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Cuentos
"...y cada vez peor, y cada vez más rotos. Luces de neón se abalanzan sobre los adoquines de una avenida que, impúdica, lame el cordón de la vereda. Pierden la batalla y apenas iluminan los ronroneos de los autos y las motos. A cien metros, fagocitada por la arboleda y la negrura, una calle se complota con los cercos y las parejas adolescentes que de pura miseria, la utilizan de albergue transitorio. Es un barrio de veredas anchas y baldosas color del tiempo, donde se entrecruzan los paraísos y los clubes sociales que adornan con bombitas desteñidas, la soledad de los carnavales y el truco de los viejos. Una calle más, en un barrio más. Y, dentro de ellos, una casa baja que en el frente tiene rejas, y un cuadrado con begonias y rosas enredaderas. En este jardín, un enanito de yeso se aferra a la carretilla y persigue inútilmente a un cisne. En la casa, una mujer tantea sobre la mesa de noche.
Roxana Valdemar enciende la luz del velador. El reloj marca las veintitrés y treinta. La respiración agotada del ventilador de techo se mezcla con el aire caliente y las penumbras del cuarto. La cama, semideshecha, se hunde bajo el peso de la insatisfacción; y el algodón de las sábanas amortaja un proyecto en común. Roxana Valdemar, tendida sobre el lecho, cuarentona, todavía hermosa, cierra los ojos y abraza, con fuerza, su odio contra el pecho. Suspira. Piensa en Ernesto, el arquitecto de sus días grises y sus noches en blanco. El incapaz de hacer de la pasión una cometa loca y remontarla, porque sí, a cualquier hora. El manco para desparramarle hormigas en la piel y bordarle alas en el espíritu cuando los años, con su fatal ronda de hastío y desilusiones, se convierten en yunque sobre el que se deshilachan los sentimientos. En definitiva, una caricatura punzante del tipo que al mediodía, por la tele, le hace transpirar el alma. Y, a veces, también el cuerpo. Se oye correr el agua de la ducha. El ventilador gira como una noria quejumbrosa. Las paletas dibujan sombras en el cielo raso y disimulan, con sus dedos "made in Taiwan", la mancha que denuncia una filtración. En la moldura de yeso, un hongo se disfraza de pelusa blanca. La vida, una vida de pelusas, huye y se dispersa. Los sueños ruedan, gimen y se metamorfosean en una realidad envenenada. Roxana Valdemar, encrespada sobre el lecho, todavía hermosa, siente que es demasiado joven para morir así.
Ernesto Sánchez tararea. Bajo el chorro de agua, se frota con una esponja vegetal los brazos y la espalda. Sus recuerdos corren hacia el desage y se arremolinan junto a una melodía que, desde hace mucho tiempo, sólo se escucha en la nostalgia. El almanaque quedó en los huesos. Sobre él, como un túmulo, se amontonaron los años. Cambió el paisaje y la gente que lo construye. Pero el hombre en la ducha, semicalvo y con el vientre desafiante, se resiste al plan del universo. Durante tres minutos olvida que se esfumó el amigo de la infancia. Tampoco asume que el cuarto adolescente, con sus secretos, cayó bajo la piqueta del adiós. Y durante tres minutos —¿a quién perjudica por eso?— intenta ser feliz con música que nadie canturrea, y una piba linda que lo llamaba "Tito" en un cuarto empapelado de juventud. Se busca y se arma de a pedazos, con costuras que denuncian heridas, y se dibuja una mueca de optimismo sobre el tembladeral. Aunque para construir esta felicidad, endeble como castillo de naipes, la tenga que jugar de otario empecinado. El masaje del agua, esa noche por casualidad abundante, despeja la tensión de la espalda. Ernesto seca su cuerpo. Evalúa la calvicie y se aplica la loción que Roxana dejó en el botiquín mientras le apuñalaba el orgullo con una frase exacta: "para ver si te ocupás, un poco, de vos. Y ya que está, de mí también". La redecilla que junto a los ojos y la boca avanza implacable, le devora los rasgos. Ernesto deja de ser el "Tito" de los fogones, el de la risa fácil y las manos ávidas de muslos que se cerraban con sonrojos, el que montaba el viento en pelo porque era taita en cualquier trance, se impone olvidar, emerge de los treinta años transcurridos, y regresa al dormitorio. Y allí, Roxana ausente. Roxana girando alrededor del ventilador barato, perdida en la mancha del techo, mutilada entre ruinas. —Tenés el baño libre. —Ya me di cuenta. —Te digo por si... —Yo sé cuando voy a ir a bañarme. No jodas, Ernesto, ¿querés? —¡Qué humor de m..! Ernesto mira el dormitorio, alza las manos a la altura del pecho. No comprende... (¿no comprende?) Los insultos lo empujan hacia la cama; hacia la cama inerte, el matrimonio bucólico y las caricias repetidas de memoria y sin mucha convicción. —Andá, andá; y dáte una ducha de agua helada. Es una escena marcada —hasta el hartazgo— por el director del teatro. Roxana juega su rol a conciencia. Arroja las sábanas y enarbola su única defensa: mira burlona, resopla y se envuelve en un deshabillé de seda negra. Todo el rencor del mundo se va tras sus chinelas.
Ernesto amasa con dedicación sus deseos de ahorcarla. —Catorce, dieciséis horas arriba de un colectivo arruinan los riñones de cualquiera —piensa—. El tránsito te enloquece, perdés la vista, ganás una úlcera y los reflejos se te hacen humo. Después te gritan ¡bestia! Te quisiera ver a vos, princesa de telenovela y bizcochos de grasa. Yo vivo entre insultos, amenazas, aguantando olor a chivo... ¡Todos son Reutemann!, todos te dan clases, pero el bondi... lo manejo yo. El clima es insoportable —la soledad de a dos, es insoportable—. Se estira; transpira y las sábanas, húmedas, se vuelven una venda pegajosa que lo momifican. Gira y acomoda la almohada a la altura de la nuca. El ventilador emite un sonido que lo fastidia, pero igual se duerme. Casi de inmediato, se ve manejando el Mercedes Benz 1114 que está a punto de condenarlo a una viudez prematura. El coche es un pandemonium. Voces exigentes, destempladas, escalan el estribo, tocan bocina en los oídos de los demás, aletean como mariposas de la muerte ciudadana. Una chica bien vestida le pide que haga bajar al degenerado que la rozó. El degenerado pregunta cómo puede ir hacia atrás sin tocar al resto de los pasajeros, cuyas piernas, brazos y lenguas asoman por las ventanillas, la luneta trasera y las ruedas que giran, y giran, al lado de cada uno de los asientos. Los pasajeros toman partido por uno u otro, pero ninguno por el chofer que, con la "amabilidad" acostumbrada en una ciudad de locos, les dice que se calmen. En la esquina siguiente al sueño, por el estribo que baldea Gardel, mientras "Sandro de América" se ríe de costado en el espejo retrovisor, suben varios políticos de raza. Con la voz del hombre que vende peines para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, el más viejo de aquella raza en expansión, se larga a vociferar las bondades de su partido y su sagrada lucha por el pueblo, la educación, la salud, la seguridad y... El más joven de los recién llegados grita que no le robe el discurso, si no le alcanza con... Las bocas de la desgraciada humanidad que va en el coche —una, dos, cien bocas—, expresan sus simpatías por alguno de los dos políticos. Se abren, con los más disímiles argumentos, entre el griterío general, en la goma del suelo —entonces, los adversarios les meten el zapato entre los dientes—; en el techo —allí, les tiran de los labios y les retuercen las lenguas—; en el pasamanos y la máquina expendedora de boletos —aquí, los atragantan con sus propias miserias y basuras. El colectivo está atestado de caras distorsionadas por la amargura y la excitación. Las axilas huelen mal. El asfalto les hecha una mirada gris. La irracionalidad le pone el pie a las vidas ciudadanas. Truenan las bocinas y una frenada de muerte se confunde con el empujón certero que Roxana Valdemar, inquieta bajo la seda del deshabillé, con dos rosas desmayadas de soledad en el pecho y una flor de lis nunca desfogada coronándole los muslos, le propina a Ernesto Sánchez. Un pobre tipo que, no conforme con vivir en Buenos Aires, ser calvo y empleado a sueldo de hambre, además... ronca.
La señorita Leopoldina se sentía muy feliz y reía, pese a que no mucho tiempo atrás sus padres habían fallecido en un naufragio y la habían dejado sola en este mundo; porque con ningún pariente —ni próximo ni lejano—, o con amigos contaba la señorita, exceptuada una sirvienta vieja. El señor Wilfrido, su fidelísimo novio desde hacía cinco años, acababa de anunciarle que en cuestión de meses se ungirían con los sacramentos del matrimonio. Por lo tanto, como era urgente, su señora madre —futuro consuelo y compañía de la señorita Leopoldina, quien ya no sería huérfana— había tomado los recaudos pertinentes para el evento; que sería íntimo, sin festejos debido al luto de la novia, como bien lo había hecho notar la matrona. Quien también haría que los muebles que él acababa de adquirir se acondicionaran, en debida forma, en la casona que él había elegido y terminaba de pagar. Y para controlar que todo se desarrollara como era debido, la señora acababa de instalarse en el futuro hogar de ellos. Pero la señorita Leopoldina estaba muy feliz y por eso reía; aunque vistiera de negro y su sirvienta sacudiera la cabeza y refunfuñara por los rincones.
La señora Leopoldina, encerrada en su habitación, recostada sobre unos cojines, se estaba en silencio. Tenía la cara abotagada, las manos hinchadísimas y una somnolencia permanente la mantenía ajena a todos los asuntos de la casa. Pero su madre política dirigía con mano de hierro hasta el menor de los detalles y, entonces, nada salía de su cauce. Ya habían comprendido —la señora Leopoldina y su vieja sirvienta, porque el señor Wilfrido siempre lo supo— que a ella se dirigían las cuestiones y era quien las dirimía; autorizaba los gastos y los controlaba y permitía, o no, que la criada tomara algún descanso, luego de que cumpliera las tareas que cada noche le dejaba anotadas (Limpie aquí y no derroche lejía. Lustre los bronces. Baldeo general...). También sabía qué debía comerse y cuándo; cuál era el día de las conservas y cuál el de las visitas. Naturalmente, sólo ella las recibía porque Leopoldina no tenía a nadie y siempre quedaba en un rincón, con su presencia de piedra, como las estatuas que su suegra había ordenado que compraran en París, en el viaje de bodas, cuando insistió en acompañarlos por si a la muchacha la asaltaban temores de recién casada. Y allá fue, aunque Leopoldina no tuviera temblores, ni lágrimas, ni pánico alguno al porvenir. El señor Wilfrido, ocupadísimo y siempre encerrado en su despacho, sabía dar a su esposa un beso por la mañana y otro por la noche, y jamás le había faltado el respeto con una mirada inoportuna (madre lo habría prohibido de sólo sospecharlo). Entonces, el señor Wilfrido no sabía cómo crecía el vientre de su mujer, no palpaba el latido cada vez más fuerte de la sangre, no hablaba de nombre ni de rostro ninguno, ni de nada. De todos modos, la señora Leopoldina prefería la poltrona en el dormitorio, entrecerrar los ojos y canturrearle con el corazón a su niño o niña, mejor niño porque las mujeres nacían para sufrir, e imaginar una carita angélica. Ya no entonaba nanas porque la madre de su esposo se lo había recriminado: la sirvienta podría, tal vez, cantar mientras limpiaba o pelaba las papas; pero una señora no cometería jamás esas liviandades, ni dejaría en evidencia sus sentimientos. Por eso, mejor se estaba en silencio contenida por los cojines.
La mujer apretó con fuerza el vientre de la parturienta. La señora Leopoldina gritaba, gritaba y lloraba, y su madre política, con fiero gesto de tigra, rugía que no sea inútil, que pariera de una vez por todas y se dejara de lloriqueos. La sirvienta mantenía el agua caliente y prontas las toallas y los toallones, concentrándose en eso, sólo en eso; porque cuando fue a tomar de la mano a la señora Leopoldina, cuando quiso acariciarle la cabeza —como lo hacía cuando era niña, en las noches de tormenta— y decirle alguna palabra de cariño, la dueña de la casa la echó cual un perro, con la amenaza de encerrarla en la cocina si se atrevía a inmiscuirse donde nadie la había llamado. Y aunque la señora Leopoldina sí la buscaba con la voz y con los ojos, nada pudo hacer de allí en más. El señor Wilfrido, del otro lado de la puerta, se secaba la frente con un pañuelo y miraba su reloj de bolsillo: hacía diez horas que Leopoldina intentaba alumbrar a su hijo. Sus gritos, desesperados los últimos, eran como arañazos. Pensó que, quizás, era necesario que viniera el médico; pero enseguida comprendió que era mejor dejar a su madre, con su maña para encarrilar debilidades y acabar con temblequeos. Además, ella le había dicho que parir no era cosa tan difícil si lo hacían también, sin ayuda, gatas, perras y conejas. La mujer apretó con fuerza el vientre de la parturienta y casi enseguida un berrido alegró la habitación, el pasillo, el comedor, y hasta la mismísima vereda. Un río de sangre empapó las piernas de la señora Leopoldina —quien ya no gritaba y miraba el artesonado del techo—, las toallas, el colchón y corrió por el piso hasta los zuecos de la sirvienta. La flamante abuela limpió al niño, un robusto varón, lo vendó y envolvió en mantillas de hilo, y empezó la triunfal caminata hacia su hijo (¿acaso ella no se había bastado?). La comadrona enjuagó sus brazos y se limpió de las manos los restos de sangre y secundó a la señora mayor en las alabanzas hacia Dios y hacia el señor Wilfrido y hacia el pequeño que, claro está, llevaría el nombre de su padre, que también era el de su difunto marido, el general (ella era la generala). Cuando el señor vio su maravillosa obra, olvidó las penurias pasadas y se dedicó a reconocerse en esa miniatura, boquiabierto y superado por la emoción. Y en casi toda la casa se colaron aires de fiesta. En el dormitorio, la luz del día se filtraba irreverente pese a que habían sido corridos los cortinados y cerrados los postigones. Eran finos haces blancos que se morían contra el baldaquín de la cama y el piso oscuro. La sirvienta se había quedado quieta y muda, se había quedado sola. Muy despacio, casi a contragusto, abandonó el montón de toallas al lado de la aljofaina, sobre la cómoda. Se acercó de puntillas a la cama y miró a la niña Leopoldina —siempre sería su niña Leopoldina—. Le tocó el brazo. Le tocó el brazo le alzó la mano la mano
a y ó un costado la sirvienta cayó de rodillas. Gritando. En silencio, la señora Leopoldina miraba fijo el artesonado del techo.
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